martes, 29 de junio de 2010

El Juego

Una vez mi amiga Claudia y yo escribimos un corto que se perdió por ahí. Era el tránsito de un encendedor a través de varios dueños, y el tema de fondo era perder. Perder el tiempo. Perder peso. Perder el camión, el avión, el lugar. Perder la chamba. Perder la chance. Perder la cabeza. Perderse. Me perdí tres horas. Me perdí en tus labios. Perder las llaves, la mano, la cartera, el partido, el estilo, el sentido.

Si existiera un “perdómetro”, por estos días México estaría ganando. Argentina nos mete una madriza deprimente, esperada pero chafa y mal arbitrada: el mundial, como cada cuatro años, se nos queda sin sal y sin chiste en su recta final; luego (bueno, antes), se nos muere el único tipo que era capaz de pensar este país y de pensarlo con lucidez y claridad; y hasta que matan a un candidato a gobernador, alguien medio que le sube al radio y medio que se entera que en México, de unos tiempos para acá, están matando hasta al perico. Y que se va a poner peor.

La de México es una historia de pérdidas. Hemos perdido el territorio no una, muchas veces. Lo que ganamos con grandes movidas “nacionales” como la expropiación petrolera o nuestra oriunda constitución lo perdemos en burocracia, nepotismo y estupidez. En unos meses nos vamos a poner gorritos tricolores y a echarnos espuma en la cara para festejar que hace cientos de años ganamos una o dos revoluciones que no ganamos, porque lo que pasó es que las cedimos. Y ahora un promedio de quince personas a la semana están perdiendo la cabeza (sin metáfora) para ganarles a unos cabrones imbatibles. El único que gana consistentemente en este país es Carlos Slim. (Pero hasta donde sé, sólo dinero).

Volviendo al fútbol, mi amiga Marcela Lizárraga se aventó hace unos días una disertación atinada e intensa (como suelen ser sus disertaciones) sobre el “loserismo” mexicano. Desde que nos conquistaron los gachupines seguimos agachando la cabeza, agüitándonos a la mínima. No tenemos la mentalidad ganadora, llegan unos más blancos / güeros / altos / mamados y en lugar de meterles goles nos mordemos el rebozo y nos ponemos a limpiarles la mesa y a decir “lo que se le ofrezca”, “esta es su casa”, “con favor de Dios, “a sus órdenes”, “para servirle”, “con permisito”, “le echamos ganas”, “ahí pa’ la otra”. Pero sobre eso ya disertó largamente Octavio Paz. Y Monsiváis. Y todos lo sabemos. ¿Solución? Para mí, meter al pueblo mexicano a psicoanálisis. Cinco veces por semana durante quinientos años. Y saldría barato.

Pero hablar de pérdidas no siempre es malo. Para nadie es noticia que la dicha se mide por contraste. A ver… ¿quién nos quita ese triunfo sobre Francia hace dos jueves? ¿Quién? En ese partido ganamos el mundial. Fue una alegría, una fiesta. Todos supimos que ese era nuestro partido. Que ese sería nuestro gran triunfo en Sudáfrica, aunque quisiéramos pensar (aunque siempre queramos pensar) que vamos a llegar a más. Pero ya lo dijo el maestro Sabines:

Entreteneos aquí con la esperanza.

El júbilo del día que vendrá

os germina en los ojos como una luz reciente.

Pero ese día que vendrá no ha de venir: es éste.

México no está acostumbrado a las alegrías duraderas; somos una nación de goces efímeros. Tal vez por eso nos gusta tanto el fútbol. Y tal vez por eso somos tan “alegres”: porque la mayor parte del tiempo somos miserables.

El juego, el perder o ganar, es una idea tan indispensable en el nuestro imaginario colectivo (no sólo el de los mexicanos: el de toda esta especie), que nuestra narrativa está casi por entero basada en ello. Como con casi todo, fueron los griegos los que echaron a andar la maquinita. Aristóteles sentó las bases para la tragedia, sobre las que luego todo el mundo teorizó y se volvieron la estructura elemental para todo lo que fuera drama (o acción dramática, para no confundir con el género en sí). Uno de los conceptos claves del drama es el término griego agon, del que surgen las palabras protagonista y antagonista, quienes en cualquier historia (desde el romance hasta la ciencia ficción pasando por la intriga policíaca) básicamente se dedican a desear y a tratar de obtener algo que se contradice. Agon viene de agonia, que singnifica “juego competitivo”. De este modo, el drama no es más que una especie de partido de fútbol que va creciendo en tensión. El único requisito (que no siempre se cumple) es que sea un juego donde tanto el protagonista como el antagonista tengan iguales oportunidades de ganar: que sean dignos oponentes. Sólo si las fuerzas están niveladas, tendremos un conflicto verosímil y una trama interesante. Estos preceptos aplican desde Medea y Hamlet hasta Blancanieves y Shrek 1, 2 y 3.

Y van más allá.

En el argot “guionístico” existe un concepto indispensable a la hora de construir tramas. Faltando unos veinte o treinta minutos para que acabe la película (o unos diez para que termine el episodio), todos los guionistas sabemos que llega el momento de construir un algo que se denomina todo está perdido. Así, tal cual. Es el momento en que los malos capturan al héroe, en que los amantes se separan por una terrible confusión, en que el zombi está a punto de matar a la única sobreviviente del campamento juvenil. Es gracias a ese momento –el momento en que todo está perdido- que cobra sentido todo lo que sigue después: los minutos antes de que acabe la película donde el héroe logra escapar y chingárselos a todos, en donde el amante llega milagrosamente al aeropuerto para detener y retener a su chaparrita, donde la sobrevivienteadolescente, con las vísceras ya medio colgando, logra tomar el hacha y matar al zombi. Es decir, el momento en que todo se recupera, se revierte, se reivindica, se gana.

Así ocurre a veces en la vida. La mayoría de las veces, no. Empezando por aquello de antagonizar con oponentes dignos. El problema es que la ficción nos ha enseñado a que así debería ser. Y a veces vamos por la existencia actuando como si esto de veras fuera una película donde los éxitos y los fracasos son calculables y categóricos. Donde los árbitros son justos. Donde no existe el azar.

Creo que hay pocas cosas que le hagan más daño a ser humano como los abominables términos imperialistas de winner y loser. A causa de palabras como esas hay gente deprimiéndose, canibalizándose y asesinando a sus compañeritos en las escuelas.

Felizmente la vida real no se mide con marcadores, aunque así lo parezca. Aunque haya gente odiosa que aparentemente gana siempre y otra a la que siempre (¿siempre?) le va de la fregada. En el fondo todos sabemos que el ganar y el perder puede ser tan grata como desastrosamente relativo. Y además, hay ocasiones en que uno no sabe si ganó o si perdió sino hasta mucho tiempo después. El otro día tuve una prueba fehaciente de ello. Abrí el periódico y en primera plana vi la reluciente imagen de un antiguo compañero de talleres literarios. Iba vestido de smoking y abrazaba a González Iñárritu y a Bardem. Antes de eso, hará un par de años, nos topamos y el resumen de su vida era una penosa lista de pérdidas: su mujer lo había dejado, le habían robado la casa, no tenía un clavo, estaba intentando levantar una película pero se le había caído el financiamiento. Esa película figuraba en la primera plana del periódico porque se acababa de ganar el premio como mejor ópera prima en Cannes. ¿Habría ganado si a este hombre no lo deja su esposa y si no toca un punto en donde no tiene “nada que perder”? Quién sabe. Como sea, esta situación me hace pensar en una frase que me gusta muchísimo: el que ríe al último, ríe mejor. (A lo mejor un día terminamos riéndonos de los argentinos, de los gringos y del pendejo de Calderón con nuestra mejor carcajada. Dios mediante…)

Yo no llevo bien lo de las pérdidas. Me las fleto (como casi todos) porque no hay de otra. Lloré a mares cuando terminé la primaria, me tardo lustros en olvidar los amores y hace siete años que suspiro casi todos los días por mis años en el Raval y en Malasaña. Mis cuadernos están repletos de odas a la nostalgia y la melancolía, de desesperación porque las cosas y las horas pasen y nada más pasen, por la imposibilidad de asir. Yo no sé entonces cómo no me ha dado un shock diabético en el lapso de este año que corre, donde mi recuento de pérdidas incluye dos macbooks (una la sigo pagando); mi ipod con varios años de esmerada inclusión musical y todos mis discos; todas mis películas, toda mi bitácora virtual y medio año de notas para un libro. Y tal vez no me ha dado el shock diabético porque el factor ganancia (o el factor alegría, llamémosle mejor así por si acaso), también ha sido considerable. Y tal vez sea por eso que en esta racha, la mayor ganancia de todas ha sido llegar a la conclusión de que la vida nunca corre en un solo carril, sino en muchos carriles simultáneos.

El que me encuentre escribiendo el día de hoy sobre pérdidas no es coincidencia. Creo que ya me estaba tardando. No tengo ganas de hablar, sin embargo, de la pérdida más temible que ronda mis días, y seguramente la que detona todas estas reflexiones. La cosa es que recién me di cuenta de que antes de que mi colección musical desapareciera para siempre jamás, una de las canciones más repetidas en mi Itunes era una de Midlake que reza:

Did you ever want to be overrun by bandits

to hang over all of your things and start over new?

Luego, hace unos días me encontré esto en un diario del mes de noviembre de 2009:

Ahora están con que el mundo se acaba en el 2012. Los mayas dijeron: “Morirán los hombres, morirán los dioses”. Yo encuentro bastante factible que suceda. Sólo que no como nos lo imaginamos. No con maremotos y placas continentales rotando y puentes colapsándose. Pero de que esto no aguanta como está por mucho tiempo, no aguanta. El fin del mundo no me da miedo. Ya me tocó verlo (el mundo) y de todas formas nos vamos a morir. Todos. El que la muerte sea colectiva sólo le añadiría dramatismo, no novedad.

Semanas después:

Todo esto desaparecerá. Estas sillas de plástico, estos costales de café, esas vitrinas, ese toldo, todas estas personas. Ese viejo, esa joven y ese perro. Todo se irá. Es un alivio. Está todo tan saturado, tan cargado, que tranquiliza saber que no tenemos que hacer nada: algo se encargará de limpiar, de depurar, de renovar. Cuánto se antoja pensar en un planeta salvaje otra vez, nuevo, puro. Que se borre todo lo dicho, escrito y pensado. Dejar de preocuparse por permanecer. Por salvar a Bach, a Leonardo y a Shakespeare, las joyas de la corona, los mapas de los fenicios, los frisos y las columnas. Todo está perdido ya de todos modos. Ya no somos esos hombres, y también desapareceremos. Nada puede asisrse. Hay que aceptar la pérdida. Hay que aceptarla. Hay que congraciarse con la finitud de todas las cosas. Solamente una vez amé la vida. Solamente una vez y nada más.

Cuando releí esto me dio un poco de risa porque lo cierto es que si ahora mismo empezara a temblar, todas mis filosofías budistas del desprendimiento se irían por un tubo y yo me cagaría encima. Pero sí hay cierto alivio en abandonarse, de vez en cuando, a la conciencia de que la pérdida irremisible está en nuestra naturaleza. Que arranca desde que nacemos. Que está ungida en cada segundo que suma (o resta) el reloj. Que cada vez que ganamos algo, va de la mano la posibilidad inminente de perderlo. Todo es una pérdida potencial; todo, todos, podrían esfumarse en cualquier momento.

Pero sin esa posibilidad, nada tendría sentido. Por eso despertamos cada día y salimos a la calle y a la vida arriesgando el pellejo como si fuéramos a ganar algo más que experiencias y a perder algo menos que segundos. Salimos a jugar todos los días porque sabemos que el día que perdamos lo único que es de veras indispensable, no lo vamos a echar de menos. Eso es otra cosa que los mexicanos llevamos bajo la piel: no podríamos ser tan igualados y descarados con la muerte si no estuviéramos tan acostumbrados a perder, y a perder tanto.

Hay que jugar. Hay que jugar todo el tiempo. No queda de otra.

Sabines, como siempre, lo dijo mejor:

Alguien me habló todos los días de mi vida

al oído, despacio, lentamente.

Me dijo: ¡vive, vive, vive!

Era la muerte.

jueves, 13 de mayo de 2010

Escenas de La Habana


INT. AEROPUERTO INTERNACIONAL JOSÉ MARTÍ. DÍA

Una incrédula EXTRANJERA (30’s) desciende del avión. Avanza mirando para todas partes, fascinada por la decadencia del lugar, por las faldas muy cortas de las empleadas, enfundadas en medias a cuadros, blancas, negras y café con leche (las empleadas), quienes ríen a través de sus walkie talkies y bromean con los empleados, también multicolor.

CORTE A:

Al salir rodando su maleta, la extranjera es de inmediato abordada por un TIPO (30’s), panzoncito, carismático; la clase de hombre entrenado para infundir confianza. Le ofrece un taxi.

TIPO: ¿De dónde viene?

EXTRANJERA: De México.

TIPO: ¿Sonora, Tamaulipas, Tampico, Monterrey, Guadalajara, Yucatán, Zacatecas…?

EXTRANJERA (sonriendo, encantada): De la capital, del D.F.

Luego anuncia que tiene que cambiar dinero. El tipo la espera. La extranjera cambia 100 dólares, equivalentes a 80 y pico CUC (peso cubano convertible). Cuando se aleja con el tipo de los taxis, éste aclara:

TIPO: El viaje le cuesta 46 ceucé.

La extranjera se paraliza.

EXTRANJERA: ¿No hay transporte público? (El tipo niega) ¿Otras tarifas?

El tipo la dirige a un automóvil amarillo, desvencijado, que conduce un negro robusto. Antes de meter su maleta a la cajuela, aclara, casi ofendido:

TIPO: Aquí no hay tarifas, señorita. Esto es socialismo.

EXT. CALLE DEL OBISPO. DÍA

La extranjera y otros dos EXTRANJEROS (Extranjero 1: 30’s, pestañudo, muy bronceado por el sol; Extranjero 2: rubio, enorme, australiano de origen), caminan bajo una incipiente lluvia. La calle es peatonal, transitadísima; conviven cafés y tiendas para turistas lo mismo que establecimientos (oficinas, escuelas, salones de belleza) salidos de una revista color sepia de 1958. Los árboles florales rompen las fachadas de un par de edificios cayéndose a pedazos.

Los extranjeros se meten en un café.

INT. CAFÉ PARÍS. DÍA

El café es oscuro, maderoso y decadente, tal y como a la extranjera le gustan los cafés. Además es el primer café que se toma en el viaje. Al primer sorbo, supera sus expectativas. Todo marcha de maravilla, excepto que Jennifer López suena en la tele y en las bocinas del local a todo volumen. Luego entra un trío de salseros. Los extranjeros piden unas tostaditas de queso para desayunar. Extranjero 1 no se las puede comer porque tienen demasiada cebolla. Cuando el trío salsero se va y regresa Jennifer, los extranjeros salen despavoridos.

EXT. PARQUE CENTRAL. DÍA

Los extranjeros hacen turismo del más burdo y vergonzante. Le toman fotos a los coches de modelo antiguo. Le toman fotos al capitolio y a los edificios. Le toman fotos a las iglesias. Le toman fotos a las masas reunidas en la plaza, hombres en su mayoría, que manotean y se quitan la palabra hablando, según entienden los extranjeros, sobre electrodomésticos y béisbol. De pronto, son abordados por un señor. Desde luego, muy charming.

CONDUCTOR: Where you from? I’ll show you Habana Vieja like you never seen. If no, I give you the horse.

EXT. CALLES DE LA HABANA VIEJA. TARDE

El caballo repiquetea. Los tres extranjeros viajan a bordo de una calandria. El CONDUCTOR es un hombre de cincuenta y tantos años, con ojos claros y sombrero, que lo traduce todo al inglés, fuma compulsivamente cigarrillos Monterrey (tabaco negro, sin filtro), y le gusta alardear que las llamadas que recibe en su celular son de “sus mujeres”. Los lleva bordeando toda la Habana Vieja; les enseña el hotel donde vivió Hemingway y después se hospedó Sting, la casa de José Martí y la estatua de Agustín Lara. Se detiene en un restaurante.

CONDUCTOR: Aquí van a comer espectacular. Langosta, camarón… ¿Les gusta la langosta, el camarón?

Cuando entran todos al restaurante les explican que hoy sólo hay cerdo.

CORTE A:

El conductor para en una pequeña tienda donde se vende “el mejor ron de Cuba” Los extranjeros lo prueban. A la extranjera le gusta. Compra dos botellas y tres paquetes de café molido para regalar.

CORTE A:

El conductor los lleva a un expendio de puros. La extranjera compra una caja de puritos Cohiba.

EXT. CAJERO AUTOMÁTICO. DÍA

A la extranjera se le han terminado los CUC’s. El cajero rechaza sus tarjetas. Al indagar en el banco, le explican:

EMPLEADA: Su banco tiene un convenio con Estados Unidos. Con esas tarjetas no puede disponer de dinero, acá.

La extranjera, consternada, cambia los pesos mexicanos que de pura suerte lleva en la cartera. No compra un solo regalo más en el resto de la vacación.

INT. BAR. NOCHE

Los extranjeros esperan. El lugar de baile no abre sino hasta las once y son las diez treinta. Éste es un local a dos puertas. Es un bar pero parece heladería. Venden pizzas. Los extranjeros se comen una entera y se toman ocho mojitos. (Seis se los toma Extranjero 2). Mientras, la extranjera gira la cabeza como el exorcista para aprehender la fauna del lugar. No hay turistas. Van entrando, sobre todo, cuartetos y quintetos de mujeres. Todas negras y mulatas. Todas con atuendos atrevidos, de colores audaces. Todas van a bailar. La extranjera se siente de pronto ridícula con su falda arriba de la rodilla y su blusa con mangas. Al menos la blusa tiene un poco de escote.

INT. CASA DE LA MÚSICA. NOCHE

Los extranjeros esperan más. El grupo de la noche no comienza a tocar sino hasta las 12. Los extranjeros se entretienen bebiendo más mojitos y daiquiris. No dejan de mirar a una negra despampanante que lleva unos shorts blancos con unas piernas tan largas que rompen el piso, y que se contonea como una auténtica diosa de la fertilidad. Al tercer daiquiri, la extranjera declara:

EXTRANJERA: En mi siguiente vida quiero ser negra. Y bien zorra.

CORTE A:

Los extranjeros bailan. Y bailan.

INT. TAXI. DÍA-NOCHE-TARDE-AMANECER

Todos los taxistas de la Habana son iguales a casi todos los cubanos. Agudos, orgullosos, echados pa'lante. Todas las conversaciones son idénticas. Hablan con la soltura de quien está acostumbrado a recibir las mismas preguntas y responderlas mil veces. No, Fidel ya no circula. Sí, Raúl es muy estricto. El nieto de Raúl es el que viene. Es más liberal. Nadie habla realmente de su condición, nadie se queja. Admiten que hay una “mala economía”, nada más. Y todos dicen que el CUC les afecta igual a ellos que a los extranjeros. Los extranjeros no terminan de creerles.

EXT. PLAZA DE LA REVOLUCIÓN. DÍA

Los extranjeros descienden de un taxi.

Los extranjeros se toman una foto frente al monumento dedicado a José Martí.

Los extranjeros se toman una foto frente al edificio donde está Ernesto Guevara y su famosa frase “Hasta la victoria siempre”.

Los extranjeros se toman una foto frente al edificio donde está un señor de turbante que no saben quién es y que alguien les aclara se trata de Camilo Cienfuegos.

Los extranjeros toman un mototaxi y se van a tomar mojitos y a fumar un puro al Hotel Nacional.

EXT. CALLES DEL VEDADO. DÍA

El viento le trepa el vestido a la extranjera hasta el cuello. El día es perfecto. El sol centellea. Cada casa es un sueño; las que tienen columnas, las que tienen terrazas, las que tienen persianas de madera y las que tienen patios; las que se caen y las que no. Cada árbol y cada palmera de cada calle corta el aliento. A la extranjera le suenan las tripas.

INT. PALADAR LOS AMIGOS. DÍA

A la extranjera le da tiempo de fumarse tres cigarros antes de que lleguen los platos. No le importa. La cerveza Cristal se le sube rápido a la cabeza y está feliz de que aquí sí se fume, donde sea, en interior. Los tres comen platos de ropa vieja, cerdo frito, yuca, arroz y frijoles. Ellos no lo saben, pero esta es la mejor comida que harán en la vacación.

INT. HELADOS COPPELIA. DÍA

Los extranjeros se brincan tres colas kilométricas. La extranjera, que ha visto gente haciendo cola para las cabinas de teléfono, para el transporte y para quién sabe qué más pero para todo, asegura:

EXTRANJERA: Seguro están esperando el camión.

Es así como involuntariamente los tres se encuentran en cuestión de diez minutos, y no dos horas, en una mesa de la heladería más famosa de la Habana. No parece heladería. Más bien parece escuela, iglesia, oficina pastoral. Los extranjeros son los únicos extranjeros que ocupan una mesa.

EMPLEADO: Hay vainilla, fresa y chocolate.

También hay pastel. Los extranjeros piden de todo y esperan. Y esperan. Y esperan. Y mientras esperan, son testigos de la escena más insólita. En la mesa contigua, una mujer pide algo así como dieciocho bolas de helado de chocolate. En cuanto el empleado se va, la mujer las echa, una a una, en una bolsa de plástico. Al cabo de un rato repite la operación con bolas de vainilla. Para cuando llegan los helados de los extranjeros, sólo queda fresa y chocolate. A la extranjera le saben a helado de su infancia, como del Tom Boy.

EMPLEADO: Son dieciséis.

A los extranjeros les parece carísimo. Sobre todo después de haber visto a esa mujer embolsarse –literalmente- aquellos helados como si los regalaran. El empleado explica:

EMPLEADO: Son cinco por cada helado y uno del pastel.

Los extranjeros pagan dieciséis pesos convertibles cubanos. Se van de ahí con la sensación de haber sido estafados. Así ha sido, en efecto. El helado cuesta cinco pesos cubanos, el equivalente a 10 centavos de la famosa moneda convertible.

FLASH FORWARD:

TAXISTA: Él les sirvió un helado de listo y ustedes se comieron un helado de tontos.

INT. CAFÉ TABERNA. NOCHE

EXTRANJERA (O.S.)

No le hagan (siempre) caso al Lonely Planet. La antigua “casa” de Benny Moré es ahora un local bonito pero avinagrado donde el grupo de son se calla demasiado temprano y la langosta mariposa sale barata porque está como piedra y sabe a pollo.

INT. TERRAZA HOTEL. NOCHE

Cuatro negras rompen bocinas y caderas en el lobby. Una en el piano, otra en las percusiones, otra en el bajo y otra al micrófono. Son buenísimas. Buenísimas. Han conseguido poner a bailar a más de un carcamán europeo y a su esposa descoordinada. La extranjera, sin embargo, se encuentra muy lejos del barullo, en la mesa más apartada de la terraza a donde alcanza a llegar el Internet inalámbrico.

TRANSICIÓN:

1:30 a.m. La extranjera cierra la tapa de su computadora. Ha terminado de corregir un guión. (Trabajar en las vacaciones es su maldición; ya se acostumbró). Se estira, satisfecha; guarda sus cosas y se levanta. En la mesa hay dos tazas vacías de café. (Cubano).

INT. HOTEL – HABITACIÓN. NOCHE

5:30 a.m. La extranjera se levanta al baño por vez número 8 en cuatro horas. No ha pegado ojo. Está hecha un lobo rabioso y golpea con desesperación la pared de azulejos. No ayuda que Extranjero 1 y Extranjero 2 den vueltas en las camas contiguas y balbuceen en australiano.

EXT. HABANA VIEJA – CASCO ANTIGUO. DÍA

La extranjera tiene toda la tarde para ella sola. Extranjero 1 y Extranjero 2 salieron temprano a tomar un tren para conocer algo de las “afueras”. La extranjera decidió quedarse y dormir al menos dos horas que al final fueron cinco. Arranca en la plaza de Armas. Se está un buen rato viendo los libros viejos. Todos son clásicos de la literatura universal o de socialismo. También hay postales. Todas son de Fidel o del Che. La extranjera compra tres.

CORTE A:

La extranjera visita la catedral de la Virgen María de la Concepción Inmaculada, mejor conocida como la Catedral de la Habana.

CORTE A:

La extranjera visita la plaza Vieja. Toma video.

CORTE A:

La extranjera visita la plaza de San Francisco. Habla con otro conductor de calandria, éste negro y con mucho acné, quien le pregunta si no quiere un novio guapo, cariñoso, amable, trabajador. La extranjera lo medita.

CORTE A:

La extranjera se detiene en un local de la calle Mesones donde sólo venden pizzas individuales, limonada y “cremitas” de dulce de leche. Pide una de cada una. La EMPLEADA dice:

EMPLEADA: Son diez.

EXTRANJERA: ¿Diez, qué?

EMPLEADA: Diez pesos.

EXTRANJERA: ¿De cuáles?

EMPLEADA (Con un mohin): Cubanos.

EXTRANJERA: Aaaaaah.

Luego de recibir la cifra exacta de 25 centavos CUC, la empleada saca a colación el tema del narcotráfico en México. Está espantadísima. Se imagina que ir a México es garantía de que te corten la cabeza.

EMPLEADA: Aquí somos muy pobres pero nunca se han visto esas cosas.

La extranjera ignora que a pocos pasos, Extranjero 1 y Extranjero 2 han vuelto de su recorrido en tren y se beben unos mojitos en la Bodeguita del Medio, donde una “santera” entra a hacer “bailes extraños”. A la extranjera le hubiera gustado ver eso.

CORTE A:

La extranjera se toma un café en el Café Habana, que hace esquina nada menos que con la calle... ¡de la Amargura!

CORTE A:

La extranjera fuma en una banquita del parque central. Un joven SOLDADO (20) se acerca a pedirle un cigarro. Al ver la cajetilla de Delicados, finge preocupación:

SOLDADO: ¿No eres cubana?

EXTRANJERA (Halagada, pizpireta): No.

SOLDADO: Perdona, es que ahora hay mucho control con lo de acercarnos a los turistas, tú sabes.

La extranjera sabía lo contrario y ya le extrañaba. Ahora ya sabe.

SOLDADO: ¿Y qué te gusta más de la Habana?

EXTRANJERA (No sabe si miente o no): La gente.

INT. CAFÉ INGLATERRA. DÍA

La extranjera se toma un café en la terraza del hotel Inglaterra. Es una belleza. Madera clara, ventiladores y techos altos. Platica con un señor hindú que creció en California y reside en Mérida hace treinta años. La extranjera decide que éste será el último café del día, para poder dormir.

EXT. PASEO DEL PRADO. DÍA

La extranjera camina por el paseo del Prado, o paseo José Martí. Le recuerda a la rambla de Barcelona, sólo que éste es mucho más arbolado y más diáfano. No hay puestos de flores ni estatuas humanas del Hombre Araña ni gringos con cámaras ni loquitos cada tres pasos. Sólo hay edificios bajos, neoclásicos y moriscos, hermosos y derruidos, a los costados; niños jugando al fútbol y poca gente paseando. A la extranjera le dijeron hace muchos años que las fotos donde no sale gente, a la larga no se les presta atención. A ella no le importa y dispara la cámara sabiendo que todo es inútil. Que con gente o sin ella, nada le hará justicia a todo esto.

EXT. MALECÓN. DÍA

Atardece. El malecón comienza a salpicarse de parejitas y grupos de jóvenes que abren botellas de ron y sirven vasos de plástico. La extranjera ya no puede más. Necesita salir en alguna foto de esta tarde. Hay una parejita cerca. Le sabe mal interrumpir porque los enamorados están muy estando, ella recargada en el pecho de él; él sobándole la pancita. Pero toman la cámara de muy buena gana. La foto la hace ella. Le pasa la cámara a la extranjera.

ENAMORADA: Mira a ver si te gusta.

La extranjera mira.

EXTRANJERA: Sí, está muy linda. Gracias.

Y es verdad que le gustó.

Luego se está quieta con las fotos y se pone a ver, nada más a ver, cómo el mar rompe contra la vieja muralla y el cielo se va dorando igual que la ciudad. Y lo único que le consuela de no poder asir todo esto, de saber que lo va a perder de vista para siempre, es lo mismo que la consuela desde que lloraba sin consuelo después de su primer fiesta de cumpleaños, creyendo que nunca se lo iba a volver a pasar igual de bien. Aquella vez, su hermana le dijo:

“Todo lo bueno se termina para que venga algo mejor”.

Y hasta ahora, afortunadamente, se ha cumplido.

viernes, 2 de abril de 2010

Coyoacán Joe: Pasión, muerte y resurrección

El contexto. Hace unos pocos años, circuló cual porro en fiesta del CCH Oriente un video musical titulado “Coyoacán”, pero que pronto comenzó a identificarse como “Coyoacán Joe” por el estribillo de la canción, que así rezaba. Eventualmente, también como Coyoacán Joe se bautizó al cantautor del video, de cuyo verdadero nombre, hasta hoy, que yo sepa, nadie tiene peregrina idea. Luego, en su "homenaje", vino el nombre de este blog.

Cuando vi Coyoacán Joe por primera vez, fue un momento memorable, inflado de goce cruel. Lo mejor vino al final, cuando me puse a leer los comentarios al video. Aquello era el despliegue de mordacidad más atroz jamás visto. Entre referencias a las chichis del cantante y a su falda "escocesa", aderezadas con una interminable retahíla de insultos, hubo una línea finísima que me hizo caerme de la silla de la risa: “Ya no hay temor de Dios”.

Hay un término en alemán intraducible al español que me parece fascinante: schadenfraude, que significa nada más y nada menos que el placer que se experimenta al presenciar la desgracia ajena. Ahí nomás. El video de Coyoacán Joe tuvo más de un millón de visitas. Y sospecho que dicha cifra se arraiga, en buena medida, en esta palabra intraducible del alemán.

Pero vamos por partes. En principio, hay una clara paradoja. El tipo (como se llame) no se ve nada desgraciado en su video. Todo lo contrario. Se le ve desbordado de euforia, pletórico y bailarín. Cito:

Coyoacan Joe es mi nombre

Coyoacan Joe es mi sangre

Coyoacan Joe es mi gente

Coyoacáaaan…

Pero cuando vimos el video, todos lo asumimos: este tipo es un desgraciado. Todos decidimos que padecía serios problemas hormonales, asumimos que lo peinaba su peor enemigo, que tenía una fijación con Chayanne, que su mamá no lo quería, que se ponía las playeras y la falda escolar de su hermanita. Quisimos creer que era un pobre infeliz.

Coyoacán palomas en el kiosco

Coyoacán el organillo y la iglesia

Coyoacán músicos y mimos

Coyoacán pobres y ricos

Ese entusiasmo desenfrenado ya resulta incómodo. Pero lo peor es cuando se pone a enunciar, como en folleto turístico, los atractivos de la zona:

Si Centenario o plaza Hidalgo no te va

Están los viveros, la Conchita y Santa Catarina

El mercado, restaurantes, bares y cafés

cineteca, museos, teatros y libreríaaaaaaaaaaaaaaaaas.

Vamos a ver. Este mes de abril cumplo cinco años viviendo en este barrio. Y me encanta. Pero hay dos que tres cosas en que me veo tristemente obligada a desdecir a Coyoacán Joe:

Primera. En Coyoacán hay dos bares. Dos. La Bipolar, el Mayahuel. Tan-tan. La Coyoacana está constantemente invadida por tunas y mariachis y el Hijo del cuervo no cuenta. El Hijo del cuervo era cool cuando yo tenía dieciséis. Ya está. Segunda. En Coyoacán hay tres cafés. Tres. El mundo del café, La ruta de la seda y el de la Conchita. Todos los demás son a) de calcetín a 28 pesos b) el Jarocho. Que NO es café. Es reflujo biliar en vasos de unicel. Tercera. En Coyoacán no hay restaurantes. Hay merenderos. Cuarta. En Coyoacán hay una librería y media. El Sótano y la que sale en la parte inmortal del video donde no pega la rima y el tío remata con un pasito de… ¿hip hop? (Lo único que el Parnaso conserva de sus viejas glorias son los manteles verdes de la cafetería).

Y quinta:

Diga lo que diga y cante lo que cante Coyoacán Joe, hermanos, en verdad os digo: NO HAY MARCHA EN COYOACÁN. Y quien lo ponga en duda, asómese un sábado cualquiera a las 12 de la noche por el Jarocho de Allende. ¿Qué hace toda la juventud y todos los motociclistas de los derredores congregados frente a un puñetero café? ¿Pre-coctelear? Lo dudo. Aunque cabe la posibilidad de que con cada vaso de unicel pasen grapas o les pongan piquete a los capuchimokas. Habría que averiguarlo. Sexta: A Joe se le olvidó mencionar los árboles tapizados de chicles.

Cierto es que la ejecución del videoclip tampoco ayuda. Todo es desastroso. Desde el vestuario (la mentada faldita, los lentes y el gorro de aviador de los otros “músicos”; el pajarraco prehispánico que lleva él en el cuello, los cuernos de vikingo que se le ocurrió plantarse en la secuencia del “antro”). Y luego, el close up de la ardilla, los “extras” fodongos de la plaza, los niños que lo corretean en el kiosco pero para darle de zapes. Dejemos a un lado el lipsing que no macha y los saltos de eje. A todos nos queda claro que es un video amateur. Pero ese cierre… alejándose meditabundo por las calles y luego cerrando los ojos, lacónico y circunspecto, recargado en una puerta…

A Coyoácan un día llegué

De Coyoacán me enamoré

A Coyoacán no olvidaré

De Coyoacán siempre seré.

(Profuso suspiro).

(Lento fade).

Y sin embargo, nada de esto, a mi parecer, justifica un millón de visitas. El morbo desmedido, los ataques en tropel. Coyoacán Joe podrá ser el videoclip más teto jamás visto, pero, ¿tomarse el tiempo para hacer un montaje titulado “La muerte de Coyoacán Joe” en que pasa un coche y lo arrolla? Eso no es ocio. Eso es saña. Y creo que parte de la clave está en la malicia. Y el problema es de Joe: nomás no la tiene. Es un discapacitado, un minusválido de la malicia. El tipo y su video son de un candor tan absoluto, de un naive tan acojonante, que irritan hasta la médula.

Coyocán es aventura

Coyoacán es diversión

Coyacán es la familia

Coyoacán mi religión

Pero el candor no basta por sí solo. Si así fuera, Blancanieves, Cenicienta y todas sus amigas descerebradas no hubieran llegado ni a la esquina y Bob Esponja no sería un hit. ¿Entonces? Mi amiga Susana, que sabe mucho de cultura y psicología populares, me explicaba que lo que entendemos por kitsch surge de una aproximación específica de la clase media frente a ciertas manifestaciones culturales. Por ejemplo, no son los mismos motivos por los que un grupo de estudiantes de la Ibero van a las luchas o escuchan a Paquita la del Barrio, a los motivos de la clase baja. Los estudiantes de la Ibero lo toman como una cosa “folklórica”, “locohona”, “divertida”; la clase baja se lo toma en serio. La aproximación de la clase media lleva impuesta una distancia, un “ese no soy yo”, y en esa distancia va implícito un sentido de ironía.

Con Coyoacán Joe, a la clase media le es imposible hacer esa división porque el tipo ES esa clase media. Habla de cosas y lugares que nos son cotidianas (todos hemos ido a pasear a Coyoacán algún domingo de nuestra vida, y no como experimento “kitsch”, sino por el auténtico atractivo de los helados y los esquites). Y el cuate lo hace además ensalzando ese cotidiano con una devoción absoluta, con total seriedad y con una enervante carencia de sentido del humor. Con este video es imposible poner la distancia de lo folklórico; no hay ironía, no hay doble mensaje. Es tan literal y tan burdo (además de mafufo), que lo que genera es aversión. La risa es provocada por la vergüenza. Ajena y propia. El placer no viene de presenciar la desgracia ajena, sino del desahogo de poder burlarnos de otro que nos está retratando a nosotros mismos con humor involuntario.

Y sin embargo, no es el desentrañe ocioso de Coyoacán Joe el fin último de esta entrada. O no el único.

Decidí ponerme a pensar en estas tonterías hace dos sábados en casa de Lalo. Estábamos en una sesión, justamente, de repaso kitsch en You Tube. Desfilaron La Tigresa del Oriente, La Secretaria de Daniela Romo, Don Diablo y el Niño Predicador. Un festín. Y de pronto recordamos: ¡Coyoacán Joe! Lo tuvimos que googlear porque el video original, por razones obvias, ya no está en You Tube. Luego de verlo y relamernos los bigotes de schadenfraude una vez más, hallamos de repente otro link: “Coyoacán Joe betado en TV Azteca”. ¿A ver, ponle…?

Resulta que el chico, a partir del mentado video, fue invitado a un programucho de aspirantes a cantantes llamado “Quién tiene estrella”. El pobrecito salió con una coreografía ensayadísma y energética total con saltos, derrapes por el suelo, juegos con el micrófono y “venga esas palmas”. Por supuesto desafinaba un poco (se conoce que el muchacho no tiene demasiada experiencia cantando en vivo). Y la canción que interpretó fue… sí señores: “Coyoacán”. Lo cierto es que no iba mal, el público ahí lo iba medio siguiendo, sonriendo y palmeando. Pero de repente comenzó a sonar una alarma espantosa indicando que el performance había terminado. A continuación, Joe se vio bombardeado por un trío de infelices que se hacen llamar “jueces” y que no tenían ninguna intención salvo hacerlo pedazos. Y que además estaban ahí, claramente, con esa consigna. El primero que habló tuvo el morro de arrancar su discurso refiriéndose a las visitas del video de Coyoacán Joe en Internet. “Cuando el público se vuelve audiencia, cuando se piensa que algo es bueno porque lo ve mucha gente, hay un problema de calidad”. Y lo dice en TV Azteca, ni más ni menos. Qué jeta. Y luego arremete, con una displicencia y una soberbia más ensayadas que la propia coreografía: “Usted no es un artista. No tiene talento”. A continuación siguen los otros dos, una mujer que lo critica por no saber microfonear cuando ella de milagro no babea, y por último un gordito que sale en programas de chismes y que también le tira a matar con una serie de “observaciones” gratuitas y plagadas de mala leche de las que ya no me acuerdo porque para ese momento yo ya tenía el hígado en la tiroides. Para exacerbar la humillación, tienen todo el tiempo al chaval A CUADRO, con la pantalla partida, para ver qué caras pone mientras los “jueces” lo mancillan. La historia detrás de las cámaras está bien clara. Alguien le pasó el video al productor con la millonada de visitas y de comentarios sardónicos y maléficos y pensaron: “Imagínate el rating, cabrón”. Sé que no he venido expresándome lo que se dice bonito de este hombre los últimos párrafos. Pero no es lo mismo el soliloquio de un espectador formulando una opinión o una mentada (como lo hicieron todos los que destazaron el video en su día), que URDIR la humillación pública de una persona para anunciar más pan Bimbo. En otras palabras, una cosa es ser ojete y otra cosa es caer bajo.

¿Por qué pudieron hacerlo? ¿Porque este tipo está loco por hacerse cantante y famoso? Tal vez. ¿Porque es un don nadie? También. Pero sólo en parte. Retomando la idea de la distancia, de la ironía, aquí se manifiesta el otro lado de la moneda: si hubiera sido un chavillo de clase baja, por más grotesco y “viboreable” que fuera su espectáculo callejero, no se hubieran metido con él. Pudieron hacerlo con el Coyoacán freak, justamente, porque sintieron que tenían derecho sobre él como un “igual”.

Más de uno ha de estar pensando, “bueno, pero también él qué idiota, ¿para qué se mete ahí? ¿De veras pensaba que lo iban a lanzar al estrellato?” En mi opinión, se metió por la misma razón que recibió todos los ganchos y patadas de este trío con un amago patético de sonrisa y se fue de ahí diciendo que “él confía en Dios” y “de todo aprende”. Por el mismo motivo que hizo su videíto ensalzando a Coyoacán como si fuera la panacea del universo. Por lo mismo que en una mini-entrevista (también de internet) sale diciendo que Warner ya le ofreció grabar un disco. Porque, lo dicho: el pobre tipo no tiene malicia. Porque no se entera. Porque está a merced y no tiene cabida en este podrido mundo y lo único que tiene a su favor es que no tiene idea de dónde está metido.

Yo le digo hoy a Coyoacán Joe: Tú síguele, compadre. Que te valga madres. Tú síguele cantando a la Conchita, a las ardillas y las ratas aladas en el kiosco. O a tu hermanita o a Chayanne, o a quien tú quieras. Para gustos se han hecho colores, y cada quién decide a qué gusto le pone coreografía. Celebro tu entusiasmo y tu sentido de pertenencia. Y si quieres ser cantante, pues tú dale. Siempre habrá quien lo haga peor, ahí tienes a Milly Vanilly y a Enrique Iglesias. Y si un día me topo contigo en Coyoacán, así te lo diré: No me gusta tu video. No me gusta para nada. Pero este blog te saluda. De corazón.