jueves, 30 de abril de 2009

Buscando el Contagio (Parte II)

Estoy comenzando a enojarme. Mucho.

Lo bueno es que casi en la misma proporción me río. Cuando me inscribí a Facebook, jamás pensé que se convertiría en mi contacto más fidedigno con la cordura y la sana ironía que tanta falta hacen en estos tiempos.
Enuncio algunas de mis frases favoritas de los últimos días:

Apuercolipsis now.

¡Vamos a ponernos hasta el MOCO, marica!

Cría puercos y te sacarán los mocos.

Vengan a mi casa. Sólo necesitamos una enfermera y un bar tender.

The wine flu.

De coger, ni hablamos.

En Dublín estoy diciendo que soy hondureño.

¡Levante la mano el que esté vivo!

Alarma zombi en grado 2: Alejarse de lugares públicos y/o abiertos, evitar caminatas por el drenaje, mantener puertas y ventanas con seguro, proveerse de alimento así como de katanas, bates, motosierras, escopetas, machetes, cascos de americano y cualquier otro tradicional artículo de supervivencia. Fuera.

La Jornada: "Distribuirán gel desinfectante en siete estaciones del Metro, gel modelador en el Suburbano, y mousse en el Metrobousse".

Después del temblor de 5.9 grados del lunes:
¿Qué le dijo México a la influenza? “Mira cómo tiemblo”.

Este chiste fue especialmente refrescante porque surgió después de una larga época de oscurantismo en donde en México ya no se hacían chistes de nada.

Ahora, con su permiso, lo que me enoja.

Me enoja que México SÍ está temblando. Está crepitando los dientes y los huesos cuando a lo mejor sólo tendría que estar lavándose las manos y tomando vitamina C. Riéndose de su “desgracia” cuando la única desgracia que estamos experimentando en estos días es que nos traten como idiotas.

Me enrabia profundamente que hayan cerrado los cafés. Ayer cuando el Jarocho de mi esquina, el último asomo de normalidad de la cuadra, metió sus sillas verdes y se puso a expender su café –que la verdad no vale gran cosa sin las sillas verdes tendidas al sol- pensé, por primera vez en ocho días, ahora sí nos cargó el diablo.

Me enoja que hemos tendido unos días espléndidos, sin lluvia, y ver las calles vacías. Yo les digo a esas madres desesperadas que ya no saben si hacer pasteles, ver Shreck por duodécima vez o cometer infanticidio: salgan por Dios. Vayan al parque, a las plazas. Hagan picnics. Si este bicho flotara por el aire, ya estaríamos todos muertos. Y además ahora el ambiente está bastante menos contaminado que de costumbre con la merma en el tráfico, la actividad comercial y el éxodo masivo de los paranoides pudientes. Si les tranquiliza, lleven jabón líquido. (Si no encuentran en el súper, ya lo venden afuera del metro).

Llámenme vanidosa, pero me pone de muy mal humor la imagen que se está promoviendo de estas tierras hacia el exterior. Que la escena que transmitan tres veces seguidas en el noticiero prime time de Televisión Española sea una marabunta afuera de la iglesia de San Judas Tadeo, poniéndole su tapabocas al santito. Pero tal vez no me enrabiaría tantísimo si no se estuvieran clausurando vuelos a México, poniendo turistas en cuarentena, y ciertos amigos foráneos estuvieran pensando en cancelar sus visitas por el riesgo a ser encerrados con bozal a su regreso.

Me revienta, en general, la oleada de paranoia y de desconfianza que se ha gestado y que flota no sólo fuera, sino entre nosotros mismos. Este fin de semana, por ejemplo, a una amiga se le pidió abstenerse de asistir a una casa en las afueras donde estaba invitada, porque su hija pequeña había estado enferma del estómago y tuvo que ir al médico (¡Jesús mil veces, vade retro, Patasdecabra! ) y en dicha casa habría otros niños. No critico a la madre sobreprotectora. Pero los que contaminan amistades, rebátanme si exagero, esos sí que son virus feos.

Sigo resistiéndome a poner la televisión y la radio, pero hoy que fui por el café (a comprarlo, nada más) no tuve modo de escabullirme de un periódico Milenio que me llamaba diabólicamente desde la barra. Pude morir de la impresión. Todas las páginas, absolutamente TODAS, de principio a fin, hablaban de la misma cosa. Y se ve que les faltó con qué rellenar, porque incluían una página completa con dibujitos explicando cómo fabricar… ¡¡tapabocas caseros!!! (¿Por qué el tapabocas? Me perplejiza. Por estos días me parece bastante más probable que un mesero desempleado te asalte a que alguien te estornude o te escupa en la cara…) Y al final me pregunto, ¿dónde quedaron nuestros descabezados y nuestros ineptos diputados? ¿Dónde están nuestros robos y nuestros secuestros? No sé ustedes, pero yo empiezo a echarlos de menos.

Lo que resulta más curioso de todo es la capacidad apabullante que tiene el escándalo para opacar la información. Ya lo ha venido diciendo el Influenzo, nuestro gallardo y carismático Secretario de Salud: el medicamento funciona y hay suficiente, los que han fallecido con toda seguridad de este virus, no llegan a 20 y estaban chuecos de otras cosas. No me alcanza la cabeza para comprender por qué de repente todos estamos tan absolutamente apanicados de que nos de una gripe. Pero está difícil reaccionar cuando tenemos un presidente capaz de decretar en primera plana nacional: “Quédese en su casa”. No sé si me da más coraje él por creer que rige un país donde la gente no sabe, literalmente, limpiarse los mocos, o nosotros por creer en el fondo la misma cosa.
Lo cierto es que todo esto tiene un punto tragicómico. La cancelación de los eventos religiosos me ha seguido arrancando más de una risa últimamente. Alguien me contaba ayer del caso de un señor al que no pudieron hacerle su novenario post-mortem y la familia estaba preocupadísima por la salvación de su alma.

Pero quizás lo que más coraje me da de todo esto, es estar de malas. Porque algo que sí se pega fácil por estos días, es el mal rollo. Así que terminaré haciendo un esfuerzo por enlistar las consecuencias positivas de este fenómeno.

1. Vivir para contarlo.
2. Vivirlo en estos tiempos. El Internet tendrá sus riesgos desinformativos y sus mil contenidos tarugos. Pero entre un chiste y un "¿qué tipo de inodoro eres?", uno va encontrando opiniones valiosas y ventanas para intercambiar algo más que lo que los medios te obligan a tragar. ¡Destapémonos la boca!
2. Tema de conversación interminable. Remedio para los tímidos, solución para las sobremesas familiares tensas. Garantía de charla espontánea y promesa de nuevos amigos. (Además, gracias al tapabocas, podrás leer en sus ojos sus verdaderas intenciones).
3. Tiendas vacías y con descuentos.
4. Veinte minutos todo Periférico y Circuito, sur a norte. 2 de la tarde. En martes. ¡A manejar!
5. TIEMPO LIBRE. ¿Quién dijo que la tele y el Blockbuster son la única opción? ¡Ponte a guardar esos papeles de Hacienda que hace tanto te mueres por ordenar!
6. ¿Quién necesita los teatros, los cines y los restaurantes? ¿Por qué no preparar juntos un champurrado, jugar Turista y ver una película de Libertad Lamarque mientras los niños juegan en el limonero? ¡Viva la familia!

Por último, un link IMPERDIBLE para los tiempos que corren. Los de South Park ya sabían que los cholos de alguna parte seríamos los causantes de la pandemia que acabaría con el mundo...

http://www.xepisodes.com/search/results.php?q=pandemic&t=1

Mientras nos sigamos riendo, nada puede estar tan mal.

domingo, 26 de abril de 2009

Buscando el contagio

Desde hace dos días he venido librando una suerte de resistencia pasiva. No pongo la tele, no escucho la radio, me niego a buscar en Internet más información que la que me proveen mis Personas Cercanas y sus Médicos de Confianza a través de sus prudentes correos. Y es que con la epidemia ésta me pasa lo mismo que con las películas de terror. No puedo verlas porque me sugestiono. El viernes bastaron cinco minutos del noticiero de López Dóriga para que al primer estornudo estuviera yo absolutamente segura que el virus de los porcinos mutantes me había poseído. Al día siguiente (ayer), me espanté las paranoias deambulando buena parte de la tarde en un centro comercial (sin tapabocas) y luego comprando plantas y decorando macetas para la casa.

Hacía muchísimos años que en este país no ocurría algo así. Tal vez desde el terremoto de 1985, en México no había sucedido algo decididamente masivo, categóricamente compartido. Algo que a todos por igual alarmase, movilizase y/o encerrase. Algo que durante todo el día y en todas partes se hablara, y que marcara tan claras divisiones en la población: los que usan el coche y los que viajan en transporte público; los que van a la escuela y los que no van; los que salen a la calle y los que no salen; los que abrieron sus comercios y los que bajaron las cortinas; los que llevan tapabocas y los que no; los que fueron a la farmacia y los que pidieron la vitamina C por teléfono, los que tienen escurrimientos, tos y fiebre y los que no tienen. Pero lo más sorprendente de todo es la diversidad de miradas en torno al mismo fenómeno.

Las redes sociales, por ejemplo, operan como una especie de cocido balsámico trivializándolo todo con chistes, ocurrencias y frases como la siguiente: “no me voy a morir de influenza, me voy a morir de claustrofobia”.
Hay otros que se ponen declaradamente catastróficos. Anoche mi amiga Karina procedió a darme el resumen de las noticias que tanto me había esmerado en no ver, por teléfono. Que si los partidos de fútbol y las funciones de teatro, canceladas; que si los cines cerrados, que si tres nuevos casos de infección en Estados Unidos, que si los muertos, que si los vivos, que si miembros del ejército buscando gente que escurra mocos en el aeropuerto. Con todo esto a mí ya me estaba temblando el párpado derecho, pero cuando la escuché afirmar que pensaba ir al supermercado para abastecerse de leche en polvo, agua, conservas y compresas para tres meses, amenacé con colgarle el teléfono. Entonces Karina hizo una confesión. Dijo que además de sus tendencias apocalípticas, a ella todo esto le provocaba una extraña adrenalina. Como si se le activara un mecanismo natural y milenario de alerta. Luego se puso a decir que visto fríamente, seguimos a merced de la naturaleza y sus caprichos selectivos. Que esto siempre ha sido una guerra. Que nada nos garantiza que un virus extraño no pueda venir a arrasar con todo de un día para el otro. “¿Qué pasa si lo siguiente que se suspende en México son las labores?”, sugirió, como relamiéndose los bigotes de cromagnon, “eso significaría el colapso del sistema económico...” Y no dijo que también significaría el principio del fin del mundo como lo conocemos porque en ese instante amenacé con colgarle el teléfono por segunda vez.

Hay quienes se lo toman con prudencia. Como mi hermana Dunia, quien desdeña la postura amarillista de los medios y comprende y acata con mucha tranquilidad las medidas de contingencia y prevención, como cosa necesaria y pasajera.

Lo cierto es que, se mire desde donde se mire, todo esto es una mentada de madre. A lo mejor no para muchos niños y universitarios que hasta el 6 de mayo se encuentran oficialmente de vacaciones. Pero sí para quienes todo esto es un recordatorio, como una bofetada, de nuestra palmaria fragilidad. Y no hablo en el sentido corporal y somático. Hablo de la manera en que de repente puede echarse de menos la cotidianidad. No es extraño que la gente se ponga a teclear desaforadamente haciendo chistes sobre el Fin de los Tiempos Originado en México (¡al fin los primeros en algo!) y la “influencia” de Jack Bauer que al final nos salvará. Y es que es demasiado sórdido sentarse a pensar que los despertadores, los congestionamientos viales, las horas muertas en la chamba, las odiosas idas al banco, todos los actos rutinarios, las pequeñas cosas que damos por sentado, están en realidad completamente fuera de nuestras manos. Como cuando uno choca o se vacía el café encima del teclado, lo mismo. La sensación es que la vida puede trastocarse en cualquier momento. Sólo que esta vez, en coro nacional.

Muchas medidas preventivas se han enunciado para esta turbulencia sanitaria, pero ninguna para mitigar la angustia que la acompaña. Yo he encontrado que, además de huir de la cobertura mediática, me viene bien aferrarme a cualquier asomo de rutina que perciba a mi alrededor. La esquina donde vivo es sumamente terapéutica porque hay un permanente olor a café, tránsito de coches, música callejera, voces y risas: contactos con la liviandad, con el orden cotidiano de las cosas. La otra medida de contingencia es, claro está, tomárselo con humor… Antes de cancelarse por el día de hoy todas las misas en el Distrito Federal (con absolución para faltar a la Sagrada Eucaristía), las instrucciones eran las siguientes: asista a la iglesia con tapabocas, reciba la comunión en las manos, y NO SE DE EL SALUDO DE PAZ.

Hermanos, hagamos caso al mandato del Señor. Tirémonos los besitos, estornudemos pa dentro, y contagiémonos mientras tanto de toda la levedad de la que seamos capaces, hasta que la paz nos vuelva a encontrar.

lunes, 13 de abril de 2009

El llanto fracasado

No creo que a muchos les vaya a gustar leer esto. No es divertido, no hay historia, ni anécdota, ni sana autoironía. Pero si no lo hago, es que la declaración de intenciones que dicté un día para este espacio es una tomadura de pelo, una hipocresía y una falacia.

¿A dónde llega el límite del escritor? ¿Puedo decir que hoy me siento de la chingada, con esas palabras, sin que suene pornográfico? ¿Por qué un poeta sí puede decirlo? ¿Por el condón de la forma? ¿Puedo hablar del dolor, de mi dolor, sin tener que hacer con ello un cuento o un anecdotario?

Puedo.
Porque parte de lo que me sucede hoy tiene que ver con la incapacidad de compartir. Porque mi diario ya me alucina y porque no quiero escuchar a nadie diciéndome las cosas que ya sé. Hoy necesito guacarear en este lugar. Y que se lo banque quien se lo quiera bancar, que nadie está pagando peaje por ello.

Esta tarde cayó una lluvia pichicata y tonta después de mucho viento amenazante y mucha nube negra. El Jarocho bajó sus cortinas de plástico para nada, y después de tomarme un mal cortado decidí aprovechar el fresco de siete de la tarde con un poco de luz para caminar. Caminé por la callecita escondida de Leo’s Pizza y el empedrado de Juárez que desemboca en Belisario Domínguez, se me hizo de noche en Francisco Sosa y crucé la plaza de los coyotes, que tan bonita quedó después de un año de arreglos. Todo lo caminé despacio y todo el camino lo lloré.

¿Por qué? Porque sucede que a veces me canso de ser hombre (aunque sea vieja, y aunque la frase sea de Sabines); porque estoy cansada de la enfermedad. Harta, aburrida, hasta los huevos de la enfermedad. De la ajena y de la mía. De sortear todos los días con la fragilidad y el miedo a la finitud prensados del cogote. De enfermarme yo por pasarme los días y las semanas haciéndome creer que no pasa nada, o que todo se pasa, cuando la verdad es que no se está pasando.

Por la melancolía que llevo meses tratando de espantarme a punta de proyectos, de cuates, de películas, de cafés, de diarios, de acupunturas y de lo que se me va ocurriendo mientras me voy fumando las cejas. Porque todo en esta vida se acaba y no lo soporto. Aunque lo acabe yo misma. Porque nada regresa y sin embargo nada se olvida. Esa palabra tan mentada en los cancioneros –olvidar- no existe. Existiría, en todo caso, algo así como “deslindar el recuerdo de su contenido afectivo”, pero eso no rimaría en las canciones románticas. Y como sea, a mí no se me da. Yo debo recordar con el paquete completo, me someto a esa tortura porque si no, siento que se me esfuman los fragmentos más preciosos de mi existencia. No me concilio con la finitud del amor, y por eso voy a todas partes cargando en la cajuela con una cofradía de fantasmas, sabiendo todo el tiempo que es un mal negocio porque al final del camino, cualquier recuerdo evocado es un paliativo de mierda. Todo lo que pasa está perdido. Lloré como trapo escurrido porque no soporto ser el objeto de resentimiento de quien quiero, y me voy masticando el dolor como quien mastica un alacrán después de ser picado para curarse de su veneno, aunque la cura ni siquiera sea para mí. Y porque de repente me cansan mis valentías. De todas las batallas inútiles que se han librado en la humanidad, la de la coherencia pareciera a ratos llevar la batuta, con las cuotas tan absurdas de nostalgia y de incertidumbre que cobran sus renuncias.

Hay más cosas.
No es que me sienta sola. Es que estamos solos. Todos. Coyunturalmente solos. Los que “están ahí” nunca están en realidad. Están a ratos, y en cualquier momento dejan de estar. Somos una bandada de náufragos, solos como en un estacionamiento a las tres de la madrugada o en un ascensor varado a perpetuidad, en la vigilia y en el sueño y en nuestra muerte. Encuentro que sólo existen dos antídotos efectivos –que no sean la simple negación- para esa conciencia abismal. El primero es creer en algo tan grande que sea capaz de contener todas esas soledades y darles sentido. Y yo lo de la fe, hoy por hoy, lo llevo fatal. Hace no mucho todavía conservaba algunas reservas de pensamiento mágico. Confiaba en que la vida “pone” las cosas de una manera, si no planeada, sí dispuesta y favorecida por algo externo. Ahora dudo hasta de eso. El otro antídoto es el amor. Una fuerza tan abrasadora y tan irredimible que consigue crear puentes imaginarios, lazos invisibles que crean la fantasía de unión con los otros. En esa fantasía sí creo y pienso también que la intercambio con muy diversos amores en el transcurso de mis días. Pero hay días jodidos en que ni siquiera ese milagro le basta al alma.

Y por último (¿por último?) me siento a veces muerta de hambre. La vida me aterroriza no tanto por lo que pueda traerme (derrumbes, pérdidas, deterioro, vejez, olvido, golpes de muerte) sino por todo aquello que ansío con voracidad y ella pudiera negarse a darme. Porque quiero el filete completo y a ratos siento que vivo a rebanadas de jamón de pavo. Me hiela el cuerpo pensar que mi propio inconsciente me haga una mala jugada y me quede yo paralizada a media vuelta en la rueda de la fortuna, perdida y manoteando en el bosque, buscando el sol cuando detrás estuvo todo el tiempo la fogata. Y es que eso también es aterrador: estamos solos, pero no.

Sabines lo hubiera dicho mejor:

Sombra. No sé. La sombra
herida que me habita,
el eco.
(Soy el eco del grito que sería.)
Estatua de la luz hecha pedazos,
desmoronada en mí;
en mí la mía,
la soledad que invade paso a paso
mi voz, y lo que quiero, y lo que haría.

Pero yo no sé hacer eso. Decir así las cosas. Yo sé hacer esto. Y también me doy cuenta que me estoy justificando demasiado. Porque otra cosa que sé y me pudre es que en el fondo (y ni tan el fondo) en mi oficio soy una autocrítica despiadada y una censora feroz. Y de eso también estoy hasta la madre.

Así que dejo de explicarme. Al pie de este espacio hay una larga lista permanente de enunciaciones por las cuales digo de este modo todo esto, en lugar de decírselo a otro ser humano (que después de todo, es lo que hago).

Y tampoco pasa nada. Esto se pasará. Todo se pasa. Lo que se duele igual que lo que se ama.

sábado, 4 de abril de 2009

Una de chinos y achaques cochinos



COPLA A LA GASTRITIS

Llega remando discreta
un pinchazo después del bocado,
se prensa del tubo con aspas
y mete en las tripas las garras.

Queman las entrañas igual que carne viva,
no existe brebaje que frene la ocupación.
La primera noche es igual que un parto,
el día que le sigue es campo de concentración.

Ay, gastritis, cruel condición
que das en la barriga
y das en el corazón.

No bastando sentirse arrollado
encima de todo se está castigado.
Nada de café, nada de tabaco,
Todo es cocido y sabe a sobaco.

Ni un queso ni un vino ni un Yoli con gas
los días y las noches pierden su sal,
está uno apaleado del cuerpo y del alma
un fiambre que repta, extensión de la cama.

Ay, gastritis feroz desazón
que das en la barriga
y en el corazón.

Dicen que ataca a los estresados
que a los angustiados les da el arrechucho,
si el cuerpo es tan sabio yo no lo comprendo,
¿por qué tan fregados y encima pachuchos?

Pasan tres días y olvidas su sino,
mes de antiácidos, tranca de lirio.
Pero uno no borra su marca rampante,
que viene a asaltar cualquier noche menguante.

Ay gastritis, mal del montón,
que das en la barriga
y en el corazón.

Escribí estas desacompasadas y lastimeras estrofas hace poco más de una semana, a modo de terapia de choque entre un antiácido y un quejido. Pero en esta ocasión la medicina que siempre me salva no me estaba haciendo ni cosquillas con doble dosis, así que pasados tres días de dolores mortíferos, terminé en la sala de urgencias de un hospital privado. Fue una experiencia muy extraña. Si bien llegué al hospital sintiéndome como jerga vieja, lo hice por mi propio pie, con el pelo cepillado y los aretes puestos. Estaba pensando en todo lo que tenía que hacer esa semana y deseando que me encontraran el mal y me dieran el remedio lo más pronto posible. Tenía ganas de comer algo y de tomarme un café, aunque fuera descafeinado, a la primera oportunidad. En cuestión de cinco minutos me sentí como si no hubiera mañana. Me pusieron una bata, me acostaron en una cama, y tres enfermeras que no incluían a Clarisa comenzaron a tomarme los signos vitales como si hubiera llegado arrastrándome y desangrándome por las orejas, mientras un par de médicos escudriñaban cada uno de mis eventos gástricos de los últimos días y los avatares clínicos de toda mi existencia. Casi sin darme cuenta, ya me estaban pinchando la mano para meterme un catéter y pasarme suero y medicina para el dolor (esto último lo agradecí). Acto seguido, me mandaron al baño EN SILLA DE RUEDAS para hacer pipí en un frasquito, y luego a practicarme toda clase de estudios que incluyeron una ultra-moderna y mega-claustrofóbica tomografía computarizada. ¿Será el apéndice? ¿Será la vesícula? ¿Será la vieja del otro día? Los médicos parloteaban a mi alrededor y tomaban turnos en mi cubículo para doblarme la pierna y apretujarme la barriga. De repente me vi en un quirófano contando del diez para atrás, y me dio tanto miedo que mi hermana tuvo que sobarme la manita. El desenlace fue dichoso, en lo que cabe. Mi mal resultó ser ovárico, se arreglaría con medicina, y ni siquiera implicaba restricciones en el comer, con lo cual dos horas después me estaba desayunando una hamburguesa de pollo con papas. La cifra a la que ascendió esa mañana en urgencias es indecente y ridícula. Pero incluso aquello me alegró: llevo mucho tiempo quejándome de lo que gasto cada año en mi seguro médico y parece que al fin podré desquitarlo.

Los últimos meses he tenido mucho contacto con hospitales, y no estoy descubriendo ningún hilo negro al decir que la diferencia entre el servicio público y privado es abismal. Pero esta última experiencia me hizo pensar que existen pocas estrategias de marketing en punto de venta más efectivas y poderosas como los hospitales de primera categoría. Yo no sé si todo lo que me hicieron fue realmente necesario, tal vez sí, tal vez no. De cualquier manera, es increíble su habilidad para hacerte sentir moribundo, y hacerte creer que los necesitas. Tienen más que los remedios, los aparatos y el instrumental: tienen la llave de tu destino. Y todo es tan veloz, tan presto y tan desinfectado; todo es tan URGENTE… estás a su merced y lastimosamente te alegras de que así sea. Lo peor es que en todo el tránsito nunca eres tú quien está en la camilla, en la silla de ruedas o en la plancha. Eres tus órganos, tus niveles de hemoglobina y de leucocitos, eres una cifra, un hematoma, un cacho de carne.

Unos días más tarde tuve otra experiencia con la salud, radicalmente opuesta. Era una cita que ya tenía hecha desde hacía tiempo (con la esperanza de curarme, no faltaba más, de mi gastritis recurrente) y apenas la segunda consulta no – alópata de mi vida. La doctora Ling es china, acupunturista y supuestamente prodigiosa. La amiga muy querida que me la recomendó (tengo restringido el uso de su identidad en este espacio) me advirtió que el lugar era medio “raro”. El adjetivo se quedó corto. El consultorio de la doctora Ling es un apartamentito deslucido y cochambroso en la colonia Mixcoac que consta de una estancia cuadrada con una mesa esquinada llena de tubos de recolección, papeles, cajas y mugres, unas cuantas sillas cuchas de plástico, un cuarto desbordado de cachivaches (¿la cocina?), un bañito que huele sospechosamente, y una habitación con tres camillas separadas por biombos. La doctora Ling es joven y trabaja con otros tres chinos jóvenes, una mujer y dos hombres. Asumo que son parientes. Los cuatro van de arriba abajo, atareadísimos, diciéndose cosas en chino que deben ser instrucciones o acuerdos pero siempre suenan a quejas o a reclamos. El día que fui se les llenó el changarro, éramos más de doce esperando en las endebles sillitas de plástico. Aparte de mí, había otros pacientes de primera vez. La doctora los iba llamando y los interrogaba ahí mismo, sin privacidad alguna y a oídos de todos los presentes. Así me enteré del reflujo biliar de una señora, del cáncer de pulmón descubierto en exámenes previos a una liposucción de otra, de la artritis reumatoide de un tercero. Afortunadamente, yo llevaba una lista escrita con todas mis dolencias, misma que le tendí a la doctorcita con una sonrisa muda. Cuando llegó mi turno y me pasaron al cuartito, me recosté en una camilla cubierta con sábanas desechables (pero claramente no desechadas) y la doctora procedió a mostrarme un manojo de agujas (nuevas) y a clavármelas repartidas en muchos lugares, la primera en la punta del coco. Es menos desagradable que una inyección, pero tanto como el golpecito de una tachuela clavándose en un pizarrón de caucho. Luego trajeron una caja como de toques de Garibaldi y empezaron a pasarle corriente a cada aguja. “No estés nerviosa, m’hija, estás muy nerviosa”, repetía la señora acostada en la camilla de junto, quien llevaba el vestido arremangado hasta el cuello y además de las agujas y los cables tenía una caja de madera sobre la barriga de la que salía humo con olor a copal de los danzantes del Zócalo. Era la mujer del reflujo biliar, y al final me hizo soportable el rato contándome de todos sus males estomacales y de lo imposible y tristísimo que es vivir cuidando lo que uno come. Estuve de acuerdo.

Al escribir esto ya voy por mi tercera sesión con la china. No sé si me vaya a servir de algo pero yo lo hago con mucha fe. Entre todos los contrastes evidentes con la experiencia alópata hay uno que me resultó en especial impactante y es la diferencia en la actitud frente al dolor. Tal vez no fuera ésta una sala de urgencias, pero había gente muy malita. Con náuseas insoportables, con vahídos. Había una señora con los pies completamente volteados hacia los lados que aseguraba que era sólo gracias a las agujas que podía caminar. Y ahí las cosas ocurrían como si nada fuera tan importante. Como si un cáncer de pulmón se pudiera mejorar con unos toques de Garibaldi. Sin pudores. Los males más íntimos a la luz, el sarro asomando bajo el lavabo (mi amiga me sugiere que ponga un suéter a manera de almohada para al menos pensar que no se me pega algún piojo). Es una extraña modalidad donde se es igualmente tratado como fiambre, pero sin la parsimonia y sin la parafernalia que lo hacen sentir a uno grave. Con la Doctora Ling y sus parientes jetones todo parece tener remedio. Ignoro si mi último mal lo hubiera tenido, tal vez un desinflamatorio potente y tomado era ineludible. Nunca lo sabré.

Estas últimas aventuras me han revolucionado la cabeza con interrogantes sanitarias. ¿Qué tanto puede incidir uno en el propio cuerpo? ¿Por qué todo el mundo anda últimamente tan chueco? ¿Por qué de pronto tantas depresiones y papilomas? ¿Y por qué justo en medio de tanta preocupación por la fibra, el ácido fólico y los antioxidantes? ¿Los que nomás no tenemos el chip del ejercicio integrado nos vamos a condenar? ¿Felipe Calderón tomará viagra?
Todo esto y poco más, próximamente.

jueves, 5 de marzo de 2009

Capitulo 4: Jau not tu draiv




El siguiente coche al que me subí después del Topacio fue un Oppel Corsa azul marino de alquiler. Lo rentamos mi hermana Thaida y yo en un Avis cerca de la estación de trenes de Santander. Veníamos de Madrid y nos dirigíamos a Asturias para tener un emocionante encuentro con nuestros ancestros. Mi hermana ha vivido veintitantos años en la suburbia estadounidense y es un as en las carreteras, pero conducir en ciudad le da pavor. Así que me pidió que yo sacara el coche tan sólo de la agencia y de Santander, para luego seguir ella las dos horas hasta el pueblo.
Yo llevaba ocho meses sin subirme a un coche, y al menos siete años sin tocar una palanca de velocidades –la última vez fue segundos antes del memorable incendio de la Cascabela-. Pero estábamos muy cerca de la salida de la ciudad y me dije que lo que bien se aprende nunca se olvida. Así que me apertreché en el asiento del piloto y con mi hermana junto, yo con las tripas encogidas y ella castañeando los dientes y prensada de la puerta, dándome palabras de culposo aliento. Metí primera y el coche no brincó ni se apagó. Así que metí segunda y tercera y salimos de la ciudad y de pronto no hubo dónde parar, con lo cual me seguí en cuarta, sin freno y sin pausa por las curvas sinuosas, los paisajes espléndidos y los incontables camiones de la autopista Cantabria-Asturias, sin cambiar de carril ni de velocidad hasta llegar a la mismísima puerta de la casa de nuestros abuelos, donde pisé el freno y el Corsa se estremeció con un brinco triunfal. Era la primera vez que conducía en carretera. Mi orgullo era indescriptible. Me sentía capaz de cualquier cosa. En ese momento ignoraba que aquella sensación de poderío sería mi perdición.

Unas cuantas semanas después, la escena del alquiler se repetía en la estación de Atocha. En esta ocasión viajaba con mis amigos Hernán y Miguel y una compañera venezolana llamada Gabriela. El destino era Lisboa y los cuatro nos subimos muy emocionados y provistos con cuanta porquería para comer y beber cupiera en un ¿Xantia? ¿Xara? plateado, nuevecito y radiante.
El conductor oficial era Hernán. Fue a su nombre que alquilamos el coche y era él quien sabía de volantes y de carreteras (como lo demostró en aquella y en otras travesías). Pero yo me había quedado con la cosquilla de conducir después de mi hazaña cantábrica, así que sintiéndome la parienta más cercana de Lola la Trailera, insistí en tomar un rato el volante en una estación de servicio donde paramos. Hernán nunca ha cometido un error tan garrafal en su vida como haber cedido a ese relevo.
Todo comenzó muy bien. El coche otra vez no brincó cuando metí primera, y así me seguí hasta quinta, acelerando feliz por la autopista. Pero esta vez quería hacerlo bien, quería cambiar de velocidad en los rebases y en las curvas y para eso, sutil detalle, primero tenía que RECORDAR cómo hacerlo. Así que, ¿por qué no?, me puse a practicar los cambios, literalmente, sobre la marcha. Hernán me miraba de reojo sin entender muy bien lo que hacía cuando cambiaba, sin motivo aparente, de quinta a cuarta y vuelta otra vez. Pero como es un caballero no intervino. Y tampoco dijo nada cuando en una de esas en lugar de cuarta bajé a segunda. Yendo a una velocidad moderada, esto no suele significar más que un graznido de la caja, que se arregla apretando el embrague y rectificando sobre la palanca. Pero yendo a 120 kilómetros por hora, el graznido vino acompañado de un crujido seco desde las entrañas más insondables de aquel Xara (¿Xantia?), seguido de un traqueteo, un descenso dramático de la velocidad y el colapso completo de la palanca de cambios. Pudimos morir, pero en cambio nos orillamos.

Mientras el pobre coche se desangraba sobre el pavimento, pasamos las horas muertas de la tarde en un paraje ventoso y gris de Extremadura esperando primero a la grúa, luego al seguro y luego un coche de repuesto. En ese lapso fue que me dediqué a contarles a mis compañeros de viaje y de susto todas mis desventuras automovilísticas, en un ejercicio maníaco y autoirónico para mitigar mi humillación. Y fue ahí que Miguel sugirió el título de estas crónicas.

El desenlace fue afortunado. No sé qué les habrá explicado o inventado Hernán a los de la agencia, pero el evento fue atribuido a una falla del automóvil y no nos cobraron un centavo. Supongo que descartaron el que alguien, quien fuese, hubiera sido capaz de descuartizar en un instante una caja de velocidades. El coche que nos trajeron era del mismo modelo que el fenecido aunque bastante más viejo y sin música, pero nos llevó hasta Lisboa y nos paseó por lugares magníficos. Por mi parte, no volví a tocar el volante. Ni en esa vacación ni en los dos años siguientes.

Aquí terminan mis relatos automovilísticos. Después de aquella experiencia todo ha sido bastante insulso. Puede que hasta feliz. Mi coche actual, un Chevy de cuatro puertas que pagué por tres años con mis quincenas, se ha portado como un dios y sus únicas marcas de guerra son los raspones que le he propinado en maniobras de estacionamiento mal calculadas. Bueno, una vez le robaron el estéreo. Con él he surcado diversas carreteras del país, y con él me sumerjo todos los días en la vorágine de esta ciudad de locos, en donde todos nos odiamos y nos tiramos a matar, en una coreografía que funciona a la perfección porque todos nos vamos cubriendo las espaldas.
Las moralejas de estos relatos deben ser tan obvias que yo ya no se las encuentro. Así que lo invito a usted, querido lector, a que las desentrañe. Y si le da flojera, nada más recuerde: no maneje sobrio. Digo, ebrio. Buen viaje.

jueves, 19 de febrero de 2009

Capitulo 3: El descenso

Sucedió una noche de graduación. La hermana de mi querido amigo Oscarín acababa de ganarse una mención honorífica en el aula Santa Teresa de la Ibero, después de lo cual los invitados al examen profesional nos trasladamos a un brindis de festejo en el Sheraton Suites que queda justo enfrente. Los zapatos que llevaba no me hubieran permitido cruzar la avenida Vasco de Quiroga a pie, así que manejé minuto y medio y dejé mi coche (el Topacio) en el valet parking del citado hotel.

La verdad es que no permanecí mucho rato en el brindis. El ambiente era familiar y las tías de mi amigo no hacían más que dar codazos y pellizcos verbales insinuando un posible romance entre nosotros, que a todas partes íbamos como lapas. (Por ese entonces nadie sabía que Oscarín era gay. Ni siquiera yo y creo que ni siquiera él).

Antes de pasar al momento realmente emocionante y no prologal de esta narración, hay algo que debo decir a mi favor. Por esas épocas yo padecía una miopía de topo y los lentes de contacto que usaba me ponían los ojos como chile cuaresmeño a las pocas horas de llevarlos pegados (razón por la cual muy poco después me recosté en una plancha con abrelatas en los párpados para recibir catorce disparos de láser y no tener que volver a depender de ningún tipo de paliativo visual –lo cual tampoco ocurrió, pero esa es otra historieta-). Ese día, entre un evento social y otro, no me había podido quitar los lentes de contacto y llevaba como diez horas luciendo unos ojos que resultarían muy pispiretos en la China popular pacheca. Y conste que no estoy diciendo que la estupidez se mida en dioptrías, pero ni modo, tenía que aclararlo.

No. La verdad es que tampoco iba borracha. Eran apenas las diez de la noche y con no más de una cuba encima, Oscarín me dejó esperando mi coche en el valet, y regresó a la fiesta de su hermana.
Llegó el Topacio. Lo abordé. Entregué una propina, me puse el cinturón y seguramente puse el radio. Agucé las dioptrías, y esto fue lo que vi: unas luces amarillas como a cincuenta metros de frente, y otras luces amarillas como a veinte metros, girando un poco a la derecha. Asumí que en ambos casos se trataba de accesos de salida, así que opté por la que me pareció la más cercana. Es decir, veinte metros girando un poco a la derecha. Bajé la palanca a la D de Drive, y aceleré. De repente, el coche golpeó contra algo y se cimbró como si hubiera caído en un bache del tamaño de un cráter. Y al instante otra vez. Aterrada, pisé el freno. Tardé unos momentos en darme cuenta que no eran cráteres, sino escalones por lo que estaba descendiendo.

En la vida hay reacciones inexplicables. Es verdad eso que dicen que ante el peligro inminente, la tragedia o la amenaza de la vida, el instinto toma veredas inusitadas. La que yo tomé fue en línea recta. Después de todo, al arrancar había distinguido claramente unas luces amarillas de salida en esa misma dirección. Así que, ante la imposibilidad de dar marcha atrás, deduje que si seguía por donde iba, tarde o temprano saldría de ese maldito lugar, si no con la dignidad, al menos con el anonimato intacto.
Así que aceleré.
Dos, tres, cuatro escalones más.
Fuente.

Así es. Las luces que tan nítidamente había distinguido con mis lentes de contacto pegostados a la coroides no eran las de una salida, eran las de una fuente apagada.

Lo que siguió fue más surrealista aún. Antes de que pudiera yo siquiera reaccionar ante lo que acababa de hacer (tirándome a la fuente y ahogándome, por ejemplo), ya estaba rodeada de un quinteto de hombres de chaleco dándome órdenes entre gestos de estupor, de emergencia y de mofa mordaz. “¡Bájese! ¡Quítese! ¡Póngalo en neutral!”, recuerdo que exclamaban. Obedecí. Bajé del Topacio (pobre Topacio…) me alejé unos pasos, y atestigüé con la incredulidad de quien presencia un milagro (o una calamidad) cómo esos cinco hombres regresaron el coche cargándolo y empujándolo, escalón tras escalón, motor rugiendo, llantas aullando y suspensión crepitando, al lugar preciso de donde había venido.

Cuando estuve arriba de mi coche otra vez, aquel grupo de salvadores del averno se retorcían de risa en mi cara. Todavía les di el placer de una indignada increpación: “¡Pero es que no se ve bien! ¡Esto mismo le tuvo que haber pasado a alguien más!” Las carcajadas debieron retumbar hasta el salón donde mi amigo brindaba con su hermana y con sus tías, ignorando lo que acababa de sucederme.

Arranqué de nuevo, esta vez siguiendo las luces a cincuenta metros: las correctas. De nueva cuenta la virgencita debió socorrerme porque conduje cuarenta minutos sin que mi coche se cayera en pedazos. Creo que al día siguiente fui al taller mecánico. No volví a pisar el hotel Sheraton Suites jamás.

(Parece imposible, pero sí: Continuará…)

jueves, 12 de febrero de 2009

Capitulo II: El Topacio

No eran topacios sino unas esmeraldas de la familia lo que mi madre y yo fuimos a valuar a Polanco una tarde lluviosa y que luego vendimos para completar lo de un coche de segunda mano. Corría el año de 1994, el coche era del 90 o del 92, un Ford Topaz gris claro, cuatro puertas, automático, con tres quemaduras de cigarro en el asiento y sin medidor de gasolina. Por lo demás estaba impecable, o así lo parecía. Tenía hasta reproductor de casettes. Para mí era un verdadero lujo. En ese coche nos subimos una vez como siete bachilleres con las hormonas a mil para dar vueltas y a tocar el cláxon frente a la prepa masculina y también religiosa de la colonia, y con él salí por primera vez al Circuito Interior. Es decir, a una vía rápida: al mundo.
Muy pronto lo de surcar el mundo se convirtió en una pericia cotidiana que comenzaba antes de que saliera el sol para ir a la universidad. Eran 8 horas semanales en promedio lo que pasaba yo a bordo del Topacio. Así que, a lo largo de 5 años, las 10 ó 15 veces que me dejó tirada en lugares tan pintorescos como el Paseo de la Reforma, la curva de entrada a la carretera a Toluca, el carril central del Circuito Interior y la bajada a la estación de autobuses de Observatorio, puede que no hayan sido tantas o tan graves en conjunto.

De al menos dos paradas involuntarias reconozco mi culpa. Ya he dicho que al Topacio no le servía el medidor de gasolina. Así que por más que yo hiciera cálculos y mirara el kilometraje y al final optara por echarle 150 pesos reglamentarios de Magna todos los lunes, al menos en un par de ocasiones el colapso del Topacio fue inevitable. Lo peor de todo es que el condenado armatoste avisaba. De repente la bomba empezaba a quejarse con un aullido grave, como de turbina agónica, y yo sabía que se aproximaba el fin. Tenía entonces que encontrar una gasolinera al precio que fuera, con el corazón batiendo en el cogote, rezando padresnuestros, avesmarías, angelitos de mi guarda, los misterios dolorosos y cuanta plegaria alcanzaba a mascullar antes de vislumbrar el ansiado letrero verde de Pemex en el horizonte. A veces lo lograba y a veces no. Una tarde de viernes y quincena estuve atrapada en Insurgentes avanzando a razón de tres centímetros por minuto, llorando entre salmos y jaculatorias mientras aquella cosa zumbaba. Esa vez no me acuerdo si llegué al letrero de Pemex. Creo que no.

Algo que sin duda NO fue mi culpa es que el Topacio tuviera problemas de termostato. El radiador, el carburador, el ventilador, la manguera, el depósito de anticongelante y la madre que los parió a todos fueron sólo algunos de los leti motivs de mis innumerables visitas al taller mecánico. Pero ninguna de ellas pudo evitar al menos cuatro repeticiones de una tercia fatal: acelerador muerto, termómetro a tope, humo. Mucho humo. Fue en este candente escenario que me encontré detenida, entre otras locaciones, en la curva que conecta Constituyentes con la carretera a Toluca. Fue un amable chofer de camión de carga quien muy abrumado se detuvo y se puso a agitar una franela roja en lo que su compañero me ayudaba a orillar el coche, para después agarrar yo un taxi de vuelta a la “ciudad” para encontrar un teléfono público y hablarle a mi mecánico. Porque he aquí una importante incidencia dramática: por ese entonces, al igual que la inmensa mayoría de los cristianos, yo no tenía celular.

Pero la vida es una tómbola de luz y de color, y es en este abanico de experiencias infames donde uno aprecia los actos desinteresados de bondad. Después del chofer del camión, volví a apreciarlos cuando me quedé sin frenos bajando por la pendiente que da a la estación de autobuses de Observatorio. Se trata de una calle de tres carriles que en realidad son dos o a veces uno (dependiendo de los microbuses), por donde van cruzando docenas o centenas de peatones, a según como los coches les van dando el paso. Los frenos del Topacio tuvieron a bien declararse en huelga justo en el momento en que los automovilistas vecinos estaban dejando pasar lo que en ese momento sólo distinguí como una horda apocalíptica de colores chillones, bolsas y cajas de cartón. Saqué el brazo por la ventanilla y toqué el cláxon como si no hubiera mañana mientras los pobres transeúntes brincaban y toreaban el Topacio como en el más bizarro de los Sanfermines; giré por una callecita en cuanto pude y, apenas lo permitió la velocidad, metí el freno de mano con toda mi alma. Luego esperé a que amainaran un poco los temblores y la taquicardia, apagué el coche y caminé a la estación de autobuses para llamarle a mi mecánico. Mi mecánico a estas alturas me alucinaba así que me mandó al diablo, con lo cual no tuve más remedio que ponerme a buscar uno por ahí. (Mi seguro sólo cubría daños a terceros, no reparaciones). Una señora muy amable que atendía una papelería me dijo que su ahijado tenía un taller aquí cerquita. Fue así como de pronto me encontré petrificada ante una calle cerrada, al fondo de la cual cinco o seis tipos con pinta de tunantes y mucha grasa en las manos rodeaban el cofre abierto de un vocho destartalado. Yo no sé si fue la luz del día, el candor de la señora de la papelería, los 22 ingenuos años que tenía yo entonces o la pura desesperación lo que me animó a acercarme con una sonrisita de zonza a implorar ayuda. Lo sorprendente fue que me ayudaron. Uno que era taxista incluso me llevó a comprar las piezas de la reparación sin cobrarme. El ahijado arregló el Topacio ahí mismo y muy rápido. Fue un arreglo provisional, pero creo que quedó bien. Al menos recuerdo que volví acelerando y frenando a mi casa.

Como mi sentido de la orientación es bastante deficiente, por no decir que nulo, en el Topacio también recuento varias perdidas dantescas, una de ellas a la media noche, por el barrio de Tepito. No sé cómo llegué a ese lugar viniendo como venía del Periférico, pero sé que estuve ahí porque tras la cortina de lluvia que durante casi dos horas no me dejó ver un gramo y mucho menos un letrero, pude distinguir calles y calles de tenderetes de fierro y varias patrullas de policía a las que, desde luego, no me acerqué. Fue después de mucho rezo que finalmente vislumbré un letrero que ponía “La Villa” y, guiada por esa señal profética, pude arribar a buen puerto. Ahora que lo pienso, tal vez fue una ventaja el haber sido una católica practicante mientras fui conductora de ese Ford Topaz.

Colisiones tampoco faltaron. La más memorable ocurrió en la esquina de Pacífico y Asia, llegando al llamado de un comercial donde yo iba a hacer el script. Venía mirando un papelito con la dirección, y cuando vi a todos mis compañeritos de trabajo en la esquina apuntada, me sentí tan feliz y tan orgullosa de haber llegado a un destino sin perderme, que tras saludarlos efusiva con la mano, giré el volante con decisión para ir a su encuentro. La cosa es que lo hice sin ver al señor del Tsuru que justo pasaba a mi lado. Ya no me acuerdo qué estragos le hice, pero mi puerta quedó como acordeón. Esa vez sí que vino el del seguro. La vergüenza me duró semanas, pero ese día cumplí con mi deber y tomé el script del comercial. Era de beeper.

La famosa noche de aquel incidente escalonado que muchos me han oído mentar, también iba yo a bordo del Topacio aunque felizmente no había nadie conocido a la vista de mi torpeza. Pero esa historia la dejo para después.

(Continuará…)