lunes, 27 de agosto de 2012

Crónica de un escape maestro. (O de cómo burlé la trampa del tabaco después de un largo cautiverio).



Comienzo con una advertencia: este texto va a ser largo. Tengo mucho que decir sobre el tema y espero que sea la última vez. 

Fue hace un año. Estábamos en una fiesta casera, entré al baño y me meé en mis cigarros. Fue sin querer. O más bien, debió ser sin querer queriendo, como dijo el psicoanalista involuntario que fue el Chavo del Ocho. Era una cajetilla de Delicados de 25, le quedaban unos siete. La llevaba en el bolsillo del pantalón y se cayó a la taza del baño sin que me diera cuenta, hasta que me levanté para jalarle y vi lo que había ocurrido. En lugar de mentar madres me dio muchísima risa, porque faltaban exactamente ocho días para la fecha me había puesto para dejar de fumar. Y concluí entonces que sí, que estaba lista. No había nada en el mundo que yo deseara más que dejar los cigarros. Tan harta estaba, que me había hecho pipí encima de ellos. Sin querer, pero queriendo.

La extraña epifanía de esa noche no fue poca cosa. Yo llevaba poco más de veinte años fumando, quince de a paquete diario, y al menos diez queriendo dejarlo. O mejor dicho, llevaba diez años intentándolo malamente cada tanto, y torturándome por fracasar irremisiblemente cada vez. Lo que me esclavizaba no era pensar “es que me gusta mucho, es que es súper rico, es que me distrae/acompaña/desestresa/gusta mucho después de comer”. Lo que pensaba era, simple y llanamente, que sin cigarro ya no habría comidas. Ni sobremesas. No habría creatividad, ni cafés, ni palabras. No volvería a disfrutar una sola vista ni un solo viaje ni una sola conversación. Mi ideación –y cualquier verdadero fumador me entiende cuando digo esto- es que no habría más vida sin cigarros. Punto.

Como cualquier adicto que se precie de serlo, yo practicaba mi adicción como Dios manda: el día entero. Todas las horas en que estaba despierta, fumaba. Al salir de la cama, lo primero que hacía era meterme cualquier cosa comestible al cuerpo –una fruta, un trozo de queso, un sorbo de leche- con el único objetivo de poder encender un cigarro sin sentir que me mareaba y que me ardían las arterias.  Muchas veces, era la idea de prenderme un cigarro lo que lograba despegarme de las sábanas.

Quien es fumador o lo ha sido, sabe perfectamente cómo transcurre el resto del día.

Pero lo peor no son los diez, veinte, treinta o cuarenta cigarros, con todas sus caladas, a veces acompañadas de una arcada cuando ya rebasaste un indecoroso límite. No es la vergüenza de saludar a alguien cuando acabas de fumar y sabes que apestas, no es la angustia de viajar… ese último cigarro de tres seguidos, apresurado y consumido hasta el filtro antes de pasar, con el nudo en el estómago anticipando las horas de abstinencia que se vienen, a la sala de abordar. No es el silbido por las noches, el escupitajo pastoso, la tos que te interrumpe la risa. Lo peor no es la paranoia cada vez que sientes una punzada en el pecho o en la sien, un dolor nuevo, un mareo, un calambre, o cualquier síntoma que te hace pensar “ahora sí es cáncer, ahora sí es un infarto, ahora sí es derrame cerebral”. (Al menos yo así vivía… a lo mejor porque soy muy catastrófica). (Aunque lo cierto es que todo el que fuma y compra cajetillas, sabe que cualquiera de las anteriores es un panorama realista y viable). Lo peor no es vivir luchando, negociando contra uno mismo, “éste no me lo voy a prender… no, no, no… bueno, sí”. No es intentar correr una cuadra o subir unas escaleras y lidiar con la taquicardia los siguientes minutos. No es ver a la gente que amas con la vida cortada y jodida por ello, sintiéndote un pendejo, sintiéndote en una cueva de miseria sin fin, amando esa primera calada y detestando aplastar la colilla en el cenicero, junto con otras ocho o diez.

Lo peor es sufrir todo eso, soportar todo eso, porque crees que lo necesitas.

Porque lo cierto es que no lo necesitas para nada.

Lo único que necesitas es la nicotina. Y la nicotina la dejas de necesitar en cuanto dejas de meterte nicotina. Es tan fácil como eso.

Y así de difícil…

Lo mío era una fijación oral de lo más básica y elemental. Me chupé el dedo para dormir hasta los doce años, y a los trece ya compraba Marlboro Lights. Contrario a la inercia social que impera a esa edad, razón por la cual mucha gente comienza con estas tonterías, yo fumaba a solas. Era como mi actividad especial y secreta, con la que me sentía grande, profunda, meditabunda y medio sufrida (como a cualquier adolescente le fascina sentirse). Tenía diversos escondites, mi favorito era la azotea. De cualquier forma no importaba mucho porque en mi casa se fumaba un montón, así que si olía a cigarro nadie se daba cuenta. Fumar era lo último que mi hermana Dunia hacía antes de dormir, ya metida en la cama; mi madre rellenaba frascos de Nescafé vacíos con colillas y en agua para que le diera asco verlos y así fumar menos, pero los tenía medio escondidos detrás de la tele, como para topárselos casi por accidente, y mientras tanto encenderse el cuadragésimo octavo cigarrillo del día. Mi padre, mis abuelos, todos mis tíos y mis tías, fueron fumadores. Los recuerdos de las navidades de mi infancia y los domingos en casa están aderezados por una nube de humo. Todos lo fueron dejando. O se fueron muriendo. (Muchos, por tabaquismo).

El primer cigarrillo que probé no se me olvida. Fue en la recámara de Rocío, la vecina con la que perdía el tiempo y las tardes en mi adolescencia. Creo que era un Viceroy Light (de éstos que tenían o todavía tienen la estrellita en el filtro), y estábamos bebiendo un licor dulce que había en su casa (no me acuerdo cuál). Antes de dar la primera probada estaba nerviosísima, puedo decir que hasta ansiosa. Yo creo que de algún modo anticipaba que dar esa chupada sería mi perdición.

Y así fue. Empezar a fumar es la única cosa de la cual me arrepiento en la vida.

Aunque en realidad el momento culmen no fue con Rocío, sino con mi prima Ximena, dos años después. Ya llevaba yo muchos Marlboro Lights consumidos a escondidas en tenor meditabundo cuando descubrí que estaba fumando… ¡sin darle el golpe! Fue Ximena quien me lo hizo notar en una visita a Cancún, donde ella vivía. Tenía doce años y yo catorce. Recuerdo que su papá, mi tío, la dejaba fumar en el coche. Esta vez la lección fue con un Marlboro rojo, de los de a de veras, de los que fumé casi toda mi vida. Le di varias caladas hondas. Recuerdo que el cenicero tenía la forma de un casco de fútbol americano. No tosí, pero al cabo de cinco minutos corrí al baño a vomitar la Big Mac entera que me había zampado una hora antes. No me importó y seguí con otro cigarro. Pasaron más de veinte años antes de que pudiera detener esa espiral de contradicción. 

Apenas terminé la secundaria ya tenía yo el título a la más fumadora de mi generación, y mis primeros besos supieron a cenicero. En mi escuela de monjas, fumar no sólo dentro, sino en las inmediaciones del plantel, era motivo de expulsión; pero en sexto de prepa yo me las arreglaba para meterme al baño de maestros junto a la capilla a echarme un cigarro en los recreos, porque no aguantaba hasta llegar a mi casa. Por supuesto, cuando entré a la universidad me desboqué. Ahí el primer cigarro era a las seis de la mañana, antes de emprender la travesía hasta la Ibero; el segundo era en el camino, el tercero afuera del salón antes de entrar a clase de siete, el cuarto y el quinto con el primer café… a las once de la mañana ya llevaba ocho y a las once de la noche quién sabe.   

A los veinticinco años de edad yo ya estaba hasta la madre. Me encontraba viviendo en Madrid, a la mitad de mi máster. ¿Quién quiere dejar el cigarro justo cuando está estudiando la maestría, bebiéndose todos los cortados y todos los vinos del planeta en la ciudad más fumadora de la Tierra? Nadie. Pues así de harta estaba yo. Y dejarlo en ese momento en mi vida, aunque a primera vista fuera absurdo, tenía mucha lógica. Pensaba: “esta es la etapa más feliz que he tenido, así que si lo dejo ahora, no va haber nada lo bastante triste, ni difícil ni preocupante que pueda hacerme recaer”. Tuve razón por catorce días y no fue tan difícil como lo había imaginado. Lo hice sin paliativos y me sirvió mucho una larga carta que mi hermana Dunia me escribió para darme ánimos, llena de buenos tips. Volví por una razón muy tonta, que es por la que la inmensa mayoría recae: como ya había logrado estar sin fumar por tantos días, pensé que ahora podía controlarlo. Que me podía fumar uno, dos, cuatro, a placer. No hay nada más falso. Con los cigarros no se puede negociar. Lo tiene que admitir quien sea que le haya “bajado” al consumo… no hay manera de “bajarle” sin pensar en todos los cigarros que no te estás fumando, cuándo toca el que sigue, o sin desbordarte al siguiente fin de semana o a la menor oportunidad. La nicotina no perdona. Con una poca que le des a tu cuerpo, te pide más. Es como si le dieras una gotita de sangre con un gotero a un vampiro. Así que no pasé ni una semana “controlando” los cigarros (o sea, fumando de gorra), antes de que estuviera echando yo los duros (era el año 2001 y todavía había duros, pelas y talegos) en la máquina del bar de la esquina para comprar una cajetilla de Fortuna. Y las docenas que le siguieron.

Lo intenté de nuevo al año siguiente, viviendo en Barcelona. Aquella vez me agarré del cumpleaños de mi galán de entonces como pretexto, fue su regalo. Mala idea. Se supone que nunca debes proponerte hacer algo así por otros, porque en el momento que ese otro te cae gordo o hace algo que no te gusta, valió todo madres. Dejar una adicción no debe ser una promesa ni una manda. Esas son fáciles de romper. Y en esta ocasión, la promesa me hizo caer en la peor de las dinámicas en que uno puede caer: engañar y engañarse uno solo. Mientras el del cumpleaños y todos los amigos y conocidos cercanos pensaban que yo ya no estaba fumando (o eso quería creer que pensaban), yo me escabullía de la oficina, de la casa o del local donde estuviera para fumar a escondidas, meterme cuatro chicles a la boca y abanicarme el humo como se pudiera antes de volver a entrar. Así me pasé varias semanas, dejando sin dejar. Eso es muy patético, muy desgastante y sobre todo muy estúpido, porque te la pasas oscilando entre el esfuerzo y la culpa, y el esfuerzo ni siquiera cunde. Recuerdo que por esos días fui con Garufo y Shanna un fin de semana a Amsterdam y traía tal ansiedad que me dio un ataque de pánico a mitad de un bonito paseo en bicicletas. Pero no desistí, y los esfuerzos finalmente cristalizaron en un viaje a México que hice por esas  mismas fechas. Mi madre me vio empapar bajo el grifo del baño una cajetilla de Marboro casi llena y, llorando de rabia como en la canción, dije “no volveré”. Lo cumplí durante las dos semanas que duró la visita a mi patria, otra vez sin parches ni chicles ni trucos ni demasiado sufrimiento. Pero cuando me encontré de nuevo en Barcelona me pegó una nostalgia horrenda, y después de un día entero arrastrando la cobija por mi tierra, le pedí permiso al del cumpleaños, que me vio tan bajoneada que no pudo negarse (tal vez debió hacerlo) y terminé prendiéndome un Camel Light (los Fortuna ya chau, raspaban mucho la garganta). Pasaron tres años antes de que volviera a intentarlo.

El siguiente ensayo fue en el 2006 y no sé ni siquiera si mencionarlo, porque fue muy teto y muy fugaz. Consistió en anunciarlo a los cuatro vientos, llorar sin parar dos días seguidos, y al tercero pedirle un cigarro odioso a un señor en la fuente de los Coyotes, en Coyoacán. Lo que es interesante fue lo que me envalentonó aquella vez. Fue un libro titulado Dejar de fumar es fácil si sabes cómo, escrito por un señor llamado Alan Carr. Este señor es un canadiense que desarrolló una técnica que se ha hecho mundialmente famosa, y cuyo precepto es que dejar de fumar es como coser y cantar una vez que comprendes por qué fumas y cuán tonto es hacerlo. El libro por sí solo, como arriba mencioné, no me sirvió más que para llorar durante 48 horas y claudicar. Pero al año siguiente fui a lo que se supone que funciona de la técnica de este señor, llamada Easy Way: el curso. Me motivaba especialmente porque me habían dicho que incluía algo de hipnosis, y yo estaba segura que eso era lo que necesitaba: una orden poderosa, indisoluble, que llegara a mi inconsciente y desactivara algún tipo de switch. Algo que no hiciera yo, que no dependiera de mí, o no del todo. El curso dura sólo un día, y tiene tal demanda que no me dieron cita hasta pasados tres meses. Tres meses de anticipación semi tortuosa en que me dediqué a “prepararme”, o sea, a hablar y a escribir al respecto sin parar, tratando de comprender los motivos profundos de mi historia, la influencia familiar, mi personalidad adictiva, y toda una sarta de chaquetas mentales que al final no sirvieron para nada. Porque cuando llegó el día del mentado curso, lo que  hice fue quemarme las pestañas prendiendo el boiler en la mañana, pasármela fumando –se podía- todo lo que duró el curso (que en realidad es una larguísma ponencia en soliloquio de ocho horas); llorar a mares todo el camino de regreso a mi casa desde Palmas, como si se me hubiera muerto alguien, con un desamparo atroz, y prenderme un tabaco apenas cruzar la puerta. Y una hora después de eso, hablarle todavía llorando a mi novio de entonces (otro, no el de Barcelona), pidiéndole perdón como si le hubiera atropellado a un pariente. Porque resulta que aquel novio no fumaba, comía muchas ansias porque yo lo dejara, y hoy concluyo que debió quererme mucho para aguantarme fumando con todo lo que eso implica, durante todo el tiempo que lo aguantó.

Al día siguiente llamé a Easy Way para pedir mi reembolso de $1,100 pesos (tienen garantía, está visto que a mucha gente sí le funciona). Para regresártelos te hacen ir a dos sesiones de “reforzamiento”, que en realidad es la misma huevada pero dura sólo medio día. Desde el curso completo, todo ocurre en un salón con unos veinte sillones muy cómodos tipo reposette; al fondo hay un rinconcillo con un extractor de humo donde los apestosos indeseables que toman el curso pueden levantarse a fumar, de uno en uno. (Yo me levantaba muy seguido). Junto al “spot” fumador, hay una torre de cajetillas y encendedores que la gente va abandonando al final del día, después de fumarse su último cigarro de la vida (supuestamente), en señal de liberación. Cuando tomé el curso primero dejé mi cajetilla muy estoicamente en la pila, pero cuando volví a la primera sesión de reforzamiento después de mi recaída, me robé un encendedor… y en la segunda dos encendedores y una cajetilla de Marlboro casi llena. Luego me dio entre culpa y cosita, y la cajetilla la dejé abandonada en la barra del Jarocho.

De este modo, en agosto del 2007 concluyó mi última tentativa por dejar de fumar. Para estas alturas ya estaba yo francamente aterrorizada, porque si había una cosa que se iba haciendo patente, era que cada intento duraba menos. Y año tras año, la cantidad de páginas de mis cuadernos crecían en culpa y angustia, al tiempo que menguaba mi fe. Mi madre, que finalmente logró dejarlo a los sesenta y muchos, según ella sin sufrir (aunque ni así se libró del enfisema y del oxígeno enchufado sus últimos cinco años de vida), me repetía “ya lo dejarás cuando estés realmente convencida”. Pero yo no entendía qué carajos significaba eso de “estar convencida”. Sabía que por nada del mundo quería pasar mi vida entera como Asun, la segunda esposa de mi papá, que lleva al menos veinte años tratando de dejarlo. Y sabía que no quería que el convencimiento viniera con un cáncer, un infarto o una embolia. En una perspectiva más amable, tampoco con un embarazo, como fue el caso de mi hermana. Para empezar, porque no podía contar con ello ni depender de que sucediera para dejar de fumar, ni tampoco quería recargar en un vástago mío tamaña responsabilidad. 

¿Ya entienden por qué digo que haber empezado a fumar es la única cosa de la que me arrepiento en la vida? Esa espiral obsesiva e interminable de culpa, miedo y fracaso es algo que no le deseo a nadie. A nadie. ¿Porque saben qué es lo peor de todo? Que la incapacidad para tomar acción respecto al cigarro no tiene que ver, nunca tuvo que ver con mi inteligencia, con mis capacidades y ni siquiera con mi fuerza de voluntad, que ha sorteado retos mucho más cabrones. Y esto aplica para cualquier fumador. ¿Cómo le hice, entonces, para saltar de ese tope del día catorce y pasar quince, veinte, cuarenta, y 367 días sin darle una sola chupada a un cigarro? ¿Cómo conseguí escaparme finalmente de esa cueva oscura, sucia, carísima y mortífera? Sólo puedo adelantarles que, como en los intentos anteriores, también en éste estuvo involucrado el amor, sólo que de un modo un poco más sano. Pronto tendrán la reseña completa. Lo bueno es que mis intenciones son puramente altruistas, así que no seré como Alan Carr, y se los diré gratis… 


lunes, 13 de agosto de 2012

Mi gato me cae muy bien


...Y quisiera parecerme a ella en más de una cosa. 
  
Mina explora con avidez cada rincón y cada cosa que le llama la atención. Es de veras impresionante la curiosidad que tienen estos bichos. Y el impulso de satisfacer esa curiosidad. Aunque sea con algo ya visto y explorado, como la primera repisa del refrigerador...

Es cautelosa. Siempre se aproxima a las cosas con increíble detenimiento, con pausa, y con todos los sentidos despiertos. Una vez que tiene controlado el espacio, se lanza hacia su objetivo (pelota, juguete, mano humana en movimiento), como si no hubiera mañana. Con una decisión irrevocable.

Me fascina -como fascina en general con los felinos- su agilidad, su elasticidad, su rapidez y su destreza. Pero más que eso, su forma de recorrer todos los espacios transitados como de memoria. Yo paso junto al sillón y sé que lo estoy rodeando para no pegarme e irme de narices. Es como un acto siempre consciente, nunca es automático. Los gatos no hacen eso. Para los gatos, una vez que dominan el territorio, simplemente no hay sillón. 

Viven como en una combinación de la Matrix y haciendo parcour. 

Me gusta cómo caza Mina. Cómo extiende los brazos, saca las uñas y atrae hacia sí su presa, sometiéndola. Lo que me sabe mal es que tenga que hacerlo con especies tan desafortunadas como un calcetín o un ratón de felpa. A veces de veras me parece una pena que con todas esas habilidades, viva en un departamento.


Sus patas mezcla de rana, pollo y conejo, según la posición.

Me encanta cómo se limpia solita con su lengua rugosa, pero sobre todo disfruto bañarla. Lo hemos hecho dos veces. Al principio se resiste pero luego sucumbe a su destino y se deja enjabonar, secar el pelo y toda la cosa. Verla mojada es lo más chistoso jamás. 

Sus ojos. Me sorprendió saber que los gatos tienen dos párpados, uno cierra como párpado humano y el otro verticalmente; es así por protección. Y esas pupilas que se dilatan como platos o se ciñen como cuchillas... a veces de veras creo que los gatos son extraterrestres. Cuando Mina era bebé (hace apenas dos meses), le cambiaban los ojos de color. A ratos eran azules, otros grises y finalmente se le quedaron verdes. Son enormes y destellan en la oscuridad.

Se asoma al excusado esperando encontrar la respuesta de algún misterio insondable.

Todo es capaz de sorprenderla.

Me gusta cómo oye la moto de Andrés y en un segundo está ya en la puerta, esperando verlo entrar.

Es previsora. Siempre deja algo de comida en el plato. Siempre. Como en un “por si acaso algo falla en el orden del mundo y yo necesito una reserva para no morir de hambre”.

Es un animal increíblemente doméstico y a la vez salvaje. Yo no lo sabía, pero sus bigotes tienen sensores y puede ver en la oscuridad.

Tiene prohibido subirse a las mesas (aunque seguramente cuando no estamos se da con todo). Pero es muy chistoso sentarse a comer, ver cómo se acerca, sube una pata... otra... como midiendo hasta dónde puede llegar. Cuando al fin le dices que no, de todas formas se queda ahí, con la punta de una pata y la esquina de un bigote. 

Andrés no me cree, pero yo estoy segura de que lo entiende todo. 

Adora la leche y el yogurt por sobre todas las cosas. Hará lo que sea por una probada.
  
Nunca, jamás, está en un lugar o haciendo una cosa que no quiere hacer. Y lo que sea que esté haciendo, lo hace con toda su gatunidad. O caza, o come, o duerme, o explora, o te observa. Pero lo que sea, lo hace con total concentración y completud. Está sumergida en su presente.

Duerme todo lo que quiere.

Se hace cargo de sus necesidades. Va solita al baño y entierra su popó. Eso me parece alucinante y muy agradecible. 

Sabe escoger el lugar ideal para estar a gusto. A veces es en el quicio de la ventana, donde chismorrea lo que ocurre en el cubo del edificio vecino; tiene cuatro sillones a su disposición y los usa todos, pero no cambia por nada el rincón preciso en el suelo junto a mi escritorio, donde pega mejor el sol por las tardes. 

A los gatos no hay que interpretarlos, son bastante claros en sus intenciones y no se andan con huevadas. Pupilas dilatadas, orejas y cola gachas... cuidado. En cambio el ronroneo es señal inequívoca de un estar placentero. 

Por las mañanas Mina ronronea tanto que parece camión de ruta cien. A veces se sube a la cama y se duerme la última hora haciendo compañía. Es el momento del día en que mejor se deja acariciar.

Mina es una seductora nata. La dejamos con mi amiga Kramis una semana para ir de vacaciones y ya no me la quería regresar. También cuando me vio por primera vez, en la explanada del auditorio Nacional, midiendo lo mismo que la palma de mi mano, Mina se me subió al regazo como si me conociera de siempre y ronroneó la mitad  del camino a casa en coche. Creo que hacerse querible es su modo de protegerse y garantizar su supervivencia. Nació en un ambiente hostil y entre puro hermanito, tal vez sea por eso. Pronto comprendió que sus encantos eran una poderosa herramienta. Otra manera de interpretarlo es que simplemente es un gato cariñoso, sociable, que reparte su amor por el mundo. Lo más seguro es que sea una mezcla de ambas, como sucede con casi todo.

Es un hecho que le gusta estar cerca de la gente. Nos sigue por toda la casa. Al baño. A la cocina. A donde la dejes y cuanto te muevas. Ella va detrás. Aunque esté en su rollo, atenta a sus cosas, siempre quiere estar en el chisme humano.

Le gusta arañar y morder, traemos las manos como santo cristo, pero nunca lastima de más. Distingue perfectamente cuándo se trata de un juego. 

Despierta mis instintos más primarios. Lo mismo puede provocarme una ternura de sentir que voy a explotar, que ganas de matarla. Harry, mi perro, nunca me encendió esa ambivalencia. Mina se duerme panza arriba en mi regazo y me la quiero comer a besos, pero me clava las uñas en las piernas y la quiero ahorcar y lanzar lo más lejos de mi presencia. Eso de pronto saca de onda. Pero luego hasta agradeces reconocer que puedes albergar ese espectro tan amplio de sentimientos y comprobar que no es grave, que no pasa nada. Hasta eso enseñan los gatos.

Tal vez no trae el periódico o las pantuflas. A lo mejor no exige afecto con la vehemencia de un perrito ni te hace saber su amor con tanta claridad. Pero creo que si un bicho es capaz de despertar estos niveles de amor, es que es un bicho muy amoroso a su manera.  

Y por si fuera poco, está así o más bonita...

(Foto cortesía de Kramis :)

miércoles, 1 de agosto de 2012

La escritura de Infames: el proceso paso a paso


Hay pocas cosas tan vergonzosas como jactarse del dominio de un tema que se conoce sólo en lo superficial. Los últimos días vi un despliegue de ignorancia tan espectacular en lo que concierne a la escritura de ficción en televisión, específicamente de la teleserie Infames, donde trabajo como jefe de escritores, que primero me dio mucha pena ajena, después decidí ignorarlo, y finalmente me ganó la caridad no cristiana pero sí docente, y decidí dedicar un rato a esclarecer el proceso, para quien esté interesado o simplemente quiera dejar de hacer el ridículo en sus tertulias virtuales.

Por su duración/número de capítulos y por transmitirse todos los días, Infames entra en la categoría de un formato muy conocido en México llamado telenovela. Por su temática y contenido, se parece más a un formato llamado serie. En cualquier caso, es una serie porque cuenta una historia que va avanzando y progresando capítulo a capítulo. Por su naturaleza, digamos, “híbrida”, a este tipo de series de largo aliento se les ha bautizado como “teleseries”. Su género es ficción. Es decir, todo es inventado y cualquier parecido con la realidad es premeditado pero no por eso es real. 

Dentro de las telenovelas, las series y las teleseries hay adaptaciones y originales. Infames es una serie cien por ciento original. Es decir, no parte de ninguna otra historia que se haya contado antes en televisión. 

No todas las teleseries se escriben igual, pero hay pasos indispensables que siempre se siguen. La metodología que el equipo de escritores empleamos en este caso, va más o menos así:

Para empezar, siempre se parte de una idea, de una premisa. Puede ser más simple o más compleja. En este caso la consigna fue contar la historia de unas cabilderas en el mundo de la política en México, para revelar los entretelones detrás del poder, y en especial de las mujeres en el poder. Para ello contamos con el aporte de Daniela Gálvez con un relato muy descriptivo del contexto, y sumamente útil para el arranque. El resto fue inventado en una mesa de trabajo que duró meses. Los personajes van gestándose poco a poco y a fuego lento en un laboratorio de alquimia donde hay que probarlo todo, combinarlo todo, en medio de muchas explosiones peligrosas y una que otra exclamación de júbilo cuando se descubre algo bueno. Dedicamos muchas horas a una tarea aparentemente simple: hacernos preguntas y buscar las respuestas. ¿Cómo fue la infancia de Juan José Benavides? ¿Cómo se llama el mejor amigo de Ricky? ¿Qu a Ana Leguina ia tiene Casilda? ky? ¿Qu. d es reconocerloor un proceso de muchas variables antes de llegar a su lugar. é clase de familia tiene Casilda? ¿Qué fue lo que empujó a Ana Leguina a dejar su tierra? ¿Cómo escapó Sara Escalante de la cárcel? Y así es con cada peripecia, con cada detalle aparentemente insignificante y con cada gran evento de la trama. Llegar a la motivación de Dolores Medina y cómo logra infiltrarse en Palacio llevó semanas de discusión; al principio eran dos historias paralelas donde Lola había desaparecido y su prometido la buscaba; la idea de José María Barajas y de un interés romántico externo llegó mucho después. Así es con cada personaje y con cada historia individual: al principio vas medio a ciegas y poco a poco se va haciendo la luz. 

Una vez que los personajes se sienten lo bastante claros, sólidos y a la vez redondos y complejos como para generar trama y acción en un largo aliento, hay que ver cómo se afectan entre sí, cómo se tejen sus conflictos, dónde están los giros… en resumen, qué les va a pasar a lo largo de 130 horas de existencia. En este camino se tocan honduras, se sugieren las ideas más disparatadas, se desechan veinte y en el camino surgen otras cien. El primer episodio de Infames se llevó doce tratamientos de escritura. Es un proceso muy intenso donde cada decisión definitiva que se toma es un volado, porque nada te garantiza que va a gustar, que va a enganchar al público. En el caso de Infames, partir de la idea de una mujer que se transforma físicamente para infiltrarse buscando justicia era un riesgo grande, pero nos aventuramos a contarlo así porque habíamos llegado una historia trabajada, sólida, que sentimos podía aguantar un arranque de esa magnitud. Afortunadamente así fue.

Todo este proceso creativo inicial se documenta en un texto llamado biblia, que incluye los perfiles detallados de cada personaje y de la historia en sí, contada de principio a fin. Es decir, desde el inicio se saben los eventos más importantes por los que va a transitar la historia, incluido en final. A lo largo del camino estos giros pueden variar, pero es indispensable plantar los cimientos desde el principio para saber en qué dirección se avanza y poder hacer los cambios necesarios con la tranquilidad de que hay una directriz y un rumbo.

Una vez concluido este “parto” o esta primera etapa llamada desarrollo, se emprende la travesía de hacer más o menos lo mismo, pero con cada capítulo.

Se trata de un ejercicio de lo macro a lo micro. Es decir, primero se elabora un gran arco general, y luego se hacen arcos cortos, por semana. Finalmente, cada capítulo tiene un arco en sí mismo, como si fuera una pequeña película.

Pero vamos por pasos.

¿Qué es un arco dramático? Básicamente, es la progresión de una historia que tiene un principio o planteamiento, un desarrollo o serie de complicaciones, una resolución y un final.

Cada semana se teje el arco de una semana puntual de emisiones (cinco capítulos) y se decide todo lo que va a pasar, episodio por episodio. Cada peripecia, cada acción, para cada personaje. Y procurando que cualquier paso que den, sea congruente y verosímil con lo que les lleva ocurriendo y con lo que les va a pasar después. Ah. Y que además sea potente y emocionante. Esto se logra, otra vez, sentándose a discutir, a plantear infinidad de escenarios, a decir muchas tonterías y reírse y apasionarse y frustrarse muchas veces, durante muchas horas. A este momento del proceso se le llama diagramación.

El siguiente paso es hacer una escaleta. Los escritores toman lo discutido en la diagramación y lo transforman en un nuevo arco dramático. Es decir, ya saben que en el episodio 109 Sol se va a pelar con Sánchez Trejo por la boda, por ejemplo. Pero ahora hay que ver cómo. En cuántas escenas se cuenta eso, con qué progresión, de qué forma se hilan los eventos decididos para ese día, cuáles son los obstáculos, cómo se cruzan los con los demás personajes. Es casi un guión, pero todavía sin diálogos ni descripciones detalladas.

Esta escaleta se elabora para cada uno de los episodios.

Una vez lista la escaleta (corregida y aprobada), de inmediato se escribe el capítulo correspondiente. Es decir, esas acciones trazadas en la escaleta se transforman en escenas desarrolladas y dialogadas. Este es el momento en que los escritores se explayan en cada escena y describen si los personajes entran, salen, cómo se miran, si beben, si fuman, si se besan; de ser necesario se marcan también intenciones, y por supuesto, se escriben sus diálogos.

Estas escenas con acción y diálogo conforman un guión armado final que se vuelve a revisar y corregir, y es hasta ese momento, es ese libreto de cuarenta y tantas cuartillas, lo que finalmente llega a manos de la producción, director, actores, y todo el equipo, para su ejecución.

Y así ocurre cada día, para cada uno de los 130 episodios.

Esto es, si no hay emergencias, contingencias o, como los llamamos en el medio, bomberazos. Éstos pueden ser desde cirugías de emergencia hasta berrinches, problemas con las locaciones y toda una suerte de variables. Hay muchos casos que ameritan reescritura, y en esos momentos hay que reaccionar rápido para resolver el problema y no detener las entregas, porque hay un equipo de muchas personas que dependen de que haya libretos para poder trabajar. (Además, si se para una producción se pierde mucho dinero).

Hay quienes en el medio televisivo –y hasta en el cinematográfico- hablan de guionistas, escaletistas y dialoguistas. A mí no me gustan esos términos. Yo creo que todos los que concebimos historias y las plasmamos en escenas somos escritores. Sin distinción.

En el equipo de trabajo de Infames cada uno de los cinco escritores es “especialista” en un personaje cuyas escenas casi siempre escriben. Esto es con la intención de que haya una continuidad estricta no sólo con el lenguaje, sino con la profundidad de los personajes y el dominio de sus tramas. Sin embargo, cualquier escritor puede escribir cualquier personaje o trama en un momento dado. El involucramiento de todos con la historia global es completo y la idea de reunirnos constantemente y planear juntos todo lo que ocurre, es justo el que haya una consistencia integral en lo que se cuenta semana a semana. Cualquier escritor de Infames domina la historia de principio a fin.

Este es el proceso de escritura, muy a grandes rasgos. 

Yo no domino qué hace el director. Ni el actor. Ni el continuista ni el programador ni el agente de casting ni el abogado ni el tramoyista ni el postproductor. Tengo nociones, por los años que llevo en este oficio. Intuyo, supongo, que todos se preparan de distintas formas y se aproximan al trabajo con ciertas herramientas. Pero en última instancia sólo puedo hablar a detalle de lo que yo sé hacer. En cualquier caso jamás me atrevería a decir que mi trabajo es más importante o más valioso que el de los demás. Nunca. Francamente se me caería la cara de vergüenza.

Sé responder por un trabajo individual porque también escribo libros y sé en lo que consiste un quehacer creativo en solitario, donde uno se lleva todos los méritos y también todos los tomatazos. Y por eso sé que este trabajo no es así. El cine, la tele, son un quehacer colaborativo. Escribir para televisión consiste en buena medida en asumir que hay una historia que se inventa y se desarrolla pero que una vez entregado el libreto, cada integrante del equipo se la va a apropiar –comenzando por el director y los actores, pasando por arte y utilería y llegando a la musicalización-, y cada quien la va a interpretar a su manera. Hay veces en que la ejecución de lo que uno imagina se parece muy poco a lo que plasmó en papel. A veces uno se sorprende para bien. Otras prendes la tele y te dan ganas de ponerte a llorar. Pero aquí uno se curte o se muere. Una de los mayores cualidades que debe ejercitar cualquier escritor de cine o televisión es la capacidad de sacudirse el ego y desprenderse, a lo budista, de su creación; asumiendo y hasta celebrando la diversidad de opiniones, cabezas y especialidades que intervienen en el proceso hasta llegar a la pantalla. Yo afirmo que cada paso en la generación de una historia audiovisual es creativo. Desde la concepción de la historia y los diálogos que los escritores hacemos, hasta la búsqueda de la locación adecuada, la interpretación que hace un actor del texto y la decisión del editor de dónde corta una escena.

Un proceso tan largo y donde intervienen tantos puntos de vista puede ser maravilloso o puede ser un desastre. Sólo hay, a mi modo de ver, una fórmula para garantizar la llegada buen puerto: que todos y cada uno de los integrantes del proyecto estén contando la misma historia y estén comprometidos con ella, y que cada uno se dedique a hacer lo que sabe hacer bien. Si sabes dirigir, dirige. Si sabes iluminar, ilumina. Si lo tuyo es la cámara, mejor no hagas vestuario. Esta manera de contar historias funciona mejor si cada quien se concentra en hacer lo que domina, con cariño y con entrega, respetando el trabajo y el esfuerzo de los demás.

Hace unas semanas hubo una firma de autógrafos donde se arremolinaron centenares de fans de la serie. Cuando los escritores llegamos, hubo quien nos gruñó por colarnos en la fila para subir al estrado a saludar a los colegas actores. O sea, nadie tenía la menor idea de quiénes éramos. Cuando nos íbamos, un chavo nos rogó que le consiguiéramos algún autógrafo, porque ya se tenía que ir y le faltaba mucho en la fila. Saqué un cuaderno y le pedí a los escritores que le firmáramos. Además le conseguimos un póster. No sé qué tan complacido se fue. Claramente, la fama no y el reconocimiento no son el principal motor ni el alimento de un escritor de tele. Además del manoseo de nuestros hijos literarios, vivimos bajo la sombra del anonimato. Lo cual de pronto tampoco está mal. Todo depende de por qué haces lo que haces. Yo, personalmente, escribo porque no podría hacer otra cosa. Porque es como el aire que respiro, y porque no hay cosa que disfrute más que inventar historias y darles vida y voz. Creo que Lara, Jaime, Tash, Flowers y Feru también comparten este sentir, y creo que por eso nos gusta tanto trabajar juntos.

No sé cómo les habrá ido a los demás creativos de esta serie. Con seguridad cada uno vivió una experiencia distinta. Pero si se divirtieron y disfrutaron y se apasionaron tanto como nosotros escribiéndola, no tengo el menor empacho en afirmarlo: ahí reside el mayor de los éxitos que uno puede albergar. No sólo en esta chamba. No sólo en cualquier chamba. En la vida.


miércoles, 20 de junio de 2012

Es por sentido común


La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.


La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.

Eduardo Galeano

Voy a jugar al abogado del diablo.

Hace rato venía caminando de regreso a casa después de comer rico y pensaba que no debería ser tan injusta al criticar tanto al PRI y al PAN y afirmar con vehemencia que ni loca votaría por alguno de los dos. Al desdeñar todo lo que me huela a conservadurismo y a política neoliberal. Debería reconocer al menos el hecho de que llevo más de 30 años existiendo en el mundo, durante ese tiempo ellos y sólo ellos han ocupado el poder ejecutivo de mi país, y en esos años he sido una persona bastante feliz.

El primer presidente que recuerdo es López Portillo. Desde que tengo memoria, el PRI siempre tuvo en mi imaginario una connotación negativa. En mi casa, mis padres siempre votaron por el PAN. Ambos venían de familias de españoles asentados en México. Pero siempre ganaba el PRI y al final, en el ir y venir de lo cotidiano, nada se afectaba significativamente. Yo pude estudiar en colegios privados (aunque siempre lo hice becada; también en la universidad). No tenía mucho dinero para gastar así que empecé a trabajar desde que estaba estudiando, pero tenía un coche propio para transportarme (aunque se descomponía a cada rato), salía bastante y a veces viajaba.

En el año 2000, cuando el sueño de alternancia política de mis padres se cumplió y Fox llegó a vivir a Los Pinos, yo pude irme a estudiar a España y volver tres años después a un país que me esperaba con los brazos abiertos. De inmediato retomé mi trabajo y no me ha faltado desde entonces. En los doce años de panismo en el poder, mientras que en el resto del país han estado pasando cosas horribles que incluyen desprendimientos de cabezas y despojo de derechos, lo cierto es que todos los “míos” han estado bien. Con chamba, con atención médica, con vacaciones.

¿Por qué diablos, entonces, tengo tantas ganas de que las cosas cambien?

Lo pienso en estos términos y puedo entender muy bien a la gente que conozco que todavía considera al PAN como la opción y la diferencia en México. Tengo varios amigos así y aunque me desesperan, puedo entender el carril de pensamiento de una generación cuyos padres afirman y están convencidos de que ya estamos en alternancia, ¿para qué moverle? Así estamos bien, así deberíamos quedarnos. Y ante eso, hay poco que argumentar.

Lo que voy a intentar a continuación es explicar por qué yo NO creo que deberíamos contentarnos con quedarnos como estamos. Y podría resumirlo en una sola frase:

Los que ya estamos bien, podríamos estar mejor. Y podrían empezar a estar bien todos los que están de la chingada.

Y es que lo primero que hay que reconocer, aunque nos choque y nos cale, es eso: hay muchos, demasiados, que están de la chingada. Que viven mal. Y no sé ustedes, pero yo no vivo tranquila ni contenta sabiendo eso, y me cuesta bastante ignorarlo. Pero no por culpas judeocristianas (que todavía las tengo, no lo niego), sino porque me pudre la idea de que parte del fruto económico de mi esfuerzo y mi creatividad, es decir los impuestos que pago, se usen para que se compre unos aretes el esbirro infernal de Elba Esther, y no en el sueldo de un maestro que podría estar enseñándole algo valioso a un chavito que se tarda horas en llegar a la escuela porque no hay pavimento por donde vive, si es que va a la escuela.

Una vez escuché una analogía que me ayudó a dimensionar el abismo: En la Ciudad de México hay cerca de dos millones de automóviles. Piensen en que todos esos coches en la calle al mismo tiempo. Todas las avenidas, arterias, anillos periféricos, repletos, en hora pico; piensen en ese río interminable de láminas coloreadas. Bueno. Además del terror ambiental, resulta que eso es sólo el 10% de la gente que vive en esta ciudad. El 90% restante también está ahí, aunque no la veamos. Está bajo la tierra, en el metro, en camiones y microbuses, trasladándose ida y vuelta de barrios tan insondables, habitados por millones, hormigueros de lámina como Ciudad Netzahualcóyotl.  

Eli, la enfermera que nos ayudaba a cuidar a mi mamá, se tardaba tres horas para llegar a trabajar, y otras tres para volver a su casa. Y ella pudo capacitarse, tenía un oficio y una chamba. Ahora piensen en ese 90% trasladándose pero para pararse todo el día en un semáforo para vender cualquier cosa; levantándose de madrugada para preparar comida para vender afuera de una escuela o un hospital, para arriesgar el pellejo en una construcción, o para abrir el puesto en la calle o la cortina de un negocio que malamente subsiste con la competencia feroz de las franquicias y lo foráneo. Esos son los que no tienen transporte propio. Pero entre los que sí, entre ese “selectivo” 10%, tampoco me parece muy afortunado ni atractivo pasarse dos horas engullido en el tráfico para ir y otras dos para volver de un trabajo enajenante y odioso, y luego regresar a casa a ver la tele y contentarse con un sueldo que da para pagarse una renta, una que otra vacación… y la letra de un estúpido coche.

No queremos darnos cuenta. En México son muy poquitos los que viven bien. Realmente bien. Con trabajos redituables, con tranquilidad, con planes. Mucho, mucho, muy poquitos. Recuerdo que mi amiga Karina, que lleva años trabajando en el medio editorial, y que es la persona más administrada que conozco, me decía “no es posible que lleve trabajando tantos años, partiéndome la madre, ser una profesionista respetada en mi gremio, y que no haya forma de hacerme de un techo propio bajo el cual yo y mi hija podamos vivir”. Hay que ver esto también: los que estamos “bien” en México, estamos bastante por debajo comparados con el nivel de vida de nuestro mismo escaño social en otros lugares.

Se habla mucho de las diferencias insondables en este país y cuando lo hacemos siempre pensamos en niños desnutridos en el campo comiendo maíz duro y bebiendo agua contaminada. Y sí. Y eso es bochornoso y es inconcebible. Pero viviendo con cinco mil pesos para mantener a cuatro o para mantenerse uno, también se vive bastante mal. Y aún así, hay mucha gente que no quiere que eso cambie porque teme quedarse ni con cinco ni con dos ni con un peso. Nos han hecho creer, han tenido el descaro de repetirnos hasta el cansancio, que eso es lo que va a pasar si nos arriesgamos a apostarle a otra cosa, machacándonos el mensaje entre programas de concursos y anuncios de detergente. Sepultándonos en un conformismo disfrazado de comodidad, y de miedo disfrazado de sensatez.

Aunque mis amigos me molesten, la verdad es que no soy tan “roja”. Si he ido dos veces a Cuba no ha sido con ningún afán de escrutinio sociológico y si viera a Fidel seguramente no lo felicitaría (aunque sí disfruté la ausencia de marcas y de publicidad). Pero sí es cierto que leí a Marx y a Engels en la universidad, coño. Y a muchos pensadores libres y sesudos que me movieron tuercas por dentro, que me volvieron liberal contra todo pronóstico, y que hicieron que hoy algo dentro de mí se ponga a hervir cuando alguien sugiere que la gente está jodida “porque quiere” y que “todos tienen las mismas oportunidades pero no las aprovechan” y barbaridades así. Son la clase de frases que dice gente que se rehúsa a admitir que el único bien real, es el bien de todos. No hay vuelta de hoja. Y que aferrándose a su cachito de tierra, de hueso o de poder, tampoco ellos se están haciendo ningún favor. Porque al aceptar la forma actual de funcionar y ser en el mundo, también están aceptando que alguien, siempre, los esté pisoteando a ellos, aunque no quieran darse cuenta.

Esto es de puro sentido común.

El PAN no va a acabar con estos abismos ni con este vivir mal, aunque se viva más o menos. Vaya, ni siquiera lo va a mitigar. Porque la política económica bajo la cual opera es exactamente la misma que tiene al mundo sumido en la jodidez. El discurso capitalista, neoliberal, de economía de mercado, en la cual los números suenan muy impresionantes en lo macro, es el mismo discurso bajo el cual el 90% de los habitantes de esta ciudad andan a pie y los demás le deben al banco. Se les llena la boca diciendo que mientras en el resto del mundo hay crisis económica, aquí no. Pues no. ¡Porque la ha habido siempre! Es como decirle al niño que por lo menos él sí tiene una pierna y un brazo, no como su hermanito que no tiene piernas ni brazos, y esperar que el niño se alegre muchísimo.

Sí hay peor ciego que el que no quiere ver: el ciego que cree que ve, cuando no ve ni madre. 

De esa clase de ceguera se desprenden todos los males y los lastres sociales que se nos ocurran. Desde el desempleo y la migración hasta la deserción escolar y el que haya chavitos de 14 años convirtiéndose en sicarios que matan por tres mil pesos.  Es el mismo régimen, rojiverde o blanquiazul, o del color que cada país bautice a su lamebotismo monopólico disfrazado de democracia, que tiene los mares y la atmósfera hechos una porquería. El mismo que nos va a dejar sin agua que beber. Pero en serio.

En México, es el régimen de la bochornosa falta de cultura, que no necesariamente tiene que ver con falta de educación. El sopor generalizado que nos vuelve incapaces de emitir crítica política real. Que nos hace decir que vamos a votar por Josefina porque qué cotorra, porque ataca en los debates, y sobre todo, porque no tiene pene (hasta donde sabemos). Aunque todo lo que hace y dice suene a comprado y vendido, a cartón y a botox y a holgazanería, porque esa señora ni siquiera se presentaba a trabajar al Congreso (aunque seguro sí tiene coche). Al PRI ya ni lo meto en esta discusión, al igual que mis padres no lo hacían. Porque México parece un parque de diversiones desde que tenemos a Peña Nieto de enemigo común. Pero esta elección no se trata sólo de que no vuelva el PRI. Se trata, aunque no lo parezca, de algo bastante más importante que eso.

México pide a gritos una política social. Tenemos, al menos, que intentarlo. El otro día en el debate oficial, el pelmazo anaranjado de Peña ensalzaba el crecimiento de Brasil sin meditar –porque es tan ignorante que seguro ni lo sabe- que esto es a resultas del gobierno social de Lula da Silva. Lo malo es que Andrés Manuel tampoco se la supo agarrar al vuelo y la tenía en bandeja. En fin.

¿Por qué les crispa tanto a algunos que un tipo con experiencia política, con jale popular, sin transas comprobables, sugiera repartir mejor los recursos de este país? ¿Por qué lo desdeñan tan rabiosamente? ¿Sólo porque les cae mal? ¿Porque un día se enojó porque perdió? ¿En serio es por eso? ¿Y si les digo que existe un testimonio de Luis Carlos Ugalde afirmando que sí hubo fraude en el 2006, de todas formas lo van a descartar? ¿Aunque tenga un gabinete de primera y un afán auténtico de que esto jale parejo y bien?

Hay que decirlo de una vez. Somos tan centralistas y tan ignorantes que Andrés Manuel nos saca de onda porque habla despacito, con un acento raro, comiéndose las “eses”. Y es que resulta que el señor es tabasqueño, ¿qué le vamos a hacer? El otro día le suplicaba a otra amiga que oyera lo que estaba diciendo el Peje en el debate, que le hiciera caso al fondo y no a la forma. Porque además de sus propuestas, este hombre habla desde sí, desde un discurso propio, interiorizado y no memorizado, y eso es muy agradecible en un panorama electoral con tantos dictados, tantas muletillas y tantos misiles oportunistas.

En resumen, amigos anti-Amlos:

No estoy tan idiota como para darle mi voto a un tipo que amenace con quitarme el pequeño patrimonio que poco a poco he construido; ni loca votaría por un tipo que se cree el mesías, aunque Calderón piense que como jefe máximo del ejército puede doblegar casi él solito a los delincuentes más poderosos del país, ¡todos con armas cortesía de los Estados Unidos, qué curioso!, pero con los gringos que financian nuestra guerra y se fuman nuestra marihuana no se mete el presidente, no vaya a ser… ¿Votaría por un candidato que descarta tajantemente la legalización de las drogas, el aborto y la unión y adopción de niños entre personas del mismo sexo? Jamás. Por uno que pondera considerarlo en un país eminentemente conservador, lo haría. Sobre todo cuando tiene el respaldo de Marcelo Ebrard. ¿Votaría por un tipo enojado, indignado, que pataleó y paralizó una avenida principal porque no estuvo de acuerdo con que arrollaran y arrasaran con la voluntad de millones de personas? Sin duda. Porque sólo con indignación profunda se remueven las aguas con suficiente fuerza como para volverse correoso, y decidido a no permitir que la gente de este país viva en un perpetuo despojo.

Y se las va a ver negras. Este país está profundamente herido y Andrés Manuel va a ser criticado y desacreditado en cada paso que dé. Lo único que me tranquiliza es que últimamente parece que los ciudadanos estamos un poquito más espabilados y comunicados. Y al final, de eso se trata todo. No de lo que haga un solo hombre, sino de millones de personas haciendo lo propio y exigiendo, en esa misma medida, que el tipo que administra las cosas de todos, lo haga igual de bien que los demás.  

Hace unos meses en la Habana platicábamos con un taxista sobre el comunismo y el socialismo. Y de pronto dijo una de las cosas más sabias que he escuchado: El primer aeroplano no logró volar. El segundo y el tercero, tampoco. Imaginen lo que hubiera pasado si hubiéramos desechado la idea de volar y ahí se hubiera quedado el intento. Qué tragedia, ¿no? No sé ustedes, pero yo creo que la idea del comunismo... esto de que todo sea de todos, no era tan mala. Porque al fin y al cabo así es.  Todo es de todos. ¿O saben de alguien ya haya comprado el título de propiedad de la Tierra?