jueves, 13 de mayo de 2010

Escenas de La Habana


INT. AEROPUERTO INTERNACIONAL JOSÉ MARTÍ. DÍA

Una incrédula EXTRANJERA (30’s) desciende del avión. Avanza mirando para todas partes, fascinada por la decadencia del lugar, por las faldas muy cortas de las empleadas, enfundadas en medias a cuadros, blancas, negras y café con leche (las empleadas), quienes ríen a través de sus walkie talkies y bromean con los empleados, también multicolor.

CORTE A:

Al salir rodando su maleta, la extranjera es de inmediato abordada por un TIPO (30’s), panzoncito, carismático; la clase de hombre entrenado para infundir confianza. Le ofrece un taxi.

TIPO: ¿De dónde viene?

EXTRANJERA: De México.

TIPO: ¿Sonora, Tamaulipas, Tampico, Monterrey, Guadalajara, Yucatán, Zacatecas…?

EXTRANJERA (sonriendo, encantada): De la capital, del D.F.

Luego anuncia que tiene que cambiar dinero. El tipo la espera. La extranjera cambia 100 dólares, equivalentes a 80 y pico CUC (peso cubano convertible). Cuando se aleja con el tipo de los taxis, éste aclara:

TIPO: El viaje le cuesta 46 ceucé.

La extranjera se paraliza.

EXTRANJERA: ¿No hay transporte público? (El tipo niega) ¿Otras tarifas?

El tipo la dirige a un automóvil amarillo, desvencijado, que conduce un negro robusto. Antes de meter su maleta a la cajuela, aclara, casi ofendido:

TIPO: Aquí no hay tarifas, señorita. Esto es socialismo.

EXT. CALLE DEL OBISPO. DÍA

La extranjera y otros dos EXTRANJEROS (Extranjero 1: 30’s, pestañudo, muy bronceado por el sol; Extranjero 2: rubio, enorme, australiano de origen), caminan bajo una incipiente lluvia. La calle es peatonal, transitadísima; conviven cafés y tiendas para turistas lo mismo que establecimientos (oficinas, escuelas, salones de belleza) salidos de una revista color sepia de 1958. Los árboles florales rompen las fachadas de un par de edificios cayéndose a pedazos.

Los extranjeros se meten en un café.

INT. CAFÉ PARÍS. DÍA

El café es oscuro, maderoso y decadente, tal y como a la extranjera le gustan los cafés. Además es el primer café que se toma en el viaje. Al primer sorbo, supera sus expectativas. Todo marcha de maravilla, excepto que Jennifer López suena en la tele y en las bocinas del local a todo volumen. Luego entra un trío de salseros. Los extranjeros piden unas tostaditas de queso para desayunar. Extranjero 1 no se las puede comer porque tienen demasiada cebolla. Cuando el trío salsero se va y regresa Jennifer, los extranjeros salen despavoridos.

EXT. PARQUE CENTRAL. DÍA

Los extranjeros hacen turismo del más burdo y vergonzante. Le toman fotos a los coches de modelo antiguo. Le toman fotos al capitolio y a los edificios. Le toman fotos a las iglesias. Le toman fotos a las masas reunidas en la plaza, hombres en su mayoría, que manotean y se quitan la palabra hablando, según entienden los extranjeros, sobre electrodomésticos y béisbol. De pronto, son abordados por un señor. Desde luego, muy charming.

CONDUCTOR: Where you from? I’ll show you Habana Vieja like you never seen. If no, I give you the horse.

EXT. CALLES DE LA HABANA VIEJA. TARDE

El caballo repiquetea. Los tres extranjeros viajan a bordo de una calandria. El CONDUCTOR es un hombre de cincuenta y tantos años, con ojos claros y sombrero, que lo traduce todo al inglés, fuma compulsivamente cigarrillos Monterrey (tabaco negro, sin filtro), y le gusta alardear que las llamadas que recibe en su celular son de “sus mujeres”. Los lleva bordeando toda la Habana Vieja; les enseña el hotel donde vivió Hemingway y después se hospedó Sting, la casa de José Martí y la estatua de Agustín Lara. Se detiene en un restaurante.

CONDUCTOR: Aquí van a comer espectacular. Langosta, camarón… ¿Les gusta la langosta, el camarón?

Cuando entran todos al restaurante les explican que hoy sólo hay cerdo.

CORTE A:

El conductor para en una pequeña tienda donde se vende “el mejor ron de Cuba” Los extranjeros lo prueban. A la extranjera le gusta. Compra dos botellas y tres paquetes de café molido para regalar.

CORTE A:

El conductor los lleva a un expendio de puros. La extranjera compra una caja de puritos Cohiba.

EXT. CAJERO AUTOMÁTICO. DÍA

A la extranjera se le han terminado los CUC’s. El cajero rechaza sus tarjetas. Al indagar en el banco, le explican:

EMPLEADA: Su banco tiene un convenio con Estados Unidos. Con esas tarjetas no puede disponer de dinero, acá.

La extranjera, consternada, cambia los pesos mexicanos que de pura suerte lleva en la cartera. No compra un solo regalo más en el resto de la vacación.

INT. BAR. NOCHE

Los extranjeros esperan. El lugar de baile no abre sino hasta las once y son las diez treinta. Éste es un local a dos puertas. Es un bar pero parece heladería. Venden pizzas. Los extranjeros se comen una entera y se toman ocho mojitos. (Seis se los toma Extranjero 2). Mientras, la extranjera gira la cabeza como el exorcista para aprehender la fauna del lugar. No hay turistas. Van entrando, sobre todo, cuartetos y quintetos de mujeres. Todas negras y mulatas. Todas con atuendos atrevidos, de colores audaces. Todas van a bailar. La extranjera se siente de pronto ridícula con su falda arriba de la rodilla y su blusa con mangas. Al menos la blusa tiene un poco de escote.

INT. CASA DE LA MÚSICA. NOCHE

Los extranjeros esperan más. El grupo de la noche no comienza a tocar sino hasta las 12. Los extranjeros se entretienen bebiendo más mojitos y daiquiris. No dejan de mirar a una negra despampanante que lleva unos shorts blancos con unas piernas tan largas que rompen el piso, y que se contonea como una auténtica diosa de la fertilidad. Al tercer daiquiri, la extranjera declara:

EXTRANJERA: En mi siguiente vida quiero ser negra. Y bien zorra.

CORTE A:

Los extranjeros bailan. Y bailan.

INT. TAXI. DÍA-NOCHE-TARDE-AMANECER

Todos los taxistas de la Habana son iguales a casi todos los cubanos. Agudos, orgullosos, echados pa'lante. Todas las conversaciones son idénticas. Hablan con la soltura de quien está acostumbrado a recibir las mismas preguntas y responderlas mil veces. No, Fidel ya no circula. Sí, Raúl es muy estricto. El nieto de Raúl es el que viene. Es más liberal. Nadie habla realmente de su condición, nadie se queja. Admiten que hay una “mala economía”, nada más. Y todos dicen que el CUC les afecta igual a ellos que a los extranjeros. Los extranjeros no terminan de creerles.

EXT. PLAZA DE LA REVOLUCIÓN. DÍA

Los extranjeros descienden de un taxi.

Los extranjeros se toman una foto frente al monumento dedicado a José Martí.

Los extranjeros se toman una foto frente al edificio donde está Ernesto Guevara y su famosa frase “Hasta la victoria siempre”.

Los extranjeros se toman una foto frente al edificio donde está un señor de turbante que no saben quién es y que alguien les aclara se trata de Camilo Cienfuegos.

Los extranjeros toman un mototaxi y se van a tomar mojitos y a fumar un puro al Hotel Nacional.

EXT. CALLES DEL VEDADO. DÍA

El viento le trepa el vestido a la extranjera hasta el cuello. El día es perfecto. El sol centellea. Cada casa es un sueño; las que tienen columnas, las que tienen terrazas, las que tienen persianas de madera y las que tienen patios; las que se caen y las que no. Cada árbol y cada palmera de cada calle corta el aliento. A la extranjera le suenan las tripas.

INT. PALADAR LOS AMIGOS. DÍA

A la extranjera le da tiempo de fumarse tres cigarros antes de que lleguen los platos. No le importa. La cerveza Cristal se le sube rápido a la cabeza y está feliz de que aquí sí se fume, donde sea, en interior. Los tres comen platos de ropa vieja, cerdo frito, yuca, arroz y frijoles. Ellos no lo saben, pero esta es la mejor comida que harán en la vacación.

INT. HELADOS COPPELIA. DÍA

Los extranjeros se brincan tres colas kilométricas. La extranjera, que ha visto gente haciendo cola para las cabinas de teléfono, para el transporte y para quién sabe qué más pero para todo, asegura:

EXTRANJERA: Seguro están esperando el camión.

Es así como involuntariamente los tres se encuentran en cuestión de diez minutos, y no dos horas, en una mesa de la heladería más famosa de la Habana. No parece heladería. Más bien parece escuela, iglesia, oficina pastoral. Los extranjeros son los únicos extranjeros que ocupan una mesa.

EMPLEADO: Hay vainilla, fresa y chocolate.

También hay pastel. Los extranjeros piden de todo y esperan. Y esperan. Y esperan. Y mientras esperan, son testigos de la escena más insólita. En la mesa contigua, una mujer pide algo así como dieciocho bolas de helado de chocolate. En cuanto el empleado se va, la mujer las echa, una a una, en una bolsa de plástico. Al cabo de un rato repite la operación con bolas de vainilla. Para cuando llegan los helados de los extranjeros, sólo queda fresa y chocolate. A la extranjera le saben a helado de su infancia, como del Tom Boy.

EMPLEADO: Son dieciséis.

A los extranjeros les parece carísimo. Sobre todo después de haber visto a esa mujer embolsarse –literalmente- aquellos helados como si los regalaran. El empleado explica:

EMPLEADO: Son cinco por cada helado y uno del pastel.

Los extranjeros pagan dieciséis pesos convertibles cubanos. Se van de ahí con la sensación de haber sido estafados. Así ha sido, en efecto. El helado cuesta cinco pesos cubanos, el equivalente a 10 centavos de la famosa moneda convertible.

FLASH FORWARD:

TAXISTA: Él les sirvió un helado de listo y ustedes se comieron un helado de tontos.

INT. CAFÉ TABERNA. NOCHE

EXTRANJERA (O.S.)

No le hagan (siempre) caso al Lonely Planet. La antigua “casa” de Benny Moré es ahora un local bonito pero avinagrado donde el grupo de son se calla demasiado temprano y la langosta mariposa sale barata porque está como piedra y sabe a pollo.

INT. TERRAZA HOTEL. NOCHE

Cuatro negras rompen bocinas y caderas en el lobby. Una en el piano, otra en las percusiones, otra en el bajo y otra al micrófono. Son buenísimas. Buenísimas. Han conseguido poner a bailar a más de un carcamán europeo y a su esposa descoordinada. La extranjera, sin embargo, se encuentra muy lejos del barullo, en la mesa más apartada de la terraza a donde alcanza a llegar el Internet inalámbrico.

TRANSICIÓN:

1:30 a.m. La extranjera cierra la tapa de su computadora. Ha terminado de corregir un guión. (Trabajar en las vacaciones es su maldición; ya se acostumbró). Se estira, satisfecha; guarda sus cosas y se levanta. En la mesa hay dos tazas vacías de café. (Cubano).

INT. HOTEL – HABITACIÓN. NOCHE

5:30 a.m. La extranjera se levanta al baño por vez número 8 en cuatro horas. No ha pegado ojo. Está hecha un lobo rabioso y golpea con desesperación la pared de azulejos. No ayuda que Extranjero 1 y Extranjero 2 den vueltas en las camas contiguas y balbuceen en australiano.

EXT. HABANA VIEJA – CASCO ANTIGUO. DÍA

La extranjera tiene toda la tarde para ella sola. Extranjero 1 y Extranjero 2 salieron temprano a tomar un tren para conocer algo de las “afueras”. La extranjera decidió quedarse y dormir al menos dos horas que al final fueron cinco. Arranca en la plaza de Armas. Se está un buen rato viendo los libros viejos. Todos son clásicos de la literatura universal o de socialismo. También hay postales. Todas son de Fidel o del Che. La extranjera compra tres.

CORTE A:

La extranjera visita la catedral de la Virgen María de la Concepción Inmaculada, mejor conocida como la Catedral de la Habana.

CORTE A:

La extranjera visita la plaza Vieja. Toma video.

CORTE A:

La extranjera visita la plaza de San Francisco. Habla con otro conductor de calandria, éste negro y con mucho acné, quien le pregunta si no quiere un novio guapo, cariñoso, amable, trabajador. La extranjera lo medita.

CORTE A:

La extranjera se detiene en un local de la calle Mesones donde sólo venden pizzas individuales, limonada y “cremitas” de dulce de leche. Pide una de cada una. La EMPLEADA dice:

EMPLEADA: Son diez.

EXTRANJERA: ¿Diez, qué?

EMPLEADA: Diez pesos.

EXTRANJERA: ¿De cuáles?

EMPLEADA (Con un mohin): Cubanos.

EXTRANJERA: Aaaaaah.

Luego de recibir la cifra exacta de 25 centavos CUC, la empleada saca a colación el tema del narcotráfico en México. Está espantadísima. Se imagina que ir a México es garantía de que te corten la cabeza.

EMPLEADA: Aquí somos muy pobres pero nunca se han visto esas cosas.

La extranjera ignora que a pocos pasos, Extranjero 1 y Extranjero 2 han vuelto de su recorrido en tren y se beben unos mojitos en la Bodeguita del Medio, donde una “santera” entra a hacer “bailes extraños”. A la extranjera le hubiera gustado ver eso.

CORTE A:

La extranjera se toma un café en el Café Habana, que hace esquina nada menos que con la calle... ¡de la Amargura!

CORTE A:

La extranjera fuma en una banquita del parque central. Un joven SOLDADO (20) se acerca a pedirle un cigarro. Al ver la cajetilla de Delicados, finge preocupación:

SOLDADO: ¿No eres cubana?

EXTRANJERA (Halagada, pizpireta): No.

SOLDADO: Perdona, es que ahora hay mucho control con lo de acercarnos a los turistas, tú sabes.

La extranjera sabía lo contrario y ya le extrañaba. Ahora ya sabe.

SOLDADO: ¿Y qué te gusta más de la Habana?

EXTRANJERA (No sabe si miente o no): La gente.

INT. CAFÉ INGLATERRA. DÍA

La extranjera se toma un café en la terraza del hotel Inglaterra. Es una belleza. Madera clara, ventiladores y techos altos. Platica con un señor hindú que creció en California y reside en Mérida hace treinta años. La extranjera decide que éste será el último café del día, para poder dormir.

EXT. PASEO DEL PRADO. DÍA

La extranjera camina por el paseo del Prado, o paseo José Martí. Le recuerda a la rambla de Barcelona, sólo que éste es mucho más arbolado y más diáfano. No hay puestos de flores ni estatuas humanas del Hombre Araña ni gringos con cámaras ni loquitos cada tres pasos. Sólo hay edificios bajos, neoclásicos y moriscos, hermosos y derruidos, a los costados; niños jugando al fútbol y poca gente paseando. A la extranjera le dijeron hace muchos años que las fotos donde no sale gente, a la larga no se les presta atención. A ella no le importa y dispara la cámara sabiendo que todo es inútil. Que con gente o sin ella, nada le hará justicia a todo esto.

EXT. MALECÓN. DÍA

Atardece. El malecón comienza a salpicarse de parejitas y grupos de jóvenes que abren botellas de ron y sirven vasos de plástico. La extranjera ya no puede más. Necesita salir en alguna foto de esta tarde. Hay una parejita cerca. Le sabe mal interrumpir porque los enamorados están muy estando, ella recargada en el pecho de él; él sobándole la pancita. Pero toman la cámara de muy buena gana. La foto la hace ella. Le pasa la cámara a la extranjera.

ENAMORADA: Mira a ver si te gusta.

La extranjera mira.

EXTRANJERA: Sí, está muy linda. Gracias.

Y es verdad que le gustó.

Luego se está quieta con las fotos y se pone a ver, nada más a ver, cómo el mar rompe contra la vieja muralla y el cielo se va dorando igual que la ciudad. Y lo único que le consuela de no poder asir todo esto, de saber que lo va a perder de vista para siempre, es lo mismo que la consuela desde que lloraba sin consuelo después de su primer fiesta de cumpleaños, creyendo que nunca se lo iba a volver a pasar igual de bien. Aquella vez, su hermana le dijo:

“Todo lo bueno se termina para que venga algo mejor”.

Y hasta ahora, afortunadamente, se ha cumplido.

viernes, 2 de abril de 2010

Coyoacán Joe: Pasión, muerte y resurrección

El contexto. Hace unos pocos años, circuló cual porro en fiesta del CCH Oriente un video musical titulado “Coyoacán”, pero que pronto comenzó a identificarse como “Coyoacán Joe” por el estribillo de la canción, que así rezaba. Eventualmente, también como Coyoacán Joe se bautizó al cantautor del video, de cuyo verdadero nombre, hasta hoy, que yo sepa, nadie tiene peregrina idea. Luego, en su "homenaje", vino el nombre de este blog.

Cuando vi Coyoacán Joe por primera vez, fue un momento memorable, inflado de goce cruel. Lo mejor vino al final, cuando me puse a leer los comentarios al video. Aquello era el despliegue de mordacidad más atroz jamás visto. Entre referencias a las chichis del cantante y a su falda "escocesa", aderezadas con una interminable retahíla de insultos, hubo una línea finísima que me hizo caerme de la silla de la risa: “Ya no hay temor de Dios”.

Hay un término en alemán intraducible al español que me parece fascinante: schadenfraude, que significa nada más y nada menos que el placer que se experimenta al presenciar la desgracia ajena. Ahí nomás. El video de Coyoacán Joe tuvo más de un millón de visitas. Y sospecho que dicha cifra se arraiga, en buena medida, en esta palabra intraducible del alemán.

Pero vamos por partes. En principio, hay una clara paradoja. El tipo (como se llame) no se ve nada desgraciado en su video. Todo lo contrario. Se le ve desbordado de euforia, pletórico y bailarín. Cito:

Coyoacan Joe es mi nombre

Coyoacan Joe es mi sangre

Coyoacan Joe es mi gente

Coyoacáaaan…

Pero cuando vimos el video, todos lo asumimos: este tipo es un desgraciado. Todos decidimos que padecía serios problemas hormonales, asumimos que lo peinaba su peor enemigo, que tenía una fijación con Chayanne, que su mamá no lo quería, que se ponía las playeras y la falda escolar de su hermanita. Quisimos creer que era un pobre infeliz.

Coyoacán palomas en el kiosco

Coyoacán el organillo y la iglesia

Coyoacán músicos y mimos

Coyoacán pobres y ricos

Ese entusiasmo desenfrenado ya resulta incómodo. Pero lo peor es cuando se pone a enunciar, como en folleto turístico, los atractivos de la zona:

Si Centenario o plaza Hidalgo no te va

Están los viveros, la Conchita y Santa Catarina

El mercado, restaurantes, bares y cafés

cineteca, museos, teatros y libreríaaaaaaaaaaaaaaaaas.

Vamos a ver. Este mes de abril cumplo cinco años viviendo en este barrio. Y me encanta. Pero hay dos que tres cosas en que me veo tristemente obligada a desdecir a Coyoacán Joe:

Primera. En Coyoacán hay dos bares. Dos. La Bipolar, el Mayahuel. Tan-tan. La Coyoacana está constantemente invadida por tunas y mariachis y el Hijo del cuervo no cuenta. El Hijo del cuervo era cool cuando yo tenía dieciséis. Ya está. Segunda. En Coyoacán hay tres cafés. Tres. El mundo del café, La ruta de la seda y el de la Conchita. Todos los demás son a) de calcetín a 28 pesos b) el Jarocho. Que NO es café. Es reflujo biliar en vasos de unicel. Tercera. En Coyoacán no hay restaurantes. Hay merenderos. Cuarta. En Coyoacán hay una librería y media. El Sótano y la que sale en la parte inmortal del video donde no pega la rima y el tío remata con un pasito de… ¿hip hop? (Lo único que el Parnaso conserva de sus viejas glorias son los manteles verdes de la cafetería).

Y quinta:

Diga lo que diga y cante lo que cante Coyoacán Joe, hermanos, en verdad os digo: NO HAY MARCHA EN COYOACÁN. Y quien lo ponga en duda, asómese un sábado cualquiera a las 12 de la noche por el Jarocho de Allende. ¿Qué hace toda la juventud y todos los motociclistas de los derredores congregados frente a un puñetero café? ¿Pre-coctelear? Lo dudo. Aunque cabe la posibilidad de que con cada vaso de unicel pasen grapas o les pongan piquete a los capuchimokas. Habría que averiguarlo. Sexta: A Joe se le olvidó mencionar los árboles tapizados de chicles.

Cierto es que la ejecución del videoclip tampoco ayuda. Todo es desastroso. Desde el vestuario (la mentada faldita, los lentes y el gorro de aviador de los otros “músicos”; el pajarraco prehispánico que lleva él en el cuello, los cuernos de vikingo que se le ocurrió plantarse en la secuencia del “antro”). Y luego, el close up de la ardilla, los “extras” fodongos de la plaza, los niños que lo corretean en el kiosco pero para darle de zapes. Dejemos a un lado el lipsing que no macha y los saltos de eje. A todos nos queda claro que es un video amateur. Pero ese cierre… alejándose meditabundo por las calles y luego cerrando los ojos, lacónico y circunspecto, recargado en una puerta…

A Coyoácan un día llegué

De Coyoacán me enamoré

A Coyoacán no olvidaré

De Coyoacán siempre seré.

(Profuso suspiro).

(Lento fade).

Y sin embargo, nada de esto, a mi parecer, justifica un millón de visitas. El morbo desmedido, los ataques en tropel. Coyoacán Joe podrá ser el videoclip más teto jamás visto, pero, ¿tomarse el tiempo para hacer un montaje titulado “La muerte de Coyoacán Joe” en que pasa un coche y lo arrolla? Eso no es ocio. Eso es saña. Y creo que parte de la clave está en la malicia. Y el problema es de Joe: nomás no la tiene. Es un discapacitado, un minusválido de la malicia. El tipo y su video son de un candor tan absoluto, de un naive tan acojonante, que irritan hasta la médula.

Coyocán es aventura

Coyoacán es diversión

Coyacán es la familia

Coyoacán mi religión

Pero el candor no basta por sí solo. Si así fuera, Blancanieves, Cenicienta y todas sus amigas descerebradas no hubieran llegado ni a la esquina y Bob Esponja no sería un hit. ¿Entonces? Mi amiga Susana, que sabe mucho de cultura y psicología populares, me explicaba que lo que entendemos por kitsch surge de una aproximación específica de la clase media frente a ciertas manifestaciones culturales. Por ejemplo, no son los mismos motivos por los que un grupo de estudiantes de la Ibero van a las luchas o escuchan a Paquita la del Barrio, a los motivos de la clase baja. Los estudiantes de la Ibero lo toman como una cosa “folklórica”, “locohona”, “divertida”; la clase baja se lo toma en serio. La aproximación de la clase media lleva impuesta una distancia, un “ese no soy yo”, y en esa distancia va implícito un sentido de ironía.

Con Coyoacán Joe, a la clase media le es imposible hacer esa división porque el tipo ES esa clase media. Habla de cosas y lugares que nos son cotidianas (todos hemos ido a pasear a Coyoacán algún domingo de nuestra vida, y no como experimento “kitsch”, sino por el auténtico atractivo de los helados y los esquites). Y el cuate lo hace además ensalzando ese cotidiano con una devoción absoluta, con total seriedad y con una enervante carencia de sentido del humor. Con este video es imposible poner la distancia de lo folklórico; no hay ironía, no hay doble mensaje. Es tan literal y tan burdo (además de mafufo), que lo que genera es aversión. La risa es provocada por la vergüenza. Ajena y propia. El placer no viene de presenciar la desgracia ajena, sino del desahogo de poder burlarnos de otro que nos está retratando a nosotros mismos con humor involuntario.

Y sin embargo, no es el desentrañe ocioso de Coyoacán Joe el fin último de esta entrada. O no el único.

Decidí ponerme a pensar en estas tonterías hace dos sábados en casa de Lalo. Estábamos en una sesión, justamente, de repaso kitsch en You Tube. Desfilaron La Tigresa del Oriente, La Secretaria de Daniela Romo, Don Diablo y el Niño Predicador. Un festín. Y de pronto recordamos: ¡Coyoacán Joe! Lo tuvimos que googlear porque el video original, por razones obvias, ya no está en You Tube. Luego de verlo y relamernos los bigotes de schadenfraude una vez más, hallamos de repente otro link: “Coyoacán Joe betado en TV Azteca”. ¿A ver, ponle…?

Resulta que el chico, a partir del mentado video, fue invitado a un programucho de aspirantes a cantantes llamado “Quién tiene estrella”. El pobrecito salió con una coreografía ensayadísma y energética total con saltos, derrapes por el suelo, juegos con el micrófono y “venga esas palmas”. Por supuesto desafinaba un poco (se conoce que el muchacho no tiene demasiada experiencia cantando en vivo). Y la canción que interpretó fue… sí señores: “Coyoacán”. Lo cierto es que no iba mal, el público ahí lo iba medio siguiendo, sonriendo y palmeando. Pero de repente comenzó a sonar una alarma espantosa indicando que el performance había terminado. A continuación, Joe se vio bombardeado por un trío de infelices que se hacen llamar “jueces” y que no tenían ninguna intención salvo hacerlo pedazos. Y que además estaban ahí, claramente, con esa consigna. El primero que habló tuvo el morro de arrancar su discurso refiriéndose a las visitas del video de Coyoacán Joe en Internet. “Cuando el público se vuelve audiencia, cuando se piensa que algo es bueno porque lo ve mucha gente, hay un problema de calidad”. Y lo dice en TV Azteca, ni más ni menos. Qué jeta. Y luego arremete, con una displicencia y una soberbia más ensayadas que la propia coreografía: “Usted no es un artista. No tiene talento”. A continuación siguen los otros dos, una mujer que lo critica por no saber microfonear cuando ella de milagro no babea, y por último un gordito que sale en programas de chismes y que también le tira a matar con una serie de “observaciones” gratuitas y plagadas de mala leche de las que ya no me acuerdo porque para ese momento yo ya tenía el hígado en la tiroides. Para exacerbar la humillación, tienen todo el tiempo al chaval A CUADRO, con la pantalla partida, para ver qué caras pone mientras los “jueces” lo mancillan. La historia detrás de las cámaras está bien clara. Alguien le pasó el video al productor con la millonada de visitas y de comentarios sardónicos y maléficos y pensaron: “Imagínate el rating, cabrón”. Sé que no he venido expresándome lo que se dice bonito de este hombre los últimos párrafos. Pero no es lo mismo el soliloquio de un espectador formulando una opinión o una mentada (como lo hicieron todos los que destazaron el video en su día), que URDIR la humillación pública de una persona para anunciar más pan Bimbo. En otras palabras, una cosa es ser ojete y otra cosa es caer bajo.

¿Por qué pudieron hacerlo? ¿Porque este tipo está loco por hacerse cantante y famoso? Tal vez. ¿Porque es un don nadie? También. Pero sólo en parte. Retomando la idea de la distancia, de la ironía, aquí se manifiesta el otro lado de la moneda: si hubiera sido un chavillo de clase baja, por más grotesco y “viboreable” que fuera su espectáculo callejero, no se hubieran metido con él. Pudieron hacerlo con el Coyoacán freak, justamente, porque sintieron que tenían derecho sobre él como un “igual”.

Más de uno ha de estar pensando, “bueno, pero también él qué idiota, ¿para qué se mete ahí? ¿De veras pensaba que lo iban a lanzar al estrellato?” En mi opinión, se metió por la misma razón que recibió todos los ganchos y patadas de este trío con un amago patético de sonrisa y se fue de ahí diciendo que “él confía en Dios” y “de todo aprende”. Por el mismo motivo que hizo su videíto ensalzando a Coyoacán como si fuera la panacea del universo. Por lo mismo que en una mini-entrevista (también de internet) sale diciendo que Warner ya le ofreció grabar un disco. Porque, lo dicho: el pobre tipo no tiene malicia. Porque no se entera. Porque está a merced y no tiene cabida en este podrido mundo y lo único que tiene a su favor es que no tiene idea de dónde está metido.

Yo le digo hoy a Coyoacán Joe: Tú síguele, compadre. Que te valga madres. Tú síguele cantando a la Conchita, a las ardillas y las ratas aladas en el kiosco. O a tu hermanita o a Chayanne, o a quien tú quieras. Para gustos se han hecho colores, y cada quién decide a qué gusto le pone coreografía. Celebro tu entusiasmo y tu sentido de pertenencia. Y si quieres ser cantante, pues tú dale. Siempre habrá quien lo haga peor, ahí tienes a Milly Vanilly y a Enrique Iglesias. Y si un día me topo contigo en Coyoacán, así te lo diré: No me gusta tu video. No me gusta para nada. Pero este blog te saluda. De corazón.


viernes, 19 de marzo de 2010

Crónicas del oropel parte II (Interrogatorios)

“Guácala qué rico”. Frase monumental. Versátil, multifacética, precisa, soberbia. “Guácala qué rico” ha sido el lema de mi vida durante el último año y pico y sobre todo durante las últimas semanas. Larga vida a “Guácala qué rico”.

GUÁCALA:

La verdad es que yo no hablo mucho. Mis amigos y mis parientes saben que si no me llaman, yo casi nunca llamo. Hay días (días sin juntas, de puro escribir) en que llega la noche, y me percato de que la única persona con quien intercambié una frase fue con el hombre que me vende el café. De unas semanas para acá, hablo con recepcionistas, hablo con vigilantes, hablo con taxistas, hablo con maquillistas, hablo con locutores, hablo con doctores. (Esta violenta incursión en la rutina verbal me tiene muy achacosa).

Y es que no sólo es hablar. Es responder. La constante en mi cotidianeidad actual es el interrogatorio.

Los vigilantes: ¿Con quién pasa? ¿Tiene una identificación? ¿Sí se registra?

Los conductores: ¿De qué se trata? ¿Por qué lo escribiste? ¿Es autobiográfico? ¿A quién va dirigido? ¿Por qué se llama como se llama? (Casi nunca lo han leído).

Las maquillistas: ¿Te paso la plancha en las puntas? A ti te gusta natural, ¿verdad? ¿Ves tantito para arriba? ¿Ves tantito para abajo? ¿Cuál labial te pongo? ¿Ya traes rimel?

Los taxistas: ¿Ya a trabajar / descansar? Mi primo trabajaba en el Canal Once, ¿lo conoce? ¿Me voy por Patriotismo? ¿Usted está casada? ¿No cree que es una reverenda tontería el puente que puso el joto ese? No, yo no estoy discriminando señorita, ¿por qué piensa usted que estoy discriminando? ¿Usted cómo cree que vaya a mejorar este país? ¿Agarro Minería? ¿No trae cambio?

Y el máximo quitarrisas, ultra-ñie, guácala radical de la temporada:

¿Nombre, apellido, estado civil, edad, domicilio, teléfono? ¿Circunstancias en que ocurrió el robo? ¿Qué objetos fueron extraídos del domicilio? Este interrogatorio nada tuvo que ver con la actividad promocional, aunque ocurrió mientras tanto. Era miércoles de ceniza. Cuando estudiaba en la escuela de monjas, los miércoles de ceniza nos formaban a todas en el patio y las monjas nos iban poniendo la cruz negra en la frente diciendo: “Arrepiéntete y cree en el evangelio”. ¿El hijo de puta que me tiró el marco de la puerta se arrepentirá algún día? ¿De qué se arrepentirá? ¿Quién tendrá mi computadora? ¿Por qué carajos no hice backup? ¿Quién estará oyendo mis discos del Último de la fila y de Rickie Lee Jones? ¿Con qué criterio desdeñaron 2001 de Kubrick y en cambio se llevaron Flashdance y La novicia rebelde? ¿Por qué no marqué mi ipod como hacía con mis loncheras? Lo único bueno de este ceniciento incidente fue que yo misma pude formular preguntas.

QUÉ RICO:

Ya todo lo voy sorteando con menos nervios. Aunque ciertos amigos aseguran que sigo pareciendo una loquita y que me debería fundir dos chupitos de güiski antes de responder cualquier cosa en un espacio público.

Por otro lado, en mis últimos peregrinajes por cabinas de radio y unos pocos estudios de televisión he tenido hallazgos sorprendentes. Por ejemplo, los sábados a las 9 de la mañana, el 96.9 transmite un programa para chavitos llamado Señal TN, donde llevan invitados variopintos y en cada emisión, un radioescucha diferente va y conduce también el programa. Es en vivo y hacen trivias, juegos, votan por canciones, y creo que hasta ahora son las preguntas más interesantes que me ha tocado responder (aunque los conductores tampoco habían leído el libro).

Otro hallazgo fue un programa de Exa TV llamado Kiu. El concepto no podría ser más simple: una conductora desparpajada, y una doctora elocuente y bien enterada. El resto, preguntas en vivo sobre sexo. Por correo, por teléfono, a raudales. Mientras esperaba entrar al estudio tenía la mandíbula desencajada con la calaña de incógnitas bizarras que resolvían estas mujeres. Lo que me quedó clarísimo fue otra interrogante: ¿para qué se gastan dinerales en programas pretenciosos llenos de clichés y de historias mafufas, cuando en la audiencia mexicana hay tal necesidad de simple y llana INFORMACIÓN?

Por último, QUÉ RICO vivir las últimas semanas en esta ciudad. Las nubes flotantes y pachonas, el cielo azul y brillante como de 1940. El valle, los volcanes nevados y groseramente visibles desde cualquier puente elevado.

(Guácala que gracias a los ventarrones que limpian los cielos, mi barrio se queda sin luz a cada rato; la última vez el apagón fue de 22 horas).

Qué rico que ya empezaron las jacarandas. ¿A usted le gustan las jacarandas, señora? Señorita. Sí, me encantan. De hecho, ando igual de morada que la ciudad, pero de regocijo. Caqueos, interrogatorios y apagones aparte, todo está valiendo la pena. Ese librito va muy bien.


domingo, 14 de febrero de 2010

Crónicas del oropel (Parte I: RADIO DAYS)

Cuando estudiaba la carrera, lo que yo quería hacer era radio. Me parecía fascinante la posibilidad de recrear cualquier cosa. Un campo de batalla, un baile porfiriano, una estación de tren. Con cinco gentes, o con dos o con una, te vas a donde quieras. Generas lo que quieras. En ninguna materia práctica me lo pasé mejor (Estéreo Mujer… donde olvidar no es un derecho: es una obligación), y ninguna inflamó mi espíritu de estudiante tan románticamente. Me fascinaba Radio Days de Woody Allen, y me imaginaba conduciendo un programa nocturno (jamás matutino, qué flojera), recibiendo llamadas taciturnas y compartiendo una botella de vino con el también solitario operador.

Acabé haciendo tele no por el presagio de la pobreza inminente que la radio auguraba, sino porque fue la primera chamba que tuve y ese oficio aprendí. Parece que la vocación casi nunca se escoge: casi siempre se trabaja.

En los últimos diez días he estado en cinco cabinas de radio diferentes y me la he pasado con las tripas hechas muégano. En parte por los nervios (siempre lo paso muy mal antes de hablar en público) y en parte por la adrenalina que me disparan las cabinas, las puertas pesadas y las paredes acolchonadas, la vida paralela pero dispar que ocurre a uno y otro lado del cristal, entre la consola y la mesa de locución; los micrófonos, la perfección y la nitidez con que viaja el sonido, y el silencio sordo y seco que lo envuelve todo en las pausas.

Pero lo más emocionante y aterrador ha sido experimentar algo que nunca viví en la escuela y que era otra cosa que me fascinaba de la radio: el VIVO. El contacto directo con el radioescucha, el intercambio inmediato que no tiene ningún otro medio.

El vivo en radio nada tiene que ver con la tele. En la tele dicen “graba” y todo mundo tiene la peluca bien puesta. Aquí, de algún modo, también. Sólo que la peluca es verbal y nadie se imagina que a las 8 de la mañana Omar Chaparro habla frente a un tupper con huevos a la mexicana y melón picado. Hasta donde alcanzo a vislumbrar, a la radio puede presentarse un tipo con taparrabos y una bandera nazi enredada en el pescuezo a hablar de la lactancia. La radio es un mundo de juegos. En el mejor y en el peor sentido de la palabra.

Tal vez por eso no debería sentirme tan mal de la metidota de pata que derrapé en El Weso este pasado viernes. En cadena nacional, osé pronunciar la siguiente frase: “LOS-REYES-MAGOS-NO-EXISTEN”. ¿A ustedes les suena grave? A mí tampoco. (En ese momento). Lo dije asumiendo que estaba en un programa para adultos, donde se comentan noticias de la política más densa, donde se habla de violencia, de sexo, de pederastía y de corrupción. Y sin embargo, cuando pronuncié la bendita frase, las cinco personas que estaban en la mesa pusieron una cara rarísima, y de inmediato saltaron con chistes para distender la situación. “¿A poco no existen?”, “ella no cree porque se porta mal y no le traen”… Y ya fuera del aire, medio en broma medio en serio: “Nomás acabas de traumar a ocho mil niños mexicanos”.

Aunque luego me dijeron que no me preocupara, el daño estaba hecho. Salí de esa cabina y me fui a mi casa pensando cuántos niños estarían pasando la peor noche de su infancia. Me imaginé a un niñito que tuvo la mala suerte de entrar en la cocina mientras su mamá oía el programa lavando los trastes, arrellanado en su cama, preguntándose entonces qué pedo con TODO. Si no existen estos cuates, ¿entonces que SÍ existe? ¿Qué más NO existe? ¿Y si nada existe…?

Con el paso de los días, y con dos rayas menos de culpa, concluí que lo asombroso es el concepto de CENSURA en este país. (No sé en otros). Me di cuenta de lo que realmente es tabú. En la radio se asume que hay niños escuchando todo el tiempo pero se puede hablar lo mismo de cosas naturales como erecciones y orgasmos que de cosas antinaturales como masacres y descabezados. Pero no se puede truncar ilusiones. No se pueden derrumbar fantasías. Eso sí que no. Qué loco.

Pero otra cosa buena de la radio es que todo viaja a la velocidad del sonido. Y se olvida pronto. Rapidísimo. Quizá por eso convenga irlo escribiendo…

(Continuará…)

miércoles, 20 de enero de 2010

Bienaventurados los tardones


La semana que acaba de terminar me dejó una lección: al tiempo nunca hay que hacerle caso.

El tiempo en esta ciudad fue los últimos días como el de otro continente. El viento caló por tantos días y con tal intensidad, que llegó a perderse esa sensación de extrañeza al ver los abrigos y los gorros enmohecidos y torpemente fajados de los capitalinos. Y justo cuando se pronosticaron los días (ahora sí) más perros del año, salió el sol. Luego me dio catarro. Ya ni modo.

A otra clase de tiempo al que no hay que hacerle caso es al tiempo cronológico. A ese tiempo que no es más que invención, entelequia y fórmula narrativa (el tiempo existe gracias a que lo narramos), y que sirve para organizar la vida pero también para echarle candados de diversas y oscuras maneras.

Hace unos días me entregaron a un hijo envuelto en un sobre blanco. Mide 22 x 15 centímetros y no sé cuánto pesa porque la báscula de mi casa no marca tan poquito. Creo que el diseño quedó muy lindo. En las noches, ya que estoy en mi cama, me levanto a releer fragmentos de los que me voy acordando (aunque me los sepa de memoria) nada más para ver cómo se leen con formato, con letra “de libro” y con pasta. Es una sensación increíble. Y es que desde la concepción de este hijo empapelado no pasaron nueve meses. Pasaron nueve años. (Mi amiga Rosalba me dijo que por lo menos así lo mando directo a la escuela, que ya me ahorré los pañales y los pediatras).

Sería engorroso ponerme a relatar todas las peripecias por las que pasó ese manuscrito. Lo cierto es que se truncó desde su origen. Hubiera sido un aborto perfectamente legal. El por qué no lo dejé pudrirse en un cajón igual que lo he hecho (y que hemos hecho todos los que escribimos) con unos cuantos proyectos a través de los años, es un misterio que hasta el día de hoy no logro descifrar. Supongo que es como con ciertos amores: pueden pasar lustros y uno ahí sigue de necio. (Prueba irrefutable de que el tiempo de afuera nada tiene que ver con el tiempo de adentro).

“Escribir es reescribir”, dijo alguien muy sabio. Y lo que ganó esa novela, más que tiempo, fue esa oportunidad. La protagonista, que tiene quince años, pudo zafarse de la voz encorsetada de su autora y ponerse a jugar en el arenero de su espacio y de su tiempo. Los que realmente le van. Y para eso hizo falta el tiempo preciso.

Yo soy muy impaciente. No. Eso fue un eufemismo. En realidad soy una prisuda, desesperada y ansiosa. Si cuando me encargaron esta novela juvenil por primera vez, teniendo yo 25 años, me hubieran dicho que tardaría nueve en publicarse, no la hubiera escrito. Como no lo sabía, lo hice. Y la buena noticia es que ahora que al fin se encamina a las librerías no siento que sea tarde. Está ocurriendo hoy. Y hoy no es ni tarde ni temprano.

Lo que quiero decir (de lo que me trato de convencer consistentemente en mi prisudo existir) es que el tiempo no importa porque uno siempre está en el tiempo. Uno siempre está en su vida. Y por vida y tiempo, no paramos.

Ejemplos cercanos: mi hermana mayor, as de la enfermería, está descubriendo a sus 46 años que le apasiona el arte. Hacer arte. Y lo está haciendo tan bien que mi casa ya parece galería en muestra permanente. ¿Lo hubiera podido descubrir antes? Quién sabe, y da igual. Está pasando ahora. Mi padre, médico, está alucinando por primera vez, a sus 72 años, con la escritura y sus estados de trance, desplegando una productividad que me tiene perpleja. Orson Welles filmó El Ciudadano Kane a los 24, de acuerdo. Pero Saramago publicó hasta los 50. Mi amigo Rodrigo ha tardado también casi diez años en hacer su película, pero ahora se puede sentar a verla con sus dos hijos. Hay quienes a los 35 ya están deprimidos porque escogieron el oficio, la casa y la mujer, todo mal; y su versión de plenitud consiste en renovar el coche y a veces en ron con tangas. El problema no es con el tiempo. Es con la vida. Y tiempo y vida son lo mismo.

Michael Ende escribió un libro extraordinario titulado “Momo”. Se trata de una niña bastante rara que vive en un anfiteatro y que por avatares diversos termina luchando contra unos “hombres grises”, que son unos verdaderos desgraciados. Resulta que estos hombres grises del diablo nos engañaron. Nos hicieron creer que no tenemos tiempo. Que para todo hay prisa. Que tenemos que apresurarnos a trabajar, a tener dinero, a ser alguien. Que la cola del banco nos va a hacer perder media vida. Que sentarse a leer en el sol con un café es una aberración. A todos nos suena familiar porque todos vivimos bajo ese engaño. Y lo que pasa cuando uno cree que pierde el tiempo o lo perdió, es que deja de jugar. Y eso es como enterrar la existencia.

No se trata tanto de “vivir en el presente” (cosa que considero complicada cuando para empezar lo único de lo que se puede dar cuenta es del pasado y a veces del futuro); no se trata tampoco de ponerse a “hacer cosas” porque esas cosas a lo mejor, hoy por hoy, no tocan. A lo mejor tocan otras. Ya no me gusta pensar tampoco en términos de ciclos que se abren y se cierran y de puentes que se queman y demás conceptos categóricos. Me gusta pensar que todo lo que es y ha sido uno, coexiste con uno, en una serie infinita de puertas entreabiertas y accesibles. Y eso, en resumen: que no hay que tomarse el tiempo (ni la vida) tan en serio. Ya podemos tener todas las riendas sujetas en el puño, que siempre iremos sobre un caballo voluntarioso y además ciego. Al final (y desde el principio) no cabe más que el abandono.

Mentiría si dijera que el destino de este libro no me importa. Me ilusiona y también me aflige. Una cosa cierta sobre los cajones es que pueden ser un lugar muy calientito y reconfortante para tener las historias. Más aún cuando todas las que he sacado a la luz hasta hoy, en su calidad de guiones, han pasado por muchas manos y entre todas esas manos se reparten lo mismo las críticas que los halagos. Éste va solito. Y hay una parte donde imaginarlo manoseado, de charola, de posavasos, en el baño de alguien, sujeto de opinión de personas que se espantan con que se casen los gays o que piensan que lo de Haití fue selección natural y muy probablemente de unas cuantas fans de RBD, me da un poco de pendiente...

Pero aquí viene otra razón por la que no hay que tomarse el tiempo tan a pecho: cada quien tiene el suyo, y siempre es más importante que el de los demás. Lo que ocurre cuando uno profiere alabanzas lo mismo que ataques contra algo (una pintura, un discurso, un libro, un taxista), es que a las pocas horas, si no es que minutos, se encuentra preocupado por la leche que no compró, por los platos que no lavó o por el cuadro magnífico que uno mismo no pintó.

Esta frase la leí hace poco en un libro sobre cómo escribir novelas, justamente, y fue como una revelación con música angelical y juegos pirotécnicos: “A NADIE LE IMPORTA”. Así. Como para tatuárselo en un lugar visible. Si quieres ponerte a escribir (o a componer, o a esculpir, o a lo que sea), tienes que pensar que nadie le importa. Nada que podamos decir es tan importante. Ni para el lector anónimo, ni para la pareja ni para los cuates ni para el patriarca cuyo látigo de exigencia perpetua nos persigue. Y si llega a serlo, ya no es cosa nuestra. Es cosa del otro.

Al final, las historias se narran exclusivamente entre quien las escribe y sus palabras, entre el lienzo y quien sostiene el pincel. Por eso es tan indispensable la soledad para crear. Y es dentro de ese mismo latido silencioso que nos vamos contando nuestra vida. Con mucha gente alrededor, o con poca. Pero siempre con uno. Con todo el tiempo del mundo. Con todo el tiempo del mundo.