lunes, 14 de septiembre de 2009

California Dreaming II / Mitos y verdades de una vacación junto a la bahía


1. En San Francisco hay calles muy empinadas con cables y tranvías, como en las películas.

Verdad. Y además de cables, todas tienen muchísimos árboles. Una gran mayoría de estas calles desemboca en el mar.

2. En San Francisco hay neblina.

Verdad. Casi siempre viene acompañada de un frío húmedo que se mete en los huesos. Pero cuando sale el sol, la luz es fuerte, contrastada, ventosa y también cala hondo.

3. En San Francisco hay hippies.

En San Francisco lo que hay son muchos zarrapastrosos. En la calle Haight –pináculo del Summer of Love de los sesenta- todavía se congregan unos cuantos mal bañados a tocar instrumentos sentados en las banquetas. Si les dan dinero les ha de ir bien, porque la calle es hoy en día un próspero enclave comercial con una gran afluencia de paseantes. Hay tiendas de todo. Ropa fashion, ropa vintage, ropa MUY usada, ropa interior, ropa hindú, sombreros, pipas, música, cómics, repostería, rastafari, regalos vaciados y antigüedades. Es todo muy armonioso porque por alguna razón el movimiento contracultural que en su día colocó a la ciudad en la mira del mundo, no se pelea con el mainstream del capital. Ahí todos viven como hermanos. Y hasta los homeless –que hay muchos, parece que varios por elección ya que cuentan con un atractivo fondo de desempleo- tienen en las calles del centro mesas de ajedrez para su goce y esparcimiento.

4. En San Francisco hay gays

Mito. En San Francisco lo que hay son hombres y mujeres que se gustan entre los y las de su género y que viven en casas muy bonitas.

La calle Castro tiene hoy las viviendas más caras y más cotizadas de la ciudad. En su parte comercial, donde está el famoso cine, las tiendas, los tugurios y las locaciones por donde andaba Harvey Milk, hay también una pintoresca tienda de antigüedades. El dueño estaba muy orgulloso porque su establecimiento (que tiene 46 años) salió en la película. Me enseñó varias fotos con escenas de Sean Penn donde se ve el letrero. Hubiera estado bueno que tuviera fotos con el Milk verdadero. En un café del mismo barrio se sentó junto a mí otro tipo gordezuelo que se introdujo diciendo que venía del dentista y a los dos minutos ya me había contado que acababa de romper con su novio de tres años pero que se llamaban por teléfono. También hablamos del clima. El día anterior había sido de mucho frío y neblina, pero ese día brillaba el sol. El tipo me dijo que así permanecería el tiempo por varios días. Fue verdad.

5. En San Francisco la gente es amable.

Es complicado. No estoy segura de que toda la gente sea amable. Pero si no lo son, actúan como si lo fueran. En cualquier establecimiento te reciben con un sonriente “hi, how are you today?” y eso a veces parece sospechoso. Sobre todo en personajes en cuyas miradas se lee claramente el abuso infantil y la disfunción familiar. Pero poco a poco uno comprende que todo forma parte de un código tácito de convivencia y de una especie de sentencia que hay que reafirmar continuamente: “somos la ciudad más civilizada, progresista, ecologista, culta y alivianada de esta nación”. Y si todo esto no se lleva a cabo por convicción, entonces se impone por ley.

6. En San Francisco los peatones son respetados.

Inexacto. Los peatones en San Francisco reciben un trato impoluto. Anduve mucho en coche con Hebe y Gabriel, los amigos que fui a visitar. Hebe a ratos se enojaba. “¿Ves? ¿Ves? ¡Ni siquiera voltean!” Y en efecto, muchos peatones no se toman la molestia de fijarse si viene un coche cuando cruzan la calle. Las multas por no dejar pasar a uno de estos paseantes abusivos, así como por la más amplia variedad de quisquillosos errores al volante, son estratosféricas. Pero lo dicho: es el coste de mantener intactas la convivencia y la urbanidad.

7. En San Francisco la gente es cool.

No precisamente. La gente de hecho es bastante fachosa. Lo que es muy impresionante es el modo en que le prestan atención a los detalles. Una vez, por ejemplo, fuimos al súper. El súper debe ser la actividad que más detesto en la vida, pero ésta fue toda una experiencia. Más que la variedad de productos, me maravilló la variedad de compradores; en las cajas uno no sabía quién pagaba y quién cobraba: todos se veían igual de relajados, platicadores y mal vestidos. Además había bocaditos y café gratis para los clientes. Pero la auténtica sorpresa me la llevé cuando entré al baño. Tenía un espejo divino y un florero con flores de verdad. Como en todos los baños de la ciudad, el agua salía calientita de la llave.

El agua que se bebe siempre es gratis. Pero además la sirven con estilo. En la cafetería del museo De Young había trozos de fruta en los recipientes de agua helada. Al abrir, resbalaba clara y fresca en el vaso con sabor a piña, a pepino o a la tercera cosa que ya no me acuerdo qué era.

La ciudad tiene un tamaño tan accesible, un enclave geográfico tan ideal y un ritmo tan calmo que se entiende por qué la gente acata con semejante pulcritud las reglas: vale la pena por el disfrute que se obtiene a cambio. Y en el contexto de las tendencias mundiales, that’s soooo cool.

8. San Francisco era un santo italiano que hablaba con los animales.

Verdad.

9. Alcatraz es una cárcel.

Que hoy en día atrapa turistas. Se ve desde cualquier punto de la península y tiene varias leyendas. Una es que ciertos reos lograron escapar nadando hasta la ciudad, cosa improbable dada la temperatura helada del Pacífico. (A menos de que alguno se haya fabricado un wet suit).

10. San Francisco no es para fumadores.

En San Francisco los fumadores hacen cosas extrañas. En sus vacaciones, por ejemplo, en lugar de dormir una hora más, se levantan con su amiga para acompañarla a su clase de Chi Kung en el parque que queda cinco minutos (un parque inmenso con lagos, pistas de tracking y la variedad más alucinante de árboles); vencen su miedo y se rentan una bicicleta para cruzar el Golden Gate Bridge hasta Sausalito con subidas, bajadas y carreteras temerarias incluidas; regresan en ferry, todavía se animan a pedalear buena parte de la calle Market, y tienen una de las tardes más felices de sus vidas.

11. En San Francisco hay muchos inmigrantes.

Hay muchos mexicanos y un chino de chinos. Digo, un chingo.

12. A San Francisco le han compuesto cientos de canciones.

Verdad. Hebe me pasó una de Eric Burdon & The Animals que reza:

“I wasn't born there

perhaps I'll die there

there's no place left to go, San Franciscan.”

…Qué bonito.

12. San Francisco tiene el cuerpo de bomberos más efectivos de la región.

El día que llegué nos tocó ver un incendio. No parecía tan aparatoso como el número de carros de bomberos que llegaron a la escena. La paranoia es comprensible cuando un enorme porcentaje de las casas habitación están hechas de madera, y cuando a principios del siglo pasado la ciudad fuera azotada por un terremoto seguido de un incendio devastador.

A mí me encantan las casas de San Francisco. El estilo victoriano, todas con aleros, balcones semicirculares, escalinatas y bajos. De lejos se ven todas igualitas, pero si te vas fijando cada una es diferente. En lo que sí son iguales es en los precios. Me contó Hebe que no bajan del millón de dólares. Un departamento de medio pelo en cualquier zona no está en menos de 500 mil. ¿Serán que no quieren que la ciudad crezca más? Me parece una idea sensata, aunque es una lástima.

13. En San Francisco hay que ser rico para ser feliz.

Mentira absoluta. Un ejemplo: en la calle Trece con algo (muy cerca también de donde viven mis amigos los Flores) hay unas escaleras de mosaico. Son muchas, pero el esfuerzo vale la pena. Conforme se asciende (y se voltea) comienza a revelarse una vista esplendorosa. Al fondo de una serie de calles perfectamente trazadas, se descubre el mar abierto (en ciertas horas debe ser azul, pero a la hora en que Hebe y yo subimos era color plata). Unos cuantos escalones de madera más arriba, uno se encuentra en un recinto de árboles y pinos con una vista de cortar el aliento: la bahía completa en su esplendor, con el centro financiero en un extremo. No en vano el lugar ostenta el nombre de Grand View Park. Lo que hicimos Hebe y yo fue sacar de inmediato la cámara. Lo que hizo un señor pequeñito de rasgos orientales que llegó de pronto, fue sentarse en la única banca que existe en la punta de este lugar para comerse su lunch.

Otro momento privilegiado fue un atardecer que nos tocó ver en Point Lobos, un lugar idílico más para ir a correr si uno corre. Con el descenso del sol se fueron pintando de rosa intenso las nubes detrás del Golden Gate. De repente pasó un barco de carga, de estos enormes que van y vienen de China, justo debajo del sol inmenso. En un ataque de gula paisajística nos subimos al coche y corrimos a la playa para ver los últimos juegos de luz a la orilla del mar. La luna llena estaba justo detrás, alzándose sobre los edificios. En momentos como éste siempre me acuerdo de nuestra amiga Shanna viendo otro atardecer hace como diez años y diciendo “ésta no me la cobres”. Hebe dice que ya pagamos por adelantado. Ojalá eso también sea verdad.

Pasa lo mismo con Twin Peaks y sus vistas de Oakland y Berkley, con el Bay Bridge desde la torre Coit o las maravillas de océano y pinos que se aparecen yendo en bici de camino al Golden Gate; con lugares como Tamalpais (¿así se escribe?) donde con una hora de coche y otra de caminata uno puede hacer un picnic en un bosque encima de las nubes viendo la playa al mismo tiempo (y reírse con la Tolu si además coincide que está de visita); pasa con el jardín botánico y sus banquitas escondidas, o con cualquier esquina donde uno se detenga en un árbol de flores o en el olor del mar. Lo mejor de San Francisco es cualquier rincón, y es gratis.

14. San Francisco me ha hecho superar mi roña anti-yanqui

Una vez un amigo me contó un chiste. Están un gringo y un mexicano cazando patos en la frontera, cada quien de su lado. De repente disparan al mismo tiempo, y el bicho cae muerto justo en la línea fronteriza. Empiezan a discutir. Finalmente el mexicano propone: “Ya sé. Vamos a resolver esto a patadas en los huevos”. El gringo está de acuerdo y, muy valeroso, afirma: “Empieza tú”. El mexicano le pone una maraquiza de patadas en los trompiates y el pobre gringo queda retorciéndose en el suelo. Cuando por fin logra levantarse, escupe en el suelo diciendo: “Muy bien, ahora me toca a mí”. El mexicano se cuelga el fusil en la espalda y responde: “Ni madres, quédate con tu pinche pollo”. Y se va.

Este chiste me lo contaron hace varios años después de una noche en que acabé casi a los gritos con un gringo hablando de su política exterior. Terminé yéndome a dormir furiosa, pero a los amigos que se quedaron el gringo les acabó prestando su celular para llamar a su mamá (estábamos en Grecia) y regalándoles mota. La cuestión es: de repente da coraje caminar por un lugar como San Francisco, con ese bienestar y esa bonanza y pensar a costa de cuántas cabezas existe. Y ante esa conclusión, uno tiene dos opciones: amargarse por ello, o aprovecharlo.

(Acabo de darme cuenta que estoy publicando esto un 15 de septiembre. Qué horror).

14. B. San Francisco y Grecia se parecen.

En algo muy peculiar: la comida. Es decir, en la calidad de la materia prima de cualquier comestible. Las manzanas escurrientes, el tamaño del salmón en el sushi, el sabor de los helados y, con perdón de los gourmets, el lujo nada griego pero sí muy californiano que son las hamburguesas de In and Out (fuimos dos veces).

15. Hay cosas que NO me gustaron de San Francisco.

Verdad: Saber que a veces tiembla.

15. B San Francisco es la ciudad más bonita del continente americano.

Sí.

16. San Francisco tiene los mejores hosts de todo California

He concluido que el anfitrión ideal debe tener al menos dos características esenciales:

-Desvivirse por hacerte felices los días sin hacerte sentir que lo está haciendo.

-Estar enamorado de su ciudad.

Hebe y Gabriel tienen ambas.

17. Coyoacán es mejor que San Francisco.

De pronto estando en aquel lugar me venían pensamientos horribles. Por ejemplo, que no se puede vivir creyendo que uno vive bien cuando no vive nada bien. No se puede entender que haya gente que va por la Condesa con su bici y su labrador creyendo que vive en el pináculo del bienestar y la movida cosmopolita cuando existe esto otro en el mundo. También pensé que es terrible existir echando de menos la naturaleza, concibiéndola como algo naturalmente lejano, restringido a las vacaciones, cuando puede estar totalmente integrada a lo cotidiano. Pero todo eso es cierto y al mismo tiempo, no. Vivir bien depende de muchas cosas además de una locación. Me concilio pensando que tengo mis organilleros, mis soneros, los Viveros, mi peluquera, mi maestra de yoga, mi cafetero y mi farmacéutico de confianza. Y a fin de cuentas, lo mejor de visitar un lugar así es justamente descubrirlo, desnudarlo y seccionarlo. Recordar que mientras haya vida, seguirán habiendo viajes. Lugares nuevos con amigos eternos para compartir.

10 comentarios:

Emmanuel dijo...

Ash, quiero ir!

Ben-ha* dijo...

Me encantó tu frase final: "Recordar que mientras haya vida, seguirán habiendo viajes. Lugares nuevos con amigos eternos para compartir."

Muchos besos

Anónimo dijo...

Lo unico malo es que sigue siendo gringolandia. Aunque nos aprovechemos, alla siempre seremos ciudadanos de segunda con las generaciones q sean.

Jaime dijo...

Buenísima entrada!!!

San Francisco es la neta, es una ciudad que flota sobre el abismo, condenada a la destrucción, y cuando la falla de San Andrés termine por desgajar todo a su paso, Frisco volverá a reconstruirse una y otra vez.

Eduardo López dijo...

Hija linda:
Me gusta mucho cómo describes tu vacación. Eres muy perceptiva y se ve que Hebe y Gabriel de verdad aman a su ciudad y te la han mostrado con gran conocimiento y entusiasmo.
Felicidades a los tres y gracias por compartir tan interesantes reflexiones y conclusiones.
También me gustó tu modo de correlacionar a San Francisco, sus habitantes y su modos de vida con nuestra ciudad y quienes la habitamos.
Te quiero mucho.
Papá

Kramer dijo...

Me encantó leer esto porque reviví mi vacación cuando estuve con Hebe y Gabo allá, coincido en lo buen anfitriones que son y es que en una ciudad así no cuesta nada enseñar puras cosas tan chidas.
Vámonos todas para a vivir a SF!
Besos

Kramer dijo...

Me encantó leer esto porque reviví mi vacación cuando estuve con Hebe y Gabo allá, coincido en lo buen anfitriones que son y es que en una ciudad así no cuesta nada enseñar puras cosas tan chidas.
Vámonos todas a vivir a SF!
Besos

Anai Lopez dijo...

Yo ya les dije que hay que comprar una casa victoriana entre todos y entregarnos al hippismo (nomás espiritual).

Anónimo dijo...

Algo muy importante ha de estarte sucediendo para que nos tengas sin blog por más de un mes.
Ojalá sea algo 'muy buenérrimo'.

Javier Peñalosa dijo...

Más, más, queremos más.