lunes, 3 de agosto de 2009

El intruso

Yo pensaba que el único evento que trastocaría mi sábado sería una visita no planeada a casa de mi madre para atender un imprevisto enfermeril. Volví a mi casa a eso de las 10:30 de la noche, con gabardina y botas por la lluvia, ansiosa de quitármelas y de ponerme la pijama y hacerme unas palomitas para ver Six Feet Under (alquilé la temporada 3 completa para toda la semana). Mientras se hacían las palomitas me acerqué al librero para tomar un incienso. Entonces la vi.

Estaba tan plantada que parecía parte de la decoración. Una mariposa negra, grande, de unos buenos 15 centímetros con las alas desplegadas, de piel corrugada y ojos brillantes. Un bicho espantoso y de pésimo agüero paradójicamente posado sobre un libro llamado "La mano de la buena fortuna" (gran novela de Goran Petrovic). No entré en histeria de inmediato. Incluso contemplé no hacer nada y mejor dejarla reposar ahí. A fin de cuentas, si no me hubiera acercado al librero probablemente ni siquiera la hubiera visto, y hubiéramos compartido la noche en pacífica y dulce ignorancia. Pero era demasiado tarde: el destino estaba sobre la mesa y seríamos o ella o yo habitando la casa.
Tomé el teléfono y llamé a mi madre. Mi madre siempre me resuelve cualquier duda doméstica. Desde cuánto tiempo dejar un huevo para que se cueza hasta cómo resucitar una planta o detener una inundación.
-Hay una mariposa negra en mi librero.
-Pues agarras un trapo y la sacas.
-¿Cómo?
-Agarras un trapo y la espantas y la sacas por la ventana.
Pero era justo la idea de tener el bicho ese aleteando como loco por toda mi casa lo que no podía soportar. A mí me dan mucho miedo las cosas que vuelan. Sobre todo las que tienen pico. Nada más aterrador para mí que un pájaro atrapado adentro de una casa, batiendo las alas con frenesí. (Creo que todo se remonta a una tarde de mi infancia en que vi sin querer una escena de “Los Pájaros” de Hitchcock).
De pronto se me ocurrió otra alternativa.
-Tengo Raid matabichos.
-Pero eso es para moscos -observó mi madre.
-Ya sé, pero igual y se apendeja.
-Pues a ver, apendéjala y luego agarras el trapo y la sacas.
La segunda parte seguía sin convencerme. Pero quise confiar en que el Raid noquearía a la cosa esa y haría más fácil el trámite.
-Voy a echar Raid y a abrir todas las ventanas.
-Si abres todas las ventanas se va a salir el Raid.
-Ya. No cuelgues, ¿eh?
-No cuelgo.
Tomé el Raid matabichos, me acerqué a Goran Petrovic y rocié como si no hubiera mañana. La mariposa empezó a aletear en su lugar, y luego alzó el vuelo. La histeria quedó oficialmente inaugurada. Dando de gritos, corrí por toda mi casa rociando sin parar, atinando los ángulos donde la bestia alada correteaba para salvar su vida. Luego corrí al teléfono y anuncié:
-Te voy a colgar. Me voy a esconder al baño.
En mi casa no hay otro lugar donde uno pueda esconderse. La sala, el comedor, la cocina, el estudio y la habitación conviven en el mismo espacio abierto de 50 metros cuadrados. En peleas de novios, la única alternativa de escape es el baño o la calle. (Una vez opté por lo segundo y todavía me arrepiento).

En el baño me sentí temporalmente a salvo así que me puse a reflexionar sobre la situación. Hacía no muchos días estaba en mi sesión de análisis diciendo que estaba dispuesta a rascar hasta lo más hondo, hasta lo más abominable y supurante de mi conciencia, de una vez por todas. Curioso es cuán frágiles pueden ser las fronteras del arrojo. También me pregunté, como casi siempre que mato a un bicho inocente, qué derecho tengo de hacerlo. Y no por una culpa franciscana de que todos somos criaturas del Señor, sino más bien meditando si no es el núcleo de esa histeria asesina el mismo que ha llevado a la humanidad a matarse en tropel: el instinto que dicta que una amenaza, por débil que sea, tiene que ser aniquilada. Pero daba igual. Yo quería ese bicho fuera de mi orden y de mi sábado a cualquier precio.

Cinco minutos después salí del baño. Busqué con ojo de lince y con una enorme suerte alcancé a ver cómo la mariposa caía, agonizante, detrás de la cortina de mi escritorio. De no haberla visto hubiera supuesto que salió por la ventana, o peor aún: no hubiera pegado ojo especulando desde qué rincón aparecería en medio de la noche para aletearme su venganza en la cara.
Sonó el teléfono.
-Está detrás de la cortina.
-Pues la agarras con el trapo y la sacas. Yo saqué así docenas de mariposas y pájaros negros de la terraza de la casa.
Eso es fácil de decir para alguien que ha lidiado con pájaros negros mucho más enormes y horribles, en todo tipo de presentaciones.
-¿Y si sale volando y me ataca?
-Agarra la cortina y sácala por la ventana.
Creo que de no haber contado con una asesoría tan firme e implacable me hubiera ido a dormir al baño. Haciendo el mayor acopio de agallas del último lustro, comencé a agitar la cortina. El bicho cayó a los pies del escritorio. No se movía. Fue gracias a eso que pude anunciar con bravura:
-La voy a aniquilar.
Fui por una escoba, le pegué al insecto aquel como si me hubiera secuestrado a mis hijos y me hubiera prometido medicinas sin pagármelas, y no fue hasta que vi un ala medio partida que me animé a agarrarla con el mentado trapo y echarla por la ventana. Tomé el teléfono con aplomo.
-Todo ha terminado.
-Payasa.

Luego de eso han ocurrido más cosas extrañas. Con las lluvias se va mucho la luz por donde vivo. La otra noche, harta de comerme la cabeza a la luz de las velas, agarré el paraguas y me salí por un café. El único establecimiento con luz y con mesas para fumadores era el Parnaso. Fue ahí donde un personaje de paliacate y cejas de Gárgamel me abordó con un poema donde me compraba con un cuarzo (nunca entendí bien por qué) y luego se sentó en mi mesa para recetarme aventuras tales como la tortura telepática que sufrió a manos de unos hindúes en una cárcel de Calcuta, para después leerme en voz alta unos cuentos inconexos que incluían brujos y nahuales y a la CIA, todo recitado con una voz de partir tímpanos. Pagué la cuenta y escapé tan pronto pude. Y luego, hace unas horas, mi coche colisionó contra otro estacionado unos metros atrás, por haberme bajado con prisas a mi terapia y no haber dejado puesta la primera velocidad en una calle empinada. Corrí con suerte en más de un sentido. Los coches no sufrieron mayor daño y el ajustador me incluyó en el reporte una calavera que traía yo rota para que el seguro cubra la reparación.

El otro día vi también Match Point, de Woody Allen. (Sé que todo esto está sonando igual de inconexo que los cuentos del hombre del paliacate, pero llegaré a puerto, espero). La premisa de la historia es la suerte, el azar. El protagonista es un caradura, un ambicioso, maquiavélico y muy pertinaz, y además un psicópata con un gélido desarraigo hacia los sentimientos de los demás. Pero al final del camino, también es un suertudo. Suertudo desde que le tocó ser groseramente guapo, estar en el lugar correcto en el momento correcto para seducir a una familia groseramente rica, seducir luego a la concuña recién abandonada por el cuñado, y finalmente salirse con la suya en un triple asesinato gracias a la trayectoria de una simple sortija que aterrizó a su favor. Conclusión: no hay justicia en el mundo. No hay orden preestablecido, no hay karma, no hay providencia. Todo es azar.

La cosa es… ¿qué es buena suerte y qué es mala suerte? Qué suerte que tuve un hogar, qué mala suerte que no nací en un palacete. Qué buena suerte que no me dio polio, qué mala suerte que tengo pie plano. Qué mala suerte chocar, qué buena suerte no morirse; qué mala suerte que no estoy compartiendo mi casa, qué buena suerte que no vivo con un ganapán; qué mala suerte tener gastritis, qué buena suerte no tener esclerosis múltiple; qué mala suerte que mi mamá esté enferma, qué buena suerte que viva. Qué buena suerte que no me tocó la peste bubónica, qué malísima pata que me hayan tocado las eras del sida. 
El azar quiso que yo viera a esa mariposa negra y nunca sabré si fue mejor o peor que no haberla descubierto. El evento responde a una concatenación de eventos voluntarios: la descubrí buscando un incienso, que pongo por la misma razón que dejo abiertas las ventanas de la casa (el humo del cigarro), motivo por el cual la mariposa logró entrar. Qué mala suerte que fumo. Qué buena suerte que no uso heroína, que no voy a acabar (espero) como el tipo del Parnaso...

Lo único "bueno" de la casualidad (que SÍ es implacable), lo único que salva a la existencia del absoluto descontrol y la anarquía a los que nos tiene sometidos, es la también absoluta ignorancia de lo que implica. Siempre pudo ser peor y siempre pudo ser mejor. El optimismo y el pesimismo no son otra cosa que el modo de relacionarnos con el azar; la estadística es la fantasía de cuantificarlo, y la superstición y sus hermanas las religiones no son más que una entelequia para hacernos creer que podemos calificarlo.  

Cuando concluyó el incidente de la mariposa negra le repetí a mi madre al teléfono que sin ella no lo hubiera logrado. Ella le quitó toda importancia pero yo sé que se sintió bien. Mi madre siempre se siente bien cuando puede hacer algo por mí. A costa de la mala fortuna de un ser vivo, buena suerte que tuvo con qué. 

13 comentarios:

onder dijo...

Gracias por compartirlo. Me he reído mucho. Y luego me he quedado pensando en mi buena suerte y en mi mala suerte y afortunadamente (por buena suerte, pues) llegué a la conclusión de que en general tengo buena suerte. O que mi pesimismo no es tan grande como yo creía.
Y luego me acordé que el otro día que me topé con un amigo y me hizo la pregunta de cajón ¿cómo estás?. Y me quedé pensando ¿cómo estoy respecto a que? ¿a la tuberculosis? (que ya ni existe) ¿a mi vecina que se acaba de ganar un millón de pesos y que podrá escribir sIn tener que trabajar y liquidar su deudas?. Al final le dije a mi amigo: bien. Bien como un punto medio, como un estado de equlibrio que nos permite seguir haciendo cosas sin volvernos locos y arrojarnos al vacío aunque no hayamos logrado aún las cosas que nos imaginábamos a los 20 años. En fin, esas cosas me hizo pensar tu blog, gracias de nuevo.
Saludos.

Garufo dijo...

esa peli de matchpoint es bastante mala, me recordo en varios momentos a novelas de televisa de los 80...

Anai dijo...

Nunca me haces comentarios, ¿y lo haces para poner esa mafufada? Estoy de acuerdo con que Match Point parece a ratos la fantasía esnobista de un viejito calenturiento, pero de las telenovelas ochenteras de televisa no tienes nada que decir. Yo sí las vi y tú no.

Emmanuel dijo...

Enorme! Abrazo!

Ynot dijo...

Qué buena suerte que descubrí tu blog. Qué mala suerte que nunca te conoceré.

Un saludo de un, desde ya, admirador.

Papá dijo...

Queridísima hija:

"¡Beban otros las burbujas de esa champaña extranjera! yo prefiero las agujas del vino de la Ribera"

Yo también, como Manolín Machado perefiero a los existencialistas teístas como Unamuno y Ortega y Gasset que a los existencialistas tristes (incluyendo al 'simpático' Woody Allen).

Vamos a ser serios y leamos de nuevo "del sentimiento trágico de la vida" ¿te parece? para que así tu fascinante sentido del humor no se te haga la tristeza que impregnó la vida de grandes humoristas de tu estirpe como lo fueron Jardiel Poncela y Alvaro De La Iglesia.

Maravillosos desde luego pero sólo para los demás, nunca psra sí mismos.

¿Vale?

Con todo mi amor.

Papá.

Arturo Peón dijo...

La tesis del azar sobre la que bordas es potente.

No menos atractiva es su antítesis. La causalidad:

En algún sitio, probablemente en algún monólogo grabado de Facundo Cabral, escuché la anécdota aquella de que cuando Borges visitó Egipto, frente a las pirámides se arrodilló, tomó un puño de arena y lo cambió de lugar. Sintió entonces que al hacerlo había cambiado el curso de la historia...

Así, si tomamos por cierto que "el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York"... no debe caber duda a ninguno de tus lectores que la fumigación y ulterior exterminio de la mariposa negra que se posó sobre Petrovic, ha modificado irremediablemente la traza de nuestros destinos.

Abrazos,

A.P.

Eduardo López. dijo...

Refiriéndome al bello comentario de Arturo Peón:
Para mí es muy consolador suponer que Dios le encargó a Gaia el paquete del físico devenir pera El disfrutar a sus anchas del espiritual acontecer.
Les doy gracias a Lovelock y a Plotino por haberme enseñado lo uno y lo otro.

Lety Elías dijo...

Mi querida Anai:

Todavía no puedo creer que acabo de descubrir tu blog y que en realidad sí hay manera de contactarte!!! Ya llevo tiempo tratando de saber de tí (hasta pasé a tu excasa -ahora toda una fortaleza blanca-, pero nadie me daba señales de ti). Pero que quien soy? Soy una loca, pero devota, exguadalupana que te recuerda con "harto" cariño. Dime como puedo saber de ti, please!. Dime como te puedo pasar mis datos, sin que sean del dominio publico.
Te felicito enormemente por tu espacio!
Lety Elías

Anai Lopez dijo...

Lety! Dios mío!

Escríbeme a coyoacanjane@gmail.com
Porrrrrrrfa!

Papá. dijo...

Mi amor:
No sé si todavía se vale hacer un comentario más.
Te quiero decir que ya voy adelantado en el segundo capítulo de eso (no sé cómo llamarlo)que me decidí a empezar a escribir ¡¡ por fin !! después de recibir la inspiración y consejos de Coyaoacán Jane.
Gracias mi vida... ya sabes cuantísimo te quiero.
Papá.

Anónimo dijo...

Qué buena suerte que te conocí en la prepa, qué mala que no fui tu amiga, qué buena suerte que iniciaste este blog y puedo seguir tus letras. He disfrutado mucho todo lo que he leído hasta ahora, gracias.

Anónimo dijo...

SusyRdz.Por casualidad he visto tu blog, estaba buscando un remedio para ahuyentar a las mariposas negras, puesto que me he topado en casa con tres en diferentes tiempos. Leí "El intruso", imagine la historia y los nervios por los que pasaste; debo decir, que hoy me topé con la tercer mariposa negra, por las cual siento aversión, a la que intente hacerla uir con agua, claro que no hizo caso, lo intente con lysol, puesto que no tenía un insecticida cercano a mí, pero no se iba, entonces decidí marcar a mi madre para que me dijera qué hacer en éstos casos, sólo me dijo aprende a tener valor y busca una escoba para que la ahuyentes y eso hice, por supuesto no colgué el teléfono hasta que eche a la mariposa negra del departamento, y claro tarde mucho menos en echarla de esta forma, me salvo la vida!