martes, 18 de septiembre de 2012

Crónica de un escape maestro, Parte III: La vida sin fumar tabaco


En la primera parte de este cuasi tratado, dije que fumar era la única cosa de la que me arrepiento en la vida. Es verdad. Pero también hay una cosa que me alegra de haber sido fumadora: saborear la dicha de haberlo dejado. Porque por muchísimos años me sentí atrapada, estúpida, maniatada, desesperada, cautiva, enclenque, débil, aterrada, incapaz. Y eso se ha terminado. ¡¡Se ha terminado!! Ningún ñoño no-fumador sabrá nunca lo que es eso… la alegría que puede dar vencer algo de esas proporciones, la posibilidad de experimentar un cambio de vida tan grande. Y sé que suena medio discriminatorio con los no-fumadores, y sé que muchos están pensando que en ese agujero terrorífico me metí yo sola, al fin y al cabo. Y todo eso es de algún modo cierto. Pero eso no le quita lo chingón a haberlo logrado.

Viéndolo en retrospectiva, sí me costó trabajo. Mucho. Los primeros días no podía dejar de pensar en los cigarros, y aparte de la obsesión, vivía en una permanente negociación mental. Sabía que no debía coquetear con la idea de fumar, que en el momento en que cediera terreno a la posibilidad, podía valer madres. Lo que me ayudaba mucho entonces era recordar que NO debía ni siquiera negociar, que simplemente debía pensar en otra cosa. Claramente funcionó. El primer día –quizá la primera semana- hubo varios momentos en que buscaba la cajetilla en automático, y cuando me acordaba que ya no habría cigarros, sí sentía bastante feo. Las primeras veces que tuve que sentarme a escribir en la computadora lo hice para lo mínimo indispensable, afortunadamente estaba arrancando apenas un proyecto nuevo y no tuve que ponerme a redactar cosas demasiado largas como hasta una semana después. Pero no lloraba, no sufría. Comía, eso sí. Y hacía ejercicio y todos los trucos mentales que antes describí. Y así, se pasaron como un milagro los primeros dos días, y tres, y cuatro. Y yo no lo podía creer. De noche, cada aterrizaje en la cama sin haber encendido un cigarrillo era como un bálsamo. Me iba sintiendo cada vez más empoderada. Y encima, olía bien. Y la comida me sabía a  comida. Y los besos tenían sabor a carne y a saliva y a amor y no a cenicero. Y esas cosas hacen una diferencia notoria en la vida cotidiana y empiezan a ocurrir muy pronto. Las gratificaciones por no fumar no tardan casi nada en llegar, y sin que uno se dé cuenta, van aplanando el terreno para lograr un día más, y otro. Poco a poco, día a día, los pequeños placeres van compensando más y más los momentos pinches, esas punzadas que crees que serán eternas, y que nunca lo son. Nunca duran tanto como uno piensa.

La angustia por no fumar es algo que se sortea y se supera como se supera un embotellamiento, una cola en el banco o un madrazo en el dedo chiquito del pie contra la orilla de la cama. Como un nudo en el pelo. Odias estar ahí, aborreces ese rato, pero lo atraviesas. Y se pasa. Siempre se pasa. 

¿Cómo sabes cuándo estás listo para dejar de fumar? La verdad no lo sé. Mi experiencia fue de prueba y error y duró muchos años, hay gente que lo hace a la primera, hay otros que lo dejan y vuelven sin tantos problemas. Cada adicto es diferente. De lo que sí estoy absolutamente segura, es que el peor momento en el proceso de dejar de fumar, es cuando sufres por querer dejarlo y no lo haces. ¿Y cuál es el mejor antídoto para mitigar esa angustia? Un cigarro. Y así se te las vas llevando, en un espantoso círculo vicioso donde puedes pasarte toda una vida. Atrapado, sofocado. Haciéndote la trampa mental de que dejar de fumar debe ser tan horroroso que mejor pasas de ello y fumas y te mueres y ya. Pero no es cierto. En realidad, si lo intentas, lo peor que te puede pasar es no lograrlo, y si eso ocurre, sólo vas a estar en el mismo lugar de miseria que estás ahora. En cambio si lo logras, pues… lo logras. Dejas de fumar. Con lo cual, en realidad no quieres intentarlo porque temes que FUNCIONE: otro truco de la pobre cabeza enganchada con su droga. El miedo de “fracasar” es en realidad miedo de lograrlo.

La buena noticia es eso: que es una pinche droga. Una sustancia que tu cuerpo desecha y eventualmente deja de necesitar. Y que gran parte de la lucha está en tu cabeza. Y que la cabeza tiene que pensar en muchas cosas a lo largo de un día que no son los cigarros, lo cual se traduce en libertad para ti. Feliz y bendita libertad. 

Uno de los momentos en que te das cuenta de lo cabronamente metido que está el tabaquismo en tu sistema mental, es en los sueños. A mí no me suelta. Al principio soñaba diario con fumar. Cada vez es menos, pero sigue pasándome seguido. Casi siempre es en un tenor de culpa: de repente estoy fumando en el sueño y todavía soñando pienso carajo, ¡pero si ya lo había dejado! Y sin embargo, pese a sentirme culpable, al soñarlo estoy cumpliendo el deseo de fumar. Y la sensación es bastante vívida, de hecho. Con lo cual, si eres un adicto terrible también puedes pensarlo de esa forma: si dejas de fumar, nunca vas a dejarlo del todo porque en tus sueños seguirás haciéndolo. Y como dijo Calderón de la Barca, la vida es sueño (y los sueños, sueños son).

Yo no concebía tomarme un café sin prender un cigarro. Me lo estoy tomando. Yo no soportaba la idea de abrir mi cuaderno para escribir o posar las manos sobre el teclado de mi computadora sin prender un cigarro. En este año, tuve que leer y sobre escribir el equivalente a unas 4 ó 5 mil páginas de guiones. Y los momentos en que menos sufrí por no estar fumando fueron esos. Porque estaba concentrada en otra cosa.

Dejar de fumar se trata única y exclusivamente de eso: de concentrarse en otra cosa, de distraerse, de pensar en otra cosa que no sea fumar. Y la vida, afortunadamente, está llena de trillones de estímulos y distracciones posibles.

La pregunta del millón. ¿Se me sigue antojando? Sí. Por supuesto. Las primeras veces es especialmente gacho, porque tú ya te sientes Juan Camaney porque llevas tres días sin fumar y crees que ya la libraste y que el cigarro te la pela. Y de repente pasas justo frente al cafecito primoroso en la calle soleada, y ves a este viejito lindísimo prendiéndose su cigarro con su cortadito, y dices mierda, quiero uno… ¿para qué lo dejé? Y crees que ya todo valió gorro. Pero de nuevo, es un momento. Y se pasa. Esa vez y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Y de repente te vas volviendo un maestro en el arte de entender lo fugaz que es esa sensación de necesidad.  

Los cigarros no te la pelan ni te la pelarán nunca, pero al mismo tiempo sí.

Y lo bueno es que así como hay momentos en que te fumarías uno encantado de la vida, hay muchos otros en que lo ves o lo hueles y dices simplemente “guácala, qué asco”. Y sí los hay, lo prometo.  

¿Y el resto de los momentos? ¿El resto del tiempo? Pues la vida. Así de fácil y así de complicado.  

¿Cómo diría que es la vida sin fumar?

En realidad, es igual de perra. Quizás un poco más perra, porque no tienes el elemento distractor y evasor por excelencia. Y es como todo. Cualquier cosa que mucho se desea, se olvida en cuanto la consigues. Como cuando te mueres de ganas de ir al baño. Después de que vas, ¿sigues pensando en cuántas ganas tenías? No. Es como cuando sacias el hambre. Nadie sigue pensando en el hambre una vez que la saciaste. Ciertamente, no me paso el día entero pensando que ya no vivo pensando en que me va a dar cáncer o una embolia. Pero cuando me acuerdo de la espiral de culpa y desesperación en la que vivía, y me doy cuenta que ya no estoy más en ese lugar, siento una alegría callada en el fondo de mi ser. Lo mismo cuando cobro conciencia de que puedo salir a la calle sin cargar nada más que las llaves, sin preocuparme de cuántos cigarros me quedan, si voy a poder comprar, de que no tengo fuego, de que no hay cenicero, de tener que salirme de las conversaciones, de la pena que da apestar, y de toda la energía mental estúpida que uno gasta en ese tema. Y entonces me dan ganas de cantar albricias, aleluyas, y todos los cantos victoriosos del planeta.

El cambio más notorio es en el cuerpo, precisamente donde se introducía y habitaba el veneno. Se siente mucho en la piel… rápidamente pierde este matiz acartonado y seco y se ve hidratada otra vez. (Muy rápido). Los dientes son algo brutal. Lilyan, mi dentista, casi brinca jubilosa cada que me pasa el espejito por las fauces sin encías inflamadas, sin manchas, con muchas menos caries. Tanto, que hasta me pichó mi blanqueamiento profesional de premio. El pelo brilla más, y como que hace más caso. ¡Ah! ¡La gastritis desapareció! Antes no podía vivir sin un omeprazol en ayunas, cada mañana. Esas eras de oscuridad han terminado. Las pocas veces que siento ansiedad y alguna opresión en el pecho se me pasan rápido, porque sé que son sólo eso: ya no pienso que se me está tapando una arteria o que me va a dar un infarto. Y ya no hay tos. Esa pinche tos de fumador, constante, molesta y tonta, ni tampoco las toces horrendas que te despiertan a media noche, de pura irritación, y que te obligan a tener el Broncolín en la mesa de noche. ¡Nada de tos! Y esas son las cosas que se ven y se sienten. Por dentro, quiero pensar que mi cuerpo está de fiesta, rejuveneciendo. Me gusta mucho pensar que voy a vivir más tiempo.

Pero lo más bonito de todo, es que hay espacio mental y vital para otras cosas. Yo nunca me había terminado de animar a tener una mascota, por ejemplo, y este año finalmente lo hice. No lo había asociado al ya no fumar, pero ahora pienso que seguro tuvo mucho que ver. Lo cierto es que tengo las manos más libres, igual que la cabeza y el resto del cuerpo, y todo eso se necesita para cuidar y querer a un bicho.

Dejar de fumar abre ESPACIOS en la vida. Es impresionante.

El otro día, hablando de todo esto con Feru, me decía que lo que le choca de fumar es el miedo de morirse por algo que haga ella. Que ella misma procure y ocasione. Le respondí que de todas formas siempre es así, porque uno es quien habita su cuerpo, y tarde o temprano nos moriremos simplemente por vivir. Lo mismo el que se mete coca por el lagrimal que el que hace yoga y come tofu o el que tiene diabetes y come gansitos.

Hay que dejar de fumar tabaco cuanto antes no para no morirse, sino para vivir más rico y más chido y más todo. MUCHO MÁS.

Así que si ya dejaste de fumar cigarros y no quieres matarte tú solito por una babosada, nada más voltea para los dos lados antes de cruzar la calle, y come despacio… no te vayas a atragantar. :)