jueves, 5 de marzo de 2009

Capitulo 4: Jau not tu draiv




El siguiente coche al que me subí después del Topacio fue un Oppel Corsa azul marino de alquiler. Lo rentamos mi hermana Thaida y yo en un Avis cerca de la estación de trenes de Santander. Veníamos de Madrid y nos dirigíamos a Asturias para tener un emocionante encuentro con nuestros ancestros. Mi hermana ha vivido veintitantos años en la suburbia estadounidense y es un as en las carreteras, pero conducir en ciudad le da pavor. Así que me pidió que yo sacara el coche tan sólo de la agencia y de Santander, para luego seguir ella las dos horas hasta el pueblo.
Yo llevaba ocho meses sin subirme a un coche, y al menos siete años sin tocar una palanca de velocidades –la última vez fue segundos antes del memorable incendio de la Cascabela-. Pero estábamos muy cerca de la salida de la ciudad y me dije que lo que bien se aprende nunca se olvida. Así que me apertreché en el asiento del piloto y con mi hermana junto, yo con las tripas encogidas y ella castañeando los dientes y prensada de la puerta, dándome palabras de culposo aliento. Metí primera y el coche no brincó ni se apagó. Así que metí segunda y tercera y salimos de la ciudad y de pronto no hubo dónde parar, con lo cual me seguí en cuarta, sin freno y sin pausa por las curvas sinuosas, los paisajes espléndidos y los incontables camiones de la autopista Cantabria-Asturias, sin cambiar de carril ni de velocidad hasta llegar a la mismísima puerta de la casa de nuestros abuelos, donde pisé el freno y el Corsa se estremeció con un brinco triunfal. Era la primera vez que conducía en carretera. Mi orgullo era indescriptible. Me sentía capaz de cualquier cosa. En ese momento ignoraba que aquella sensación de poderío sería mi perdición.

Unas cuantas semanas después, la escena del alquiler se repetía en la estación de Atocha. En esta ocasión viajaba con mis amigos Hernán y Miguel y una compañera venezolana llamada Gabriela. El destino era Lisboa y los cuatro nos subimos muy emocionados y provistos con cuanta porquería para comer y beber cupiera en un ¿Xantia? ¿Xara? plateado, nuevecito y radiante.
El conductor oficial era Hernán. Fue a su nombre que alquilamos el coche y era él quien sabía de volantes y de carreteras (como lo demostró en aquella y en otras travesías). Pero yo me había quedado con la cosquilla de conducir después de mi hazaña cantábrica, así que sintiéndome la parienta más cercana de Lola la Trailera, insistí en tomar un rato el volante en una estación de servicio donde paramos. Hernán nunca ha cometido un error tan garrafal en su vida como haber cedido a ese relevo.
Todo comenzó muy bien. El coche otra vez no brincó cuando metí primera, y así me seguí hasta quinta, acelerando feliz por la autopista. Pero esta vez quería hacerlo bien, quería cambiar de velocidad en los rebases y en las curvas y para eso, sutil detalle, primero tenía que RECORDAR cómo hacerlo. Así que, ¿por qué no?, me puse a practicar los cambios, literalmente, sobre la marcha. Hernán me miraba de reojo sin entender muy bien lo que hacía cuando cambiaba, sin motivo aparente, de quinta a cuarta y vuelta otra vez. Pero como es un caballero no intervino. Y tampoco dijo nada cuando en una de esas en lugar de cuarta bajé a segunda. Yendo a una velocidad moderada, esto no suele significar más que un graznido de la caja, que se arregla apretando el embrague y rectificando sobre la palanca. Pero yendo a 120 kilómetros por hora, el graznido vino acompañado de un crujido seco desde las entrañas más insondables de aquel Xara (¿Xantia?), seguido de un traqueteo, un descenso dramático de la velocidad y el colapso completo de la palanca de cambios. Pudimos morir, pero en cambio nos orillamos.

Mientras el pobre coche se desangraba sobre el pavimento, pasamos las horas muertas de la tarde en un paraje ventoso y gris de Extremadura esperando primero a la grúa, luego al seguro y luego un coche de repuesto. En ese lapso fue que me dediqué a contarles a mis compañeros de viaje y de susto todas mis desventuras automovilísticas, en un ejercicio maníaco y autoirónico para mitigar mi humillación. Y fue ahí que Miguel sugirió el título de estas crónicas.

El desenlace fue afortunado. No sé qué les habrá explicado o inventado Hernán a los de la agencia, pero el evento fue atribuido a una falla del automóvil y no nos cobraron un centavo. Supongo que descartaron el que alguien, quien fuese, hubiera sido capaz de descuartizar en un instante una caja de velocidades. El coche que nos trajeron era del mismo modelo que el fenecido aunque bastante más viejo y sin música, pero nos llevó hasta Lisboa y nos paseó por lugares magníficos. Por mi parte, no volví a tocar el volante. Ni en esa vacación ni en los dos años siguientes.

Aquí terminan mis relatos automovilísticos. Después de aquella experiencia todo ha sido bastante insulso. Puede que hasta feliz. Mi coche actual, un Chevy de cuatro puertas que pagué por tres años con mis quincenas, se ha portado como un dios y sus únicas marcas de guerra son los raspones que le he propinado en maniobras de estacionamiento mal calculadas. Bueno, una vez le robaron el estéreo. Con él he surcado diversas carreteras del país, y con él me sumerjo todos los días en la vorágine de esta ciudad de locos, en donde todos nos odiamos y nos tiramos a matar, en una coreografía que funciona a la perfección porque todos nos vamos cubriendo las espaldas.
Las moralejas de estos relatos deben ser tan obvias que yo ya no se las encuentro. Así que lo invito a usted, querido lector, a que las desentrañe. Y si le da flojera, nada más recuerde: no maneje sobrio. Digo, ebrio. Buen viaje.

jueves, 19 de febrero de 2009

Capitulo 3: El descenso

Sucedió una noche de graduación. La hermana de mi querido amigo Oscarín acababa de ganarse una mención honorífica en el aula Santa Teresa de la Ibero, después de lo cual los invitados al examen profesional nos trasladamos a un brindis de festejo en el Sheraton Suites que queda justo enfrente. Los zapatos que llevaba no me hubieran permitido cruzar la avenida Vasco de Quiroga a pie, así que manejé minuto y medio y dejé mi coche (el Topacio) en el valet parking del citado hotel.

La verdad es que no permanecí mucho rato en el brindis. El ambiente era familiar y las tías de mi amigo no hacían más que dar codazos y pellizcos verbales insinuando un posible romance entre nosotros, que a todas partes íbamos como lapas. (Por ese entonces nadie sabía que Oscarín era gay. Ni siquiera yo y creo que ni siquiera él).

Antes de pasar al momento realmente emocionante y no prologal de esta narración, hay algo que debo decir a mi favor. Por esas épocas yo padecía una miopía de topo y los lentes de contacto que usaba me ponían los ojos como chile cuaresmeño a las pocas horas de llevarlos pegados (razón por la cual muy poco después me recosté en una plancha con abrelatas en los párpados para recibir catorce disparos de láser y no tener que volver a depender de ningún tipo de paliativo visual –lo cual tampoco ocurrió, pero esa es otra historieta-). Ese día, entre un evento social y otro, no me había podido quitar los lentes de contacto y llevaba como diez horas luciendo unos ojos que resultarían muy pispiretos en la China popular pacheca. Y conste que no estoy diciendo que la estupidez se mida en dioptrías, pero ni modo, tenía que aclararlo.

No. La verdad es que tampoco iba borracha. Eran apenas las diez de la noche y con no más de una cuba encima, Oscarín me dejó esperando mi coche en el valet, y regresó a la fiesta de su hermana.
Llegó el Topacio. Lo abordé. Entregué una propina, me puse el cinturón y seguramente puse el radio. Agucé las dioptrías, y esto fue lo que vi: unas luces amarillas como a cincuenta metros de frente, y otras luces amarillas como a veinte metros, girando un poco a la derecha. Asumí que en ambos casos se trataba de accesos de salida, así que opté por la que me pareció la más cercana. Es decir, veinte metros girando un poco a la derecha. Bajé la palanca a la D de Drive, y aceleré. De repente, el coche golpeó contra algo y se cimbró como si hubiera caído en un bache del tamaño de un cráter. Y al instante otra vez. Aterrada, pisé el freno. Tardé unos momentos en darme cuenta que no eran cráteres, sino escalones por lo que estaba descendiendo.

En la vida hay reacciones inexplicables. Es verdad eso que dicen que ante el peligro inminente, la tragedia o la amenaza de la vida, el instinto toma veredas inusitadas. La que yo tomé fue en línea recta. Después de todo, al arrancar había distinguido claramente unas luces amarillas de salida en esa misma dirección. Así que, ante la imposibilidad de dar marcha atrás, deduje que si seguía por donde iba, tarde o temprano saldría de ese maldito lugar, si no con la dignidad, al menos con el anonimato intacto.
Así que aceleré.
Dos, tres, cuatro escalones más.
Fuente.

Así es. Las luces que tan nítidamente había distinguido con mis lentes de contacto pegostados a la coroides no eran las de una salida, eran las de una fuente apagada.

Lo que siguió fue más surrealista aún. Antes de que pudiera yo siquiera reaccionar ante lo que acababa de hacer (tirándome a la fuente y ahogándome, por ejemplo), ya estaba rodeada de un quinteto de hombres de chaleco dándome órdenes entre gestos de estupor, de emergencia y de mofa mordaz. “¡Bájese! ¡Quítese! ¡Póngalo en neutral!”, recuerdo que exclamaban. Obedecí. Bajé del Topacio (pobre Topacio…) me alejé unos pasos, y atestigüé con la incredulidad de quien presencia un milagro (o una calamidad) cómo esos cinco hombres regresaron el coche cargándolo y empujándolo, escalón tras escalón, motor rugiendo, llantas aullando y suspensión crepitando, al lugar preciso de donde había venido.

Cuando estuve arriba de mi coche otra vez, aquel grupo de salvadores del averno se retorcían de risa en mi cara. Todavía les di el placer de una indignada increpación: “¡Pero es que no se ve bien! ¡Esto mismo le tuvo que haber pasado a alguien más!” Las carcajadas debieron retumbar hasta el salón donde mi amigo brindaba con su hermana y con sus tías, ignorando lo que acababa de sucederme.

Arranqué de nuevo, esta vez siguiendo las luces a cincuenta metros: las correctas. De nueva cuenta la virgencita debió socorrerme porque conduje cuarenta minutos sin que mi coche se cayera en pedazos. Creo que al día siguiente fui al taller mecánico. No volví a pisar el hotel Sheraton Suites jamás.

(Parece imposible, pero sí: Continuará…)

jueves, 12 de febrero de 2009

Capitulo II: El Topacio

No eran topacios sino unas esmeraldas de la familia lo que mi madre y yo fuimos a valuar a Polanco una tarde lluviosa y que luego vendimos para completar lo de un coche de segunda mano. Corría el año de 1994, el coche era del 90 o del 92, un Ford Topaz gris claro, cuatro puertas, automático, con tres quemaduras de cigarro en el asiento y sin medidor de gasolina. Por lo demás estaba impecable, o así lo parecía. Tenía hasta reproductor de casettes. Para mí era un verdadero lujo. En ese coche nos subimos una vez como siete bachilleres con las hormonas a mil para dar vueltas y a tocar el cláxon frente a la prepa masculina y también religiosa de la colonia, y con él salí por primera vez al Circuito Interior. Es decir, a una vía rápida: al mundo.
Muy pronto lo de surcar el mundo se convirtió en una pericia cotidiana que comenzaba antes de que saliera el sol para ir a la universidad. Eran 8 horas semanales en promedio lo que pasaba yo a bordo del Topacio. Así que, a lo largo de 5 años, las 10 ó 15 veces que me dejó tirada en lugares tan pintorescos como el Paseo de la Reforma, la curva de entrada a la carretera a Toluca, el carril central del Circuito Interior y la bajada a la estación de autobuses de Observatorio, puede que no hayan sido tantas o tan graves en conjunto.

De al menos dos paradas involuntarias reconozco mi culpa. Ya he dicho que al Topacio no le servía el medidor de gasolina. Así que por más que yo hiciera cálculos y mirara el kilometraje y al final optara por echarle 150 pesos reglamentarios de Magna todos los lunes, al menos en un par de ocasiones el colapso del Topacio fue inevitable. Lo peor de todo es que el condenado armatoste avisaba. De repente la bomba empezaba a quejarse con un aullido grave, como de turbina agónica, y yo sabía que se aproximaba el fin. Tenía entonces que encontrar una gasolinera al precio que fuera, con el corazón batiendo en el cogote, rezando padresnuestros, avesmarías, angelitos de mi guarda, los misterios dolorosos y cuanta plegaria alcanzaba a mascullar antes de vislumbrar el ansiado letrero verde de Pemex en el horizonte. A veces lo lograba y a veces no. Una tarde de viernes y quincena estuve atrapada en Insurgentes avanzando a razón de tres centímetros por minuto, llorando entre salmos y jaculatorias mientras aquella cosa zumbaba. Esa vez no me acuerdo si llegué al letrero de Pemex. Creo que no.

Algo que sin duda NO fue mi culpa es que el Topacio tuviera problemas de termostato. El radiador, el carburador, el ventilador, la manguera, el depósito de anticongelante y la madre que los parió a todos fueron sólo algunos de los leti motivs de mis innumerables visitas al taller mecánico. Pero ninguna de ellas pudo evitar al menos cuatro repeticiones de una tercia fatal: acelerador muerto, termómetro a tope, humo. Mucho humo. Fue en este candente escenario que me encontré detenida, entre otras locaciones, en la curva que conecta Constituyentes con la carretera a Toluca. Fue un amable chofer de camión de carga quien muy abrumado se detuvo y se puso a agitar una franela roja en lo que su compañero me ayudaba a orillar el coche, para después agarrar yo un taxi de vuelta a la “ciudad” para encontrar un teléfono público y hablarle a mi mecánico. Porque he aquí una importante incidencia dramática: por ese entonces, al igual que la inmensa mayoría de los cristianos, yo no tenía celular.

Pero la vida es una tómbola de luz y de color, y es en este abanico de experiencias infames donde uno aprecia los actos desinteresados de bondad. Después del chofer del camión, volví a apreciarlos cuando me quedé sin frenos bajando por la pendiente que da a la estación de autobuses de Observatorio. Se trata de una calle de tres carriles que en realidad son dos o a veces uno (dependiendo de los microbuses), por donde van cruzando docenas o centenas de peatones, a según como los coches les van dando el paso. Los frenos del Topacio tuvieron a bien declararse en huelga justo en el momento en que los automovilistas vecinos estaban dejando pasar lo que en ese momento sólo distinguí como una horda apocalíptica de colores chillones, bolsas y cajas de cartón. Saqué el brazo por la ventanilla y toqué el cláxon como si no hubiera mañana mientras los pobres transeúntes brincaban y toreaban el Topacio como en el más bizarro de los Sanfermines; giré por una callecita en cuanto pude y, apenas lo permitió la velocidad, metí el freno de mano con toda mi alma. Luego esperé a que amainaran un poco los temblores y la taquicardia, apagué el coche y caminé a la estación de autobuses para llamarle a mi mecánico. Mi mecánico a estas alturas me alucinaba así que me mandó al diablo, con lo cual no tuve más remedio que ponerme a buscar uno por ahí. (Mi seguro sólo cubría daños a terceros, no reparaciones). Una señora muy amable que atendía una papelería me dijo que su ahijado tenía un taller aquí cerquita. Fue así como de pronto me encontré petrificada ante una calle cerrada, al fondo de la cual cinco o seis tipos con pinta de tunantes y mucha grasa en las manos rodeaban el cofre abierto de un vocho destartalado. Yo no sé si fue la luz del día, el candor de la señora de la papelería, los 22 ingenuos años que tenía yo entonces o la pura desesperación lo que me animó a acercarme con una sonrisita de zonza a implorar ayuda. Lo sorprendente fue que me ayudaron. Uno que era taxista incluso me llevó a comprar las piezas de la reparación sin cobrarme. El ahijado arregló el Topacio ahí mismo y muy rápido. Fue un arreglo provisional, pero creo que quedó bien. Al menos recuerdo que volví acelerando y frenando a mi casa.

Como mi sentido de la orientación es bastante deficiente, por no decir que nulo, en el Topacio también recuento varias perdidas dantescas, una de ellas a la media noche, por el barrio de Tepito. No sé cómo llegué a ese lugar viniendo como venía del Periférico, pero sé que estuve ahí porque tras la cortina de lluvia que durante casi dos horas no me dejó ver un gramo y mucho menos un letrero, pude distinguir calles y calles de tenderetes de fierro y varias patrullas de policía a las que, desde luego, no me acerqué. Fue después de mucho rezo que finalmente vislumbré un letrero que ponía “La Villa” y, guiada por esa señal profética, pude arribar a buen puerto. Ahora que lo pienso, tal vez fue una ventaja el haber sido una católica practicante mientras fui conductora de ese Ford Topaz.

Colisiones tampoco faltaron. La más memorable ocurrió en la esquina de Pacífico y Asia, llegando al llamado de un comercial donde yo iba a hacer el script. Venía mirando un papelito con la dirección, y cuando vi a todos mis compañeritos de trabajo en la esquina apuntada, me sentí tan feliz y tan orgullosa de haber llegado a un destino sin perderme, que tras saludarlos efusiva con la mano, giré el volante con decisión para ir a su encuentro. La cosa es que lo hice sin ver al señor del Tsuru que justo pasaba a mi lado. Ya no me acuerdo qué estragos le hice, pero mi puerta quedó como acordeón. Esa vez sí que vino el del seguro. La vergüenza me duró semanas, pero ese día cumplí con mi deber y tomé el script del comercial. Era de beeper.

La famosa noche de aquel incidente escalonado que muchos me han oído mentar, también iba yo a bordo del Topacio aunque felizmente no había nadie conocido a la vista de mi torpeza. Pero esa historia la dejo para después.

(Continuará…)

jueves, 5 de febrero de 2009

Jau not tu draiv / Capitulo I: La Cascabela


“How NOT to drive”, pronunció Miguel en su inglés de la España profunda, y se murió de la risa con su risa risuda histérica. Sugería que así titulara yo un libro de mis peripecias al volante, tras habérselas recetado completas. Estábamos esperando una grúa en algún paraje de la carretera entre Madrid y Lisboa: yo acababa de romperle la caja de velocidades a un coche nuevecito de alquiler. Pasados más de ocho años, finalmente he decidido hacerle caso a Miguel y hacer público mi anecdotario, por algunos ya bien conocido. No será un libro, porque para libro no da, pero ahí va.

La Cascabela

Todo parecía indicar que yo sería una buena conductora. De niña, mi padre y yo teníamos un ritual, los miércoles me recogía de la escuela, íbamos al club, y antes de volver a casa, manejábamos. Tenía un Córdoba automático, donde yo giraba el volante sentada en sus piernas mientras él pedaleaba. En la adolescencia seguimos en su vagoneta Tsuru de velocidades, donde ya también usaba yo los pies; también con mi madre practicamos muchas veces en las calles vacías del Politécnico, y cada verano mi cuñado Steven me dejaba conducir su pickup. El mismo día de mi cumpleaños con edad reglamentaria, saqué mi licencia. Pero todo buen presagio de estos precoces acercamientos a la vida de conductor, se truncó apenas me subí a mi primer coche. Yo tenía dieciséis años y me fue heredada la Cascabela.

La Cascabela (o la Cascabelita, según el humor), había sido el coche donde mi hermana mayor (que me lleva 13 años) aprendió a conducir, y donde mi otra hermana (que me lleva 10) se movió durante toda su carrera. Así que cuando llegó a mis manos aquella Gremlin Rambler blanca con rayas rojiazules del año 1976, el coche ya tenía muchos años, muchos kilómetros y el doble de achaques.
Su nombre de cariño se lo debía a la amplia gama de sonidos que era capaz de emitir. A la Cascabela le sonaba todo. El motor, la defensa, el chasis, el cigüeñal, el carburador, las balatas, el amortiguador, el filtro de aire, el volante, los asientos, los espejos, todo. La podías escuchar crujiendo a dos calles de distancia. Además, por alguna indescifrable mutación entre sus múltiples pasos por talleres y composturas, encendía sin llave. Tenía asientos raídos de tela negra, radio AM, y tres velocidades.
La primera vez que me subí sola, la estrené rompiéndole las calaveras a un taxi de los amarillos a calle y media de mi casa. (Esto nadie lo sabía hasta hoy). Pero después del susto, fui agarrando confianza. Nunca salí del barrio, pero con mucha soltura iba al correo, al súper, al mercado, a la tintorería y a veces a la gasolinera. Fue justo en la gasolinera donde detecté algo extraño: la Cascabela olía a gasolina. Igual de absurdo que se lee debió sonarle al empleado cuando se lo dije, porque me vio con cara de loca y me dio cabalmente el avión, con lo cual yo decidí no darle importancia. Me acomodé la falda y el delantal del uniforme de la prepa, metí primera, segunda y tercera, y me interné en las callecitas de Lindavista.
Después de escasos cuatro minutos, transitando una calle de dos carriles a no más de 40 kilómetros por hora, la Cascabela se frenó. Sin aviso, sin más. Fue un categórico “yo hasta aquí llegué”. Acto seguido, una humareda negra se propulsó desde el cofre cual geiser. Con un instinto cavernario apagué el coche (con la llave) me bajé corriendo temiendo una explosión, y miré el cuadro del horror: la cascabela se zarandeaba, la pintura blanca del cofre burbujeaba, de los costados salían llamas. En menos de dos segundos, un trío de taqueros de un puesto cercano me rodearon echando cubetazos. Recuerdo que uno de ellos exclamó, sin el menor empacho, “ya se le quemó su porquería”. La cosa es que apagaron la humareda, y al cabo de un rato, abrieron el cofre. Aquello era puro chicharrón. La Cascabela ya se había quedado quieta, y así pensaba quedarse para siempre jamás.
Los taqueros me ayudaron a orillar el cacharro y yo me fui caminando a mi casa, que ya estaba cerca. Lo siguiente que recuerdo es haber estado parada en la calle con mi madre y con mi prima Ilse Marie, viendo a la Cascabelita alejarse montada en una grúa para nunca más volver. “Pérdida total”, dijo el del seguro. Creo que hasta lloré.
Muchas veces me he preguntado qué hubiera pasado si el empleado de la gasolinera hubiera sido más paranoico o hubiera tenido el olfato menos saturado. Da igual. Me gusta pensar que esa fuga de gasolina fue ineludible y providencial, que la pobre Cascabela ya estaba muy cansada y después de tantos años de fidelidad y servicio, se autoinmoló. Como haya sido, heredó algo de qué hablar. Dondequiera que estén sus restos, descanse en paz.

(Continuará...)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Intriga Piadosa (El desenlace)



Para Basilia, el noviciado fue un romance. Su alma atribulada halló consuelo entre novenas, versículos y polvorones de azucar glass. Cada día, antes del rosario de las 5, Basilia subía a los montes donde corría por los riachuelos y cantaba con las aves, los zorros y otros bichos de menor categoría, pero iguales ante el Señor. Basilia no se percataba que los zorros se escondían, los bichos se autoinmolaban, y las aves se desplomaban de las ramas a causa de su halitosis.
El romance terminó en cuanto Basilia se ordenó como religiosa y comenzó su labor. Cuando trataba de llevar comida a los pobres se la aventaban a la cara, los enfermos terminales se escondían bajo la cama y los siete niños a quienes intentó enseñar a cantar, le rompieron la guitarra en la cabeza.

Ramona siguió errabunda entre paganos y fariseos por un buen rato. Con doce intentos de violación interrumpidos y ganándose la vida como doble en películas snuff, un día conoció a unos adoradores de Charles Manson que la invitaron a su caravana. ¡Al fin un poco de calma y vida espiritual! En un viaje de hongos, peyote, mezcalina, ácidos y ayahuasca, Ramona tuvo una visión: dos mujeres, cada una con una pierna, una con tres orejas y la otra con un ojo, nadaban en el estómago de una ballena mientras le decían: “Busca a tu hermana. Ella es el este de tu oeste, el ying de tu yang, el pollo de tu mole”. Cuando Ramona se lo platicó a sus compañeros, éstos concluyeron que Ramona se había pasoneado sin retorno, y la echaron de la caravana en mitad del desierto.
Cuarenta días y cuarenta noches anduvo Ramona sin rumbo fijo, sin agua y sin pan. Sólo la mantenían viva dos cosas: la visión repetida de las siamesas proféticas, y la dotación de Golden Acapulco que sus caritativos compañeros le habían regalado antes de abandonarla. Siguiendo sus instintos llegó al convento del Sagrado Corazón Sangrante del Niño de los Milagros Inesperados y la Virgen que lo Parió. A sus puertas se desplomó, y estuvo catatónica durante quince días.

Cuando volvió en sí, la madre Perpetua metió a Ramona en rehabilitación. Esto es, la tuvo en una celda con suero de rompope intravenoso y prolongadas lecturas de los Salmos. Ramona salió de ahí limpia y conversa como sólo un pecador emergido de los más oscuros fondos de la barbarie y la perversión puede hacerlo. Ramona era tan piadosa, tan humilde, tan creyente y tan horrible, que el Vaticano autorizó los votos express y en dos meses se había convertido en religiosa.

Sin saber que eran hermanas, desde el primer momento en que se vieron, Ramona y Basilia se instalaron en una contienda feroz. Ambas habían vivido creyendo que sus fealdades eran insuperables, y una competencia de ese tamaño no la iban a tolerar. Si una empezaba a cantar El Señor es mi Pastor, la otra cantaba más fuerte y con falsetes; si una se sabía de memoria el Eclesiastés, la otra lo recitaba en hebreo; si Ramona multiplicaba los panes, Basilia caminaba en el agua; si una se dejaba el bigote, la otra se dejaba la barba. La Madre Perpetua casi pierde un disco lumbar de tanto rezar de rodillas, y por sermones no paraba. Que si la soberbia es un pecado, que si amarás a tu prójimo, que si las voy a mandar con el padre Maciel. Nada funcionaba. Pero cuando las hermanas comenzaron a deambular por el convento con silicios y coronas de espinas y dándose de latigazos, Perpetua se levantó del reclinatorio y decidió que era suficiente. Una de las dos tendría que irse. Sin corazón para elegir, la Madre tomó una decisión salomónica: pondría a sus hijas espirituales en subasta.

En el atrio del convento las monjas sirvieron aguardiente y sardinas y repartieron papeletas y plumones. Acudieron vecinos de todos los pueblos cercanos y distantes, incluido Pepinillo de Mochabragueta. Sor Basilia y Sor Ramona fueron colocadas cada una sobre un guacal, y entre gritos, abucheos, guarradas y sudores, comenzó la subasta. Contrario a lo que pueda pensarse, ésta fue bastante competida. Los contendientes más fuertes eran los hermanastros de Basilia, que querían llevársela con fines vengativos; también estaba el productor de películas snuff, quien reclamaba a Ramona por incumplimiento de contrato. Cuando éste había ofrecido la insuperable suma de tres gallinas y un litro de vinagre de manzana, algo inesperado sucedió. Sor Basilia le aplicó una llave a Sor Ramona, la tiró al suelo y le puso un cuchillo de cocina en el cogote. En ese momento, alguien gritó: “¡No lo hagaaaaaas! ¡Es tu hermanaaaa!” Era el sacerdote que había atendido el parto de ambas, seguido del carnicero y del panadero Benigno Caraguapa, a quien habían tenido que sacar del catre donde fornicaba con una cuadrapléjica sordomuda. “¡No, no puede ser verdad! ¡Ella no! ¡Me estás pisando el ojo!” exclamaron Ramona y Basilia, ad libitum. “¡Sí, hijas mías!”, dijo el padre (no su padre el panadero, sino el sacerdote partero), “¡yo mismo las traje este mundo, envueltas en sangre, moco y un pecado innombrable!” Y entonces contó la historia del incendio, y luego el carnicero explicó muy orgulloso la cirugía de las siamesas, y luego la Madre Perpetua contó del secuestro de quien se dedujo era Ramona. Unos escuchaban azorados, otros exclamaban "oh", otros replicaban "ah", los demás ya habían perdido el hilo y jugaban gato con las papeletas. Al cabo de un rato, las sardinas se acabaron, el padre biológico se disculpó alegando que había dejado unas conchas en el horno, y Sor Ramona y Sor Basilia se intercambiaron las cofias y se pusieron a cantar abrazadas Si nos dejan. Durante la recapitulación se habían fundido tres botellas de aguardiente.

Pronto partieron las dos a un retiro espiritual, donde gracias al conocimiento botánico de Ramona, tuvieron numerosas e interesantes conversaciones con sus madres. Iluminadas, comprendieron lo que debían hacer para romper con su destino fatal. A su regreso del retiro acudieron de inmediato con el carnicero, quien les practicó una exitosa cirugía de cambio de sexo. Ramón y Basilio fueron buenos cristianos y párrocos ejemplares, tuvieron una vasta descendencia, y no volvieron a intentar asesinarse mutuamente nunca más.

FIN

martes, 7 de octubre de 2008

Intriga Piadosa (Parte II)

Después de que la madre Perpetua se escabullera con una de las niñas en la oscuridad de la noche, fue interceptada por una pandilla de pelafustanes que traficaban armas, infantes y lencería fina. En el puerto, la pequeña Basilia fue intercambiada por un saco de monedas y tres gallinas a un polizonte bizco a punto de embarcarse hacia Singapur. Pero casi al zarpar el barco fue interceptado por corsarios, que revendieron a la niña por otro saco de monedas y una cabra a una pareja de octogenarios que nunca habían tenido familia y a quienes rechazaban en todos los trámites de adopción. “Tu estirpe se prolongará como las estrellas”, auguraron los piratas al viejo, de nombre Justino Abraham. Pero la pitonisa de la región opinó otra cosa. Después de descubrir los harapos que cubrían a la niña y verle la cara, anunció a los viejos una terrible profecía: que esta hija suya no conocería hombre jamás. Que ni lo soñaran. Que antes ganaría México en el Mundial. Los ancianos murieron días después. No tanto debido a las malas noticias como a la tuberculosis, la cirrosis y la adicción a la heroína que ambos padecían. Basilia fue rescatada por una familia de gitanos, que viajaron con ella durante algunas horas y, hartos de sus alaridos, terminaron abandonándola a las puertas de un oscuro y derruído edificio. Fue así que, con apenas una semana de nacida, Basilia terminó en el orfanato de Pepinillo de Mochabragueta.

Ramona, por su parte, fue regalada a unos pastores muy crueles con dieciséis hijos todavía más crueles, que la enviaron al monte con los borregos en cuanto supo caminar.

La infancia de ambas fue terrible. En el orfanato, a Basilia le pegaban con cualquier objeto y por cualquier motivo, le daban huevo pasado y frascos con restos de mayonesa para comer, y la obligaban a limpiar los retretes. Con la lengua. A Ramona ni los borregos la querían. Entre los de su edad, la cosa era peor. A Basilia los niños le arrancaban los pelos de la nariz y la obligaban a comerse sus propios anteojos; a Ramona sus hermanos la encerraban en el granero y tomaban turnos para que les sacara punta a sus lápices con los dientes.

Sin embargo, por las noches, cada una miraba por la ventana hacia la inmensidad del firmamento, convencida de que había algo… alguien, allá afuera, muy parecida a ella... Entonces se alegraban de que existiera un ser todavía más miserable.

En la adolescencia, tal vez atraída sin saberlo por el cosmopolitismo de sus primeros días de vida, Basilia escapó del orfanato y se fue a la ciudad. Ahí practicó toda clase de trabajos espantosos. Fue afanadora en rastros y cárceles, sujeto para experimentos científicos y asistente de producción en comerciales. Su destino cambió cuando la descubrió un cirquero, que la convirtió en estrella. Bueno, en realidad era el relleno entre los payasos disléxicos y el tigre famélico, pero su anuncio (“pase a ver a la mujer más fea del mundo, si usted no cree que es la mujer más fea del mundo el elefante le convidará un cacahuate”) atrajo la atención de decenas de espectadores que llevaban sus propios cacahuates para aventárselos a Basilia.

Por su parte, con tantas horas de soledad en el monte, Ramona se hizo aficionada a la lectura de historietas de asesinos seriales, hasta que un día tomó la decisión de matar a sus hermanos. Intentó ahogarlos en un pozo, lanzar una secadora de pelo en el río donde nadaban, decapitarlos con el cuchillo del pan mientras dormían, quemar la casa, echarles a los borregos. Nada funcionó. Lo que sí hizo fue matar a sus padres. Una noche, éstos llegaron tarde y medio alegres de una fiesta en el pueblo. A Ramona le había dado hambre y fue a la cocina por unas galletas. Cuando sus padres abrieron la puerta y Ramona saltó sin aviso de la despensa masticando galletas, la visión los mató de un infarto. Fue en ese momento que se escuchó la voz. Una voz fortísima, poderosa como un trueno, que cimbró a Ramona en lo más hondo de su ser. Era ella misma, que se había machucado el dedo con la puerta de la despensa. Pronto fue arrollada por sus dieciséis hermanos, que salieron a un tiempo para ver qué sucedía, pateando sin querer a sus padres como si fueran costales de papas. Cuando al fin uno se percató de que estaban ahí tirados, señaló a Ramona, horrorizado: “¡Ha matado a nuestros padres!”, “¡Y se comió mis galletas!”, añadió otro. Los otros catorce exclamaron diferentes cosas que no se entendieron bien, y salieron con escobas, rodillos y sartenes tras Ramona.
Así comenzó una larga persecución a la que se fueron sumando todos los habitantes del pueblo. Estaban muy felices porque no había pasado nada emocionante desde que aquellas siamesas parieran donde el carnicero, años atrás. De repente, alguien vociferó: “¡Deténganse!” Era la mismísima madre Perpetua, seguida de una masa blanquinegra: las cuarenta y seis monjas del convento del Sagrado Corazón Sangrante del Niño de los Milagros Inesperados y la Virgen que lo Parió. Ramona pronto se escondió entre sus hábitos fragantes de veladora y rompope. Las monjas formaron una barricada tan fulgurante de beatitud que la gentuza retrocedió amenazada. Eran muchas. Eran rudas. Eran las Novias del Señor. “Vámonos”, mascullaron los pueblerinos. “Traen rosarios y cirios pascuales”. Fue así que las puertas del convento se cerraron tras Ramona, sellando el encuentro con su destino.

¿Y Basilia? Basilia para estos momentos estaba trabajando en anuncios de cirugías plásticas, modelando para las fotografías del “antes”. Pero encontraría el Camino poco después…

(Continuará…)

lunes, 29 de septiembre de 2008

Intriga Piadosa



Sor Ramona y Sor Basilia son hermanas. Ante Dios y también ante los hombres, aunque ellas no lo saben. Ambas nacieron del mismo padre, Don Benigno Caraguapa, el panadero de Pepinillo de Mochabragueta, pueblo inmundo pero famoso por sus cuchillos para desmembrar pollos. Don Benigno era el hombre mejor parecido de la comarca y sus alrededores, y las mujeres se peleaban por pasar unas horas retozando con él en el catre que tenía detrás de los hornos. Eso sí, Benigno era miope como un murciélago. Este fue el único atributo que le heredó a sus hijas Ramona y Basilia, y probablemente la razón de haber tenido un romance con sus madres. Y no porque fueran feas, las madres (no las madres, sus madres), sino porque eran siamesas, situación que podría desencajar a cualquier perverso poco sofisticado, como lo era Benigno. Cuando los padres de las madres de las hermanas se enteraron de que sus hijas estaban simultáneamente embarazadas de Benigno Caraguapa, se armó la debacle. De profundas convicciones religiosas, concebían aquel embarazo simultáneo como urdido por el mismísimo demonio. Acudieron con toda clase de comadronas, hechiceros y medicuchos locales para detener el asunto (o mejor dicho los asuntos), pero todos se negaban a meter mano en aquel… en aquellos cuerpos tocados por el pecado. De impíos y relapsos no los bajaban, y los echaban de las posadas con insultos e improperios extendidos al burro en que viajaban. Entonces, ya por ahí del quinto pueblo visitado, un hombre al fin se mostró empático, asertivo y eficientemente proactivo con aquellos padres desesperados y propuso una solución: separar a las siamesas. “¡Pero si nos han dicho que es imposible!” “¡Nuestro Señor nos las envió así! ¡Es nuestra cruz y hemos de sobrellevarla!” “¡Sería asqueroso!” Pero no se podía negar que el hombre contaba con un imponente instrumental. Después de todo, era carnicero. Los padres de las siamesas lo echaron a suertes, y ganó la voluntad del Señor. Dejaron a sus hijas en manos del carnicero, y se regresaron a Pepinillo de Mochabragueta tan rápido como el burro se los permitió.

La verdad es que la operación, dentro de todo, fue un éxito. Una siamesa quedó con tres orejas y la otra con un solo ojo, pero nada más grave que eso. La recuperación de las hermanas (o sea, de sus madres), fue casi tan lenta como la propia gestación. El carnicero se pasaba los días y las noches poniéndoles chuletas en la frente, recosiendo sus heridas maltrechas y cortándoles las uñas de los pies. Pero por cada hombre de buena voluntad, hay una horda de fariseos hambrientos de chisme y escarnio. Y para ese momento, los cuchicheos en el pueblo se habían aguzado a niveles alarmantes. Rumoraban en los mercados, los prostíbulos y las peluquerías que el carnicero tenía a dos mujeres amordazadas en su trastienda y sólo las alimentaba con grasa de cerdo y agua del grifo. Otros decían que las secuestradas eran dos hijas suyas que jamás habían visto la luz del día y el carnicero las torturaba con chuletazos en la cara y programas malos de la radio. Cuando al fin se supo la cuádruple verdad que se escondía tras las paredes de la carnicería, la gente exclamaba por las calles: “¡Es el signo del fin! “¡Son los cuatro jinetes del Apocalipsis!” “¡Corre por dos kilos de bistec antes de que cierren!”. El escándalo llegó lejos, lejísimos… tan lejos como Pepinillo de Mochabragueta, donde el padre de las muchachas fue linchado por negligente y su madre ni se enteró. (Estaba en el catre con Benigno el panadero.)
La otra mitad del gentío escandalizado aguardó paciente hasta la semana 38 de gestación para arremeter justo en el momento climático. Así, en el preciso instante que las hermanas siamesas estaban dando a luz, la multitud prendió fuego a la carnicería. Las hermanas no podían ni levantarse (entre otras cosas porque cada una tenía sólo una pierna.) Pero felizmente el cura del pueblo, que estaba atendiendo el parto, logró salir por la puerta trasera con las dos niñas recién nacidas. Tosiendo y cubierto de hollín y restos de placenta, a la salida el cura se topó con la madre Perpetua, que pasaba por casualidad. “¡Madre!”, le dijo, “¡tome usted a una de estas criaturas y llévela lejos de aquí!” “Pero, ¿por qué razón, padre?”, espetó la religiosa. “Porque ninguna debe saber el terrible sino que las trajo a este mundo. Y si están juntas, a una de ellas se le saldrá.” Convencida, la madre Perpetua tomó en brazos a una de las hermanas, y se alejó en la penumbra de la noche...

(Continuará…)