miércoles 20 de enero de 2010

Bienaventurados los tardones


La semana que acaba de terminar me dejó una lección: al tiempo nunca hay que hacerle caso.

El tiempo en esta ciudad fue los últimos días como el de otro continente. El viento caló por tantos días y con tal intensidad, que llegó a perderse esa sensación de extrañeza al ver los abrigos y los gorros enmohecidos y torpemente fajados de los capitalinos. Y justo cuando se pronosticaron los días (ahora sí) más perros del año, salió el sol. Luego me dio catarro. Ya ni modo.

A otra clase de tiempo al que no hay que hacerle caso es al tiempo cronológico. A ese tiempo que no es más que invención, entelequia y fórmula narrativa (el tiempo existe gracias a que lo narramos), y que sirve para organizar la vida pero también para echarle candados de diversas y oscuras maneras.

Hace unos días me entregaron a un hijo envuelto en un sobre blanco. Mide 22 x 15 centímetros y no sé cuánto pesa porque la báscula de mi casa no marca tan poquito. Creo que el diseño quedó muy lindo. En las noches, ya que estoy en mi cama, me levanto a releer fragmentos de los que me voy acordando (aunque me los sepa de memoria) nada más para ver cómo se leen con formato, con letra “de libro” y con pasta. Es una sensación increíble. Y es que desde la concepción de este hijo empapelado no pasaron nueve meses. Pasaron nueve años. (Mi amiga Rosalba me dijo que por lo menos así lo mando directo a la escuela, que ya me ahorré los pañales y los pediatras).

Sería engorroso ponerme a relatar todas las peripecias por las que pasó ese manuscrito. Lo cierto es que se truncó desde su origen. Hubiera sido un aborto perfectamente legal. El por qué no lo dejé pudrirse en un cajón igual que lo he hecho (y que hemos hecho todos los que escribimos) con unos cuantos proyectos a través de los años, es un misterio que hasta el día de hoy no logro descifrar. Supongo que es como con ciertos amores: pueden pasar lustros y uno ahí sigue de necio. (Prueba irrefutable de que el tiempo de afuera nada tiene que ver con el tiempo de adentro).

“Escribir es reescribir”, dijo alguien muy sabio. Y lo que ganó esa novela, más que tiempo, fue esa oportunidad. La protagonista, que tiene quince años, pudo zafarse de la voz encorsetada de su autora y ponerse a jugar en el arenero de su espacio y de su tiempo. Los que realmente le van. Y para eso hizo falta el tiempo preciso.

Yo soy muy impaciente. No. Eso fue un eufemismo. En realidad soy una prisuda, desesperada y ansiosa. Si cuando me encargaron esta novela juvenil por primera vez, teniendo yo 25 años, me hubieran dicho que tardaría nueve en publicarse, no la hubiera escrito. Como no lo sabía, lo hice. Y la buena noticia es que ahora que al fin se encamina a las librerías no siento que sea tarde. Está ocurriendo hoy. Y hoy no es ni tarde ni temprano.

Lo que quiero decir (de lo que me trato de convencer consistentemente en mi prisudo existir) es que el tiempo no importa porque uno siempre está en el tiempo. Uno siempre está en su vida. Y por vida y tiempo, no paramos.

Ejemplos cercanos: mi hermana mayor, as de la enfermería, está descubriendo a sus 46 años que le apasiona el arte. Hacer arte. Y lo está haciendo tan bien que mi casa ya parece galería en muestra permanente. ¿Lo hubiera podido descubrir antes? Quién sabe, y da igual. Está pasando ahora. Mi padre, médico, está alucinando por primera vez, a sus 72 años, con la escritura y sus estados de trance, desplegando una productividad que me tiene perpleja. Orson Welles filmó El Ciudadano Kane a los 24, de acuerdo. Pero Saramago publicó hasta los 50. Mi amigo Rodrigo ha tardado también casi diez años en hacer su película, pero ahora se puede sentar a verla con sus dos hijos. Hay quienes a los 35 ya están deprimidos porque escogieron el oficio, la casa y la mujer, todo mal; y su versión de plenitud consiste en renovar el coche y a veces en ron con tangas. El problema no es con el tiempo. Es con la vida. Y tiempo y vida son lo mismo.

Michael Ende escribió un libro extraordinario titulado “Momo”. Se trata de una niña bastante rara que vive en un anfiteatro y que por avatares diversos termina luchando contra unos “hombres grises”, que son unos verdaderos desgraciados. Resulta que estos hombres grises del diablo nos engañaron. Nos hicieron creer que no tenemos tiempo. Que para todo hay prisa. Que tenemos que apresurarnos a trabajar, a tener dinero, a ser alguien. Que la cola del banco nos va a hacer perder media vida. Que sentarse a leer en el sol con un café es una aberración. A todos nos suena familiar porque todos vivimos bajo ese engaño. Y lo que pasa cuando uno cree que pierde el tiempo o lo perdió, es que deja de jugar. Y eso es como enterrar la existencia.

No se trata tanto de “vivir en el presente” (cosa que considero complicada cuando para empezar lo único de lo que se puede dar cuenta es del pasado y a veces del futuro); no se trata tampoco de ponerse a “hacer cosas” porque esas cosas a lo mejor, hoy por hoy, no tocan. A lo mejor tocan otras. Ya no me gusta pensar tampoco en términos de ciclos que se abren y se cierran y de puentes que se queman y demás conceptos categóricos. Me gusta pensar que todo lo que es y ha sido uno, coexiste con uno, en una serie infinita de puertas entreabiertas y accesibles. Y eso, en resumen: que no hay que tomarse el tiempo (ni la vida) tan en serio. Ya podemos tener todas las riendas sujetas en el puño, que siempre iremos sobre un caballo voluntarioso y además ciego. Al final (y desde el principio) no cabe más que el abandono.

Mentiría si dijera que el destino de este libro no me importa. Me ilusiona y también me aflige. Una cosa cierta sobre los cajones es que pueden ser un lugar muy calientito y reconfortante para tener las historias. Más aún cuando todas las que he sacado a la luz hasta hoy, en su calidad de guiones, han pasado por muchas manos y entre todas esas manos se reparten lo mismo las críticas que los halagos. Éste va solito. Y hay una parte donde imaginarlo manoseado, de charola, de posavasos, en el baño de alguien, sujeto de opinión de personas que se espantan con que se casen los gays o que piensan que lo de Haití fue selección natural y muy probablemente de unas cuantas fans de RBD, me da un poco de pendiente...

Pero aquí viene otra razón por la que no hay que tomarse el tiempo tan a pecho: cada quien tiene el suyo, y siempre es más importante que el de los demás. Lo que ocurre cuando uno profiere alabanzas lo mismo que ataques contra algo (una pintura, un discurso, un libro, un taxista), es que a las pocas horas, si no es que minutos, se encuentra preocupado por la leche que no compró, por los platos que no lavó o por el cuadro magnífico que uno mismo no pintó.

Esta frase la leí hace poco en un libro sobre cómo escribir novelas, justamente, y fue como una revelación con música angelical y juegos pirotécnicos: “A NADIE LE IMPORTA”. Así. Como para tatuárselo en un lugar visible. Si quieres ponerte a escribir (o a componer, o a esculpir, o a lo que sea), tienes que pensar que nadie le importa. Nada que podamos decir es tan importante. Ni para el lector anónimo, ni para la pareja ni para los cuates ni para el patriarca cuyo látigo de exigencia perpetua nos persigue. Y si llega a serlo, ya no es cosa nuestra. Es cosa del otro.

Al final, las historias se narran exclusivamente entre quien las escribe y sus palabras, entre el lienzo y quien sostiene el pincel. Por eso es tan indispensable la soledad para crear. Y es dentro de ese mismo latido silencioso que nos vamos contando nuestra vida. Con mucha gente alrededor, o con poca. Pero siempre con uno. Con todo el tiempo del mundo. Con todo el tiempo del mundo.


lunes 21 de diciembre de 2009

Caridad

No daban todavía las ocho de la mañana cuando Chachi Miranda abrió los ojos aquel 24 de diciembre de 2002. Se incorporó con agilidad, rezó sus oraciones matutinas, y se puso a recapitular mentalmente el itinerario de su día. Juani y María Luisa estarían atareadas preparando el relleno de los chiles en nogada. Ella misma había inyectado el pavo con placer quirúrgico la noche anterior. Dudó en delegar la crema de poblano también a las muchachas; consideró que después de ocho años de servicio podía confiárselas. Los romeritos ya estaban hechos y su suegra se encargaría del bacalao. Durante los primeros años de matrimonio de Chachi con su hijo, el arquitecto Ignacio Miranda (cuya fortuna no provenía de su profesión, donde había resultado ser bastante mediocre, sino de la oportuna sociedad que hizo con su cuñado en fábricas de enlatados), doña Mercedes se había dedicado a hacer muecas y bizcos frente al plato. Su exquisitez nunca aprobó los desesperados intentos de su nuera por cocinar un bacalao complaciente. El resultado fue que la propia Chachi terminó por sugerirle a la suegra que fuera ella quien preparara el bacalao en las Navidades. No lo hizo sin un pesado gusto a derrota. Pero lo cierto es que ese día en particular, delegar funciones le venía bien. Todavía tenía que ir a comprar las nochebuenas (le gustaba ponerlas frescas para la ocasión), el pan y las carnes frías (prefería seleccionarlos ella misma); supervisar la puesta de la mesa (¿estarían ya enfriándose el vino blanco y la champaña?), acomodar los regalos bajo el árbol (esa noche serían dieciséis los invitados), ir al salón a hacerse el pelo y las uñas, y dejar todo listo a eso de las seis de la tarde. Andrea, su hija menor, llegaba de Boston a las cinco, pero Armando el chofer iría por ella al aeropuerto. Chachi dispondría de dos horas completas antes de la cena, más que suficientes, para llevar a cabo su plan.

Chachi se levantó y observó a Nacho durmiendo a su lado. Seguía asombrándola su capacidad para dormir todo el tiempo con la boca cerrada, sin emitir un sonido. Sabía que para muchas mujeres eso sería el equivalente de la panacea conyugal. Se puso la bata y se miró en el tocador de tres espejos de caoba. La verdad es que el nuevo tono rojizo que Berta, la de los tintes, le había sugerido, le sentaba bien. Era verdad que suavizaba sus facciones. El dermatólogo, por otro lado, se había negado a ponerle otra inyección de botox antes de mediados de enero. Una buena mascarilla hidratante y mucho maquillaje tendrían que bastar. Se peinó un poco, afianzó el cinturón de la bata y bajó con pasos ágiles a la cocina.

Juani y María Luisa ya estaban ahí, muy peinadas y planchadas. María Luisa siempre usaba el uniforme rosa, Juani prefería su propio delantal de cuadros.

-Acuérdense que para la noche se ponen el uniforme negro, ¿eh?

-Sí señora –respondieron las dos casi al mismo tiempo.

Chachi se sirvió una taza de café y se colocó en medio de las dos empleadas, que picaban cebolla, perejil, nueces y pimiento de los dos colores.

-Bien picadito, ¿eh? Chiquitito –tomó un trozo de pimiento. -¿Ya llegó Armando?

-Todavía no, señora – contestó María Luisa.

-¿Pues qué hace ese hombre? Nada más fue por el hielo y los refrescos, no debería tardarse tanto, ¿no?

-Es que ora el súper está bien llenísimo de gente – observó María Luisa.

Chachi abrió el refrigerador.

-¿Y las botellas que les dije que pusieran a enfriar?

-Es que no cabían, señora. Las iba a poner ahorita que sacara todo lo de la sopa y la ensalada de manzana.

-No te estoy pidiendo una explicación a todo lo que pregunto. No sé cómo le vas a hacer, pero metes esas botellas ahorita, Mari.

-Sí señora.

Felizmente Chachi no alcanzó a escuchar la palabra “babosa” susurrada a sus espaldas en cuanto salió de la cocina. Se sentó sola en el comedor a tomarse su café y picotear su papaya con kiwi. La altivez de María Luisa no le gustaba para nada. Prefería el silencio estoico, casi devoto, de Juani. Juani cocinaba como los ángeles, sabía usar la plancha de hierro para almidonar correctamente las camisas y era la única capaz de treparse en una escalera de tres metros para limpiar el candil del hall. Además era discreta, no tenía novios, no platicaba con Armando ni con los repartidores de Electropura, el gas y la tintorería como María Luisa, y jamás reprochaba no salir un domingo para quedarse a lavar después de una cena. El delantal a cuadros que nunca se quitaba tenía un gran bolsillo donde podía encontrarse la solución a casi cualquier pequeñez doméstica: un carrete de hilo, curitas, liquid paper, un clavo, un taquete, unas tijeritas, un pedazo de alambre. Y sin embargo, Juani era el peor misterio que Chachi se hubiera puesto a descifrar. Lo único sabía de su vida personal es que venía de Tehuantepec, donde tenía un padre enfermo a quien visitaba dos veces al año (en salidas de un fin de semana), y que pertenecía a una congregación cristiana a la que asistía los miércoles por la tarde. En las noches, Juani se ponía a transcribir durante horas pasajes de la Biblia cristiana. Pero había algo en Juani que era inquietante y repelente a la vez. Aunque tenía el pelo largo hasta la cintura y unas incipientes pero visibles protuberancias que sujetaba con brasiere, también tenía bigote, unas barbas hirsutas y siempre mal rasuradas y la voz gruesa y desentonada de un adolescente de quince años. Después de mucho debatirse, Chachi había decidido no indagar ni intervenir. Vivía escuchando a sus amigas quejarse de las informalidades, novios, cochineros, robos, embarazos y esfumes de sus muchachas y temía ofender o asustar a su joya irremplazable sin remedio. Varias veces tuvo que darles un pellizco o un puntapié a sus hijos cuando empezaban a hacer chistes sobre Juani estando ella cerca. Y un día fue más allá. En la sobremesa de una cena de tantas, después de que Juani trajera a la mesa la charola con los licores, Hernán Costa, un amigo de toda la vida, se volvió hacia Nacho y le preguntó:

-¿Cómo se llama tu barman?

Las risas fueron liberadoras. Las de las mujeres llevaban una nota fingida de vergüenza.

-N’hombre, qué bronca. ¿Cómo sabes si se está cogiendo al chofer o a la otra chacha?

-¡Hernán! – rió, ya incómoda, su mujer.

-Mínimo cómprale un rastrillo, Chachi, no seas.

Chachi sonrió a medias.

-Dos mil pesos a que tiene paquete.

-Hernán, YA.

-¿Quién quiere café?

Chachi tardó quince minutos en la cocina, preparando ella misma los cafés en la maldita cafetera gourmet que le habían regalado el día de las madres. Dos minutos antes de llevarlos a la mesa, había ido al baño y se había hurgado las orejas y la nariz con un cotonete que luego hundió y revolvió con un escupitajo en la mezcla capriccio del expresso de Hernán Costa.

Cuando volvió a la habitación, Nacho ya estaba vestido. Estuvo a punto de saludarlo con un “adónde vas”, pero recordando lo especial del día, cambió de opinión.

-Buenos días.

Silencio por respuesta.

-¿Adónde vas?

Nacho terminó de abrocharse las agujetas de los dos tenis antes de responder.

-Al club –y entró al baño para cepillarse los dientes.

Chachi se quedó inmóvil junto a la puerta. Había tenido la tonta fantasía de que ese día prepararan juntos algo de la celebración. Aunque fuera poner los regalos debajo del árbol.

- ¿Vienes a comer?

Nacho terminó de cepillarse los dientes, se revisó la dentadura y, camino a la puerta, respondió:

-No. Como con Cucho.

Y a mitad de las escaleras:

-Bye.

Chachi estuvo a punto de preguntar a qué hora regresas, pero daba igual. Mientras estuviera ahí para la cena… Después de ponerse unos pants (Bluberris, como decía María Luisa), entró en la habitación de su hijo, que todavía dormía a pierna suelta. En el baño encontró el cartón de papel higiénico con los últimos restos colgando y bufó. Siempre era lo mismo con ese niño. Abrió las puertas del mueble del lavabo en busca de uno nuevo, y entonces, detrás del paquete de dieciséis rollos, divisó algo que la descompuso. El grito de Chachi despertó al muchacho.

-¿Qué es esto, Pablo? – aulló agitando el paquete de Trojan frente al rostro soñoliento del chico.

-Buenos días.

-Nada de buenos días. ¿Qué está haciendo esto aquí?

-Son de Marco, ma.

-Ajá. De Marco.

-Me encargó que se los comprara porque a él le da pena. Pero no lo he visto para dárselos.

Pablo volvió a cubrirse con las sábanas, dándole la espalda a Chachi.

-Pablo, soy tu madre pero además tengo veintitrés años más que tú. A mí no me haces idiota. Espero que estés respetando a Mariana. Y que estés bien consciente de que usar estas cosas no está bien.

-Ajá.

-Y vete levantando porque faltan unas cosas para la cena. ¡Ah! Y no se te ocurra desaparecerte porque si Armando se retrasa necesito que vayas al aeropuerto por tu hermana.

Chachi salió del cuarto dando un portazo. Cerró los ojos y dio un largo suspiro. Nada. Ya estaba olvidado. El día transcurriría con paz y armonía y su plan saldría perfecto. Perfecto.

En el salón, Berta y las chicas le dijeron que hoy tenía un brillo especial. Intuyó que era cierto. En el Trico le tocó hacer una cola de media hora para pagar, pero se entretuvo con una Marie Claire donde leyó un artículo sobre las cougars. Chachi no sabía qué era una cougar y se enteró que son mujeres en sus cuarentas, guapas, autosuficientes y liberales, que se dedican a tener amantes más jóvenes y pasársela en grande. Chachi se preguntó si a sus 55 años bien conservados todavía podría pasar por una cougar. Vestirse provocativa un día, irse a un bar, y ligarse a un treintañero con clase que le diera el revolcón de su vida. El solo pensamiento le puso débiles las piernas. Cuando por fin se subió al coche decidió pasarse rápido por la Santa Cruz para confesarse de volada. Pero se tardó veinte minutos más al salir del estacionamiento por el relajo de la Comer, así que hizo un acto de contricción en el semáforo de Paseo y Santa Teresa y aceleró. En el camino se pasó dos altos.

También a Juani se le había hecho tarde. Había tenido que preparar la ensalada de manzana, la sopa de poblano, el pavo, lavar todo el trasterío, y arreglar las luces de lluvia que se habían descolgado de la fachada. Con el pretexto de hacer los cuartos y limpiar la plata, María Luisa sólo la había ayudado con los chiles en nogada y a poner la mesa. Todavía le faltaba aspirar la sala, pero optó por quitar las virutas y despeinar un poco la alfombra. Juani estaba en ello cuando Chachi entró por la puerta como un torbellino.

-¿Ya llegó la niña?

-Todavía no, señora.

-¿Sí fue Armando por ella?

-Sí, señora.

-¿Dónde está Pablo?

-Salió hace ratito.

-¿A dónde?

Sabía que la pregunta era inútil y no esperó réplica. Subió corriendo las escaleras. Eran las siete, tenía mucho menos tiempo del que había previsto. Se encerró en su cuarto y luego en el vestidor. Se subió en un banquito y de la parte superior del armario sacó una bolsa negra, de la que extrajo y contó con cuidado 200 billetes de mil pesos que ella misma había traído del banco el día anterior. Los metió en un sobre Manila tamaño media carta sin rotular, que cerró y echó en su bolsa. Una vez en el pasillo, rectificó un momento, volvió sobre sus pasos, y dejó sobre el buró los anillos, los aretes y la cartera de piel estofada de tarjetas de crédito. A punto de quitarse también su medalla de plata de la virgen de Guadalupe, decidió dejársela. Pensó que le daría suerte.

Chachi ni siquiera miró la mesa puesta ni entró a la cocina para verificar que todo estuviera listo para la cena. Decidió bajar los regalos más tarde, mientras llegaban los invitados. Nacho podría entretenerlos, que sirviera por una vez para algo. Pasó como ráfaga junto a María Luisa que limpiaba el barandal con un “ahorita vengo”, y salió de nuevo al garage para subir a su camioneta. Al encender el motor, vio a Juani de lejos; la muchacha la miraba desde la puerta con una expresión mezcla de súplica e interrogación. Hasta ese momento, Chachi había pensado llevar a cabo su plan sola, sin testigos. “Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”, había dicho Jesús. Era justo en el anonimato donde residiría el mérito más importante de su acción. Pero el lugar a donde Chachi planeaba ir no era precisamente seguro, y de pronto se le ocurrió que volver a Juani partícipe de su acto, lo haría doblemente agradable a los ojos de Dios. De pronto le vino como una revelación: Juani sería su cómplice sin saberlo. Así tenía que ser. Bajó el vidrio automático del coche.

-Súbete. Necesito que me acompañes a una cosa.

-¿Ahorita? Es que le quería preguntar una cosa del pavo que…

-Ahorita.

Hicieron el camino en silencio. Tomaron Eje Diez y fueron más allá de Avenida Aztecas. Se metieron por la Candelaria y se internaron en un barrio sin nombre. Aquí y allá luces blancas o de colores, adornos de piñatas o de Santa Claus, coronas, escarcha falsa en las ventanas. Salvo por un par de tienditas de abarrotes y un carrito de camotes en medio de la nada, no había ni un alma en las calles. Con el corazón a todo galope y los dedos enrojecidos por la presión sobre el volante, Chachi avanzaba despacio estudiando las fachadas a uno y otro lado de la calle, y Juani la imitaba por reflejo. De pronto, Chachi disminuyó la velocidad. Era una casa inacabada, de ladrillo y techo de aluminio, como construida por partes, con una reja improvisada pintada de blanco que daba a un patiecito con dos tanques de gas y un sube y baja de plástico despintado. A través de la ventana rodeada por luces mal puestas, se alcanzaba a ver un nacimiento. Chachi decidió que este era el lugar. Esta sería la casa donde la mano de Dios se posaría a través suyo y donde reinaría inesperadamente la alegría. Se detuvo a unos diez metros. Sin apagar el coche, sacó el sobre Manila de su bolsa, y lo puso en la mano de Juani.

-Vas a ir a esa casa y vas a meter esto por la reja –señaló.

-¿De… esa?

-La del patiecito, donde se ve el nacimiento.

-¿La de ladrillos?

-Sí. Pícale.

Obediente, Juani bajó de la camioneta. Chachi apagó las luces, pero no el motor. Aquello era como la boca de un lobo y por unos segundos perdió de vista a la muchacha. Cuando encendió los cuartos la vio agachada a unos metros, frente a la reja blanca, incorporándose de un salto con el ladrido de un perro vecino. Juani caminó deprisa de vuelta al coche, mirando hacia atrás y afianzándose el suéter con las dos manos. La taquicardia rebasaba el peto de su delantal.

-¿Lo metiste bien?

-Sí.

-¿Sí entró bien, bien?

-Sí, señora, creo. Digo, sí.

Juani miraba intermitentemente a Chachi y a la guantera, temblando. Chachi sintió al verla una profunda compasión, una ternura embriagadora como no había sentido en toda su vida. Así que esto era la caridad. Esto era amar al prójimo como a uno mismo. En un impulso, se acercó a Juani y le dio un abrazo que la muchacha no correspondió. Olía a ajo, nueces, sudor y jabón.

Arrancaron. Después de darle tres vueltas a una rotonda habían perdido por completo el camino. A lo lejos vieron venir tres siluetas. Eran unos muchachos, el menor no debía tener más de dieciséis. A Chachi le dio confianza uno con la gorra puesta al revés, le recordó a su hijo. Se detuvo junto a ellos, obligándolos a aminorar el paso.

-Buenas noches, feliz Navidad, ¿saben cómo vuelvo a salir al Eje?

El chico de la gorra se acercó a la ventanilla.

-¿A dónde?

-A Eje Diez. O a Periférico, lo que esté más cerca.

Un intercambio de miradas fue suficiente. Todo ocurrió en menos de un minuto. Los gritos fueron sofocados antes de cualquier amago de lucha. Para Chachi bastó un solo golpe de cráneo contra el parabrisas; con Juani, un navajazo en el cuello. Fue impecable. Las subieron entre los tres a la cajuela y el de la gorra se puso al volante. Los otros dos rompieron filas. Eran hermanos y habían quedado de llegar a su casa con atole y tamales.

Treinta minutos después, el muchacho de la gorra negociaba en un desarmadero por Santa Lucía. Agarró a Yaco Gómez de malas, estaba cenando. Además decidió cobrarse el setenta por ciento de la ganancia de la camioneta por ser 24 y a cambio de hacer la “limpieza”. El muchacho terminó accediendo, pero se quedó con el celular de Chachi y su medalla de la virgen. A Juani ni siquiera la habían revisado. Fue Yaco quien, en una segunda esculcada, descubrió un sobre Manila en el bolsillo de su delantal.


miércoles 18 de noviembre de 2009

Turismo juvenil

La pasión de una adolescente es algo que jamás debe subestimarse. La pasión de una adolescente puede llevarla a pasarse las noches de sus viernes y sábados subida en un camión escolar cantando a todo pulmón canciones de Mocedades y Ricardo Arjona, pintándose como espantapájaros y fumando cigarros mentolados camino a escuelas recónditas. Quizá la única digna de ostentar el título de Noche Colonial para referirse a una carnicería de escuincles con incipiente bigote ligándose niñas de doce años entre puestos de fritangas, sea la que tiene por anfitriones a unos emuladores de tunos dieciochescos, que a las muchachas les resultan insólitamente seductores con sus mallas, sus panderos y sus cintas (nada sucintas). En estas noches locas embriagadas de Fanta, borrachas de elotes, gorditas y hot cakes, una adolescente es capaz de cualquier cosa. Y es que, cual Harry Potter, va cubierta con una capa mágica, mística, todopoderosa, capaz de elevarla sobre la tarima más maltrecha, con micrófonos siempre mal sincronizados, y cantarle con el alma a una bola de señores aburridos con sus esposas gordas y sus hijos delincuentes como si fueran el público del festival Rock y Ruedas de Avándaro en 1971. Ella rasga las cuatro cuerdas dobles de su mandolina y entona con vehemencia “La malagueña” sin percatarse de que toda la atención del público se concentra en las trepidantes y descomunales tetas de la chica de la marimba.

Ávida de reconocimiento, sedienta de identificación, famélica de sentimiento de pertenencia, una quinceañera exaltada es capaz de cantar el padrenuestro tomada de la mano de sus compañeras de capa antes de cada show; de encontrar sexys a un unos tipos de jorongo que ligan con chistes malos y canciones de Víctor Iturbe y de los hermanos Castro, y de pensar que usar bermudas negras con pantimedias color natural, favorece. Más que cándida, absolutamente carente de prueba de realidad, tiene las agallas de invitar a su familia a cualquiera de estos convites al aire libre y someterlos a una espera de horas tiritando con cafés de calcetín para escucharla. Y no sólo eso. Es capaz de invitar a su novio. Es capaz de invitar a la familia de su novio.

Todo esto no sería tan grave si, por las mismas épocas, la joven en cuestión no practicara las artes de la manipulación, inflingiendo culpas en otras compañeritas todavía más jóvenes, maníacas y sugestionables que ella, haciéndolas llorar diciéndoles que no quieren lo bastante a sus papás y que Jesucristo murió por ellas y nada más que por ellas, en medio de pláticas en el bosque y de más canciones de guitarra, entre las cuales se incluyen éxitos inmortales como "Tuyo soy", "Nadie te ama como yo" y “Viva la gente, la hay dondequiera que vas, shubidubi”.

Mientras escribía esto me topé con algo que me dejó helada. Dice Milan Kundera en La Broma: "La juventud es un escenario por el cual los niños andan y pronuncian palabras aprendidas, que comprenden sólo a medias, pero a las que se entregan con fanatismo. Y la historia es terrible porque con frecuencia se convierte en un escenario para masas fanatizadas de niños, cuyas pasiones copiadas y cuyos papeles primitivos se convierten de repente en una realidad catastróficamente real.”

Yo sólo espero no haber influido en ningún alma juvenil catastróficamente. Al menos no hacia un camino monacal. Mi única esperanza es que al igual que yo, que en su momento me tragué el paquete completito con papas y refresco grandes, esas niñas hayan tenido también su momento de liberadora epifanía.

La adolescente que no sabe qué hacer con sus hormonas y que no quiere estar en su casa es una mina de oro para el voluntariado y el trabajo social. En sus veranos prepara disfraces, hace juguetes con platos y cajas de cartón, se aprende más canciones, y se las canta luego a unos niños incautos que caen en sus manos por ocho días en un campamento sin saber que la joven responsable que los tapa, los baña, los arrea y los organiza tiene costumbres tan extrañas como persignar los armarios antes de irse a dormir y beber de una botella de Brandy Fundador de hace cinco navidades algunas noches, mientras garrapatea las páginas de su diario sufriendo por el amor.

Obnubilada por sus clases de Lógica, es capaz de pasarse los tres años de la preparatoria viajando en metro para dedicar las mañanas de sus sábados y un par de tardes entre semana sentada en otra aula que no es la de su escuela, sino la de una universidad del Opus Dei, con las orejas enardecidas oyendo de Aristóteles, Tomás de Aquino y San Anselmo, sin prestar ninguna atención a las tendencias ultraderechosas bajo las cuales está siendo adoctrinada, y arrepintiéndose unos años más tarde, ya en su propia universidad, cuando se lo vuelven a explicar todo (pero bien) incluyendo esta vez a Nietzsche, a Sartre y a Marx.

En resumen, una adolescente incauta y temeraria no se da cuenta que lo que debería haber hecho es lo mismo que hicieron sus sensatas compañeras del bachillerato en cuanto tuvieron oportunidad: meterse a estudiar un idioma o dos, y dejarse de cosas. Lo digo con conocimiento de causa: hoy en día la mandolina cuelga de la pared y no sería capaz de ligar tres notas. (La trompeta, que también toqué por un tiempo, se la di a uno de los tipos de jorongo, quizás a cambio de sus amables clases particulares). No tengo idea de qué fue de los niños de los campamentos, la filosofía la utilizo solamente cuando hay que tomarse la vida con dos gramos de dicha ciencia, y la fe anda bastante coja. Pero al menos ya no persigno los armarios, ni bebo licores asquerosos para llorar mejor.

La adolescencia es una etapa mucho más dura de lo que se piensa. Cada vez que veo a un grupito de escuincles ruidosos en el Starbucks siento una mezcla de tirria y compasión. Cuando se tienen 13 y 15 y 17 años uno es un extranjero en su propio cuerpo y en su propia vida. Es como ser un infante amorfo que ya no tiene infancia pero todavía no puede comportarse enteramente de otra manera. La propia palabra lo engloba: adolecer es echar en falta algo. Y cuando uno es adolescente, lo echa en falta todo. Por eso cada uno se busca sus válvulas de escape y sus tablas de salvación. No pretendo con esto justificar lo chabacano y ñoño de las mías. Y tampoco quiero ser tan dura conmigo misma: sólo yo sé las extrañas maneras en que estas prácticas me rescataron. Después de todo, lo único bueno de ser adolescente es que uno sólo se da cuenta de lo mal que se lo está pasando o de los osos que está haciendo en retrospectiva. (Mis sobrinos de 14 y 15 años son ejemplo vivo de ello). Y como sea, sirva “para la vida” o no, de todo lo que se sobrevive, se aprende.

miércoles 21 de octubre de 2009

Clases Especiales

El otoño siempre ha sido mi estación favorita. Terminan las lluvias al fin y en vez de la luz plana del verano llega otra brillante y contrastada, con viento. Octubre, en especial, me gusta muchísimo. Pueda que hasta cierto punto sea la temporada festiva que más disfruto. No tiene la parte culposa, acelerada, gastona y agobiante de la Navidad, aunque la navidad se trate de nacimientos. Las fechas de muertos son la pura diversión. Disfraces, dulces, flores, pan azucarado, papel picado de colores… ¿Quién puede pedir más? Y es que en el fondo yo no creo que estemos festejando a los muertos. Lo que festejamos es recordar que nosotros seguimos vivos.

Tres de mis amigas cercanas están embarazadas en este momento. En este mundo maquinizado y cosificado, es un alivio constatar que el presagio de “Children of men” está lejos de cumplirse, y que la vida sigue por sí sola, gestándose sin herramientas ni enchufes ni cables, haciendo lo suyo.

Pero de lo que yo quería hablar es de otra cosa.

Resulta que tengo tres sobrinos, uno de 23, uno de 15 y uno de 14. Y los tres son músicos. Componen, tienen bandas, se la pasan horas y horas aporreando el piano y rasgando la guitarra. Y resulta que además lo hacen bien. El que los tres estén tan estrechamente vinculados con la música no es fortuito. Mis hermanas así lo han procurado. Desde muy chicos, a los tres los sentaron frente al piano y sus padres fueron lo bastante rigurosas como para que esas clases dieran frutos. Tal vez fue así con mis sobrinos porque en nuestra casa sucedió justo lo opuesto. Todas aquellas cosas que quisieron enseñarnos o decidimos aprender por nuestra cuenta, encontraron apoyo pleno pero murieron al primer “ya no tengo ganas”. Y es que nuestra educación en casa fue muy… “montessori”. Durante todo el bachillerato yo misma firmé mi boleta de calificaciones, y creo que con mis hermanas sucedió igual. Y no es que nuestros padres no vieran nuestras boletas (a veces) y no estuvieran al pendiente de nuestra educación. Es simplemente que confiaban en nosotras. Y así, confiaron en nuestro criterio cada vez que decidimos abandonar una actividad extraescolar.

La primera, en mi caso, fue enteramente en contra de mi voluntad. Ballet clásico. No sé cómo llegué ahí, no sé cuántas veces fui, pero no debieron ser muchas. Yo no tenía más de cinco años y todo lo que recuerdo de aquellas clases me causa todavía una angustia nebulosa. Me hacía bolas con las mallas, con la falda, con los cordones de las zapatillas (ni siquiera sabía amararme unas agujetas comunes) y las voces de la maestra con su bastón golpeando en la duela me causaban pavor. Era como uno de estos sueños en que el entorno te exige que sepas lo que tienes que hacer, pero nunca has estado ahí y no tienes la menor idea. Felizmente estaba ahí mi amiga Valeria, que me ayudaba con los cordones de las zapatillas y eventualmente, en el patio de la escuela, me enseñó a atarme también los de los tenis.

El segundo intento fallido porque yo aprendiera algo además de lo convenido en el programa de la SEP vino poco después. En mi casa había un órgano Hammond. Tenía caja de ritmos, muchos botones de colores para darle al teclado distintos sonidos (incluso tenía uno de banjo que hacía que las teclas sonaran “trrrrrrrrrrrrr”), y debió ser un objeto moderno y preciado en su tiempo. Un día, teniendo yo unos siete años, a mi madre se le ocurrió que sería muy buena idea que yo aprendiera a tocar el órgano. Resultaba además muy práctico porque justo en la esquina de nuestra calle había una tienda de instrumentos donde daban clases. Fue así como me encontré una tarde en la tienda, separada por una cortinita de plástico café que se corría y se descorría como acordeón, y un maestro del que no sería capaz de recordar la cara y mucho menos el nombre, me daba la instrucción básica para tocar, con una sola mano, mi primera canción: “La marcha de los santos”.

Mi madre repetía que un concertista practicaba ocho horas diarias. Yo practicaba a lo sumo ocho minutos, pero me aprendí muy bien “La marcha de los santos” (me gustaba tocarla con el botón de banjo), y después me aprendí “Ojos españoles” y “El Padrino”. Luego de eso no tomé una clase más. Nunca aprendí a poner acordes.

Como todos los niños de este mundo, o casi todos, fui a clases de natación. Mi papá ya me había enseñado a flotar en la alberca del club, pero mi madre consideró prudente que además aprendiera yo a bracear y a no respirar bajo el agua. Creo que hizo bien. Las clases eran los sábados, en la alberca techada de una casa de mi colonia. No estaba lejos pero de todas formas me llevan en coche. Casi siempre lo hacía mi hermana Dunia, en la Cascabela. De aquellos tiempos recuerdo el olor a cloro encerrado, que hasta hoy me fascina; la flojera que me daba vestirme y desvestirme en el diminuto cubículo destinado a ello, pero sobre todo la manera en que detestaba ponerme y quitarme el gorro de plástico, que se me pegosteaba en el pelo, seco o mojado. Creo que lo que más disfrutaba de esas clases de natación era llegar muerta de hambre a casa después, y desayunar siempre lo mismo: hot cakes con mantequilla y miel de maple sopeados en café con leche. Supongo que esa clase no fue del todo infructífera. Como haya sido, aprendí a nadar.

Pero a mí lo que de veras me gustaba, pero de veras, era cantar y bailar. Más aún, me gustaba el performance. Mi disco favorito para tales fines era el de la Novicia Rebelde. Me sabía de corazón todas y cada una de las canciones, y así se las recetaba a quien se dejara, coreografía incluida, por el lado A y por el B. Pero entonces tuve un hallazgo deslumbrante: Flashdance. La ñoñez de la monja cantarina y los niños irredentos fue pronto sustituida por la exuberancia y la agilidad corporal de Jennifer Beals. En lugar de mi traje de primera comunión, para mis representaciones con el nuevo disco Long Play en cuestión me ponía un traje de baño a rayas que tenía faldita. Y la afición fue más allá. Comencé a arrimar los muebles de la casa para tener espacio y poder practicar (con mi traje de baño) toda suerte de vueltas de carro, volteretas y machincuepas.

Mi madre, de nueva cuenta, fue sensible a esta inquietud, y me propuso tomar clases de gimnasia.

Fue así como comencé a asistir al gimnasio olímpico del Instituto Politécnico Nacional de Lindavista. Un lugar monstruosamente grande, con mucho eco y mucho sudor encerrado. Corría el año de 1983, tiempo suficiente para generar aproximadamente un noventa por ciento del playlist de las estaciones de radio para los hoy adultos contemporáneos (aunque en esos tiempos no había estaciones para escucharlas salvo La Pantera y alguna otra). Flans cantaba “Tímido” y Timbiriche hacía Vaselina en el Teatro de la Ciudad. Con este fondo musical (“What a feeling” a la cabeza), pronto aprendí a frotarme las manos con cal, a guardar la llave de un locker y a competir desalmadamente.

Creo que no era tan mala. Al cabo de un tiempo podía darme vueltas de carro sobre la viga de equilibrio sin caerme, pararme de manos, y dar una serie giros hacia delante o hacia atrás cayendo en split. Pero mi carrera de Comaneci Delegación Gustavo A. Madero se truncó inesperadamente. De repente el profesor buena onda que comandaba mi equipo desapareció, y en su lugar aterrizó una maestra que me odiaba. Creo que ha sido la única maestra que me ha odiado, lo que se dice odiar. Era chaparra, fea, insensible y me hacía llorar. Un día me humilló públicamente delante de todo el gimnasio obligándome a subir por una cuerda que llegaba hasta el techo, y cuando finalmente me vencí con las manos a punto de sangrar, trepó a una niña de cuatro años que pesaba como tres kilos para demostrar cuan fácil era la hazaña. Esa noche mi hermana Dunia fue a recogerme al Poli en la Cascabela. Después de escuchar mis congojas, me dijo que no tenía que sufrir si no quería. No tuve que pensármelo demasiado. Luego supe que aquel gimnasio se quemó y que mi maestra malvada se murió. (Pero de otra cosa).

Continuará…

lunes 14 de septiembre de 2009

California Dreaming II / Mitos y verdades de una vacación junto a la bahía


1. En San Francisco hay calles muy empinadas con cables y tranvías, como en las películas.

Verdad. Y además de cables, todas tienen muchísimos árboles. Una gran mayoría de estas calles desemboca en el mar.

2. En San Francisco hay neblina.

Verdad. Casi siempre viene acompañada de un frío húmedo que se mete en los huesos. Pero cuando sale el sol, la luz es fuerte, contrastada, ventosa y también cala hondo.

3. En San Francisco hay hippies.

En San Francisco lo que hay son muchos zarrapastrosos. En la calle Haight –pináculo del Summer of Love de los sesenta- todavía se congregan unos cuantos mal bañados a tocar instrumentos sentados en las banquetas. Si les dan dinero les ha de ir bien, porque la calle es hoy en día un próspero enclave comercial con una gran afluencia de paseantes. Hay tiendas de todo. Ropa fashion, ropa vintage, ropa MUY usada, ropa interior, ropa hindú, sombreros, pipas, música, cómics, repostería, rastafari, regalos vaciados y antigüedades. Es todo muy armonioso porque por alguna razón el movimiento contracultural que en su día colocó a la ciudad en la mira del mundo, no se pelea con el mainstream del capital. Ahí todos viven como hermanos. Y hasta los homeless –que hay muchos, parece que varios por elección ya que cuentan con un atractivo fondo de desempleo- tienen en las calles del centro mesas de ajedrez para su goce y esparcimiento.

4. En San Francisco hay gays

Mito. En San Francisco lo que hay son hombres y mujeres que se gustan entre los y las de su género y que viven en casas muy bonitas.

La calle Castro tiene hoy las viviendas más caras y más cotizadas de la ciudad. En su parte comercial, donde está el famoso cine, las tiendas, los tugurios y las locaciones por donde andaba Harvey Milk, hay también una pintoresca tienda de antigüedades. El dueño estaba muy orgulloso porque su establecimiento (que tiene 46 años) salió en la película. Me enseñó varias fotos con escenas de Sean Penn donde se ve el letrero. Hubiera estado bueno que tuviera fotos con el Milk verdadero. En un café del mismo barrio se sentó junto a mí otro tipo gordezuelo que se introdujo diciendo que venía del dentista y a los dos minutos ya me había contado que acababa de romper con su novio de tres años pero que se llamaban por teléfono. También hablamos del clima. El día anterior había sido de mucho frío y neblina, pero ese día brillaba el sol. El tipo me dijo que así permanecería el tiempo por varios días. Fue verdad.

5. En San Francisco la gente es amable.

Es complicado. No estoy segura de que toda la gente sea amable. Pero si no lo son, actúan como si lo fueran. En cualquier establecimiento te reciben con un sonriente “hi, how are you today?” y eso a veces parece sospechoso. Sobre todo en personajes en cuyas miradas se lee claramente el abuso infantil y la disfunción familiar. Pero poco a poco uno comprende que todo forma parte de un código tácito de convivencia y de una especie de sentencia que hay que reafirmar continuamente: “somos la ciudad más civilizada, progresista, ecologista, culta y alivianada de esta nación”. Y si todo esto no se lleva a cabo por convicción, entonces se impone por ley.

6. En San Francisco los peatones son respetados.

Inexacto. Los peatones en San Francisco reciben un trato impoluto. Anduve mucho en coche con Hebe y Gabriel, los amigos que fui a visitar. Hebe a ratos se enojaba. “¿Ves? ¿Ves? ¡Ni siquiera voltean!” Y en efecto, muchos peatones no se toman la molestia de fijarse si viene un coche cuando cruzan la calle. Las multas por no dejar pasar a uno de estos paseantes abusivos, así como por la más amplia variedad de quisquillosos errores al volante, son estratosféricas. Pero lo dicho: es el coste de mantener intactas la convivencia y la urbanidad.

7. En San Francisco la gente es cool.

No precisamente. La gente de hecho es bastante fachosa. Lo que es muy impresionante es el modo en que le prestan atención a los detalles. Una vez, por ejemplo, fuimos al súper. El súper debe ser la actividad que más detesto en la vida, pero ésta fue toda una experiencia. Más que la variedad de productos, me maravilló la variedad de compradores; en las cajas uno no sabía quién pagaba y quién cobraba: todos se veían igual de relajados, platicadores y mal vestidos. Además había bocaditos y café gratis para los clientes. Pero la auténtica sorpresa me la llevé cuando entré al baño. Tenía un espejo divino y un florero con flores de verdad. Como en todos los baños de la ciudad, el agua salía calientita de la llave.

El agua que se bebe siempre es gratis. Pero además la sirven con estilo. En la cafetería del museo De Young había trozos de fruta en los recipientes de agua helada. Al abrir, resbalaba clara y fresca en el vaso con sabor a piña, a pepino o a la tercera cosa que ya no me acuerdo qué era.

La ciudad tiene un tamaño tan accesible, un enclave geográfico tan ideal y un ritmo tan calmo que se entiende por qué la gente acata con semejante pulcritud las reglas: vale la pena por el disfrute que se obtiene a cambio. Y en el contexto de las tendencias mundiales, that’s soooo cool.

8. San Francisco era un santo italiano que hablaba con los animales.

Verdad.

9. Alcatraz es una cárcel.

Que hoy en día atrapa turistas. Se ve desde cualquier punto de la península y tiene varias leyendas. Una es que ciertos reos lograron escapar nadando hasta la ciudad, cosa improbable dada la temperatura helada del Pacífico. (A menos de que alguno se haya fabricado un wet suit).

10. San Francisco no es para fumadores.

En San Francisco los fumadores hacen cosas extrañas. En sus vacaciones, por ejemplo, en lugar de dormir una hora más, se levantan con su amiga para acompañarla a su clase de Chi Kung en el parque que queda cinco minutos (un parque inmenso con lagos, pistas de tracking y la variedad más alucinante de árboles); vencen su miedo y se rentan una bicicleta para cruzar el Golden Gate Bridge hasta Sausalito con subidas, bajadas y carreteras temerarias incluidas; regresan en ferry, todavía se animan a pedalear buena parte de la calle Market, y tienen una de las tardes más felices de sus vidas.

11. En San Francisco hay muchos inmigrantes.

Hay muchos mexicanos y un chino de chinos. Digo, un chingo.

12. A San Francisco le han compuesto cientos de canciones.

Verdad. Hebe me pasó una de Eric Burdon & The Animals que reza:

“I wasn't born there

perhaps I'll die there

there's no place left to go, San Franciscan.”

…Qué bonito.

12. San Francisco tiene el cuerpo de bomberos más efectivos de la región.

El día que llegué nos tocó ver un incendio. No parecía tan aparatoso como el número de carros de bomberos que llegaron a la escena. La paranoia es comprensible cuando un enorme porcentaje de las casas habitación están hechas de madera, y cuando a principios del siglo pasado la ciudad fuera azotada por un terremoto seguido de un incendio devastador.

A mí me encantan las casas de San Francisco. El estilo victoriano, todas con aleros, balcones semicirculares, escalinatas y bajos. De lejos se ven todas igualitas, pero si te vas fijando cada una es diferente. En lo que sí son iguales es en los precios. Me contó Hebe que no bajan del millón de dólares. Un departamento de medio pelo en cualquier zona no está en menos de 500 mil. ¿Serán que no quieren que la ciudad crezca más? Me parece una idea sensata, aunque es una lástima.

13. En San Francisco hay que ser rico para ser feliz.

Mentira absoluta. Un ejemplo: en la calle Trece con algo (muy cerca también de donde viven mis amigos los Flores) hay unas escaleras de mosaico. Son muchas, pero el esfuerzo vale la pena. Conforme se asciende (y se voltea) comienza a revelarse una vista esplendorosa. Al fondo de una serie de calles perfectamente trazadas, se descubre el mar abierto (en ciertas horas debe ser azul, pero a la hora en que Hebe y yo subimos era color plata). Unos cuantos escalones de madera más arriba, uno se encuentra en un recinto de árboles y pinos con una vista de cortar el aliento: la bahía completa en su esplendor, con el centro financiero en un extremo. No en vano el lugar ostenta el nombre de Grand View Park. Lo que hicimos Hebe y yo fue sacar de inmediato la cámara. Lo que hizo un señor pequeñito de rasgos orientales que llegó de pronto, fue sentarse en la única banca que existe en la punta de este lugar para comerse su lunch.

Otro momento privilegiado fue un atardecer que nos tocó ver en Point Lobos, un lugar idílico más para ir a correr si uno corre. Con el descenso del sol se fueron pintando de rosa intenso las nubes detrás del Golden Gate. De repente pasó un barco de carga, de estos enormes que van y vienen de China, justo debajo del sol inmenso. En un ataque de gula paisajística nos subimos al coche y corrimos a la playa para ver los últimos juegos de luz a la orilla del mar. La luna llena estaba justo detrás, alzándose sobre los edificios. En momentos como éste siempre me acuerdo de nuestra amiga Shanna viendo otro atardecer hace como diez años y diciendo “ésta no me la cobres”. Hebe dice que ya pagamos por adelantado. Ojalá eso también sea verdad.

Pasa lo mismo con Twin Peaks y sus vistas de Oakland y Berkley, con el Bay Bridge desde la torre Coit o las maravillas de océano y pinos que se aparecen yendo en bici de camino al Golden Gate; con lugares como Tamalpais (¿así se escribe?) donde con una hora de coche y otra de caminata uno puede hacer un picnic en un bosque encima de las nubes viendo la playa al mismo tiempo (y reírse con la Tolu si además coincide que está de visita); pasa con el jardín botánico y sus banquitas escondidas, o con cualquier esquina donde uno se detenga en un árbol de flores o en el olor del mar. Lo mejor de San Francisco es cualquier rincón, y es gratis.

14. San Francisco me ha hecho superar mi roña anti-yanqui

Una vez un amigo me contó un chiste. Están un gringo y un mexicano cazando patos en la frontera, cada quien de su lado. De repente disparan al mismo tiempo, y el bicho cae muerto justo en la línea fronteriza. Empiezan a discutir. Finalmente el mexicano propone: “Ya sé. Vamos a resolver esto a patadas en los huevos”. El gringo está de acuerdo y, muy valeroso, afirma: “Empieza tú”. El mexicano le pone una maraquiza de patadas en los trompiates y el pobre gringo queda retorciéndose en el suelo. Cuando por fin logra levantarse, escupe en el suelo diciendo: “Muy bien, ahora me toca a mí”. El mexicano se cuelga el fusil en la espalda y responde: “Ni madres, quédate con tu pinche pollo”. Y se va.

Este chiste me lo contaron hace varios años después de una noche en que acabé casi a los gritos con un gringo hablando de su política exterior. Terminé yéndome a dormir furiosa, pero a los amigos que se quedaron el gringo les acabó prestando su celular para llamar a su mamá (estábamos en Grecia) y regalándoles mota. La cuestión es: de repente da coraje caminar por un lugar como San Francisco, con ese bienestar y esa bonanza y pensar a costa de cuántas cabezas existe. Y ante esa conclusión, uno tiene dos opciones: amargarse por ello, o aprovecharlo.

(Acabo de darme cuenta que estoy publicando esto un 15 de septiembre. Qué horror).

14. B. San Francisco y Grecia se parecen.

En algo muy peculiar: la comida. Es decir, en la calidad de la materia prima de cualquier comestible. Las manzanas escurrientes, el tamaño del salmón en el sushi, el sabor de los helados y, con perdón de los gourmets, el lujo nada griego pero sí muy californiano que son las hamburguesas de In and Out (fuimos dos veces).

15. Hay cosas que NO me gustaron de San Francisco.

Verdad: Saber que a veces tiembla.

15. B San Francisco es la ciudad más bonita del continente americano.

Sí.

16. San Francisco tiene los mejores hosts de todo California

He concluido que el anfitrión ideal debe tener al menos dos características esenciales:

-Desvivirse por hacerte felices los días sin hacerte sentir que lo está haciendo.

-Estar enamorado de su ciudad.

Hebe y Gabriel tienen ambas.

17. Coyoacán es mejor que San Francisco.

De pronto estando en aquel lugar me venían pensamientos horribles. Por ejemplo, que no se puede vivir creyendo que uno vive bien cuando no vive nada bien. No se puede entender que haya gente que va por la Condesa con su bici y su labrador creyendo que vive en el pináculo del bienestar y la movida cosmopolita cuando existe esto otro en el mundo. También pensé que es terrible existir echando de menos la naturaleza, concibiéndola como algo naturalmente lejano, restringido a las vacaciones, cuando puede estar totalmente integrada a lo cotidiano. Pero todo eso es cierto y al mismo tiempo, no. Vivir bien depende de muchas cosas además de una locación. Me concilio pensando que tengo mis organilleros, mis soneros, los Viveros, mi peluquera, mi maestra de yoga, mi cafetero y mi farmacéutico de confianza. Y a fin de cuentas, lo mejor de visitar un lugar así es justamente descubrirlo, desnudarlo y seccionarlo. Recordar que mientras haya vida, seguirán habiendo viajes. Lugares nuevos con amigos eternos para compartir.

lunes 24 de agosto de 2009

Pantalón de campaña

Me robé una revista Caras en el changarro de la depilación. Estuve viendo fotos de Carla Bruni, de Madonna haciendo de DJ en la fiesta de los Oscares, de Gael García con su nuevo bebé (se llama Lázaro porque su mamá es “muy católica”); de las “mexicanas ejemplares” que Denisse Dresser reunió para el segundo volumen de su libro Gritos y Susurros (¿es homenaje a Bergman, es ironía o es metida de pata?); me salté con grima la segunda parte de la biografía de Juan Camilo Mouriño en palabras de su viuda narrándolo todo en segunda persona tipo “recuerdo la primera vez que me llevaste al cine…” y me brinqué también toda la sección de sociales (Yuyis Delosríosconsusbosquesysuspatos y Maité Jones ponen negocio de cupcakes a domicilio y bautizan a su sobrino nieto, etc.), y creo que en cuatro minutos ya me había chutado la revista completa. No me divertí tanto como esperaba.

Tengo un amigo con quien coincido en dos cosas. Ambos nos quitamos pelos de las cejas, y los dos estamos de acuerdo en que vivimos en una generación patéticamente ególatra, mimada y acomodaticia; en un postmodernismo Emo sopeado en “El secreto” donde todo se trata de lo que uno desea, lo que uno proyecta, sufre, futuriza, come, picha y cacha. ¿Dónde quedaron los tiempos de las causas? ¿De vivir (de morir, ni hablamos) por algo que no sea uno solito chambeando para la renta, saliendo el fin de semana, comiendo un día con la familia, subiendo las fotos de la vacación y viendo a ver si “funciona” una relación? Incluso comentamos este amigo y yo que era una lástima no estar suscritos a ninguna doctrina religiosa. Esas por lo menos tienen su arrebato, su drama, su dosis de cohesión.

Nostalgia setentera, le llaman algunos. Hace años escuché en un programa de radio que la cultura pop había surgido como respuesta a las tragedias juveniles de los sesenta y setenta, a las masacres en que terminaron todas las primaveras del mundo y sus intentos por cambiar la historia. Pasamos de la barba sebosa de Lennon a los pantaloncitos pegados de los Osmonds; de how many roads must a man walk down before you call him a man directo a ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive; de banderas y consignas al Pacman, de la propaganda aguerrida al anuncio de Futigom, todo casi de un día para el otro, como quien voltea un disco al lado B. Todo ello en un ejercicio desesperado por cambiar de frecuencia, por trivializar, por olvidar. Y tal parece que ahí nos quedamos...

El problema de no tener causas no es no tenerlas, sino ignorarlas cuando las hay. Y no hablo de “no a los hurones como carnada de delfines” y “no a los gordos zurdos ambidiestros” del Facebook, firma aquí y siéntete mejor. Hablo, en este país, de los derechos ciudadanos más elementales. Lo que se vio aquí en las inmediaciones del 5 de julio fue para ponerse a llorar una semana entera. Hubo un porcentaje (quinto lugar en los comicios) que manifestó sus nulas ganas de votar por cualquiera de aquellos rateros baratos, insípidos y sin estilo que se atrevieron a sugerir representarnos; pero ni siquiera consiguieron ganarle a aquellos a quienes les parece muy bien que maten a los secuestradores y que pongan actorcetes mafufos con cadena de oro en los espectaculares. Lo más grave es que cerca del 40% de los votantes (activos) de este país vean con buenos ojos que el gasto público sirva para asesinar narcos in-asesinables porque “los jóvenes se drogan porque no creen Dios” y consideren que las mujeres estamos obligadas a parir porque es nuestra consigna como mamíferos. Y para rematar, a la aplastante mayoría ya se le olvidó su propia historia de los últimos 60 y pico años.

Pero yo no quería hablar de política. Y eso es un mal síntoma: parte de lo que intentaba decir hace rato es que una sociedad sin pasión, política o de cualquier índole, no se mueve ni un palmo. Pareciera que vivimos sumidos en una ignorancia medieval decorada con créditos automotrices, toneladas de información y miércoles de plaza. Es inaudito que en un país de 100 millones de habitantes nadie diga una palabra de que paguemos por la telefonía más cara del mundo, que encima está en manos de un solo señor, pero nos da mucho gusto que sea el más rico de todos porque es mexicano y no gringo. Y de los pobres, mejor ni hablamos. A esos siempre es mejor no verlos.

No se me malentienda. Me gusta mucho cómo quedó arreglada la plaza de Coyoacán, y los carriles amplios de Patriotismo y las florecitas que plantaron en el Circuito Interior. Y me parece fantástico que haya internet y telefonía celular, y los viajes y las relaciones siempre serán eventos maravillosos aunque sean efímeros. Y puede que “El secreto” le ayude mucho a alguien que no tiene metas, proyecciones ni anhelos propios, que siempre hay que tenerlos. Pero sucede que a veces de veras me da miedo que el mundo se descomponga irremediablemente, que en serio se acabe el agua, que estemos en el siglo en que estamos y siga habiendo gente matándose y vejándose por ahí, por dinero, por poder o por "causas". Me preocupa leer cosas como que cada día podría llenarse el zócalo capitalino solamente con las botellas de plástico que se consumen en México, gastando albercas olímpicas y generando toneladas de porquería atmosférica en su fabricación, tardándose, para colmo, 900 años en desaparecer de la Tierra. El modo en que cada día más gente se queda con menos para que cada vez más pocos sí tengamos. El consumo desquiciado, la enajenación, la ceguera y la sordera productos del puro atiborre de cosas, de opciones, de canciones malas. Me preocupa, enormemente, la indiferencia.

Una vez tuve un novio que se devoraba el periódico entero todas las mañanas, y con quien frecuentemente hablaba de estas cosas. Él tenía una visión curiosamente optimista. Repetía que hace 40 años los negros no podían sentarse con holgura en los mismas cafeterías que los blancos, que las mujeres no opinaban y que a los homosexuales los mataban (en más lugares que ahora). Que si estamos evolucionando en algo, es en conciencia. Y que eso al fin y al cabo nos va a salvar como especie. Yo quiero creerlo, de veras. Pero me asusta (hoy me asustan muchas cosas) sentir que el enemigo se va poniendo cada vez más colmilludo, y nosotros cada vez más cómodos, y que antes de que ese día llegue, llegue otro en que no seamos capaces de unirnos por nada y en serio nos cargue el diablo, en la forma que sea.

En resumen, hoy traigo, no sé bien cómo explicarlo, una melancolía por lo no vivido. Por una reunión donde la gente (la gente, no los user names ni los estatus ni los passwords) se quite la palabra con vehemencia por hallar una estrategia para conseguir una voz o derrocar a un tirano, y no sólo para ver cómo vender mejor unos pañales. Y es, desde luego, melancolía culposa por no estarlo promoviendo yo misma. Todos saben de qué les estoy hablando. Todos han tenido, seguramente, muchas veces, este monólogo en forma de conversación. (Y todos saben en el fondo que ese famoso “granito de arena” donde siempre aterrizamos no es más que una palmadita indulgente en la espalda).

En fin. Para terminar con este soliloquio quita-risas sólo quisiera declarar, pésele a quien le pese, que me importa un reverendo cacahuate sopeado en Lulú de frambuesa que se haya muerto Michael Jackson. Aunque nos haya puesto a bailar en tiempos donde hacía falta.

Buenas noches.

lunes 3 de agosto de 2009

El intruso

Yo pensaba que el único evento que trastocaría mi sábado sería una visita no planeada a casa de mi madre para atender un imprevisto enfermeril. Volví a mi casa a eso de las 10:30 de la noche, con gabardina y botas por la lluvia, ansiosa de quitármelas y de ponerme la pijama y hacerme unas palomitas para ver Six Feet Under (alquilé la temporada 3 completa para toda la semana). Mientras se hacían las palomitas me acerqué al librero para tomar un incienso. Entonces la vi.

Estaba tan plantada que parecía parte de la decoración. Una mariposa negra, grande, de unos buenos 15 centímetros con las alas desplegadas, de piel corrugada y ojos brillantes. Un bicho espantoso y de pésimo agüero paradójicamente posado sobre un libro llamado "La mano de la buena fortuna" (gran novela de Goran Petrovic). No entré en histeria de inmediato. Incluso contemplé no hacer nada y mejor dejarla reposar ahí. A fin de cuentas, si no me hubiera acercado al librero probablemente ni siquiera la hubiera visto, y hubiéramos compartido la noche en pacífica y dulce ignorancia. Pero era demasiado tarde: el destino estaba sobre la mesa y seríamos o ella o yo habitando la casa.
Tomé el teléfono y llamé a mi madre. Mi madre siempre me resuelve cualquier duda doméstica. Desde cuánto tiempo dejar un huevo para que se cueza hasta cómo resucitar una planta o detener una inundación.
-Hay una mariposa negra en mi librero.
-Pues agarras un trapo y la sacas.
-¿Cómo?
-Agarras un trapo y la espantas y la sacas por la ventana.
Pero era justo la idea de tener el bicho ese aleteando como loco por toda mi casa lo que no podía soportar. A mí me dan mucho miedo las cosas que vuelan. Sobre todo las que tienen pico. Nada más aterrador para mí que un pájaro atrapado adentro de una casa, batiendo las alas con frenesí. (Creo que todo se remonta a una tarde de mi infancia en que vi sin querer una escena de “Los Pájaros” de Hitchcock).
De pronto se me ocurrió otra alternativa.
-Tengo Raid matabichos.
-Pero eso es para moscos -observó mi madre.
-Ya sé, pero igual y se apendeja.
-Pues a ver, apendéjala y luego agarras el trapo y la sacas.
La segunda parte seguía sin convencerme. Pero quise confiar en que el Raid noquearía a la cosa esa y haría más fácil el trámite.
-Voy a echar Raid y a abrir todas las ventanas.
-Si abres todas las ventanas se va a salir el Raid.
-Ya. No cuelgues, ¿eh?
-No cuelgo.
Tomé el Raid matabichos, me acerqué a Goran Petrovic y rocié como si no hubiera mañana. La mariposa empezó a aletear en su lugar, y luego alzó el vuelo. La histeria quedó oficialmente inaugurada. Dando de gritos, corrí por toda mi casa rociando sin parar, atinando los ángulos donde la bestia alada correteaba para salvar su vida. Luego corrí al teléfono y anuncié:
-Te voy a colgar. Me voy a esconder al baño.
En mi casa no hay otro lugar donde uno pueda esconderse. La sala, el comedor, la cocina, el estudio y la habitación conviven en el mismo espacio abierto de 50 metros cuadrados. En peleas de novios, la única alternativa de escape es el baño o la calle. (Una vez opté por lo segundo y todavía me arrepiento).

En el baño me sentí temporalmente a salvo así que me puse a reflexionar sobre la situación. Hacía no muchos días estaba en mi sesión de análisis diciendo que estaba dispuesta a rascar hasta lo más hondo, hasta lo más abominable y supurante de mi conciencia, de una vez por todas. Curioso es cuán frágiles pueden ser las fronteras del arrojo. También me pregunté, como casi siempre que mato a un bicho inocente, qué derecho tengo de hacerlo. Y no por una culpa franciscana de que todos somos criaturas del Señor, sino más bien meditando si no es el núcleo de esa histeria asesina el mismo que ha llevado a la humanidad a matarse en tropel: el instinto que dicta que una amenaza, por débil que sea, tiene que ser aniquilada. Pero daba igual. Yo quería ese bicho fuera de mi orden y de mi sábado a cualquier precio.

Cinco minutos después salí del baño. Busqué con ojo de lince y con una enorme suerte alcancé a ver cómo la mariposa caía, agonizante, detrás de la cortina de mi escritorio. De no haberla visto hubiera supuesto que salió por la ventana, o peor aún: no hubiera pegado ojo especulando desde qué rincón aparecería en medio de la noche para aletearme su venganza en la cara.
Sonó el teléfono.
-Está detrás de la cortina.
-Pues la agarras con el trapo y la sacas. Yo saqué así docenas de mariposas y pájaros negros de la terraza de la casa.
Eso es fácil de decir para alguien que ha lidiado con pájaros negros mucho más enormes y horribles, en todo tipo de presentaciones.
-¿Y si sale volando y me ataca?
-Agarra la cortina y sácala por la ventana.
Creo que de no haber contado con una asesoría tan firme e implacable me hubiera ido a dormir al baño. Haciendo el mayor acopio de agallas del último lustro, comencé a agitar la cortina. El bicho cayó a los pies del escritorio. No se movía. Fue gracias a eso que pude anunciar con bravura:
-La voy a aniquilar.
Fui por una escoba, le pegué al insecto aquel como si me hubiera secuestrado a mis hijos y me hubiera prometido medicinas sin pagármelas, y no fue hasta que vi un ala medio partida que me animé a agarrarla con el mentado trapo y echarla por la ventana. Tomé el teléfono con aplomo.
-Todo ha terminado.
-Payasa.

Luego de eso han ocurrido más cosas extrañas. Con las lluvias se va mucho la luz por donde vivo. La otra noche, harta de comerme la cabeza a la luz de las velas, agarré el paraguas y me salí por un café. El único establecimiento con luz y con mesas para fumadores era el Parnaso. Fue ahí donde un personaje de paliacate y cejas de Gárgamel me abordó con un poema donde me compraba con un cuarzo (nunca entendí bien por qué) y luego se sentó en mi mesa para recetarme aventuras tales como la tortura telepática que sufrió a manos de unos hindúes en una cárcel de Calcuta, para después leerme en voz alta unos cuentos inconexos que incluían brujos y nahuales y a la CIA, todo recitado con una voz de partir tímpanos. Pagué la cuenta y escapé tan pronto pude. Y luego, hace unas horas, mi coche colisionó contra otro estacionado unos metros atrás, por haberme bajado con prisas a mi terapia y no haber dejado puesta la primera velocidad en una calle empinada. Corrí con suerte en más de un sentido. Los coches no sufrieron mayor daño y el ajustador me incluyó en el reporte una calavera que traía yo rota para que el seguro cubra la reparación.

El otro día vi también Match Point, de Woody Allen. (Sé que todo esto está sonando igual de inconexo que los cuentos del hombre del paliacate, pero llegaré a puerto, espero). La premisa de la historia es la suerte, el azar. El protagonista es un caradura, un ambicioso, maquiavélico y muy pertinaz, y además un psicópata con un gélido desarraigo hacia los sentimientos de los demás. Pero al final del camino, también es un suertudo. Suertudo desde que le tocó ser groseramente guapo, estar en el lugar correcto en el momento correcto para seducir a una familia groseramente rica, seducir luego a la concuña recién abandonada por el cuñado, y finalmente salirse con la suya en un triple asesinato gracias a la trayectoria de una simple sortija que aterrizó a su favor. Conclusión: no hay justicia en el mundo. No hay orden preestablecido, no hay karma, no hay providencia. Todo es azar.

La cosa es… ¿qué es buena suerte y qué es mala suerte? Qué suerte que tuve un hogar, qué mala suerte que no nací en un palacete. Qué buena suerte que no me dio polio, qué mala suerte que tengo pie plano. Qué mala suerte chocar, qué buena suerte no morirse; qué mala suerte que no estoy compartiendo mi casa, qué buena suerte que no vivo con un ganapán; qué mala suerte tener gastritis, qué buena suerte no tener esclerosis múltiple; qué mala suerte que mi mamá esté enferma, qué buena suerte que viva. Qué buena suerte que no me tocó la peste bubónica, qué malísima pata que me hayan tocado las eras del sida. 
El azar quiso que yo viera a esa mariposa negra y nunca sabré si fue mejor o peor que no haberla descubierto. El evento responde a una concatenación de eventos voluntarios: la descubrí buscando un incienso, que pongo por la misma razón que dejo abiertas las ventanas de la casa (el humo del cigarro), motivo por el cual la mariposa logró entrar. Qué mala suerte que fumo. Qué buena suerte que no uso heroína, que no voy a acabar (espero) como el tipo del Parnaso...

Lo único "bueno" de la casualidad (que SÍ es implacable), lo único que salva a la existencia del absoluto descontrol y la anarquía a los que nos tiene sometidos, es la también absoluta ignorancia de lo que implica. Siempre pudo ser peor y siempre pudo ser mejor. El optimismo y el pesimismo no son otra cosa que el modo de relacionarnos con el azar; la estadística es la fantasía de cuantificarlo, y la superstición y sus hermanas las religiones no son más que una entelequia para hacernos creer que podemos calificarlo.  

Cuando concluyó el incidente de la mariposa negra le repetí a mi madre al teléfono que sin ella no lo hubiera logrado. Ella le quitó toda importancia pero yo sé que se sintió bien. Mi madre siempre se siente bien cuando puede hacer algo por mí. A costa de la mala fortuna de un ser vivo, buena suerte que tuvo con qué.