martes 13 de septiembre de 2011

Subirse al barco (Parte DOS)

Los veintes nunca caen cuando se les llama, caen cuando tienen que caer. Más adelante, como jefe de animadores, solía poner mucho este ejemplo: en aquella colonia turbulenta y afónica del basurero, había un animador de experiencia, Manolo Ávila. En la actividad del club, donde supuestamente tienes que ir con tu equipo a buscar una “guarida” y decorarla, y hacer un banderín y una porra, el equipo de Manolo se dedicó a empujar un tronco que se encontraron. Las dos horas que duró la actividad, eso hicieron: empujar un tronco. Es muy probable que mientras esto ocurría, yo trataba de arrear a mis propios niños en vano para que hiciéramos la porra y fabricáramos el susodicho banderín. Manolo y sus niños se divirtieron como enanos. Los míos, no sé. Yo, seguramente no. Lo que aprendí en Colonias es que ahí, si hay un barco al que hay que treparse, es al de los niños. Son ellos quienes trazan la ruta y la dirección del viento; hay que entrar en su viaje, no imponerles el tuyo. Finalmente, son ellos quienes todavía saben jugar. Lo único que uno puede hacer, apertrechado con todas las técnicas y la estructura y la teoría, es esperar que puedan recordarte cómo se hace.

El término teatral play se refiere justamente a eso: para escribir una obra, para interpretarla, tienes que jugar. Tienes que creerte lo que está pasando como cuando eras niño y te creías, a pies juntillas, que un papel recortado pegado en un popote era una varita mágica, que un tronco era una muralla, que debajo de una cobija estabas en un barco. Cuando tenía dieciséis y diecisiete años estaba tratando, con desesperación, de insertarme en un mundo llamado adultez. Fantaseaba mucho, pero jugaba poco. El parteaguas vino cuando empecé a escribir ficción. Cuando escribes ficción se da un fenómeno indescriptible de juego, de traslado automático a una realidad alterna que realmente ves, escuchas y percibes. No sólo describes la cafetería, el bosque, la calle: estás ahí, viendo la acción, oyendo hablar a los personajes. Y los personajes existen. De verdad. No es algo figurativo, ni metafórico. Es absolutamente cierto. En la última entrega de Harry Potter, Dumbledore le habla a Harry en el limbo de la muerte y le dice dos cosas que me pusieron la piel de gallina: “El que algo esté en tu mente no significa que no sea real”, y “la magia de las palabras es la más poderosa; con una palabra puedes crear mundos maravillosos o destruirlos”. Que me perdonen el actor, el director, el productor, y todos esos quehaceres admirables y titánicos: no hay nada como escribir. Nadie tiene la versión más completa, más profunda y más certera de una historia como quien la concibe y la traduce en palabras. Y lo más bonito de todo es eso: que se trata, simple y llanamente, de jugar. No sé si Colonias me ayudó a escribir o si la escritura me ayudó a jugar. Lo único que sé es que me volví mejor animadora, y mejor escritora, cuando se dio la magia de poder integrarlas.

La travesía de la teleserie que acabo de terminar me recordó mucho a Colonias. Había estado en muchos otros equipos de trabajo creativo pero casi siempre con amigos y conocidos, no con la sorpresa de qué “niños” que me irían a tocar, y nunca jugando tanto…

Hace unos días, terminado este maratón de ficción, snorquelée por primera vez. Suelo llegar tarde a las cosas, pero esto fue un límite rayando en lo grave. Lo hice en Mahahual, Quintana Roo; una población pequeñita que vive de los cruceros caribeños que ahí encallan. Tiene un extenso arrecife de coral donde rompen las olas, con lo cual son algo así como cien metros de agua clara de azules turquesas y límpidos hasta llegar a la orilla. Luego arena, luego un malecón. Por ahí un letrero reza en inglés: “Mahahual: a Little driking town with a diving problem”. En uno de estos changarros nos prestaron el equipo y una lancha. Mis antecedentes con el snorkel habían sido incipientes y penosos. Recuerdo que una vez fui con amigos a varios lugares de la ruta maya, y paramos en Cozumel, expresamente para snorquelear. Era 31 de diciembre y yo lo que quería era escribir en mi diario las reflexiones del año, no ver pececitos. En cuanto me quedé sola se puso a llover, la pluma se escurrió y yo terminé el año rumiando de frustración debajo de un techito. Otra vez en San Agustinillo no alcancé snorkel, así que me pasaron una máscara y un chaleco salvavidas y con eso estuve viendo corales y cosas, tomada de la mano del lanchero “biólogo marino” que nos acompañaba. Me sentí como niña del Teletón. En resumen, llegué a mis 35 tacos de edad convencida de que la exploración marina no era lo mío. No sé cómo decirlo… me gusta mucho el mar. Muchísimo. Pero en un plan más contemplativo. Eso de ponte la máscara y respira por el tubo y cálzate las aletas me daba como mucho pendiente (aunque hay niños de seis años que lo hacen). Pero la realidad es que lo único que necesitaba, como casi siempre en la vida, es alguien que te lleve, que te guíe y que te dé confianza para hacerlo. Que te suba al barco, pues. (En este caso, a la lancha). Andrés primero me dio las indicaciones básicas en el agüita hasta la cintura: cómo echarle baba a la máscara para que no se te empañe, cómo echar aire por la nariz para quitar el agua, etcétera. Después nos trepamos a la lancha y nos hicimos a la mar. No voy a decir que fue maravilloso. A los dos minutos de estar en el agua me dio un calambre en el pie, y eso de nadar contra corriente no me resultó nada placentero. De pronto no quería hacer otra cosa más que subirme de vuelta a la lancha, de preferencia de regreso a Tulúm, nuestra primera parada, a flotar boca arriba, meciéndome en el océano transparente sin empacho. Pero ocurrió algo muy curioso. En los momentos de peor desesperación, cuando por más que me “sonaba” no se salía el agua y sentía los olones golpeando sin piedad, el impulso era sacar la cabeza y mirar para afuera: hacia el lugar conocido y “seguro” que me era familiar. Descubrí que hacer eso era peor: afuera el agua arremetía con más fuerza, y yo me sentía desamparada en medio de esa inmensidad azul, picadísima y amenazante. En cambio, apenas metía la cabeza de vuelta en el agua y comenzaba a respirar por la boca, el escenario era el opuesto: todo ahí abajo era calma, serenidad y bichos nadando y meciéndose sin prisa. Fue un parteaguas. Igual que el arrecife que divide el mar en Mahahual. Como el psicoanálisis: da miedo meter la cabeza hacia dentro pero es ahí donde se encuentra la verdadera paz. Hacia afuera está lo conocido, sí; pero muchas veces agitado, turbio y confuso. Ver hacia adentro da miedo, pero vale la pena. También pensé en mi primera colonia y en esos llantos en la azotea. Por estar preocupada por la visión del exterior, olvidé que los recursos para disfrutar de esa experiencia no estaban en un manual, venían de adentro. Venían de la única capacidad que he sabido cierta y coyuntural desde que tengo uso de razón: imaginar cosas y creérmelas.

Mis abuelos fueron unos auténticos tripulantes de barco. Se subieron a uno dejando familias, amigos y referencias para cruzar el océano cuando no había más que papel y sellos con meses de distancia para comunicarse; ellos sí, sin saber qué diablos se encontrarían del otro lado. Si volverían. Yo no soy tan aventurera, pero creo que siempre lo he intuido: hay que subirse. Hay que irse trepando. Con necedad. Lo peor que puede pasar es lo peor que puede pasar. Y eso ni siquiera sabemos qué tan malo es.

viernes 19 de agosto de 2011

Subirse al barco (Parte I)

Antes que nada, aclaro: Coyoacán Jane no se ha ido a ninguna parte. Odio justificarme, pero lo cierto es que anduve atareada. Tres días después de subirme a un barco llamado Progreso entre Prosperidad y Unión, me hablaron para decirme que otro barco se estaba hundiendo. A dos semanas de salir al aire, la producción de una teleserie juvenil estaba a punto de colapsar por falta de guiones. Acepté agarrar el timón sin haber escrito nunca un formato de esa calaña (para mí, coordinar la escritura de una serie de trece episodios ya era toda una hazaña en los terrenos de la ficción) y sin conocer a la tripulación. Feliz y rápidamente comprobé que lo único que fallaba en ese barco era el desterrado capitán. Los propios escritores guiaron el curso del navío con una tenacidad a toda prueba; ninguno se mareó, ni se acojonó, ni gritó “hombre al agua”. Y eso que no fue una travesía con pocos aspavientos. De hecho surcamos unas cuantas tormentas, que incluyeron la salida intempestiva de un personaje, la operación de urgencia de otro (o sea, del actor) y la amenaza de renuncia de una actriz, todo lo cual implicó mucha reescritura y mucho romperse la cabeza. Pero pese a que navegamos a toda máquina (conseguimos inventar 120 horas con cualquier cantidad de peripecias), en general tuvimos cielos despejados, miramos con garbo desde la proa (¿o es la popa?) y el canto de las sirenas nos hizo los mandados.

Diego mi sobrino está a punto de hacer el curso de animadores de Colonias. Cuando él fue a su primera colonia de niño, yo estaba haciendo mi última actividad en el movimiento. Así se pasa el tiempo… (ni bien mi mal, pero a veces gacho). Tenía justo su edad cuando hice mi propio curso: dieciséis. Fue una experiencia alucinantemente divertida y emocionante. Casi siempre lo es, para casi todos. Un curso es como una colonia, sólo que en lugar de niños, hay jóvenes aspirantes a ser animadores, con quienes se replican todas las actividades e incluso los cuidados con que se procura a los niños. Una colonia es un campamento de ocho días para niños urbanos, de entre siete y once años (aunque también van colados de seis y de doce) cuyas familias no tienen dinero para hacer una vacación. Durante los ocho días que dura la colonia cada animador tiene diez niños a su cargo: su equipo. También hay un director y un jefe que, junto con los animadores, a su vez conforman otro equipo. Los equipos de niños son mixtos y se forman por edades. Cada equipo se distingue por una pañoleta de un color. A lo largo de la semana (de sábado a sábado) los equipos se mueven a través de actividades perfectamente organizadas, medidas y planeadas. Pero al llevarlas a cabo, el animador casi siempre comprueba que difícilmente las puede organizar, medir y mucho menos realizar según lo planeado. Se trata de niños, y con ellos, todo es impredecible. Yo me tardé mucho en comprender esto, y en mis dos primeras colonias como animadora me lo pasé muy mal. En el curso, y luego en la preparación de mi primera actividad, el Honorable y Multicitado Manual de Colonias me daba seguridad y cobijo. Con el equipo de “adultos” se repasan las canciones y las técnicas para dormir, bañar y meter a la alberca a los niños; se confeccionan y revisan los trabajos manuales que un personaje disfrazado les enseñará a hacer (el animador JAMÁS debe confesar que se trata de él mismo bajo el atuendo que elija); se dan pláticas sobre el perfil del animador, el perfil de los niños a cada edad, recetas para imponer y conservar la autoridad… durante un mes y pico, te dedicas a pulir y afilar todo tipo de artes para llegar al barrio en cuestión (pueden ser ladrilleras, basureros, colonias populares) a inscribir y luego a recoger a los niños hecho un Jedi de la motivación infantil. Lo recuerdo bien. Llegamos a aquella hacienda en Tenancingo, me entregaron a mi equipo de diez niños, y a la hora y pico me zafé con algún pretexto, subí corriendo a la azotea de la casa, y me puse a llorar, repitiendo una y otra vez “¿Qué chingados hago aquí?”. Me sentía engañada, estafada. Eso no era lo que me habían prometido. Yo, fanática de La novicia rebelde, me había imaginado corriendo por los prados como María Von Trap seguida por un grupo de niños cantarines que respondían felices a cualquier sugerencia, a cualquier llamado. Estos niños eran rejegos. No obedecían. Querían hacer lo que querían y no lo que yo, con tanto afán y fingido entusiasmo, los instaba a jugar, cantar o dibujar. La estructura, el control con que me habían entrenado, se convertía de pronto en mi peor enemigo. Aunque en realidad, el verdadero enemigo era yo misma: la exigencia imposible que me había impuesto para que los demás me vieran como la dulce Fräulein María. Una inseguridad medio enfermita por la percepción externa, que me tenía cegada a toda posibilidad de interacción real con los niños. Pero de esto no me di cuenta sino muchos años después. La cosa no mejoró a lo largo de esa primera semana. Era tal la tensión que vivía, que por las noches me levantaba de la litera del cuarto de las animadoras y perseguía niños en la oscuridad. Una vez me despertó la voz de otra animadora, asustada con mis balbuceos de “los niños… ¿dónde están los niños?”; otra vez fue la sensación fría del mosaico húmedo del baño bajo mis pies. Pero yo, necia, al verano siguiente (ahora con diecisiete años), me aventé el numerito de nuevo. Esta vez no sonambuleaba, pero bajé tres kilos en una semana y me quedé sin voz al segundo día: eran niños de basureros, guiados por una especie de ley de la jungla (de asfalto), y esa colonia fue un reto para todos. Había tantos problemas que las juntas nocturnas que hacíamos después de acostar a los niños para evaluar el día, duraban hasta bien entrada la madrugada. Una de ellas fue tan intensa que nos levantamos de la mesa a las siete de la mañana, con dolor de patas y de alma, exhaustos, directamente a despertar a los niños para el rally. Al final alguien cedió, creo que fuimos nosotros. La semana terminó en un idilio medio maníaco que culminó en llantos y abrazos desgarrados. Todo mal. Una regla de Colonias que siempre me costó trabajo, pero que lleva razón, es que hacia el final de la semana es necesario que los niños asimilen el final de la vacación y su regreso a casa. Yo a los niños de mi equipo no les ayudé a asimilar un carajo y además les di mi teléfono. Otro gran error. Puede sonar cruel y es la segunda cosa de Colonias que siempre me costó mucho entender, pero después de la intensidad de esos ocho días, pretender mantener el contacto a ese nivel con los niños es imposible y para ellos puede resultar frustrante. Aquellos niños me llamaron consistentemente hasta que mi madre se mudó de esa casa, doce años después. No dejaron de llamar con todo y que, tras dejarlos de vuelta en su barrio y observar cómo media hora después de despedirnos salían a pepenar la basura, no los volví a ver. Quiero pensar que esos ocho días en Tenancingo les dejaron algo, que hicieron alguna diferencia en sus vidas. Y si no fue así, al menos vivieron esos ocho días, que ya es algo. Por mi parte, de la intensidad de esa colonia se desprenden cuatro de las personas más importantes de mi vida. Dos de ellos ya eran importantes, uno es Alfredo (el papá de Diego) y Valeria Guarneros, mi amiga desde el kínder. Los “nuevos” (viejos amigos ahora) son Arturo Peón y Karina Simpson.

Pasó mucho tiempo antes de que yo me subiera al verdadero barco de Colonias como animadora de un equipo de niños. Tenía veintidós años y me tocó el equipo de los más grandes. Nos llamábamos Los Canarios Magníficos de Tenancingo. Recuerdo que durante esa semana no sólo dormía bien, sino que despertaba con ganas de verlos, con ganas del día. Mil veces había escuchado esta frase en las preparaciones y en las juntas: “No venimos aquí a divertir a los niños, hay que divertirse con los niños”. Yo trataba de dilucidar esas palabras como si fueran una especie de código sagrado e intraducible. Con los Canarios ocurrió el milagro del desciframiento. De pronto, yo era otra más del equipo. A lo largo de esos ocho días no hice otra cosa más que divertirme. Además del “oficial”, los animadores de colonias tienen también un equipo de noche: un cuarto con otros diez niños o más, a los cuales despiertan, acompañan a bañarse, llevan a dormir la siesta, acuestan y monitorean por la noche. Si te tocan los niños más chicos suele ser un suplicio, porque muchos se hacen pipí, en cuyo caso hay que cambiar las sábanas, cambiarlos a ellos, y poner el colchón mojado a secarse. En la colonia de los Canarios, por falta de animadores hombres, me tocó hacerme cargo del cuarto de noche de los niños más pequeños. Eran una docena de coconetes que no sabían vestirse solos, mucho menos tender una cama. Tender la cama es una de las técnicas que revisas exhaustivamente desde las juntas en México, y es muy importante dentro de los códigos de “seguridad física” de los niños. Unos años antes, yo me hubiera agobiado hasta las pestañas, y perseguido a esos escuincles entre las literas procurando que aprendieran a hacer su “carterita” y a doblar correctamente su “cobija de flecos”. Esta vez me valió reverendamente madres. Simplemente asumí que cada día tenía que tender doce camas, y me dediqué a besuquearlos y apretujarlos todo lo que pude. Después de comer llegaba la hora de la siesta. Era un gran momento. Los chamacos salían disparados de sus mesas y juntos corríamos al cuarto, nos metíamos bajo las cobijas y nos imaginábamos que estábamos en un barco, que primero crujía y se pandeaba bajo la tormenta hasta ir alcanzando la calma y el arrullo bajo las estrellas. (Súper cursi, luego hasta lo vi en una película). Algunos se jeteaban, otros no. Lo que sí recuerdo es que se hacían pipí frecuentemente, que cambié muchas sábanas y puse a secar varios colchones. Y también recuerdo que a uno de ellos se le cayó un diente. Esa noche llegó el ratón y le dejó dulces y una carta. Cuando yo era chiquita, mi papá confeccionaba sensacionales cartas de los ratones de los dientes: hacía la letra grande y chueca, como si fuera un ratoncito escribiendo con una pluma tamaño persona. Así era esta carta y Agustín (así se llamaba el chavito), se le quedó viendo con azoro como un minuto hasta que me la dio, sonriendo con su boquete nuevo: “¿Me la lees? Es que no sé leer”.

(Continuará...)

lunes 28 de febrero de 2011

Coyoacán... golondrinas en el quiosco


La cosa es así, en resumen: se acabó Coyoacán Jane. O mejor dicho, se acabó Coyoacán. Puede que incluso conserve el nombre del blog. Finalmente se lo debe a su lugar de origen, que siempre será éste. Escribo en un lugar llamado el Yellow Café. Lo descubrí tardíamente y es el mejor recinto cafetero para los fumadores que trabajan en este barrio. Tiene un espacio semi cerrado para que los adictos tecleen y cotorreen, y un chai latte muy decente. (Allende casi esquina con Malintzin, a veinte pasos del mercado).

Desde que tengo memoria de mis sueños, tengo sueños recurrentes y angustiosos que involucran mudanzas. Es algo que comparto con mi hermana Thaida. Sueños en que hay que hacer maletas para algo, para salir urgentemente a alguna parte, y no da tiempo de hacerlas, y uno no encuentra lo que quiere guardar. Es horrible y quién sabe qué pueda significar. Este fin de semana, la pesadilla se hizo realidad. Esta es la sexta vez que me mudo, pero es la primera que mudo una casa. Antes empacaba ropa, algunos libros, huevadas. Bueno, dos veces mudé un escritorio. En realidad era una mesa equis, sin cajones ni nada, que me consiguió el portero del edificio donde vivía en Madrid. No sé de dónde saqué la necedad de subirlo solo en un flete para llevármelo a Barcelona, y después al segundo departamento donde viví en esa ciudad, cinco pisos arriba sin elevador. (En ese escritorio escribí Quiéreme Cinco Minutos cuando todavía se llamaba de otra manera). Finalmente lo abandoné cuando abandoné mi vida en España. El resto de cosas que había comprado (un refri, un colchón, algunos trastos de cocina) se los vendí al tipo que alquiló mi departamento en el callejón de Les Cabres (a veinte pasos del mercado, pero el de la Boquería). La cosa es que esta vez tuve que mudar una casa donde viví seis años –escritorio incluido. Y yo soy muy mala empacando. (Cuando me fui a Madrid empaqué ganchos… ¡ganchos!) Y la cantidad de madres que salieron de aquí, no las podría empezar a nombrar. Tiré, depuré hasta el mareo. Fue inútil. Siete cajas repletas se llevó el camión de mudanzas el sábado, y tres rondas de coche a tope después. Pero el terror estribó principalmente en el acarreo de los muebles. Los de la mudanza eran un auténtico cuarteto de la muerte, según la atinada descripción de Andrés, conformado por: el Líder. Gordito raspa y agogó, pariente cercano de Valle Inclán; el Amigo: Un ruco alto y buenondín, que para todo buscaba la aprobación de Gabino (el Líder); el Joven Fortachón, que cargaba una mesa él solo (pero nada más cuando lo estaban viendo), y Flor, un chaparrito cejón que, entre otras cosas, me rompió una lámpara y jodió el piso acarreando la lavadora. De los cuatro no hacías uno. La mudanza empezó a las 10 de la mañana y terminó a las 6 de la tarde, con jaloneos y regateo violento, y las patas de mis sillones cortadas para que éstos cupieran por la puerta. (Inexplicablemente, no pudieron sacarlos por parto normal). Pero lo logramos.

Hay un objeto en particular que recuerdo empacar y desempacar desde siempre porque conlleva todo un rito. Es un coso redondo de cristal relleno con arena. La arena es originaria de Cancún pero se le han agregado granos de muchas otras playas. Me lo llevé desde mi casa de la infancia y la arena ya es gris porque eventualmente se convirtió en mi incienciario. Ahí está la ceniza de todos los inciensos que he prendido en los últimos muchos años. Y cada vez que me mudo, la arena se va a una bolsa de plástico que luego vuelvo a verter en el coso de cristal. En estos años en Coyoacán, la mezcla se tupió a lo grande. Yo prendo muchos inciensos por dos razones: porque me gusta y porque fumo. Así que esa bolsa de plástico, guardada ahora en quién sabe qué maleta, lleva el polvo de horas y horas y horas de trabajo, de chisme, de cuadernos, de tabacos, de velas, de toques, de tinas (¡cómo voy a extrañar esa tina!), de tardes viendo los arbolones afuera de la ventana, oyendo a los estudiantes de guitarra de abajo o a los guitarristas menos expertos de la esquina, oliendo el café quemado del Jarocho, pensando en tonterías; días de muchos tés y el doble de cafés. Lleva, de algún modo, la esencia de mi vida en este lugar que dejo. (O eso me gusta pensar porque soy muy cursi y no soporto la vida sin simbolismos).

Y sin recuentos…

Comencé a venir a Coyoacán a los doce o trece años, más o menos la edad en que empecé a escribir diarios. Solía pasar los fines de semana paseando mucho en el sur, con mi hermana Dunia y mi cuñado Alfredo, cuando eran novios. (Alfredo era sureño, además es muy molón y siempre le ha gustado molernos a mi hermana y a mí por ser de Lindavista). Yo tomaba la línea verde del metro casi completa, y me recogían en Copilco. Con esos fines de semana se me abrió un nuevo mundo y uno de sus parajes fue Coyoacán. Después empecé a venir a mucho para echar novio. Paseábamos, comíamos helados, elotes y hot cakes de figuritas, y nos sentábamos a psicoanalizar a la gente. Pocos años más tarde, comencé a psicoanalizarme yo, y el recinto de mi analista quedaba en la calle de Venustiano Carranza, a dos cuadras de la plaza de la Conchita. Fue en esas épocas que me enamoré definitivamente de Coyoacán. Como estudiaba y trabajaba, el único horario en que podía ir a terapia era los viernes a las siete de la mañana. Eso implicaba agarrar el coche a las seis para cruzar la ciudad y llegar más o menos a tiempo. Suena tremendo pero no me pesaba demasiado: estaba acostumbrada a hacerlo todos los días para ir a la Ibero a clase de siete. Pero el último semestre de la carrera la cosa se complicó porque se instauraron los legendarios Juevebes, y más de una vez llegué al diván en vivo, todavía medio jarra. Pero el ritual, con Juevebes o no, era increíble… salir del consultorio y caminar hasta la plaza, todavía vacía, con barrenderos y olor a día nuevo. Lo único que estaba abierto a esa hora era el Sanborn’s de la plaza y la cafetería del Parnaso. Me gustaba más la segunda. Es una pena que lo hayan cerrado. Eran simpáticas las dueñas gemelas arregladísimas y los forevers que desfilaban por ahí. En cualquiera de las dos cafeterías sacaba mi diario y me ponía a escribir, a veces a estudiar y a hacer tarea. Y se me inflamaba el corazón con este barrio y con las cosas que estaban pasando en la vida. Eran los tempranos veintes y toda su explosión la compartía con mi amiga Karina, a quien también asocio al Coyoacán de esos años, hablando y fumando por horas en Las Lupitas. Luego me fui a España por tres años y cuando volví, regresé a ese mismo diván en la calle de Carranza. Esta vez iba tres veces por semana. Entonces descubrí otro café, atrás, en la plaza de la Conchita. También ahí escribía y me sanaba heridas recientes. Cuando busqué casa para mí sola (tras pasar un año y pico en casa de mi hermana), encontrar el interior “B” de la Primera cerrada de Belisario Domínguez 18-2 fue como un regalo del barrio. Siempre he tenido la teoría de que hay lugares, como personas, como animales, que lo quieren a uno. Y hay lugares que no. Coyoacán y yo nos queremos, de eso no me cabe duda. El estudio con baño grande a donde fui a parar fue como el rinconcito clandestino que el señor le pone a su amante. Sólo que en este idilio no hubo adulterio… entre el señor Coyoacán y yo fue puro echar novio, durante seis años, con elotes, helados y cafés.

Ya no escribo en el Yellow Café. Ahora estoy en mi nueva residencia en la calle de Progreso entre Prosperidad y Unión. (Dunia opina que el entorno suena muy optimista. Coincido). Acabo de entregar las llaves de mi casa. La dejé barrida y trapeada, con una fuga en el baño y medio cilindro de gas. (Eso sí que no lo voy a echar para nada de menos: lo de perseguir camiones para comprar gas). La decisión de dejar el departamento, en principio, devino hace unos meses cuando los locos que me rentan y el pirado que vive arriba, pasaron de ser soportables y hasta cómicos a volverse auténticamente punks. A lo largo de las últimas semanas tuve infinidad de conversaciones imaginarias con todas las cosas que les diría a estos nefastos personajes cuando me fuera. Los adjetivos iban desde “desequilibrada mental” pasando por “escuincle imbécil” y culminando con “viejo solo y patético”. A la hora de la verdad, cuando cerré la puerta tras el escuincle imbécil, le pedí que le diera las gracias a la desequilibrada mental y que le dijera que había estado muy contenta viviendo ahí. Al escuincle imbécil hasta le desee suerte y le di un abrazo. Al viejo solo y patético no lo volví a ver, aunque sigo con ganas de rayarle el coche…

Además de ser un teto, Coyoacán Joe no le hace nada de justicia a Coyoacán. Cierto es que tienen mucha gracia las plazas, las palomas, los payasos y eterno sonsonete de los organilleros. También es cierto que hay músicos de todo tipo, todo el tiempo, en casi todas las esquinas. Pero se le pasan detalles muy sutiles. Coyoacán Joe no menciona en ningún momento el café de Beto, en la esquina de Centenario y Cuauhtemoc, los viejitos raboberdes que lo frecuentan, y que por ahí deambulan personajes como Greco Sotelo, que no sólo lee a Platón: lo subraya; Willis Estrada, gran conversador, y Marcela Lizárraga, el personaje más pintoresco y popular de los alrededores. Tampoco sabe que a dos locales hay una fonda que se llama La casa de mi Tita, donde sirven unos llamados “desayunos gorditos”, que incluyen chilaquiles, molletes y huevos rancheros en un mismo plato, y que atiende un personaje inigualable de nombre Bety. Bety es claramente un tipo, pero con el aspecto y los modos de la mujer más más plantada que yo he visto. Hasta tiene un hijito que llega puntualmente a las 2 de la tarde con su batita del kinder y corre hacia ella diciéndole mamá. Ella le contesta “vete a lavar las manos” con voz de barítono, pero da igual. Es una tipaza. Tras años de observarlo(a), especulando cómo podría llamarse (Andrés sugirió Calipso), Marcela recién me contó que se llama Roberto. Bueno, Bety. Pero lo más galante de esta fonda es el nombre que otro novio le diera en su día: La Hermafondita.

Joe se olvida de la Casa del pan, único paraje de Coyoacán con pretenciones Condechis, con meseros fachosos-trendys y fondo musical de Putumayo, que sirve té de jengibre y despacha estupendos monchis vegetarianos que sacan de cualquier apuro. Coyoacán Joe no sabe que junto a la Casa del pan está el farmacéutico más efectivo de la ciudad, que recomienda, consigue, aparta, te aguanta la receta, hace descuentos, guasea y tira la onda todo el tiempo. También es feísimo. Joe ignora que en la calle de Higuera está una contadora llamada Laura muy parca pero sumamente eficiente. Que en la calle de Malintzin hay un local muy bonito donde misteriosamente han tronado cinco negocios en seis años. Desde que Susana y Jasmine vivían arriba de mi casa, descubrí que los mejores esquites están frente a la puerta 5 del mercado, y que en la fonda de Santa Catarina, además de una terraza a la plaza de ensueño y martinis al dos por uno, hay una mesa perdida que nadie pela donde uno se puede prender un porro con el Oscarín. Tampoco menciona que la Dabo es la mejor papelería desde que desapareció la Compañía Papelera Escolar, y más barata que los Office Maxes. Que el Jarocho es malo y que el Moheli es ridículamente caro, aunque sus mesas siguen siendo una delicia para sentarse cualquier domingo o a cualquier hora de cualquier día. Sobre todo para caminarse Francisco Sosa antes o después. (Especialmente después de llover). No sabe que en los Viveros las ardillas atacan, que en la cantina Guadalupana tocan jazz, que en la calle de Pino sirven pastel de rosas y un café con leche con decoraciones artísticas, y que en Los Talleres está la maestra de yoga más chingona del universo. Pero sobre todo, Coyoacán Joe -que ha pasado demasiado tiempo en el abominable Hijo del Cuervo- ignora el placer inenarrable de levantarse y encaminarse al café, encontrarse a alguien, cotorrear un rato, apurarse al banco, a la tintorería, a comprar una orden de arroz y una de nopales en la cocina económica, comerse de vez en cuando un churro relleno, cruzar la calle a cualquier hora para comprar cigarros, sentarse en la plaza a fumarse uno en cualquier momento, creyéndose de repente que sí: que uno vive en un pueblo y no en esta monstruosa ciudad.

Creo que está bien claro: voy a echar de menos Coyoacán. Sobre todo voy a extrañar las pijamadas con las vecinas, con Hebe, con Arleta y con Martín Valderrama cuando venía a México; acabarnos un mezcal con todo y gusano un jueves de influenza con Lalo y Kramis, festejar lo del libro con una borrachera colectiva bestial, estar sentada horas y horas en el sillón individual de mi salita con Oscarín, con Karina, con Garufo, con Rosalba, con Robert, con el Peña, y con todos los amigos que se bebieron mis tés. (Shanna no está incluida: las tres veces que fue a Coyoacán terminó perdida en la carretera a Cuernavaca o en Indios Verdes).

Pero Coyoacán no se va a ninguna parte y los amigos tampoco (aunque estén repartidos por todo el mundo). Y además hace unos días pasó algo chistoso. Como tantas otras veces –pero ésta en medio de cajas y bolsas y desmadre total- despejé una mesa y dispuse las cosas para un ritualillo, esta vez de despedida. Pensé que sería intenso y sentimental pero en realidad fue breve y contundente. Creo que en parte fue porque estaba agotada y bizca de empacar, y también porque viendo la casa semi-vacía, me di cuenta de algo muy liberador: aquello poco a poco se iba convirtiendo en lo que es en realidad: paredes. La casa la llevo conmigo, y puedo montarla y desmontarla donde yo quiera, cuantas veces quiera.

Además hay otra cosa. El cambio, en sí mismo. El cambio es bueno, dijo alguien. Y más cuando ilusiona. “Todo lo bueno se termina para que empiece algo mejor”. Lo sigo creyendo fervientemente. Y como auguró hace unos días en el café mi amigo Greco Sotelo: “mientras te vayas porque te llevan las alas de Cupido… todo bien”.

Felizmente, así es.

jueves 25 de noviembre de 2010

La Pipa de la Paz

La humanidad ha comprobado, una y otra vez, que la prohibición no sirve para maldita la cosa. Es como un gran bache histórico que se calca a sí mismo generación tras generación. Los últimos meses, con la iniciativa ésta de prohibir la venta de comida chatarra en las escuelas para prevenir la obesidad infantil, me moría de la risa. No porque me dé risa que los niños sean obesos: es un gravísimo problema de salud; sino porque me imaginé, primero, a las empresas de frituras y golosinas poniendo mil trabas para llevarlo a cabo (lo cual en efecto ha sucedido), y después imaginándome al primer niño listo (o el papá), que encuentre la forma de introducir mochilas llenas de papas y Twinkis a la escuela, y los compre a escondidas hasta la maestra de inglés.

Al Capone es quizás el nombre más sonado en lo que al provecho de la prohibición se refiere. Sus twinkis eran el alcohol y las salas de juego. ¿Y qué pasó? El FBI lo persiguió hasta que lo pudo culpar por evasión de impuestos y lo refundió en Alcatraz (aunque murió en Miami Beach); el alcohol se hizo legal en Estados Unidos “hasta cumplidos los 21 años” (por lo cual tenemos a tantos gringuitos vomitando en las calles de Cancún en la primavera) y de aquellos tiempos terribles, mira por dónde, el cine se inspiró para crear joyas como Érase una vez en América, Los intocables y El padrino. Yo no sé si algún día se hagan películas maravillosas y conmovedoras sobre el Chapo Guzmán, Beltrán Leyva y Arellano Félix. Lo que sí sé es que esos tipos se lo han pasado mejor que cualquier astro de Hollywood. Mira por dónde.

Sin dar más rodeos, voy al grano. ¿Tiene usted idea, amable lector, a cuántas fiestas/convites/conciertos ha asistido la que suscribe en los últimos diez, quince años, donde NO haya circulado un porro, un gallo, un toque, un güiro, o como quien dice, un cigarro de marihuana? ¿Ya? ¿Hizo sus cálculos? Bien. La respuesta es: ninguna. Así como lo oye: ninguna. Lo siguiente que debe estar pensando es que seguramente mis amigos y conocidos son todos unos desobligados, zarrapastrosos, con los dientes podridos. A lo cual yo tendría que responder que si bien entre mis amigos hay personajes muy peculiares, todos y cada uno de ellos son profesionistas, productivos, algunos de ellos muy talentosos y, en general, sanos. (Salvo los que fumamos tabaco).

Recientemente, a uno de estos amigos se le sugirió escribir un texto en donde expresara abiertamente su uso esporádico y recreativo del cannabis, para reunir una serie de testimonios sobre “salir del closet” (en cuanto al uso de la planta, claro está) como iniciativa a favor de la legalización. Mi amigo se lo pensó y al final se negó. Su argumento no fue el miedo de que le cayeran en su casa cinco milicos armados a hurgar entre sus cajitas de Faros edición especial, sino que parte del “atractivo” que él encontraba en fumar marihuana, estaba justo en que fuera algo que conlleva cierto secretismo, cierta emoción de hacer algo que no es abierto y permitido. Muy válido. Por mi parte, la verdad es que llevaba un rato con ganas de decir unas cuantas cosas sobre el tema.

Podemos empezar por el principio. Por la planta.

Se llama cannabis sativa y también cáñamo, aunque el cáñamo también es el nombre de la fibra que se extrae de ella. Y sus virtudes son in-con-ta-bles. El cáñamo se explotaba hace miles de años en China y en otros lugares. ¿Sabían que las velas que trajeron a Cristóbal Colón a América estaban hechas de cáñamo? Por lo visto es un material extraordinariamente resistente. Tanto que a los industriales gringos de los años treinta, que querían potenciar las nuevas fibras sintéticas como el nailon, no les gustó nada la competencia. ¿Tendrá eso algo que ver con la confusa política de prohibición de la marihuana que se dio justo por esos años? Nunca lo sabremos…

El cáñamo tiene muchos otros usos y aplicaciones. Se pueden fabricar: lubricantes, plásticos, celulosa para papel, ropa, forraje para animales, biomasa para calefacción, jabón, fieltros, pinturas y barnices. Las semillas de cannabis son el alimento vegetal con mayor valor proteínico que se puede encontrar en una sola planta. Tienen Omega3 y Omega9, que además de nutritivos, pueden prevenir artritis y reumatismos. Según se procese, puede ser más suave, aislante, absorbente y duradera que el algodón. Además, una hectárea de cannabis produce el doble y no requiere químicos ni pesticidas. Como biocombustible es lo más ecológico que se puede encontrar: ¡funciona en motor diesel! Cualquier plástico emulado a partir de cannabis, es directamente biodegradable y reciclable. Para hacer papel, no tiene igual: produce el cuádruple que una hectárea de árboles. Además es más resistente que la pulpa de madera, no necesita ácidos ni cloro, y aguanta siete reciclajes (la madera aguanta cuatro). Por si fuera poco, mejora la calidad del suelo donde se planta. Y así solita, en su forma natural, se usa para el tratamiento del glaucoma, insomnio, náuseas y vómitos asociados a quimioterapia, esclerosis múltiple y neuropatías. Además es un gran analgésico.

Pero es ilegal…

Y la policía la busca, la encuentra, la arranca del suelo, y la quema. ¡La quema! ¿Por qué?

Aguilar Camín dijo hace poco que quitarle la libertad a alguien por cultivar cáñamo era lo mismo que quitarle la libertad por cultivar lechugas. Yo diría que es mucho peor. Y les preguntaría a los perseguidores, usando sus propias palabras, si están fumados o qué.

Pero la pregunta es seria: ¿Por qué una planta tan dócil y tan generosa puede ser tan perseguida? Porque la cannabis sativa, según su variedad, puede presentar un principio activo llamado TetraHidroCannabinol (THC), que tiene efectos… ¡qué miedo! …psicoactivos. Dicho principio activo se encuentra en la flor de la cannabis, también conocida como cogollo; o en su resina, llamada comúnmente hachís.

Esos efectos psicoactivos no los voy a explicar. A quien quiera averiguarlos, le recomiendo que la pruebe. A lo mejor no le gusta, a lo mejor sí. Lo que es seguro es que no se va pirar, no va a terminar babeando en una esquina recolectando moneditas para darse otro jalón, y, con total seguridad, no se va a morir.

A propósito de morirse, perdón que saque a relucir unos datos tan necios y tan sabidos, pero es inevitable. El alcohol. Muertes por cánceres de esófago, de hígado, cirrosis, accidentes de circulación, lesiones voluntarias y homicidios: casi dos millones de víctimas al año en el mundo. Tabaco. No voy a enunciar todos los horrores causantes de muerte porque ahora mismo hay seis colillas rebosantes de legalidad reposando en mi cenicero. Pero mata un promedio de 8,4 personas por año. Segunda causa de mortalidad en el mundo. Y Phillip Morris, cagado de la risa. ¿Qué por qué no lo dejo? Porque soy una adicta crepitante, enclenque y desesperada. ¿Quieren una droga fea? Es ésta. (Y para colmo, no pone).

El argumento principal contra la marihuana es que es “la puerta de entrada” a todas las demás drogas. Puede ser. No voy a rebatir ese argumento, aún cuando me parece bastante simplista y carente de imaginación. Pero pensando en que así fuera, conozco:

a) Personas que han fumado marihuana muchas veces, a lo largo de muchos años, y no han probado ninguna otra droga.

b) Personas que han consumido marihuana y experimentado con otras drogas sin suscribirse a ninguna de éstas.

c) Personas que consumen marihuana y otras drogas, de manera recreativa, y siguen chambeando, pagando impuestos y haciendo sus cosas.

d) También conocí y quise muchísimo a una persona que seguramente empezó con porros y se murió de un pasón de heroína. Pero que además se murió junto con otros cinco cuates que le compraban al mismo dealer. Es decir, en realidad no se “pasoneó” (porque además la fumaba, y de ese modo es muy difícil llegar a una dosis letal), sino que fue víctima de una tanda adulterada. Justo ahora, leyendo sobre estas cosas, me entero que el 80% de muertes por sustancias se debe a la falta de acceso a dosis estandarizadas. Como haya sido, lo jodido no fue tanto cómo se murió, sino cómo vivió. Y vivió mal desde que nació.

El problema no son las sustancias, nunca lo han sido y nunca lo serán. El problema son las personas. Sus historias, sus rollos, sus circunstancias. Y partiendo de todo ello, sus elecciones. El ser humano ha consumido y experimentado con sustancias psicoactivas desde que habita esta Tierra. El acceso a ellas está ahí, inevitablemente, y siempre va a estarlo. ¡Y qué bueno! Imagínense este mundo sin la posibilidad de sentir diferente, de percibir diferente, de enloquecerse un poco. Sería tristísimo.

Ahora mismo, por más que se maten en México de cuarenta en cuarenta, por más millones que se gasten, por más que les paguen otro poquito al cuerpo policiaco (que siempre será una miseria en comparación con la miseria por la que se corrompen), la cosa es así: en este instante, allá afuera, hay de todo. Rápido. Pronto. Así de crudo y así de simple. También hay donas de nuez y trenzas glaseadas en el café de la esquina. Eso no significa que sólo porque las haya vaya a ir corriendo a atascármelas. (Aunque seguramente si me prohibieran comérmelas, lo estaría pensando).

Y aquí tengo que aclarar algo importante. Yo no digo que el cannabis sea para todos. Cada persona es diferente, cada organismo es diferente. Mi hermana mayor no puede ni oler un chocolate y la otra no puede comerse una cereza envinada. Hay para quienes el amor puede ser la droga más peligrosa y destructiva que prueben en su vida. Aunque la marihuana estrictamente no genera adicción física, son muchas las razones por las que una persona puede engancharse a una cosa. No pretendo promover el uso del cannabis ni intento decir que quien sea que pruebe la marihuana se lo va a pasar bien (aunque es probable); no tengo puesto ahora mismo un gorro de colores ni estoy oyendo a Bob Marley mientras escribo esto (aunque no sería mala idea). Es más. Ni siquiera estoy fumando mota, porque para escribir no me funciona: me divaga. También me agota y reconozco que merma mi productividad. Pero si de algo estoy convencida, es de que NO es una sustancia equiparable a la cocaína, a las anfetaminas y mucho menos a la heroína. Ni remotamente. Nadie se ha muerto sólo por fumar marihuana. Busquen a ese muerto por donde quieran. No lo van a encontrar.

La generalización es uno de los errores más comunes y más peligrosos que comete nuestra especie. La generalización consecuenta el racismo, la endogamia, el odio y la discriminación. Decidir que una sustancia es mala para TODO el mundo y prohibirla para todo el mundo, a lo mejor salva a un chavo de morirse en un accidente porque se puso morado de porros y alcohol; pero también puede quitarle a una persona enferma la posibilidad de alivianarse unas náuseas y unos dolores terribles. En cualquier caso, es una cuestión de elección personal. Dejen que los adultos decidan por sí mismos, y dejen que a los menores los guíen sus papás. Es un volado, en efecto. Pero más, no se puede hacer. Créanme.

Señor Calderón, usted debería saberlo bien: el ocio es el mejor amigo del vicio. Mientras usted envía a sus heroicos ejércitos (que por cierto parecen necesitar un oftalmólogo, porque a cada rato se andan cargando civiles “por accidente”) a capturar narcos (que no es que tengan más armas: tienen submarinos), hay siete millones de jóvenes en México que no pueden estudiar ni trabajar. ¿Quiere saber lo que va a pasar con esos chavos? Unos se van a ir al otro lado (si es que no se mueren en el intento), otros se van a quedar haciendo trabajos espantosos, y otros se van a meter hasta el cepillo y se van a tomar hasta el agua de los floreros, y van a robar y a secuestrar para hacerlo. ¿Quiere luchar contra las adicciones? No luche contra las drogas. Es inútil. Luche contra el ocio. Yo sé que usted tiene muchas presiones, que la relación con los Estados Unidos debe ser más importante para usted que la relación con su familia, que seguramente sueña cada noche con el zar anti-drogas Kerlikowske. Pero es una vergüenza que allá se esté consumiendo alegremente el 80% de los narcóticos producidos en México, y en México nos estemos muriendo de hambre y matando a balazos. No sé usted, pero yo todo esto lo encuentro muy confuso, por no decir demencial. ¿Quiere ser un héroe? Legalice la producción, comercialización y consumo personal del cáñamo en México. Deje de quemar esas plantas y regáleselas a los mexicanos. ¿Qué ya no se puede echar para atrás porque qué oso? Le aseguro que no va a pasar de una semana de periodicazos, y muchas generaciones se lo van a agradecer. Aunque no consuman marihuana.

El cannabis genera tanta ambivalencia que todos los gobiernos del mundo van y vienen en sus leyes prohibicionistas, cayendo y recayendo en vacíos legales e inconsistencias. En muchos países no es que sea “legal”, pero se ha despenalizado la posesión personal en ciertas cantidades. En México, por ejemplo, desde el año pasado puedes tener cinco gramos de marihuana en tu casa y no te pueden meter al bote. (Y otras sustancias en menores dosis). Lo mismo pasa (con distintas cantidades) en Argentina, Brasil, Perú, Colombia, Chile y en algunos países de Europa. Eso es justo lo que se pretendía, y no lo que se dice legalizar, con la propuesta 19 en California. Lo raro de esta aprobación para el autoconsumo es que el tráfico está penalizado, y con ello se asume el traslado del producto. Entonces… ¿cómo le hago para hacer llegar esos cinco gramos a mi casa? Supongo que cultivándolos yo misma. Pero si el cultivo también está prohibido… ¿entonces cómo? ¿Será el momento de llamar a Harry Potter? En California y en otros trece estados de allá arriba, está permitido el uso del cannabis medicinal. También en Canadá, Alemania, Austria, Holanda, España, Israel, Finlandia y Portugal. Bien por ellos. Canadá (otra vez la progre Canadá), Francia y Suecia se vieron listos y tienen industrias dedicadas a la producción de los derivados del cáñamo. Pero en todos estos lugares, el tráfico y el comercio están también penalizados. Y en el resto del mundo, ni hablar del peluquín: te ven con un gallo y te encarcelan. En algunos países hasta seis años, si es que no te matan directamente. Y aquí me asalta una duda. Se supone que la libertad termina cuando se coarta la libertad de otro. Ahí está el límite, a partir de ahí se pondera un delito, un crimen. Pero a menos de que alguien obligue, amenace o amordace a otro para que se de un jalón, ¿dónde está el crimen? El argumento legal contra el consumo es atenta contra la salud pública. Primero, ¿y esa Salud Pública, quién es? No sé ustedes, pero yo nunca la he visto. ¿Será simpática? Y segundo: si vamos a juzgar delitos contra la salud pública bajo esos términos, que encarcelen entonces a cada gordo que vean comiéndose unos cueritos y una torta de tamal.

Todo el mundo sabe que en Holanda es legal comprar y consumir marihuana en los Coffee Shops (por cierto, los dueños están forrados); pero un caso interesante es el de Portugal. Cuando Portugal tomó la decisión de discriminalizar el uso de drogas, tenían el consumo más alto de Europa. Hoy en día, en el uso de la marihuana tiene la tasa más baja entre los 14 países. Ojo: discriminalizar no es lo mismo que legalizar. Pero si te agarran poniéndote hasta las cejas de ácidos en un parque, no te meten a la cárcel. Te ofrecen tratamiento médico y asesoría psicológica. Mismos que puedes rechazar, porque es un programa voluntario. No sé que opinen, pero eso es a lo que yo llamo cordura civil.

El control del Estado sobre las drogas es básico para cualquier gobierno. Por la misma razón, yo no alcanzo a comprender cómo es posible que los gobiernos no dimensionen los beneficios de liberar el cultivo y la producción de la planta de cannabis. (¿Estarán marihuanos?) A menos de que la ecología no les interese en lo absoluto (lo cual han ido dejando bastante claro con el tiempo) y/o estén tramando algo muy oscuro, como esperar a que todo el ecosistema se vaya al traste para poder cobrar el agua a cincuenta dólares el vaso. Pero no hay tiempo para teorías de conspiración. Lo que es un hecho es que con la sola explotación inteligente del cáñamo, al menos en México:

  1. Se reactivaría el raquítico y desastroso campo de este país. Vaya, hasta con el aceite de las semillas se podría alimentar gente.
  2. Se generarían un montón de empleos. Aunque se alega que la infraestructura para la explotación de la planta es cara. ¿Y? Con el dinero que se está gastando en las otras tonterías que ya me da flojera volver a enunciar, sería más que suficiente para echar a andar algo. Hay muchos usos y aplicaciones de dónde escoger.
  3. Buscan “desesperadamente” un sustituto de hidrocarburo para el petróleo. ¡Ahí lo tienen! Y no tienen que comérselo, no tienen que fumárselo, no tienen que ponerse pachecos ni avergonzar a sus madres, nada más explótenlo.
  4. El cáñamo se corta anualmente. Pero además la bendita planta no nada más crece fuera: se puede cultivar en interior.
  5. Y si sólo les interesan los cogollos y su temido THC, fantástico. De entrada, lloverían los turistas.
  6. Se descongestionarían las cárceles (recinto número uno de los narcóticos, por cierto). Además, si se reducen los costos de producción e intermediación ilegal, seguro bajarían los precios. Esto evitaría, de entrada, que mucha gente robara para darse un toque.
  7. Ahora mismo, los únicos que se benefician con la prohibición son los Grandes Narcotraficantes. Los meros, meros. Esta guerra necia lo único que está haciendo es quitarles de en medio la competencia. Nada más para que se den una idea, el tráfico de drogas supone el 8% del mercado mundial, comparado con la industria textil. Las ganancias y el lucro son de infarto. Nada más para hacerles pasar un coraje a estos cuates, valdría la pena.

Uno de los argumentos que dan nuestros flamantes diputados y senadores en contra de la posibilidad de la legalización, es que los narcos seguirían vendiendo cannabis y más barata. Eso ya sería su problema. El grueso del negocio estaría regulado. Y hasta donde yo sé, cuando se hizo legal el alcohol, ningún secuaz de Al Capone se puso a vender anforitas de ron de a dólar en las esquinas. Si acaso, el único inconveniente real de legalizar la marihuana, es que los delincuentes “legales” de este mundo, o sea los corporativos y las tabacaleras, se apañarían la industrialización y la comercialización; la tratarían, la rebajarían, y terminaríamos consumiendo cajetillas muy bien diseñadas con cigarritos 25% cannabis. Pero es un riesgo que hay que correr.

La legalización de la marihuana es imponderable por donde se mire. Su afán de colocarla a la par de otras sustancias mucho más fuertes, claramente dañinas (aunque quizá no mucho más que unas pastillas para adelgazar, y en muchos casos no más que el tabaco o el alcohol), es el resultado de no sé qué tipo de retorcidos intereses, y claramente de un afán represor que se terminó de instalar en los años sesenta. Una década decisiva en que los jóvenes del mundo (junto con algunos médicos, obreros y maestros) se pusieron a protestar porque ya estaban hartos de vivir con la pata del Estado en la cara. Y porque, aunque suene cursi, querían vivir en un mundo mejor. Unos nada más se pusieron flores en la cabeza y se fueron a oír conciertos en caravanas y a darse unos pases de todo lo habido y por haber; otros marcharon, gritaron y aventaron un par de granadas. Pero el castigo fue parejo para todos. Y fue sin piedad. Desde entonces, la marihuana quedó asociada a eso: al alebreste, a la protesta, al portarse “mal”. Es ese mensaje, y no el de que “destruye la salud” lo que propagan en el fondo las campañas mediocres de TV Azteca y los chismes de los marihuanos violadores satánicos primos del Chupacabras o como ciertos conservadores prefieran nombrarlos. La hierba está vinculada en el imaginario colectivo a las cosas feas que un joven hace para merecer el castigo de su Papá. La clase de Papá con doble moral que por otro lado se enorgullece cuando su hijo se pone una borrachera y va a su primer putero. Lo sorprendente es que Papá Estado lo hizo bien. Se cubrió de laureles con la libertad de expresión y el derecho a huelga, nos llenó la cabeza con comerciales de la tele aderezados de progreso y crecimiento económico, consiguió hacer creer a muchos que fumarse un gallo es peor que comer ratas crudas, y mientras tanto sigue haciendo con nosotros lo que se le da la regalada gana. Ojalá hoy tuviéramos las agallas de plantarnos como lo hicieron esos jóvenes hace cuarenta años. La cosa es que ni siquiera hace falta. ¿Para qué? Al fin y al cabo podemos hacerlo todo a escondidas…

Eso es lo único que pasa con lo prohibido: que se hace a escondidas. Casi siempre con riesgos. Lo legal por lo menos ofrece elección, alternativas, vías. El aborto es un buen ejemplo de esto.

¿Habría que legalizar todas las drogas? ¿Cómo controlar ese monstruo tan complejo que son las sustancias? ¿Quién las elaboraría? ¿Cómo se venderían? No lo sé. Señores legisladores, esa es su chamba. Es mucho más fácil colgarse de la prohibición y aventarle el paquete al sistema penal y a la Señora Doña Salud Pública que ponerse a discurrir, organizar y regular. Pero no se preocupen. Pueden empezar nada más por el cannabis. Con eso ya tienen para divertirse un rato. Seguramente la principio va a ser un desmadre, pero si no, no sería un verdadero cambio, ¿verdad?

Vivir es un peligro. Por más seguridad que se busque, se procure y se trate de imponer. Estamos en un momento crucial de nuestra historia. O nos dejamos de preocupar por estupideces, o de veras nos va a llevar el diablo. En lugar de pensar a quién nos chingamos y por qué lo encerramos, sería bueno sentarnos a observar la Gran Psicosis en la que habitamos, y decidir si es por ahí que queremos seguir como especie. En un mundo donde a los niños les da diabetes por tragar porquerías pero los que venden golosinas se gastan medio millón en hacer un comercial; donde los individuos miden su valía en función de lo que pueden gastar y consumir, ciegos ante la horripilante destrucción que implica, por más bolsas verdes que usen. Donde los países ricos explotan y agotan a los países pobres, y luego se quejan de los inmigrantes. Un mundo donde casarse entre gays es malo y pesar cuarenta y cinco kilos es deseable; donde niñas de catorce años se operan las tetas o las apedrean por adulterio. Donde se prohibe el condón pero se puede solapar por décadas a un violador de niños; donde se puede jugar X Box en línea con un alemán, un chino y un blega, mientras que el 50% (sí, el cincuenta por ciento) de los habitantes de la Tierra no han hecho ni recibido una sola llamada telefónica. Donde asesinar a otros seres humanos es “necesario” pero la marihuana es el demonio. Un mundo acomodaticio y borreguil en donde seguimos absurda, inconcebiblemente, aceptando con tranquilidad la guerra.

Sin tomar fusiles, a mí me gustaría un mundo de veras libre, inclusivo, respetuoso; donde las leyes sirvan para regular y no para prohibir, donde más gente tenga acceso a más cosas. A experimentar, a quererse, a parir o adoptar o a ninguna de las dos; a vivir, trabajar o estudiar en lo que quiera y donde quiera, a explorar con el cuerpo y con la mente, a viajar con el propio tiempo. Donde la tierra se cuide y se venere. Donde uno pueda hacer tonterías, equivocarse, ponerse al límite. Pero a partir de uno mismo. No de lo que los medios dicen. No de lo que los gobiernos permiten. Un mundo con menos razones y con más cabeza. Con más corazón.

Para terminar, cito a Pata Negra, con un estribillo que es de lo más sabio que he escuchado en la vida:

Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda.

Amén.

Ah. Y un par de links interesantes...

http://www.erowid.org/

http://www.youtube.com/watch?v=QrY9eHkXTa4


miércoles 25 de agosto de 2010

Hasta que la Iglesia nos separe

“Una sociedad que sacrifica a sus rebeldes, garantiza su paz pero sacrifica su futuro”.

(Mi papá no sabe de quién es la frase, pero cree que es de Anthony de Mello.)

Ya era hora de prender el radio y oír una buena noticia en este país. Después de un fin de semana de espanto, con cuarenta y siete muertos en Ciudad Juárez y once en otros estados, a media semana llegó un bálsamo: aunque ya se podía desde el 2009, la Suprema Corte dictaminó que las parejas del mismo sexo tienen todo el derecho de adoptar menores en el Distrito Federal. La nota dio para mucho chisme. Tuve la suerte de estar en el coche, transitando Patriotismo, para oír en vivo y en directo las primeras declaraciones del cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Iñiguez, cuando repetía insistentemente las palabras “vida”, “familia” y “valores” en medio de afirmaciones inauditas como que la ciencia ha comprobado que los niñitos se trastornan bajo la tutela de los gays, que Ebrard había comprado a la Suprema Corte, que el Maligno existe y el PRD es su manifestación, y que con sus iniciativas malignas del maligno a favor del aborto, la anticoncepción, etcétera, le hacen más daño a México que el narcotráfico. Alucinante. Dan Brown se queda tarado. El asunto, como todo el mundo sabe, ha derivado en un maratón de La novicia rebelde meets La ley y el orden. Ya se demandaron, ya se contestaron, ya se metió hasta el perico y quién sabe en qué acabe la cosa. Lo que está muy claro es que, de un tiempo para acá, la iglesia católica apostólica romana no deja de hacer el oso.

Por un lado, no debería sorprendernos. Eso es lo que hace la Iglesia, ese es su papel. Entrometerse, husmear, señalar con el dedo, condenar, ser los quitarrisas. La cosa es que esta vez se pusieron de pechito para contestarles.

Sólo por no dejar, ahí va el dato Wikipedia: A 2010, la adopción homoparental es un derecho reconocido en Andorra, Argentina, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Guam, Islandia, Israel, Noruega, Los Países Bajos, el Reino Unido, Sudáfrica, Suecia, Uruguay y en ciertos territorios de Australia y Estados Unidos. En Alemania, Finlandia y Francia es legal la adopción del hijo del otro miembro de una pareja de hecho o unión civil. El primero que integró todos los derechos –matrimonio y adopción- fue España, en el 2005; cosa que podría sorprender viniendo de un país católico y franquista, pero que por otro lado no sorprende de un país que siempre se ha cagado en Dios. Lo que pasa en España es parecido a lo que pasa en la ciudad de México: un gobierno de izquierda que llega a promover leyes liberales y progresistas, dejando otros temas de orden básico pendiendo en el aire. No se me entienda mal. A mí me da mucho gusto que se aprueben leyes liberales y progresistas en esta ciudad. Pero en materia de empleo, justicia, educación y del ejercicio cotidiano de la ley, seguimos en el hoyo. Así que, señores legisladores y magistrados, vayan y metan su solicitud de adopción y luego pónganse a chambear, que falta mucho.

Dicho lo cual, antes de empezar con los catorrazos contra los representantes de Dios en la Tierra, vamos a palomear lo obvio. No todos los católicos son estúpidos. No todos los perredistas son malignos. Y seguramente, no todos los gays son buenos. Debe haber un montón de homosexuales aborrecibles por el mundo (aunque hasta ahora no conozco a ninguno), pero debe haberlos, seguro. Bossie, el amante de Wilde, por ejemplo, era un tipo despreciable. A ese yo no le hubiera dado ningún niño en adopción. Aunque era tan narcisista, tan cruel y tan egocéntrico que no se le hubiera ocurrido cuidar a nadie más. Rimboud y Verlaine estaban demasiado ocupados tomándose hasta el agua de los floreros y haciéndose pedazos para pensar en adoptar. De ahí en fuera, por más que lo intento, no logro pensar en ningún gay que me caiga mal o que no le haya dado algo a la humanidad.

En cuanto a los curas. No todos son cerrados, retóricos, aborrecibles, ratas, pederastas, hipócritas, rancios. Hay muchos que están por el mundo partiéndose el lomo en misiones, levantando hospitales, atendiendo niños abandonados y madres solteras, construyendo escuelas. En resumen, haciendo cundir su decisión de no haber tenido una familia propia para rifársela por el prójimo. Mis respetos. La cosa es que ellos no están enfundados en sotanas ni empachándose en cenas opíparas mientras discuten politiquerías viendo qué paja encuentran en el ojo ajeno y solapándose sus guarradas. Tienen demasiado que hacer.

Aclarado lo anterior, entremos en materia. “Vida”, “familia, “valores”: el terceto favorito en los discursos de los voceros de Cristo después de Padre, Hijo y Espíritu Santo y de Papá, Mamá, Hijitos. “La Vida”… ¡cómo se les llena la boca repitiendo esa palabra! Si de veras les preocupara tanto la vida, estarían allá afuera encabezando todas las cumbres y movimientos ambientales. Estarían plantando árboles, salvando ballenas en alta mar o rescatando bebés en las inundaciones, y no condenando a niñas de trece años a una maternidad desastrosa. A propósito de la vida, lo siguiente que yo les preguntaría a estos tipos es a qué hora han dicho algo de que en este país estén asesinando un promedio de cincuenta personas a la semana. Que se sigan matando y violando a destajo en tres cuartas partes del mundo. Pero no. Su única preocupación son los delitos que atentan contra la “perpetuación” de la vida. Es decir, con la azarosa excepción de la eutanasia, los delitos que involucran el sexo. Los anticonceptivos. La fornicación. El adulterio. La sodomía. Pero de veras obsesionados. Es repulsivo. Es ocioso, es perverso.

Segundo término favorito de los obispos, cardenales, arzobispos, presbíteros, diáconos y feligreses que los acompañan: “familia”. Para empezar, nunca he entendido qué tiene que decir de la familia un tipo que, de entrada, decidió que no quería tener una. Tan lejanos están estos personajes de la realidad de la gente, que pareciera que no tienen ni idea de que la familia, como tal, es una cosa que se da por pura suerte. Que el que haya un óvulo y un espermatozoide no es garantía de absolutamente nada. Mucho menos en tiempos donde óvulos y espermatozoides se guardan en congeladores, se inseminan en laboratorios y se implantan en vientres de alquiler. Y dejando a un lado la tecnología reproductiva, desde el principio de los tiempos, ese espermatozoide siempre pudo ser de alguien que no es necesariamente el “padre”. A veces es del tío. O del vecino. O del lechero. Se les olvida que cientos, millones de veces, esa madre pudo no estar. Se pudo morir, largar, desafanar. Y entonces la madre es la tía. O la comadre. O el hijo mayor. En mi infancia visitaba con frecuencia la casa de una amiga cuya familia siempre me sorprendió. Ella vivía con su tía abuela, a quien llamaba “mamá”; una tía, una prima, y su bisabuela octogenaria. En la casa de junto vivía su abuela con tres hijas solteras y un hijo también soltero: el padre de mi amiga. Todo funcionaba con relativa armonía. Es curioso que esta amiga se haya terminado casando con un judío. ¿Qué diría Freud? Otra amiga me contaba hace poco una historia increíble sobre su abuelo. A los nueve años era el jefe de la casa. Una casa donde vivían él, su abuela de 65 y su bisabuela de 80. Esa era la familia. Y es que LA familia, este concepto que la iglesia se empecina en catalogar de universal, no existe como tal. Claro como el día y la noche, como los callos. Hay tantas familias como grupos de rock. La mayoría tiene una guitarra y una batería; de ahí, las variables son incontables. Y ante esa realidad, nada compleja, nada filosófica ni ambivalente, esta gente parece estar cegada. Como dándose con un ladrillo en la cabeza asegurando que es un sombrero. La familia debería ser, cuando menos, el grupo de personas donde uno se siente protegido, del que se siente parte. Hay veces en que ni siquiera eso sucede. Hay gente que nace sin familia o que la que tiene es un horror, y se la tiene que buscar por su cuenta. En esta absurda necedad por la trinidad mamá/papá/hijos, a estos señores parece olvidárseles que la adopción no existiría ni siquiera como término si no hubiera gente que no quiere o que no puede conservar los hijos que engendra. Se les olvida su propia historia. ¿O me van a decir que todos los curas del mundo vinieron de familias "normalitas" y funcionales?

Otra cosa que es increíble de esta ignorancia y este desapego, casi diría esquizofrénico, de la realidad del mundo, es cuando los católicos escriben o hablan. Me metí, por puro morbo, a la página de Provida. El discurso pareciera coherente, pareciera articulado; pero repasando los párrafos uno descubre que es completamente hueco, sin sustento y sin puerto. El único “argumento” que encontré en contra de la adopción gay fue este asunto de la “discriminación” que ésta supone frente a las parejas de heterosexuales que llevan años tratando de adoptar. Un argumento infantil y vago por donde se mire, pero eso sí: aderezado al infinito con la multimentada palabrita ésta de los valores, que jamás explican. Tanto la repiten, que decidí refrescarme en la catequesis para recordar cuáles son esos mentados valores, y por qué en seis años en escuela de monjas, ninguno se me pegó. Después de navegar por varias páginas católicas, no encontré nada parecido a un listado, pero sí largas parrafadas de quejas contra la falta de valores en nuestra sociedad. Finalmente encontré este texto en catholic.net:

“Surgen así los valores cristianos que Cristo nos dejó
 consignados en su mensaje evangélico. 
Quizás su mejor resumen sean las bienaventuranzas que nos presentan una radiografía de lo que debería ser el corazón del hombre
 evangélico: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón,
 la búsqueda de la paz y de la justicia, la paciencia de frente a la persecución.

Junto a las bienaventuranzas, los Evangelios subrayan también la importancia de
 algunas actitudes que Cristo exige de sus discípulos: la fe, la confianza absoluta en la
 Providencia, la humildad, la sencillez, la capacidad de llevar la propia cruz, la abnegación, 
el perdón de los enemigos y, sobre todo, el amor mutuo que es el distintivo que caracterizará
a quienes quieran seguirle.”

Casi me voy de espaldas cuando veo que el autor de tan elocuentes palabras es nada menos que el padre Marcial Maciel, L.C. 

Creo que lo único que cumplió ese desgraciado fue lo de la pobreza de espíritu.

Ya entrada en gastos y por no dejar, hice un ejercicio. La generosidad, la consideración, la cortesía, la tenacidad, la persistencia, el trabajo, la tolerancia, el sentido de responsabilidad, la honestidad, el respeto, la apertura, la solidaridad, el no ser rencoroso (no sé si haya una palabra para eso); la amabilidad, la voluntad, la congruencia, el sentido del humor, la paciencia, el cuidado y la lealtad, son las cualidades por las que yo apostaría en un ser humano. (La palabra “valores”, para acabar pronto, me caga).

Tengo un amigo que ostenta cada una de estas cualidades en grado superlativo. Oscar forma parte de una familia no tradicional. Sus padres se divorciaron, se volvieron a casar y él vivió muchos años con su hermana. Tiene tías solteras, sin hijos, y otra con hijos adoptivos. También tiene dos medios hermanos. Y todos, del primero al último, se quieren. Profundamente, incondicionalmente. Oscar adora a sus sobrinos, y varias veces me ha dicho que resiente el no poder tener hijos. Sería un padre fabuloso. Lo malo es que ahora que podría adoptar niños en el Distrito Federal, vive en Australia. Y vive ahí porque este país no le daba lo que buscaba. Un vivir bien. Moverse con libertad y sin miedo, tener espacios urbanos y públicos funcionales, un sistema legal ágil, un gobierno ocupado en lo que tiene que hacer, una seguridad social que sí responde, un trabajo bien remunerado, donde no tiene que ocultar que es gay. Qué lástima.

Ahora, vamos a lo escabroso. ¿Por qué los homosexuales no pueden ser madres/padres? El argumento insoslayable de la iglesia y sus seguidores es que la homosexualidad es “anti natura”. ¿Qué diablos significa eso? Si tanto les molesta todo lo que no es “natural”, ¿por qué no se meten con las fibras sintéticas y la comida procesada? ¿Por qué no condenan los respiradores artificiales y las cirugías plásticas? Vamos a desglosarlo un poco. En el diccionario, la palabra “naturaleza” no tiene antónimo. Lo tiene la palabra “naturalidad”, cuyo antónimo es la hipocresía y la artificiosidad. Adjetivos que, por cierto, me sonaron muy adecuados para una institución que niega su propia naturaleza humana como punto de partida. María era virgen. Jesús no se murió. Desde ahí, jodido el asunto. Y los que quieran entrarle de lleno, castrados. Digo, castos. ¿Pero no era justamente esto de reproducirse y perpetuar la vida lo que más preocupa y atribula a los hombres de Dios? Sobre todo tomando en cuenta que la castidad no fue instituida sino hasta cuatro siglos después de la muerte Y resurrección de Jesucristo. Qué confuso, todo. Cuánta fe se necesita para entenderlo… A continuación, un dato sobre la sodomía que estoy segura que todos los hombres de Buena Voluntad ignoraban: el empleo alternativo de los orificios anatómicos no es exclusivo de los gays. ¡Oh! ¡Qué inmoral! Incluso es bien sabido que hay muchachitas católicas que en aras de seguir siendo “vírgenes”, le dan primero al de detroit. ¿Les parece perturbador? Pues esas son la clase de cosas que sus mensajes confusos y ambiguos ocasionan. Y el mensaje central es que todos nos vamos a pudrir en el infierno. Del primero al último. Porque incluso los niñitos que andan explorando y sintiendo rico en sus fufulines, están condenados porque resulta y resalta que el sexo y todo lo que tenga que ver con él, existe y sirve exclusiva y únicamente para PROCREAR, y cualquiera que no use el sexo para procrear va en contra de la naturaleza. (A todo esto… ¿qué tenía que ver la naturaleza con el infierno? Oh, qué misteriosas e insondables son las enseñanzas del Señor…)

Que la homosexualidad existe desde que el mundo es mundo, lo debería saber hasta el más obtuso e ignorante de los sacerdotes de este congal. Pero más allá de la preferencia sexual, está esto otro: no somos perritos, señores. Tenemos fantasías, ideas, imaginación. Además de aparearnos, hacemos otras cosas. Jugamos, deseamos, nos enamoramos. Es decir, además de seres sexuales, somos seres eróticos. Aunque claro, esto seguramente tampoco lo sabían, porque ellos no se imaginan ni fantasean nada, nunca, ni lo mande Dios. Pero démosle chance. Un cura de éstos “open mind” de los que dan pláticas de pareja (¿!) seguramente diría que sí, que el erotismo y todo eso está muy bonito, pero dentro del matrimonio. Vale. ¡Entonces dejen casarse a los gays! Ah, no, ¿verdad? Porque no pueden tener hijos… pero esperen un momento… ¡ya pueden! No, nonono, pero tienen que ser de ellos. De su sangre, de su carne, a su imagen y semejanza. Oigan, pero… ¿y entonces una pareja heterosexual que no puede tener hijos propios? Este… este… valores. Hay que tener muchos valores. Y fe. Mucho de eso.

Como sea. Señores católicos, las leyes de la naturaleza son anárquicas, imponentes e incomprensibles. La explosión de los volcanes y la formación de los tallos, las hojas y los géiseres nada tiene que ver con que dos hombres o dos mujeres se gusten. O sí. Lo que nada tiene que ver con eso, es Dios. O no como nos lo imaginamos. Tengamos un mínimo de sensatez y sentido común, por piedad. Hace QUINIENTOS años que Copérnico nos dejó clarísimo que no somos el centro del universo. Somos una pelotita ínfima, diminuta, flotando en medio de trillones de estrellas y años y milenios y gases y planetas y quién sabe qué más. No podríamos ni empezar a imaginarlo. Si acaso hay un ser, una fuerza, un algo, lo que sea, que está detrás y alrededor de todo eso, ¿de veras creen que está pendiente de si alguien come carne un viernes santo o cuánto dio de limosna o quién se coge a quién? ¿Es posible que más de un millón de personas en este planeta puedan afirmarlo? No me extraña que nos estemos yendo derechito al carajo. Y no sólo es la iglesia. Es que hay gente, con hábitos o sin ellos, que piensan que pueden atorarse a quien sea, embolsarse el dinero del vecino o de un país entero, desforestar, contaminar y mandar matar a quien amenace su carísimo patrimonio, porque siempre y cuando se confiesen y comulguen, todo está bien. ¡Qué peligro! Eso sí que es un peligro para la nación. (¡Peor que le narcotráfico!) Lo único que va a ocasionar la perpetuación de esta escoria en el mundo, es nada menos -qué ironía- que la destrucción garantizada de la vida. En todas sus formas.

Y ya entrados en gastos, esto va para todas las religiones. Marx lo tenía clarísimo. Y Nietzche. Pero no sólo son el opio del pueblo: las religiones son el aparato discriminatorio más rampante de este planeta. Cualquier persona, cualquier grupo de personas, que crean que poseen LA verdad porque DIOS se los dijo, a ellos y sólo a ellos, y todos los demás están idiotas, y les da permiso de imponer esa verdad a costa de lo que sea, son una amenaza más aterradora que cualquier virus y que cualquier misil. Nada más hay que hacer cuentas y ver cuántos muertos cargan los dioses de la historia a sus espaldas. Y aunque últimamente nos han metido en la cabeza que el islamismo radical está de miedo, no nos equivoquemos: la lógica es exactamente la misma. Si existe el Mal en esta Tierra, es éste.

Dios es el nombre que se le da a un autoritarismo que no puede imponerse por sí solo. Y el tema del autoritarismo siempre se reduce a lo mismo: el poder. Conservarlo. Amarrarlo. Y para que se conserve el poder, se tiene que conservar un orden de las cosas.

Volviendo al tema de los gays (que nunca hemos abandonado), Elisabeth Roudinesco lo explica muy bien:

“El gran deseo de normatividad de las antiguas minorías perseguidas siembra el desorden en la sociedad. Todos temen, en efecto, que no sea otra cosa del signo de decadencia de los valores tradicionales de la familia, la escuela, la nación, la patria y sobre todo la paternidad, el padre, la ley del padre y la autoridad en todas sus formas. En consecuencia, lo que perturba a los conservadores de todos los pelajes ya no es la impugnación del modelo familiar sino, al contrario, la voluntad de someterse a él. Excluidos de la familia, los homosexuales de antaño eran al menos reconocibles, identificables, y se los marcaba y estigmatizaba. Integrados, son más peligrosos por ser menos visibles.”

En otras palabras, mientras los homosexuales hagan sus “guarradas” escondidos y en la clandestinidad, no sugieren ningún peligro real. El peligro es que se integren a la sociedad y desde ahí cuestionen la Autoridad y la desarticulen.

(El libro se llama la La familia en desorden y a los representantes de Dios en la Tierra podría interesarles. Viene todo. Desde Edipo hasta el establecimiento del matrimonio por amor en los países “avanzados” del siglo XVIII, pasando por la estrepitosa caída del Padre hasta la inseminación artificial).

Esta cita de Roudinesco me recordó otra. “Si los hombres perdemos las pocas fuentes de superioridad que tenemos, vamos a empezar a hacer cosas indignas”. Eso lo dijo en los años cuarenta Aquiles Elordy, un diputado del PAN, como argumento para no otorgar el derecho a voto a las mujeres en México. Sí, caray… qué miedo da que las minorías ganen poder, ¿verdad?

Lo siguiente que voy a decir va a sonar a una barbaridad, pero la verdad es que tiene su punto triste el que los homosexuales, lesbianas, transexuales y transgénero se integren del todo a la sociedad. Una vez mi amiga Jasmine, lesbiana, de Montreal, me contó que el día que se aprobó la unión civil para los homosexuales por allá, salieron cinco pelados a las calles. Un porcentaje ridículo contra la cantidad de gente que se congregaba para las protestas y el reclamo de derechos. Sería muy triste que los gays perdieran todo el sabor de su sentimiento de minoría, de lucha, que al contrario de otras minorías más “enojadas” y más solemnes, tiene este punto lúdico y estridente con sus desfiles multicolor y sus besos en la calle al son de “Love is in the air”. Sería una pena que se volvieran serios. Que se volvieran rígidos. Que se volvieran… conservadores. Como los homosexuales que apoyaron a Geert Wilders, el político de derechas que promovió toda clase de amonestaciones, multas y bloqueos migratorios a los musulmanes en Holanda. Aunque también es verdad que los musulmanes estaban golpeando más gays en las calles que sacos en un ring… Sí, la humanidad es muy complicada. Mucho. Lástima que no haya Dios que nos vaya a venir a salvar. Ni modo.

Ya por último. Con el argumento anti-natura medio tambaleante, los representantes de la iglesia se vuelven de pronto expertos psicólogos, sociólogos y pedófilos, digo, pedagogos, y opinan que los hijos adoptivos de parejas homosexuales van a tener muchos problemas de identidad y de adaptación social. Eso, si no resultan ¡qué horror! homosexuales también. En mi humilde opinión, tal vez los hijos de familias homoparentales salgan medio hechos bolas y los muelan en la escuela (cada vez menos conforme se legitimice y se acepte la homosexualidad). Tal vez salgan medio histéricos, fans de los musicales y de la ópera. Igual les salen transas, bipolares, sacerdotes. Tal vez, como recién escuché, ¡hasta les salgan bugas! Pero al menos serán los hijos de dos personas que tomaron la decisión. Convencidos, dispuestos, con ganas. La vida no será ni más ni menos complicada que la de cualquier niño nacido y criado por un hombre y una mujer, católicos, casados, que sean sus verdaderos padres. Ese fue mi caso y llevo diez años en psicoanálisis…