lunes, 6 de julio de 2009

Estas son las mañanitas que cantaba el rey David (¿qué carambas significa esa frase...?)



Coyojane hace un paréntesis para autofelicitarse por su primer aniversario.

Es emocionante festejar el aniversario de algo donde uno tiene mérito directo. Como dejar de beber o no haber dejado de ir al gimnasio o conservarse en pareja. No sucede así en los “grandes” aniversarios como los cumpleaños, las Navidades, cuando se trata de las madres o los muertos y mucho menos en los cambios de año. Aunque tal vez los cumpleaños sí tengan algo de meritorio: vivir no está tan fácil, aunque así lo parezca.

Yo no quería decir nada cursi hoy pero no voy a poder evitarlo. Aquellos que han seguido este blog desde sus albores, surcando disertaciones matrimoniales y anti-tabaco, crónicas viales, viajeras y gripales, monjas y enfermeras y una que otra catarsis, saben que nació de un intento por trasladar la escritura a un lugar que no fueran programas masivos o cuadernos anónimos. Un ensayo aventurado de tratar de ser congruente con lo que intuyo que es mi quehacer, de compartir lo personal, de comunicar, pues, como hacía aquel señor que no se podía mover y para hacerlo guiñaba el ojo.

Lo que hace este 7 de julio “festejable” es poder admitir, con gozo, dicha y algarabía, que sí, que ahí va. Que este intento ha cundido, que este espacio ha sido como un taller de orfebrería aterrador y lleno de sorpresas, que cada vez que publico algo sigo sufriendo las horas siguientes por qué van a pensar de mí, y que aunque eso me suceda toda la vida, nunca va a ser un obstáculo para continuar. Saber eso es por lo que brindo el día de hoy.

¡Salud! Y gracias por seguir leyendo.

martes, 26 de mayo de 2009

Regresé a vivir a México después de un año en el extranjero este 24 de abril.

POR ENRIQUE LOMNITZ

Las llamadas advirtiéndome de la pandemia porcina me empezaron a llegar el mismo día de mi partida. Siendo poco hipocondriaco y generalmente optimista, las llamadas me parecieron desde el principio ignorables y exageradas. Lo que sentía era emoción. Emoción por volver a México y porque había, la noche anterior, empezado un enlace romántico con una chica que siempre me pareció un sol. Fue un hermoso día de verano en Nueva York y estaba tendido con mis amigos en una gran roca en el parque, absorbiendo el calor como lagartijas y viendo sus varias caras, preguntándome cuando las volvería a ver. Cuando mi papá me dijo en voz seria que tuviera cuidado, que usara tapabocas, que me lavara las manos y no usara el metro, me pareció irritante su cuidado, y le ofrecí algunas promesas de mala gana con el fin de terminar con el tema y pasar a otro mas divertido. Así fue mi introducción al virus de la influenza porcina.

Cuando llegué al DF esa noche el aeropuerto estaba casi vacío. Volando por el segundo piso del periferico tuve tiempo de pensar en lo agradable que estaba la ciudad vacía, y ese mismo día se me presento una oportunidad que por nada quería perder... ir a instalar un biodigestor a una granja de puercos en Guanajuato.

Se que la fiebre no se acontagia por puercos, pero me pareció divertido pasarme el inicio del brote entre ellos, o mas bien entre ellas, pues se trataba de una granja lechonera con unas grandes marranas de 150 kilos amamantando a sus rosados y adorables lechoncitos. Aparte de los tapabocas que me encaraban en las tienditas y en las calles, la epidemia paso a un plano secundario. Mas en nuestra mente era la tarea por delante... hacer de la caca de las puercas una energía renovable. Y para mi eso resultaba mucho mas agarrador que la posibilidad remota de contraer una gripa animal..

A las puercas las tienen en unas macabras jaulitas en las cuales no pueden ni darse la vuelta, y que les permiten solo una posible actividad: berrear cuando se acerca el muchacho con su cubeta de alimento para bajarles el hambre y distraerlas de su aburrimiento. Estando entre ellas pensaba en treblinka, en la crueldad de la vida, en la desalmada eficiencia del sistema, en el vegetarianismo... pero mas que nada pensaba en el digestor y en mi joven carrera como diseñador ecológico. Cuando terminábamos de trabajar, después de largos días bajo el sol brutal del Bajío, íbamos directamente a zamparnos unos tacos al pastor, y no podía más que pensar en los pobres puercos cuyos ricos restos fueron a dar a mi plato. ¿como no me molestaba más? lo suficiente al menos como para pedir cualquier otra cosa, unos nopales, o al menos un taco de res.... "lo más importante es tu salud y la de tu familia" me informó un póster de la secretaría de salud. Que enjambre de valores y pensamientos. Al dedicarme a trabajos de ecología me gustaría pensar que mi motivación es principalmente un desinteresado amor por la naturaleza, una empatía con los pobres bichos que aplastamos con nuestros coches y un amor a los bosques, selvas , manglares y desiertos que fragmentamos y contaminamos con nuestro egoísta crecimiento. ¿como es que en el pánico a la influenza no oigo a nadie hablar del mal trato que le damos a los chanchos que incubaron al virus este? Pero no parece hacer mucha diferencia, aun cuando hay conversación. Después de todo, yo tampoco me negué el breve placer de comérmelos con piña. No se si concluir que en el fondo, somos bastante egoístas. Dicen que el tapabocas solo sirve realmente para proteger a los otros de uno, y no al reves.. Sabrá eso la gente que se lo puso tan diligentemente todos esos días? ¿Lo harían si lo supieran? Supongo que probablemente no. Al fin de cuentas, es bastante incomodo traer esta telita pegada a la cara. Quizás no importe mucho nada de eso. La naturaleza es dura y la libertad del sufrimiento no esta incluida en ninguna garantía. Por eso creo que no tendremos mucho fundamento para quejarnos si la próxima vez que venga una epidemia, no nos trata tan bien. Ésta de la fiebre porcina la viví mas como un sabroso buffet de días sin trafico.

Aeropuertos para pegasos

POR EDUARDO LÓPEZ

En el grupo hay un compañero al que le está yendo bien en su trabajo; es gerente de recursos humanos; acaba de estrenar coche, es bien parecido y joven aún, con muchos años de sobriedad. Cualquiera diría que es un hombre totalmente en posesión del tan alabado "sano juicio" del que nos habla nuestro 2° paso ("llegamos al convencimiento de que un Poder Superior podría devolvernos el sano juicio"). Este amigo llegó con un cubreboca de tipo casero que le tapaba de ojos a garganta y de oreja a oreja, grueso y con fuertes cintas aplanadas, manifestando que las medidas sanitarias impuestas eran dignas de tomarse en cuenta ya para siempre y que desde ese día deberíamos no permitir le estancia en una reunión a cualquiera que tosiera o estornudara o manifestara el menor indicio de cuadro catarral.

Pronto se dio cuenta de que no se le tomaba en serio; yo incluso le hice ver (apoyándome en el estilo humorístico de tu blog) que el peligro no era tanto una tosida en la cara sino el asalto por un mesero desesperado y que era mucho más confiable un taxista sin guantes que uno con guantes asquerosos y que era más saludable respirar libremente que a través de un cubrebocas húmedo y lleno de mocos. Entonces adoptó una conducta fundamentalista en otras áreas de la actividad grupal que me hicieron sospechar que el miedo animal es tan peligroso inocularlo como tratar de quitarlo con ironía a un enfermo mental. Y digo enfermo mental porque en él observé el caso tipo de un ingeniero paranóico que me pusieron en un exámen de la clínica de psiquiatría que era un sujeto culto, encantador y juicioso hasta que se hablaba de aeropuertos, aviones o similares, pues traía entre manos un gran proyecto de construcción de aeropuertos para pegasos.

En la casa de recuperación el único momento de miedo fue cuando en sala "O" tuvieron un acatarrado a quien los cuidadores le hacían aparecer altas temperaturas calentando el termómetro en un foco, ya fuera por la simple broma o con la esperanza de que se desocupara la casa.

En mi centro de trabajo lo único que hubo es que no hubo nada, ni pacientes ni ruidos ni telefonazos, ni risas ni nada de nada. Tan poco trabajo y dinero que ahora ya me gusta el borlote. Aprendí que un buen brote de influenza manejado en México vacuna eficazmente contra la intolerancia hacia el prójimo.

domingo, 17 de mayo de 2009

Añoranza viral

No sé ustedes, pero yo comienzo a echar de menos los días de la influenza humana.

El jueves pasado, cuando se reanudaron las clases de nivel medio y superior, un joven locutor de radio universitario medio tontín, se esforzó en vano para hacer una reflexión sobre lo que aquellos días de alarma sanitaria nos habían legado. Tras cantinflear como tres minutos balbuceando sobre la vitamina C y los hábitos de higiene, acabó diciendo que no debíamos olvidar que una vez más los mexicanos habíamos demostrado ser un país unido. Y yo pensé, ¿unido como en qué? ¿En el tema de conversación? ¿En lo mal informados? ¿En lo igualmente feos que se veían los tapabocas? ¿En lo “discriminados”? No es que a mí me guste que le hagan el feo a mis paisanos, pero si a discriminados vamos, antier escuché en las noticias que tan sólo en este mes se escabecharon a cuatro homosexuales en estas mismas tierras. A mi modo de ver, si este país brilló por algo fue por sus diferencias. Algunas obvias, como el acceso a la atención sanitaria, y otras tan complejas como el abanico de reacciones y vivencias que este bicho trajo consigo.

No puedo hablar del resto del país, pero vivo en la ciudad de México desde las eras en que los radiocasettes portátiles eran modernos y los vochos eran mayoría en el parque vehicular, y jamás había visto cosa tan fantasmagórica como este valle maldito durante el puente del primero de mayo. Ese viernes a las 6 de la tarde, mi amiga Shanna y yo salimos a comprar un café y éramos las únicas transeúntes (sin exageración) caminando por la banqueta de Presidente Mazaryk, una de las calles más concurridas y ajetreadas del Distrito Federal. La circulación era de algo así como tres vehículos por minuto, y junto a la fuente de una desolada placita comercial donde nos sentamos, los empleados de una cafetería vacía (con servicio para llevar), se habían puesto el tapabocas de gorrito y bailaban con la música a todo volumen entre las mesas.

La raíz del fenómeno desértico es debatible. Aparte del hecho de que un virus de la gripe haya tenido a bien mutar y volverse feo y contagioso al interior de nuestras líneas fronterizas y no otras (a reserva de lo que opinen algunos escépticos, nacionalistas y amantes de las novelas de intriga política y de ciencia ficción), el resto es un champurrado donde los medios, los organismos internacionales, los médicos, los políticos, sus mujeres, sus brujos particulares y el poder en todas sus formas, representaron una versión entre las muchas posibles que, con una sola variante, pudo llegar a tener este libreto. Lo interesante es cómo nos esmeramos en representarlo todos los demás.

Todos sabíamos que esto no era tan grave. Lo supimos al tercer día, si no es que antes. Los brotes de terror y de paranoia, creo que en esto estamos casi todos de acuerdo, fueron más producto de la escandalosa cobertura mediática que de los números en sí mismos, y duraron poco. Esto jamás se asemejó, ni remotamente, a una verdadera epidemia, de esas en donde te encontrabas al vecino en la calle y la conversación era "¿Y tu prima?", "Ya se murió", "Ah, qué mal, en mi casa hay tres en cama". "Bueno, los estará atendiendo tu suegra". "No, a ella la enterramos antier". Y ahí sí, todos a cal y canto, rezando y no viendo las 46 temporadas de Friends. Pero quizá la prueba más fehaciente de la laxitud de todo este teatro haya sido la forma en que salimos a las calles como arañas liberadas en un frasco apenas nos dieron luz amarilla. ¿Por qué jugamos el juego entonces? Tal vez no quisimos perdernos la inusitada oportunidad de participar, con el papel que fuera, en la escena nacional. O tal vez es que en el fondo necesitábamos desesperadamente unas vacaciones.

Por la razón que haya sido, es fascinante pensar qué estuvieron haciendo treinta millones de personas (y muchas más) durante quince días de alarma nacional. Mi caso es aburrido. Saldé trámites burocráticos, me comí un gusano de maguey, me tapé dos muelas. Pero hay historias curiosas. Un conocido me contó que iba en el coche con su mujer y su niña cuando escucharon la noticia de la Fase 5 en el radio. Sin parar por su casa se enfilaron a Cuernavaca y llegaron a las Estacas, donde compraron trajes de baño y un suéter para la niña, que no llevaba. Ahí se estacionaron tres días. Otro me habló de un amigo que llevaba diez años trabajando en producción a ritmo frenético y sin un descanso, y durante aquellos días no sabía qué hacer consigo ni dónde meterse. ¿Cuántos casos habrá como ese? También supe de una familia que tuvo que despedir a la pareja que hacía diez años cuidaba su casa de campo, porque al llegar ahí de improviso para entretener al virus, se encontraron la casa vacía y los platos sucios desde que habían estado en semana santa. Luego están las historias de encierro. Dos amigos muy cercanos tuvieron la mala suerte de que sus respectivas hijas pequeñas se resfriaran por esos días. En lo que averiguas si se trata o no del bicho A H1N1 12XM46-007 o un pinche catrro (como acabó siendo en estos casos), se te escurre el alma. Al cabo de una semana bajándole la fiebre a su niña y después a ella misma, mi amiga acabó sufriendo una crisis de nervios con siete horas de llanto imparable. ¿Cuántos matrimonios se habrán reconciliado en esos días? ¿Cuántos se habrán disuelto? ¿Cuántas personas acostumbradas a los centros comerciales habrán descubierto los espacios públicos? ¿Cuántos niños habrán hallado una perversión o una vocación? ¿Cuántos adolescentes no habrán tenido su primera vez en algo? Dramaturgos, narradores, cineastas, tenemos que encontrar esas historias y hacer algo con ellas.

¿Qué nos queda ahora? Que si Fidel Castro dijo, que si Calderón contestó. Que si en Estados Unidos hay más casos de infección pero Obama no cerró las escuelas y por eso no le clausuraron ningún vuelo ni ningún contrato. Que si acá fue necesario que cundiera el pánico porque no tenemos ni recursos ni educación y a veces ni agua. Que si fue un montaje para tapar no sé qué, que si el producto interno bruto bajó no sé cuánto, que se vienen las elecciones de julio. El puro chisme de lavadero, el vituperio, la política. Los reflectores han vuelto a su centro habitual. Parece que la paz y la normalidad sólo son bonitas cuando se echan de menos.

Los ciudadanos y actores recién desempleados, por nuestra parte, ya lo he dicho: en cuanto nos dieron permiso aventamos el tapabocas y plagamos como masa de gremlins los comercios, las aceras y los restaurantes. Nos zambullimos vestidos en nuestra vida monótona, previsible, deprimida, llena de aventuras y riesgos, fantástica y emocionante, como dijo el señor Monsiváis. Con algunas sutiles diferencias. Temporalmente, los taxistas y conductores de transportes públicos llevan tapabocas y guantes (con variedades que van desde el guante de escolta y el invernal pasando por el de cocina). Los estudiantes y los oficinistas nunca tuvieron mejor pretexto para faltar a sus recintos, en cuyas puertas y pasillos hay frascos con gel desinfectante. Algunos se quedaron medio pobres, otros nos hicimos más ricos ahorrando a punta de entretenimiento casero. Por último, dicen que algunos señores van a comenzar a lavar sus corbatas y que en las misas ahora se dice así: Hermanos, démonos higiénicamente el saludo de paz.

Mientras, en la dilusión flasamente "progresiva" de este asunto, cada cinco minutos saltan anuncios para reconvenirnos, como si fuéramos niños chiquitos, “no se confíen, no bajen la guardia”, seguidos de todas las indicaciones de lávese la mano y huélase el sobaco, tres pasos a la derecha y no le escupa al vecino. Y es que otra cosa patética es que en el fondo los mexicanos nos conocemos bien. Igual que se dedujo en su momento que un susto era pertinente (no digo que oportuno ni acertado), todos sabemos que tenemos una tendencia pendular hacia la obediencia ciega y el valemadrismo visceral, sin términos medios. Esto es en parte lo que nos hunde, y a veces lo que nos saca a flote.

Como sea, a mí lo que más tristeza me da es que se acabó la diversión en Facebook. Se acabó la emoción de la desgracia compartida, la algarabía de la incertidumbre, la confusión, la indignación, la manía, el susto y la rebeldía simultáneas. Tal vez después de todo aquel locutor juvenil no estaba tan errado. Son raras las oportunidades en la vida en que tantos tenemos algo que compartir.

Para terminar, una última recomendación: ahora sí que hay que cuidarse los aparatos respiratorios. En esta ciudad donde lleva rato lloviéndonos sobre mojado, finalmente se ha puesto a llover.

domingo, 3 de mayo de 2009

Buscando el Contagio (Parte III)

REPORTE DEL FIN DE SEMANA: La Ciudad ha muerto, viva Coyoacán.

Señor restaurantero: si usted se está yendo a la quiebra, deje de frotarse las manos con angustia y póngase a practicar malabares con las cebollas que se le están echando a perder. Parta ese tomate y póngaselo de nariz. VUÉLVASE PAYASO. Esta noche, en el Jardín Hidalgo de Coyoacán, alrededor de las 19:45 horas, con estos ojos presencié algo inaudito: dos multitudes de cerca de 80 personas cada una, rodeaban y aplaudían a sendos payasos, reíanse a carcajadas, e intercambiaban partículas salivales como se intercambian hongos de pies en el balneario de Tepetongo.
De veras, señor restaurantero, no subestime las bondades del oficio bufonesco. Y si no goza usted de mucho equilibrio con zapatos grandes ni dotes histriónicas, siempre puede aprender a tocar un instrumento. También los músicos tenían su cuorum esta noche. Y si de plano no tiene ningún talento, cómprese unas cuantas pulseras, aprenda a perforar orejas, o ponga a cocer unos cuantos elotes. Los puesteros del barrio tampoco se veían con poco trabajo esta jornada. Ni qué decir del Jarocho, con una fila que llegaba hasta mitad de la cuadra. ¿Quién necesita sillas para tomarse un café? Basta con una jardinera o el cofre de un coche.

En todo este escenario despreocupado y jovial podríase calcular, a ojo de buen cubero, un uso del tapabocas de aproximadamente el 3%. (Puesto en la boca, no de bufanda). Una imagen verdaderamente dantesca, digna de escandalizar a la OMS y a unos cuantos chinos, peruanos, cubanos, colombianos y argentinos que no están volando para acá. (Por favor, nadie les diga nada. Nomás falta que también nos clausuren las banquetas).

Nota: De todo lo citado hay testimonio fotográfico. Apenas discurra cómo pasar las fotos de mi celular a la computadora…

Volviendo al insólito fenómeno “bareback” en mi barrio, transcribo a Carlos Monsiváis:

“Lo pidió el Presidente: las familias deben aprovechar la oportunidad única, podrán verse frente a frente y no aglomeradas frente a la tv, enviada por el demonio para impedir la convivialidad. Tiene razón, es hora de discutir los problemas de la vida, una familia es un conjunto de normas, preceptos, sesiones fotográficas, reuniones en torno a bodas y nacimientos, viajes al hospital en ocasiones infaustas… Es todo eso pero no ha sido el ámbito de reflexión como de ejercicios de Semana Santa. Si no aprovechamos la terrible oportunidad de la epidemia, quién sabe cuánto tiempo tardará para que las familias se enfrenten con su destino.”

Señor presidente, por lo visto la gente no tiene muchas ganas de quedarse en su casa enfrentando su destino. Lo que sí van a comenzar enfrentar son brotes de toxicomanía juvenil (el ocio es el mejor amigo del vicio), reincidencias de alcohólicos (¡hasta la Batiseñal de AA se apagó por primera vez en la historia!), ataques de pánico, matricidios, y delincuencia alternativa con cuchillos de mantequilla y suicidios por asfixia con delantal. (Perdón, es que echo de menos el fatalismo).

Y ya sin fatalismos, muy en serio, señores del resto del mundo, paren ustedes de apartar, de devolver, de monitorear y de joder. Tienen a un país entero paralizado nomás para que no se les peguen los mocos.

Seguiremos reportando.

jueves, 30 de abril de 2009

Buscando el Contagio (Parte II)

Estoy comenzando a enojarme. Mucho.

Lo bueno es que casi en la misma proporción me río. Cuando me inscribí a Facebook, jamás pensé que se convertiría en mi contacto más fidedigno con la cordura y la sana ironía que tanta falta hacen en estos tiempos.
Enuncio algunas de mis frases favoritas de los últimos días:

Apuercolipsis now.

¡Vamos a ponernos hasta el MOCO, marica!

Cría puercos y te sacarán los mocos.

Vengan a mi casa. Sólo necesitamos una enfermera y un bar tender.

The wine flu.

De coger, ni hablamos.

En Dublín estoy diciendo que soy hondureño.

¡Levante la mano el que esté vivo!

Alarma zombi en grado 2: Alejarse de lugares públicos y/o abiertos, evitar caminatas por el drenaje, mantener puertas y ventanas con seguro, proveerse de alimento así como de katanas, bates, motosierras, escopetas, machetes, cascos de americano y cualquier otro tradicional artículo de supervivencia. Fuera.

La Jornada: "Distribuirán gel desinfectante en siete estaciones del Metro, gel modelador en el Suburbano, y mousse en el Metrobousse".

Después del temblor de 5.9 grados del lunes:
¿Qué le dijo México a la influenza? “Mira cómo tiemblo”.

Este chiste fue especialmente refrescante porque surgió después de una larga época de oscurantismo en donde en México ya no se hacían chistes de nada.

Ahora, con su permiso, lo que me enoja.

Me enoja que México SÍ está temblando. Está crepitando los dientes y los huesos cuando a lo mejor sólo tendría que estar lavándose las manos y tomando vitamina C. Riéndose de su “desgracia” cuando la única desgracia que estamos experimentando en estos días es que nos traten como idiotas.

Me enrabia profundamente que hayan cerrado los cafés. Ayer cuando el Jarocho de mi esquina, el último asomo de normalidad de la cuadra, metió sus sillas verdes y se puso a expender su café –que la verdad no vale gran cosa sin las sillas verdes tendidas al sol- pensé, por primera vez en ocho días, ahora sí nos cargó el diablo.

Me enoja que hemos tendido unos días espléndidos, sin lluvia, y ver las calles vacías. Yo les digo a esas madres desesperadas que ya no saben si hacer pasteles, ver Shreck por duodécima vez o cometer infanticidio: salgan por Dios. Vayan al parque, a las plazas. Hagan picnics. Si este bicho flotara por el aire, ya estaríamos todos muertos. Y además ahora el ambiente está bastante menos contaminado que de costumbre con la merma en el tráfico, la actividad comercial y el éxodo masivo de los paranoides pudientes. Si les tranquiliza, lleven jabón líquido. (Si no encuentran en el súper, ya lo venden afuera del metro).

Llámenme vanidosa, pero me pone de muy mal humor la imagen que se está promoviendo de estas tierras hacia el exterior. Que la escena que transmitan tres veces seguidas en el noticiero prime time de Televisión Española sea una marabunta afuera de la iglesia de San Judas Tadeo, poniéndole su tapabocas al santito. Pero tal vez no me enrabiaría tantísimo si no se estuvieran clausurando vuelos a México, poniendo turistas en cuarentena, y ciertos amigos foráneos estuvieran pensando en cancelar sus visitas por el riesgo a ser encerrados con bozal a su regreso.

Me revienta, en general, la oleada de paranoia y de desconfianza que se ha gestado y que flota no sólo fuera, sino entre nosotros mismos. Este fin de semana, por ejemplo, a una amiga se le pidió abstenerse de asistir a una casa en las afueras donde estaba invitada, porque su hija pequeña había estado enferma del estómago y tuvo que ir al médico (¡Jesús mil veces, vade retro, Patasdecabra! ) y en dicha casa habría otros niños. No critico a la madre sobreprotectora. Pero los que contaminan amistades, rebátanme si exagero, esos sí que son virus feos.

Sigo resistiéndome a poner la televisión y la radio, pero hoy que fui por el café (a comprarlo, nada más) no tuve modo de escabullirme de un periódico Milenio que me llamaba diabólicamente desde la barra. Pude morir de la impresión. Todas las páginas, absolutamente TODAS, de principio a fin, hablaban de la misma cosa. Y se ve que les faltó con qué rellenar, porque incluían una página completa con dibujitos explicando cómo fabricar… ¡¡tapabocas caseros!!! (¿Por qué el tapabocas? Me perplejiza. Por estos días me parece bastante más probable que un mesero desempleado te asalte a que alguien te estornude o te escupa en la cara…) Y al final me pregunto, ¿dónde quedaron nuestros descabezados y nuestros ineptos diputados? ¿Dónde están nuestros robos y nuestros secuestros? No sé ustedes, pero yo empiezo a echarlos de menos.

Lo que resulta más curioso de todo es la capacidad apabullante que tiene el escándalo para opacar la información. Ya lo ha venido diciendo el Influenzo, nuestro gallardo y carismático Secretario de Salud: el medicamento funciona y hay suficiente, los que han fallecido con toda seguridad de este virus, no llegan a 20 y estaban chuecos de otras cosas. No me alcanza la cabeza para comprender por qué de repente todos estamos tan absolutamente apanicados de que nos de una gripe. Pero está difícil reaccionar cuando tenemos un presidente capaz de decretar en primera plana nacional: “Quédese en su casa”. No sé si me da más coraje él por creer que rige un país donde la gente no sabe, literalmente, limpiarse los mocos, o nosotros por creer en el fondo la misma cosa.
Lo cierto es que todo esto tiene un punto tragicómico. La cancelación de los eventos religiosos me ha seguido arrancando más de una risa últimamente. Alguien me contaba ayer del caso de un señor al que no pudieron hacerle su novenario post-mortem y la familia estaba preocupadísima por la salvación de su alma.

Pero quizás lo que más coraje me da de todo esto, es estar de malas. Porque algo que sí se pega fácil por estos días, es el mal rollo. Así que terminaré haciendo un esfuerzo por enlistar las consecuencias positivas de este fenómeno.

1. Vivir para contarlo.
2. Vivirlo en estos tiempos. El Internet tendrá sus riesgos desinformativos y sus mil contenidos tarugos. Pero entre un chiste y un "¿qué tipo de inodoro eres?", uno va encontrando opiniones valiosas y ventanas para intercambiar algo más que lo que los medios te obligan a tragar. ¡Destapémonos la boca!
2. Tema de conversación interminable. Remedio para los tímidos, solución para las sobremesas familiares tensas. Garantía de charla espontánea y promesa de nuevos amigos. (Además, gracias al tapabocas, podrás leer en sus ojos sus verdaderas intenciones).
3. Tiendas vacías y con descuentos.
4. Veinte minutos todo Periférico y Circuito, sur a norte. 2 de la tarde. En martes. ¡A manejar!
5. TIEMPO LIBRE. ¿Quién dijo que la tele y el Blockbuster son la única opción? ¡Ponte a guardar esos papeles de Hacienda que hace tanto te mueres por ordenar!
6. ¿Quién necesita los teatros, los cines y los restaurantes? ¿Por qué no preparar juntos un champurrado, jugar Turista y ver una película de Libertad Lamarque mientras los niños juegan en el limonero? ¡Viva la familia!

Por último, un link IMPERDIBLE para los tiempos que corren. Los de South Park ya sabían que los cholos de alguna parte seríamos los causantes de la pandemia que acabaría con el mundo...

http://www.xepisodes.com/search/results.php?q=pandemic&t=1

Mientras nos sigamos riendo, nada puede estar tan mal.

domingo, 26 de abril de 2009

Buscando el contagio

Desde hace dos días he venido librando una suerte de resistencia pasiva. No pongo la tele, no escucho la radio, me niego a buscar en Internet más información que la que me proveen mis Personas Cercanas y sus Médicos de Confianza a través de sus prudentes correos. Y es que con la epidemia ésta me pasa lo mismo que con las películas de terror. No puedo verlas porque me sugestiono. El viernes bastaron cinco minutos del noticiero de López Dóriga para que al primer estornudo estuviera yo absolutamente segura que el virus de los porcinos mutantes me había poseído. Al día siguiente (ayer), me espanté las paranoias deambulando buena parte de la tarde en un centro comercial (sin tapabocas) y luego comprando plantas y decorando macetas para la casa.

Hacía muchísimos años que en este país no ocurría algo así. Tal vez desde el terremoto de 1985, en México no había sucedido algo decididamente masivo, categóricamente compartido. Algo que a todos por igual alarmase, movilizase y/o encerrase. Algo que durante todo el día y en todas partes se hablara, y que marcara tan claras divisiones en la población: los que usan el coche y los que viajan en transporte público; los que van a la escuela y los que no van; los que salen a la calle y los que no salen; los que abrieron sus comercios y los que bajaron las cortinas; los que llevan tapabocas y los que no; los que fueron a la farmacia y los que pidieron la vitamina C por teléfono, los que tienen escurrimientos, tos y fiebre y los que no tienen. Pero lo más sorprendente de todo es la diversidad de miradas en torno al mismo fenómeno.

Las redes sociales, por ejemplo, operan como una especie de cocido balsámico trivializándolo todo con chistes, ocurrencias y frases como la siguiente: “no me voy a morir de influenza, me voy a morir de claustrofobia”.
Hay otros que se ponen declaradamente catastróficos. Anoche mi amiga Karina procedió a darme el resumen de las noticias que tanto me había esmerado en no ver, por teléfono. Que si los partidos de fútbol y las funciones de teatro, canceladas; que si los cines cerrados, que si tres nuevos casos de infección en Estados Unidos, que si los muertos, que si los vivos, que si miembros del ejército buscando gente que escurra mocos en el aeropuerto. Con todo esto a mí ya me estaba temblando el párpado derecho, pero cuando la escuché afirmar que pensaba ir al supermercado para abastecerse de leche en polvo, agua, conservas y compresas para tres meses, amenacé con colgarle el teléfono. Entonces Karina hizo una confesión. Dijo que además de sus tendencias apocalípticas, a ella todo esto le provocaba una extraña adrenalina. Como si se le activara un mecanismo natural y milenario de alerta. Luego se puso a decir que visto fríamente, seguimos a merced de la naturaleza y sus caprichos selectivos. Que esto siempre ha sido una guerra. Que nada nos garantiza que un virus extraño no pueda venir a arrasar con todo de un día para el otro. “¿Qué pasa si lo siguiente que se suspende en México son las labores?”, sugirió, como relamiéndose los bigotes de cromagnon, “eso significaría el colapso del sistema económico...” Y no dijo que también significaría el principio del fin del mundo como lo conocemos porque en ese instante amenacé con colgarle el teléfono por segunda vez.

Hay quienes se lo toman con prudencia. Como mi hermana Dunia, quien desdeña la postura amarillista de los medios y comprende y acata con mucha tranquilidad las medidas de contingencia y prevención, como cosa necesaria y pasajera.

Lo cierto es que, se mire desde donde se mire, todo esto es una mentada de madre. A lo mejor no para muchos niños y universitarios que hasta el 6 de mayo se encuentran oficialmente de vacaciones. Pero sí para quienes todo esto es un recordatorio, como una bofetada, de nuestra palmaria fragilidad. Y no hablo en el sentido corporal y somático. Hablo de la manera en que de repente puede echarse de menos la cotidianidad. No es extraño que la gente se ponga a teclear desaforadamente haciendo chistes sobre el Fin de los Tiempos Originado en México (¡al fin los primeros en algo!) y la “influencia” de Jack Bauer que al final nos salvará. Y es que es demasiado sórdido sentarse a pensar que los despertadores, los congestionamientos viales, las horas muertas en la chamba, las odiosas idas al banco, todos los actos rutinarios, las pequeñas cosas que damos por sentado, están en realidad completamente fuera de nuestras manos. Como cuando uno choca o se vacía el café encima del teclado, lo mismo. La sensación es que la vida puede trastocarse en cualquier momento. Sólo que esta vez, en coro nacional.

Muchas medidas preventivas se han enunciado para esta turbulencia sanitaria, pero ninguna para mitigar la angustia que la acompaña. Yo he encontrado que, además de huir de la cobertura mediática, me viene bien aferrarme a cualquier asomo de rutina que perciba a mi alrededor. La esquina donde vivo es sumamente terapéutica porque hay un permanente olor a café, tránsito de coches, música callejera, voces y risas: contactos con la liviandad, con el orden cotidiano de las cosas. La otra medida de contingencia es, claro está, tomárselo con humor… Antes de cancelarse por el día de hoy todas las misas en el Distrito Federal (con absolución para faltar a la Sagrada Eucaristía), las instrucciones eran las siguientes: asista a la iglesia con tapabocas, reciba la comunión en las manos, y NO SE DE EL SALUDO DE PAZ.

Hermanos, hagamos caso al mandato del Señor. Tirémonos los besitos, estornudemos pa dentro, y contagiémonos mientras tanto de toda la levedad de la que seamos capaces, hasta que la paz nos vuelva a encontrar.