miércoles, 18 de noviembre de 2009

Turismo juvenil

La pasión de una adolescente es algo que jamás debe subestimarse. La pasión de una adolescente puede llevarla a pasarse las noches de sus viernes y sábados subida en un camión escolar cantando a todo pulmón canciones de Mocedades y Ricardo Arjona, pintándose como espantapájaros y fumando cigarros mentolados camino a escuelas recónditas. Quizá la única digna de ostentar el título de Noche Colonial para referirse a una carnicería de escuincles con incipiente bigote ligándose niñas de doce años entre puestos de fritangas, sea la que tiene por anfitriones a unos emuladores de tunos dieciochescos, que a las muchachas les resultan insólitamente seductores con sus mallas, sus panderos y sus cintas (nada sucintas). En estas noches locas embriagadas de Fanta, borrachas de elotes, gorditas y hot cakes, una adolescente es capaz de cualquier cosa. Y es que, cual Harry Potter, va cubierta con una capa mágica, mística, todopoderosa, capaz de elevarla sobre la tarima más maltrecha, con micrófonos siempre mal sincronizados, y cantarle con el alma a una bola de señores aburridos con sus esposas gordas y sus hijos delincuentes como si fueran el público del festival Rock y Ruedas de Avándaro en 1971. Ella rasga las cuatro cuerdas dobles de su mandolina y entona con vehemencia “La malagueña” sin percatarse de que toda la atención del público se concentra en las trepidantes y descomunales tetas de la chica de la marimba.

Ávida de reconocimiento, sedienta de identificación, famélica de sentimiento de pertenencia, una quinceañera exaltada es capaz de cantar el padrenuestro tomada de la mano de sus compañeras de capa antes de cada show; de encontrar sexys a un unos tipos de jorongo que ligan con chistes malos y canciones de Víctor Iturbe y de los hermanos Castro, y de pensar que usar bermudas negras con pantimedias color natural, favorece. Más que cándida, absolutamente carente de prueba de realidad, tiene las agallas de invitar a su familia a cualquiera de estos convites al aire libre y someterlos a una espera de horas tiritando con cafés de calcetín para escucharla. Y no sólo eso. Es capaz de invitar a su novio. Es capaz de invitar a la familia de su novio.

Todo esto no sería tan grave si, por las mismas épocas, la joven en cuestión no practicara las artes de la manipulación, inflingiendo culpas en otras compañeritas todavía más jóvenes, maníacas y sugestionables que ella, haciéndolas llorar diciéndoles que no quieren lo bastante a sus papás y que Jesucristo murió por ellas y nada más que por ellas, en medio de pláticas en el bosque y de más canciones de guitarra, entre las cuales se incluyen éxitos inmortales como "Tuyo soy", "Nadie te ama como yo" y “Viva la gente, la hay dondequiera que vas, shubidubi”.

Mientras escribía esto me topé con algo que me dejó helada. Dice Milan Kundera en La Broma: "La juventud es un escenario por el cual los niños andan y pronuncian palabras aprendidas, que comprenden sólo a medias, pero a las que se entregan con fanatismo. Y la historia es terrible porque con frecuencia se convierte en un escenario para masas fanatizadas de niños, cuyas pasiones copiadas y cuyos papeles primitivos se convierten de repente en una realidad catastróficamente real.”

Yo sólo espero no haber influido en ningún alma juvenil catastróficamente. Al menos no hacia un camino monacal. Mi única esperanza es que al igual que yo, que en su momento me tragué el paquete completito con papas y refresco grandes, esas niñas hayan tenido también su momento de liberadora epifanía.

La adolescente que no sabe qué hacer con sus hormonas y que no quiere estar en su casa es una mina de oro para el voluntariado y el trabajo social. En sus veranos prepara disfraces, hace juguetes con platos y cajas de cartón, se aprende más canciones, y se las canta luego a unos niños incautos que caen en sus manos por ocho días en un campamento sin saber que la joven responsable que los tapa, los baña, los arrea y los organiza tiene costumbres tan extrañas como persignar los armarios antes de irse a dormir y beber de una botella de Brandy Fundador de hace cinco navidades algunas noches, mientras garrapatea las páginas de su diario sufriendo por el amor.

Obnubilada por sus clases de Lógica, es capaz de pasarse los tres años de la preparatoria viajando en metro para dedicar las mañanas de sus sábados y un par de tardes entre semana sentada en otra aula que no es la de su escuela, sino la de una universidad del Opus Dei, con las orejas enardecidas oyendo de Aristóteles, Tomás de Aquino y San Anselmo, sin prestar ninguna atención a las tendencias ultraderechosas bajo las cuales está siendo adoctrinada, y arrepintiéndose unos años más tarde, ya en su propia universidad, cuando se lo vuelven a explicar todo (pero bien) incluyendo esta vez a Nietzsche, a Sartre y a Marx.

En resumen, una adolescente incauta y temeraria no se da cuenta que lo que debería haber hecho es lo mismo que hicieron sus sensatas compañeras del bachillerato en cuanto tuvieron oportunidad: meterse a estudiar un idioma o dos, y dejarse de cosas. Lo digo con conocimiento de causa: hoy en día la mandolina cuelga de la pared y no sería capaz de ligar tres notas. (La trompeta, que también toqué por un tiempo, se la di a uno de los tipos de jorongo, quizás a cambio de sus amables clases particulares). No tengo idea de qué fue de los niños de los campamentos, la filosofía la utilizo solamente cuando hay que tomarse la vida con dos gramos de dicha ciencia, y la fe anda bastante coja. Pero al menos ya no persigno los armarios, ni bebo licores asquerosos para llorar mejor.

La adolescencia es una etapa mucho más dura de lo que se piensa. Cada vez que veo a un grupito de escuincles ruidosos en el Starbucks siento una mezcla de tirria y compasión. Cuando se tienen 13 y 15 y 17 años uno es un extranjero en su propio cuerpo y en su propia vida. Es como ser un infante amorfo que ya no tiene infancia pero todavía no puede comportarse enteramente de otra manera. La propia palabra lo engloba: adolecer es echar en falta algo. Y cuando uno es adolescente, lo echa en falta todo. Por eso cada uno se busca sus válvulas de escape y sus tablas de salvación. No pretendo con esto justificar lo chabacano y ñoño de las mías. Y tampoco quiero ser tan dura conmigo misma: sólo yo sé las extrañas maneras en que estas prácticas me rescataron. Después de todo, lo único bueno de ser adolescente es que uno sólo se da cuenta de lo mal que se lo está pasando o de los osos que está haciendo en retrospectiva. (Mis sobrinos de 14 y 15 años son ejemplo vivo de ello). Y como sea, sirva “para la vida” o no, de todo lo que se sobrevive, se aprende.

8 comentarios:

pablocollada dijo...

oiga usté, me gustaría saber sus comentarios sobre estos adolescentes en particular:

http://www.youtube.com/watch?v=6fiZR-H_CWs

ellos, mi querida anaí, seguro que adolecen de otras cosas. Seguro no piensan en aquellas cosas que ñoñamente yo también disfruté: las calcetas de los scouts, las onduleantes capas de estudiantina, los desgarradores retiros, y tantas otras más.

te mando un abrazo fuerte, sin tanto adolescimiento!

P.

Jimena dijo...

Hace mucho que no me metía a leer tu blog, lo disfruté, te mando un abrazo desde LA.
Jimena S.

Jonathan dijo...

Esta misma semana, curiosamente, veía con irritación y rencor a un grupo de adolescentes dublineses alborotar y gritar en el autobús: "que Dios los perdone", me dije, "porque yo no puedo". Y pensé en enviar cartas de disculpa a todos los que me soportaron durante mi adolescencia. Realmente pasó por mi mente. Pero en efecto, miss, lo mejor de mí, creo, nació durante mi adolescencia. Paradója total.

Saludos!

Miguel Hernández dijo...

Aviso de ocasión:

Tengo en mis manos una trompeta Boosey & Hawkes niquelada, con estuche negro y forro color como miel con boquilla y atrilito para poner las notas.

Miguel Hernandez dijo...

Ups! faltó mencionar que el susodicho instrumento musical no se usa desde que su legítima dueña tuvo a bien endosármela. Puede lucir bien junto a la mandolina (Carmelo Catani, de "calabaza" según me acuerdo y las cuales ya no se fabrican). Informes: mikelhdez@hotmail.com

Atte: El "tipo del jorongo"

Anaí López dijo...

NOOOO PUEDO CREERLOOOOOOOOO.....

Miguel Hernández dijo...

Por cierto, creo que si se le pone tantito aceite a los pistones puede servir para entonar el "trarará" con el que empieza "Kumbala" y que es una tonadita evocativa de algunos tugurios en la zona rosa, específicamente en la plaza flamboyant, de esos donde la concurrencia es del más puro estilo rompeyrasga, malafacha, malplanchado, comecuandohay y cantinalhombro. Y desde entonces no se toca gracias a una hernia y a que ya ando en otra cosa y me han pasado muchas otras. Escribe!

Eduardo López dijo...

...¡cuánto y cuan largo es el camino para que un alma juvenil se acrisole en oro!...y eso sólo si lleva el mineral adecuado ya desde antes ó, si se quiere otra metáfora; el germen para fermentar y convertirse en pan de vida

'Alma de Cadete' pag. 59

Tú te convertiste en ese oro y en ese pan mi adorada Anaí.

Papá.